El honesto descreído
Por José Luis Charcán Existe una diferencia específica entre la ciencia ficción escrita en Norteamérica y la escrita en Europa. La primera, o un gran porcentaje de ella (nunca se debe generalizar en términos absolutos), es una literatura más dinámica, realizada bajo cánones homéricos o shakesperianos, esto es con intención de entretener. No seré yo quien critique ese tipo de literatura, pues bajo la capa de acción siempre permanece un sustrato de especulación filosófica que sólo los lectores poco sutiles no perciben. Ahí están ejemplos como «Soy leyenda», de Richard Matheson, o «Forastero en tierra extraña», de Robert E. Heinlein. La otra ciencia ficción, la europea, suele ser más cerebral, más intelectual y más «comprometida». Digamos que es una ciencia ficción cortada con patrones kantianos. De todas formas, ninguna de ellas es inferior a la otra.
Stanislaw Lem, polaco nacido en la pequeña ciudad de Lvov en 1921, se inscribe en el circuito de escritores europeos, pero incluso entre ellos, Lem se destaca como una flor rara en un jardín. El año 1921 marca el nacimiento de numerosos autores de ciencia ficción. También nacieron en ese año Gene Roddenberry, que en 1966 creó para la televisión la serie de culto «Star Trek» y James Blish, un interesante escritor que a partir de 1967 novelaría precisamente «Star Trek» como trabajo puramente alimenticio. Pero Lem, que por los mismos años 60 comenzaría a escribir sus textos más famosos, siempre se mostró muy crítico con la ciencia ficción. Para él era una literatura demasiado lastrada por las convenciones del género. De entre la pléyade de autores, muchos de ellos tan válidos como él, solo elogió a Philip K. Dick, a quien calificó como «un visionario entre charlatanes». El problema de Stanislaw Lem con la ciencia ficción al uso consistía en que ésta no servía para plantear problemas de índole humana y mucho menos para buscar las posibles soluciones. Lem consideraba la literatura como un instrumento para ilustrar cuestiones trascendentales que sólo se podían responder tras haber aplicado un método cognitivo total. Lem, pues, aspiraba al conocimiento mediante la ciencia ficción. Sus grandes obras se basan en la imposibilidad de entender las civilizaciones alienígenas que imaginaba. La grandeza de su obra descansa en la base de la perplejidad de querer entender sin antes conocer. «Solaris» (1961), «Retorno de las estrellas» (1961) y «Diarios de las estrellas» (1971) son significativos títulos de esta vertiente temática. En otros como «Edén» (1959) y «Fiasco» (1986), a esa perplejidad del contacto se une el pesimismo sobre el progreso tecnológico. Otros libros insoslayables son «Memorias encontradas en una bañera» (1961), «El invencible» (1964), «Ciberiada» (1965), «La fiebre del heno» (1977) y «Vacío perfecto» (1971), uno de sus textos no narrativos en el que critica una serie de libros imaginarios. Stanislaw Lem murió este mismo año de 2006 con el prestigio de ser un escritor que desde la ciencia ficción supo crear espacios dentro del «mainstream» literario. Con «El castillo alto», se quiere recordar la figura de un gran autor, pero por encima de todo, de un humanista.
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