Cualquier ser humano que comparta código genético con otro ser humano se considerará genéticamente idéntico a éste. Los parientes de uno son los parientes de todos.
Los parientes de tus clones son tus parientes; y tus parientes lo son de todos tus clones. Igualmente, los clones de tus parientes son parientes de todos tus clones y de sus respectivos parientes. Te puedes follar a los clones de tu padre, madre, hijos, nietos, hermanos y abuelos, e incluso puedes enamorarte y casarte con ellos, pero en esos casos ni se te ocurra tener un hijo, ni a propósito ni por accidente.
Así empieza esta película
biopunk de factura británica y, por tanto, con bastante chicha que masticar.
By the way, el cine británico de ciencia ficción cada vez me gusta más.
Es otra de ésas que te recomiendan en una lista de distribución cuando no te acordabas de que existía, aunque en su día la hubieras oído mencionar. No creo que arrasara taquillas y no me extraña: es una distopía futurista con poca acción (me refiero a pocos efectos especiales) y que basa su interés en las ideas que se desarrollan en su trama.
El director es un tal
Michael Winterbottom, nombre que
a priori a los no entendidos no nos inspira nada que no sea “po fale”. De momento yo me lo apunto porque, si todo lo hace así, promete dar bastantes veladas jugosas. La pareja de protagonistas principales ya es más conocida. Tenemos a un
Tim Robbins que cumple de sobra. Hace creíble su papel. Y la chica es nada menos que
Samantha Morton, la
precog más espabilada de
Minority Report. No lo hace nada mal, con su pinta de guiri y sus maneras de mujer liberal de hoy desenvolviéndose en el día de mañana.
El argumento: Época: un futuro cercano, quizá dentro de 50…, no, mejor 20 años.
Contexto: las grandes corporaciones mandan, como ocurre en
Blade Runner o en cualquier peli
cyberpunk.
Estado de la sociedad y del mundo: superpoblación, megalópolis, cambio climático a todo gas y medio ambiente destruido, desiertos, y se puede vivir ‘dentro’ o ‘fuera’.
¿Ein?
Vale. Vivir ‘dentro’ supone tener todas las comodidades y medios tecnológicos de última generación al alcance, una vida ordenada y pulcra, cobertura del estado… y estar absolutamente controlado. Muy parecido a lo que encontramos en la ya citada
Minority Report o en
GATTACA (otra obra
biopunk). Por el contrario, en el exterior la vida es más estocástica, tercermundista, picaresca, peligrosa y libre. Más jodida pero sin tanto control. El hecho es que los de ‘fuera’ quieren entrar ‘dentro’ y los de ‘dentro’ no quieren ni pensar en que les echan ‘fuera’. Para entrar hace falta tener ‘cobertura’ (la primera vez que lo mencionan yo ya estaba buscando con la mirada qué coño tendría que hacer con el móvil el
Tim Robbins; pero no, no va por ahí). La cobertura la concede una compañía denominada La Esfinge, que emite unos
papers que hacen la vez de pasaporte con visado. Los ciudadanos con cobertura —el primer mundo, los que viven ‘dentro’— la utilizan para ir de una ciudad a otra. Tiene caducidad. Expira en periodos de tiempo muy breves. Se trafica con los
papers. Un
outsider —término nunca mejor empleado que aquí— daría, por regla general, un huevo y parte del otro por conseguir
papers.
María trabaja poniendo papers en circulación ¿Por qué digo
papers y no papeles o documentos? Pues es una genialidad no sé si del mismo Winterbottom o de algún guionista, porque no se parte de ninguna novela —a no ser que se haya adaptado dos al mismo tiempo: Edipo Rey y alguna de Philip K. Dick—. Y es que una de las cosas por las que se recordará
Código 46 es porque todo el mundo habla un idioma que consiste en una mezcla de otros varios. Yo he visto la versión doblada al español de España. El lenguaje es por supuesto el español/castellano pero en las frases se intercalan términos en inglés, alemán, francés, italiano y portugués. Puede que se utilicen palabras o expresiones de otros idiomas pero no los recuerdo —tampoco estuve pendiente, si vuelvo a verla los iré anotando—. Se supone que es el lenguaje que se utilizará en el futuro, un futuro muy ‘alianza de civilizaciones pero manda lo anglosajón, ¿eh?’. Me imagino que si se ve la versión original, el idioma será el inglés y habrá muchas cosas en español. Me da igual, no pienso verla en inglés…
La Esfinge tiene su domicilio en Shangai (joder, tendríais que ver cómo es esa Shangai futurista). Se están detectando irregularidades; se sospecha que algún empleado está sacando y proporcionando
papers en el mercado negro. Esto es un problema, porque La Esfinge todo lo sabe. Tiene en sus bases de datos los de todos los ciudadanos que están ‘dentro’, y probablemente los de la mayoría de los ciudadanos de ‘fuera’. Y cuando digo que todo lo sabe y pongo las palabras en ese orden tan ortopédico es para que dé la sensación de aquello del Ojo de Agamotto, que todo lo ve. Eso lo dejan caer como de pasada pero luego lo demuestran: si La Esfinge no concede
papers a alguien es por alguna buena razón, y hasta aquí puedo leer. William Geld, que es un agente al que se ha introducido el virus de la empatía (¡hop!), es enviado a investigar este asunto para averiguar qué empleado está jugándosela a La Esfinge. William nunca falla; tras una breve entrevista es capaz de detectar si alguien miente o dice la verdad. Cuando le toca el turno a María González (y olé), se da cuenta de que es la empleada desleal y, al mismo tiempo, queda prendido de ella de inmediato. Y ella de él. Entonces, William miente y proporciona un probable culpable falso. Esto es una putada, la verdad. A mí me dejó un poco tocado que un tipo como William pusiera en la picota a un pobre hombre que no tiene culpa de nada y que probablemente tuviera mujer y varios churumbeles a quienes alimentar. De entrada, el convertirlo en culpable suponía su despido sin condiciones, pero es que además se intuye que al pobre le retirarían su cobertura, con lo que quedaría expulsado de la sociedad del bienestar. Pero en fin, la película no va por ahí. A William, tipo frío e implacable aunque amable y sensible —no sé cómo lo consigue, pero cuela—, no le parece en ese momento que hubiera que pensar en nimiedades como ésas.
María es una joven que vive corriendo el riesgo de que la pillen, la pongan de patitas en la calle y la expulsen ‘fuera’. Pero está concienciada con su causa. La Esfinge no tiene derecho, según ella —y otros—, a controlar quién entra y sale y quién no. ¿No lo tiene? Ya he dicho antes que La Esfinge lo sabe todo.
Pero Código 46 es, ante todo, una historia de amor. Una película romántica. Sí. La historia que surge entre William, felizmente casado y con hijos, padre hacendoso y prudente esposo, y María, que se supone que tiene amantes —alguno de ellos especial pero no exclusivo—, es imposible. Ambos se dan cuenta enseguida de que no puede ser, que si se lanzan al abismo algún día terminarán llorando, pero no son capaces de evitarlo. ¿Encoñamiento? No. Algo más. Algo irresistible les empuja a cometer la locura que supone dejarlo todo, convertirse en proscritos de la sociedad, buscar asilo en algún puerto franco del medio oriente en el que los
papers no son importantes. Viven su tórrida relación al día, minuto a minuto, sabiendo que llegará el momento en que se tendrán que decir aquello de ‘siempre nos quedará Shangai’, pero hacen caso omiso a sus conciencias racionales para permitir que gobierne el amor. Ains…
Un romance muy bonito, ciertamente. Siempre he huido como alma que lleva el diablo de las películas de amor; pero de ésta, no. Y además es una película de ciencia ficción que merece la pena ver y recordar. Vuelvo a decir lo del presupuesto. Lo dije cuando hice la
reseña de Dark City y lo repito ahora: a veces parece que la falta de presupuesto se suple con cierta dosis de ingenio.
Para terminar, algunas anécdotas, curiosidades o flipadas.
Hay una escena que se desarrolla en un karaoke. Alguien sale y canta el "
Should I Stay or Should I Go?" de
The Clash. Bueno, pues es el mismísimo
Mick Jones… sí, el cantante de
The Clash. Otro de los guiños de la película es, referente a la parte que toca al artículo 1 del Código 46 del título, el dilema que surge sobre si el complejo de Edipo está determinado genéticamente. Con tantos clones de madres e hijos que puede haber por ahí pululando, tanto uso de las madres de alquiler, embriones congelados y niños adoptados, si un hombre se encontrara con dos mujeres disponibles a tiro y una de ellas fuera un clon de su madre, ¿se enamoraría de ésta en lugar de escoger a la otra? La tercera curiosidad hace referencia al título en sí. No lo dicen, todo queda en que la asignación del número es casual —es el Código que hace el número 46 de un total de… los que sean— pero es que 46 (23 pares, o 22 pares más dos cromosomas, que técnicamente es más correcto) son precisamente los cromosomas que tenemos los seres humanos en nuestras células —excepto en los gametos (23), los glóbulos rojos (ninguno) y no recuerdo si algún tipo celular más.