|
No era fácil adaptar la celebérrima novela de Patrick Süskind. De hecho, había quien pensaba que era inadaptable, como en su época se dijo de "Dune" o "El Señor de los Anillos". Sin embargo, tales predicciones agoreras, como en los casos citados, se han demostrado infundadas. Tom Tykwer se ha encargado de demostrarnos que no hay nada inadaptable, que el lenguaje audiovisual puede ser tan rico y lleno de matices como el literario y que el único límite es el talento.
Estamos ante una de las mejores películas del año, sino de la década. De hecho, yo iría más allá y la calificaría como obra maestra. Desde esa ambientación histórica más que impecable, que logró convertir la calle Ferrán de Barcelona en el populoso centro de París, hasta la música coral, todo nos transporta a la Francia pre-revolucionaria en la que se mueve el asesino Jean Baptiste Grenouille, esa criatura inquietante que a partir de ahora entrará a formar parte de la mitología cinematográfica como ya hace tiempo lo hizo con la literaria. Interpretado por Ben Whishaw, uno no sabe si odiarle o enamorarse de él, como le sucede al resto de personajes del film. Seguiremos sus andanzas desde el mismísimo nacimiento y le acompañaremos a través de todo un universo de aromas que parecen surgir de la pantalla, mientras tras él se van acumulando las muertes; aprenderemos con él, de la mano de un Dustin Hoffman muy contenido, los secretos del arte de la perfumería e iniciaremos a su lado la búsqueda del perfume más perfecto jamás creado. Y todo punto por punto fiel a la novela de la que ha surgido, sin aspavientos, sin trucos ni golpes de efecto, por que la historia no los necesita.
En resumen, una maravilla para los sentidos. Para todos los sentidos.
|