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Relatos - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
viernes, 16 de mayo de 2008

La robótica y la inteligencia artificial son temas que en la ciencia ficción suelen plantearse implicando que las máquinas algún día serán inteligentes y adquirirán algo parecido a la conciencia humana, una capacidad moral. Pero... ¿por qué ha de ser así?

Carlos Daminsky, colaborador habitual en el portal en los últimos tiempos, nos ofrece hoy un relato titulado Cadena que tiene una ambientación apocalíptica. El protagonista es un robot nacido en una cadena de montaje. ¿Su ocupación? Ya lo veréis.

 

 

 

CADENA

 

Llegó al final de la cadena de montaje y le dieron los últimos retoques. Ya listo, pasó positivamente el control de calidad. Después los operarios autómatas lo trasladaron con sus manos biomecánicas hasta el gran almacén. Allí dentro, dispuestas en hileras simétricas, había cientos y cientos de unidades idénticas a él.
Lo envolvieron en plástico, le pusieron el código de barras y fue depositado entre todos los demás robots.
La luz se apagó. El silencio se hizo extremo. Las formas de metal aguardaban.

La energía hizo funcionar sus mecanismos interiores y sus músculos de nitinol se movieron. El sistema de captación de imágenes se activó y dio su primera vista al mundo girando la cabeza 360º. En el cristal de la ventana vio el reflejo de su cilíndrico endoesqueleto, todo negro. Movió, despacio, los brazos y piernas articulados. La tarjeta de memoria se llenó de datos, hasta que obtuvo una larga serie de números. El código-nombre de su madre creadora. La cadena de montaje automática dónde había sido ensamblado. La luz exterior languideció y su reflejo fue desapareciendo. Sus relés interiores chasquearon.
Los robots que aguardaban en la aséptica sala se movieron hacia él y le dieron la bienvenida.
Al principio, en su complejo cerebro artificial, compuesto de microprocesadores y microcontroladores, sólo tenía programadas funciones básicas y de mantenimiento. Pero aquello cambió, nuevas órdenes tomaron el control. Dictados llenos de códigos y descripciones contra sus enemigos. Procesó toda aquella información y estuvo listo.


—¡DERECHOS HUMANOS, DERECHOS HUMANOS! —gritaba el tumulto que avanzaba por la gran avenida. Gente sucia y harapienta, desposeídos de rostros desesperados y perdedores que portaban pancartas con proclamas reivindicativas. Caminaron el día que el cielo enrojecía, alzando los puños.

El camión blindado de seis ruedas paró y de la parte de atrás de su enorme caja plateada descendió la compuerta. Por ella bajaron las unidades robóticas con paso marcial, haciendo resonar la chapa de metal. Los ejecutores formaron columnas y anduvieron por la calle desértica hasta salir a la gran avenida. Por ella venían de frente los manifestantes. Las órdenes eran taxativas: disolver la manifestación a cualquier coste.
 
Los objetos que le lanzaban rebotaban contra su cuerpo duro. Él se mostró impasible. Los humanos eran una raza arcaica. Restos de un decrépito pasado a los que se permitía existir en zonas especiales y que eran empleados en trabajos de servidumbre. Y a veces causaban pequeños problemas…
Con su porra de castigo cargó, pegando secamente a las personas que se interponían a su paso. Los flácidos cuerpos crujían ante su furia
Alguien le golpeó en la cabeza con una pancarta. Enseguida monitorizó en su visión con un círculo rojo al agresor que intentaba huir. Fue directo a por su objetivo. El hombre quedó paralizado de miedo cuando la máquina le cortó el paso. De un golpe certero le hundió el cráneo.
La gente huía despavorida, empujándose unos contra otros, mientras los ejecutores actuaban fría e implacablemente. Pisoteó varios cadáveres sin el menor reparo.
Un grupo había formado barricadas y pretendía resistir allí. Su sistema de análisis le transmitió las órdenes y enseguida el robot recibió los impulsos de ataque contra el grupo hostil.   
Con su poderosa fuerza, dio varios manotazos y apartó los contenedores que obstruían el camino. Los rebeldes le lanzaron cócteles molotov, que estallaron en su estructura sin producirle el menor daño. Las llamas incendiarias se inflamaron por el suelo, a sus lados, formando un pasillo de fuego que cruzó como un ángel de la muerte. Más piedras y barras de hierro le cayeron encima. Nada logró pararlo. Los últimos resistentes le atacaron a la desesperada
Sus cuerpos no tardaron en terminar quebrados en el suelo, regándolo de sangre oscura.
   
La manifestación había sido disuelta con éxito. Objetivo cumplido. La gente huía aterrorizada avenida abajo. Acabó de quitar de en medio los restos y obstáculos del asfalto y entonces detectó un pequeño humano que lloraba escondido tras un contenedor volcado.
De inmediato en su visión digital fue marcado como objetivo prioritario.
El niño vio la fría figura alzarse delante de él. Con lágrimas pidió compasión, pero no la encontró.
 

El ascensor condujo al  grupo de sirvientes desde las mazmorras electrónicas hasta los pisos superiores de la base. Aquella gente demacrada y endeble debido a los fluidos con que eran alimentada, ya que aquellas sustancias espesas eran lo único que les podían ofrecer las máquinas, era utilizada como servidumbre especial. Los humanos podían haber sido totalmente prescindibles, pero los robots parecían haber desarrollado algún tipo de extraño placer en todo aquello.
En la sala aguardaban las unidades robóticas que se habían ocupado de la operación contra la manifestación. Los humanos, con las cabezas agachadas, fueron limpiando los restos de sangre y suciedad de los cuerpos metálicos, desarrollando aquella función mecánicamente, casi como si estuvieran robotizados.
Aquella especie de muertos vivientes, apenas mantenidos con vida, terminaron su cometido y se retiraron en silencio

Después de haber sido limpiado, entró en el recinto de luz blanca. Las ranuras de sus ojos destellaron mientras ocupaba su puesto en el cubil individual de cristal. Una voz artificial, pronunció órdenes. Recibió varias cadenas  de datos y aguardó las siguientes directrices. Mientras tanto, repasó en su memoria de grabación todos los hechos de aquel día. Mientras visionaba las imágenes, algo extraño invadió sus microprocesadores. Su memoria de datos no lo podía describir, pero era algo relacionado con los golpes de castigo que había propinado metódicamente y con todos aquellos cuerpos cayendo inertes a sus lados. Después dio entrada al sonido también junto a las imágenes, y escuchó los gritos. Le dio más volumen a la grabación y aquello produjo una extraña respuesta que se acrecentó en su cerebro artificial.
Y cada vez quedaba más y más y más atraído por aquellas imágenes y sonidos de dolor... Y de violencia...

 
 
Carlos Daminsky, 2008 

 




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