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La especie humana, condenada Imprimir E-Mail
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Artículos - Ciencia y Sociedad
Escrito por Hari Seldon   
martes, 14 de noviembre de 2006

Los seres humanos: una especie condenada a la extinción


La mayor parte de las especies que han vivido sobre nuestro planeta han desaparecido. Parece ser parte del juego evolutivo. En cualquier caso, la especie humana está destinada a su aniquilamiento por acción externa (asteroides asesinos o supernovas) o propia, debido a una pésima gestión de los recursos naturales, y con ella tal vez el resto de los seres vivos.


FUENTE | Redacción mi+d
 
 

Obviamente, el primer condicionante de la vida sobre la Tierra es el propio Sol. Desde su actividad magnética, que es moderada, pasando por su estabilidad como estrella (su luminosidad apenas cambia, incluso en largos plazos de tiempo), el Sol proporciona energía de manera segura al planeta. Pero no siempre será así. Eventualmente agotará sus propios recursos energéticos, el hidrógeno que domina su núcleo, y comenzará una expansión rápida de sus capas más exteriores, que lo llevará a engullir los dos planetas más interiores del Sistema Solar, Mercurio y Venus, convirtiéndose en una estrella gigante roja durante ese proceso. Probablemente la Tierra será salvada de esta catástrofe, aunque será un triste consuelo, ya que el extraordinario aumento de la luminosidad de nuestra estrella hará que la cantidad de energía que se deposite en la superficie terrestre sea tan grande que la vida desaparecerá, junto con su atmósfera y sus mares. Después de una etapa relativamente breve, estas capas exteriores del Sol serán expulsadas, dando lugar a la formación de una nebulosa planetaria, mientras que el núcleo se convertirá en una enana blanca.

Claro que no es éste el único peligro que nuestro ambiente galáctico nos proporciona. Siempre es posible que una supernova, una de esas deflagraciones que ocurren cada pocas decenas de años en una galaxia destruyendo a la estrella o sistema binario que la produce, acontezca demasiado cerca del Sistema Solar. El material expulsado en la explosión puedo tener unas desastrosas consecuencias ecológicas, como parece ser que ya ha pasado con anterioridad. Éste podría ser el caso de la extinción de los mamuts, o la que sucedió al final del periodo terciario o cretáceo, hace 65 millones de años, cuando un gran número de especies, incluyendo dinosaurios, desaparecieron de manera masiva y súbita, aunque en este último caso parece ser que fue un asteroide el que pudo desencadenar el desastre.

Precisamente son los asteroides la tercera causa de posibles extinciones masivas. Como comentamos en su día, existen diferentes tipos de objetos de este tipo, clasificados a su vez por su tamaño y por su órbita. Algunos de ellos cruzan la órbita de la Tierra y potencialmente pueden impactar contra ella. Dependiendo de su masa, podría afectar al planeta de manera global, destruyendo gran parte de la vida y, por supuesto, nuestra civilización.

De hecho, un impacto de un asteroide puede llegar a depositar mucha más energía que la de todo el arsenal atómico que la Humanidad almacena, como muestra la gráfica adjunta. Aunque no es necesario para desencadenar un invierno nuclear, solo se requiere el armamento que una potencia media tiene. Acumulamos suficientes armas como para destruir un gran número de planetas como el nuestro.

Sí, parece ser que lo hemos olvidado, pero una guerra nuclear, cuya posibilidad estuvo tan presente en los años 80, accidental o no, puede determinar el fin de la civilización y tal vez de la especie. El armamento nuclear es siempre peligroso, pero en determinadas manos lo es aún más.

Pero no necesitamos una hecatombe atómica para suicidarnos de manera colectiva. La pésima gestión de los recursos naturales, su agotamiento desbocado, la contaminación desenfrenada, nos lleva de manera cada vez más clara a un desastre que parece inminente. Temperaturas medias que se incrementan cada año, casquetes polares que empiezan a desaparecer, glaciares que retroceden casi a la carrera…

El uso del aire acondicionado se extiende, manteniéndose en funcionamiento con temperaturas ridículamente bajas cuando incluso no hay nadie presente, mientras en invierno abrimos las ventanas porque la calefacción central, no regulable, nos agobia. Tenemos luces encendidas por doquier. Desarrollamos nuevos proyectos de ciudades sin pensar en las necesidades, agotando suelos y recursos hídricos en quimeras absurdas y en lugares imposibles.

Hace unos días se publicó un estudio en MadrI+D sobre el uso de los hidratos de metano como posible fuente energética. Justamente ese día conversando con un colega me enteré que este compuesto químico podría desencadenar la catástrofe. Los depósitos de esta sustancia están localizados en los fondos marinos. Diferentes modelos predicen que un incremento de la temperatura de los mares podría provocar la emisión de una inmensa cantidad de metano a la atmósfera, con terribles consecuencias. Independientemente de que el modelo acierte o no, existen suficientes peligros creados por nosotros mismos como para ignorarlos. Y justamente nuestro país, España, y aquellos localizados en torno a la cuenca mediterránea, serán los más afectados por un cambio climático global.

Tal vez para compensar tanto anuncio catastrofista (pero sobradamente fundamentados), mucha gente prefiere la ignorancia, vivir el día a día. Después de todo el Sol saldrá de la Secuencia Principal, expandiéndose y terminando con la vida en la Tierra, dentro de cinco mil millones de años. Los impactos de grandes asteroides son muy poco frecuentes, las evidencias del efecto de las supernovas sobre el planeta no son completas. Así que, ¿no es mejor consumir, agotar, no pensar? Es el “carpe diem”. Con un poco de suerte, tal vez piensan los que así se comportan, el desastre no se produzca o cuando llegue ya no les afecte. Un colega se jactó hace unos días que él la única fuente de noticias que tiene es la primera página de la sección de deportes. Espero que sea feliz. Pero eso no evitará que los problemas aparezcan. Y, desgraciadamente, parece ser que lo harán muy pronto.


Autor: David Barrado y Navascués

Lee el mensaje en su versión original en: weblogs.madrimasd.org/astrofisica/

 


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