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Hombre, pues aún no hemos descubierto el intríngulis de la Psicohistoria que desarrolló mi tocayo Hari Seldon en la Trilogía de La Fundación, de Isaac Asimov, ni tampoco nos acercamos a las habilidades de los precogs de El informe de la minoría (Minority Report), de Philip K. Dick, por poner dos ejemplos muy típicos, pero algo es algo... ¡Error a la vista!
Escribía el mes pasado de adivinos y profesionales del vaticinio y hete aquí que a los pocos días la revista Proceedings of the National Academy of Sciences publicaba un artículo sorprendente sobre la posibilidad de predecir, de forma científica, el futuro con ¡30 segundos de antelación! No es mucho tiempo, la verdad, como para salir corriendo a comprar el billete de lotería que nos retire, y de momento el sistema solo es aplicable a casos muy concretos y con una fiabilidad no muy alta, pero por algo se empieza. Y los meteorólogos no hacen vaticinios fiables con mucha más antelación...
AUTOR | Ignacio F. Bayo FUENTE | Opinión madri+d
La cosa consiste en la detección anticipada de esos errores que a veces (o con frecuencia, depende de cada cual, claro), cometemos mientras realizamos actividades rutinarias, mecánicas. Científicos de la Universidad de Bergen (Noruega) y de la Estatal de Georgia en Atlanta (EE.UU.) han descubierto patrones de actividad que se producen en dos regiones diferentes y que anteceden en unos segundos (entre 6 y 30) a la comisión de un error. La cosa no es banal, porque se podría desarrollar un sistema capaz de evitar muchos de los accidentes laborales y de circulación que se producen cada día, simplemente avisando al individuo de que está a punto de meter la pata, lo cual por cierto haría que la predicción de futuro fuera errónea. Y es que, como dijo Bertrand de Juvenal, no podemos conocer el futuro pero sí cambiarlo.
Uno piensa, con cierta prevención, claro está, que la línea de investigación podría ampliarse a otras actividades del cerebro. ¿Existen patrones de actividad que anticipen otras manifestaciones mentales? Imaginen, por ejemplo, una máquina capaz de detectar que vamos a tener un momento de esos de lucidez en los que se nos ocurre una gran idea, quizás que sea capaz de saber qué idea se nos va a ocurrir e incluso analizarla y decidir si nos permite tenerla o no... Orwell y Huxley habrían sacado buen provecho de la idea para sus escenarios de una humanidad perfectamente controlada.
La verdad es que no es novedoso que la ciencia se preocupe por el futuro. De hecho, una de las características que validan una teoría científica es su capacidad para realizar predicciones insospechadas sobre el resultado de pruebas experimentales que se propongan o se deriven de su enunciado. Un caso llamativo fue el de la antimateria, predicha por Paul Dirac en 1928 y descubierta experimentalmente por Carl Anderson en 1932. Otro ejemplo es la teoría del big-bang, cuyo desarrollo llevó a George Gamow a realizar en 1948 dos predicciones arriesgadas, sobre la composición del universo y sobre una radiación de fondo de microondas. Y mención aparte merece la teoría general de la relatividad de Albert Einstein, que se convirtió en noticia de portada de los periódicos de todo el mundo el 30 de mayo de 1919, cuatro años después de su formulación, cuando Arthur Eddington comprobó, durante un eclipse, que la luz procedente de una estrella era desviada por la masa del Sol al pasar por sus cercanías, tal como había predicho Einstein. Al menos eso dijo, porque las malas lenguas aseguran que en el lugar de la observación, las africanas islas Príncipe, estaba nublado el día del ocultamiento solar, pero eso importa poco, por-que posteriormente ha sido debidamente comprobado una y otra vez.
Einstein sigue siendo objeto de un inusitado interés por los que buscan conseguir una prueba de que erró en alguna de sus dos teorías de la relatividad o al menos en alguno de sus fundamentos o conclusiones. Un siglo después de su etapa más brillante, se siguen diseñando experimentos para corroborar o destruir predicciones en ellas contenidas o de ellas derivadas.
Pero en todos estos casos, más que el futuro lo que se describe es el funcionamiento de la naturaleza, los eventos que se producen dadas unas premisas y coordenadas previas. Así la cosa cambia, porque ni la relatividad, ni el evolucionismo, ni el segundo principio de la termodinámica, ni la estructura del ADN nos aclaran nada sobre si recibiremos una herencia inesperada, encontraremos esa media naranja deseada o saldrá bien la operación de vesícula que tenemos programada.
Pero la ciencia empieza también a entrar en los detalles personales del futuro. De un tiempo a esta parte los medios multiplican las informaciones sobre el avance de la medicina personalizada y preventiva, el estudio genético del individuo para conocer sus predisposiciones a padecer o a evitar todo tipo de enfermedades y determinar los hábitos de vida que debe llevar o los tratamientos terapéuticos más adecuados a su perfil personal. Ahora empiezan a proliferar las empresas que ofrecen estos análisis a precios relativamente asequibles y se empieza a plantear el debate entre quienes prefieren saber lo que su destino genético les tiene preparado y aquellos que prefieren despreocuparse. Incluso James Watson, el famoso codescubridor de la estructura de doble hélice del ADN, que fue uno de los primeros en hacerse el perfil decidió que no le informaran sobre los riesgos de padecer Alzheimer y algunas otras enfermedades de esas que no sólo nos socavan el cuerpo sino que destruyen poco a poco nuestra mente, que es como decir nuestra propia persona. Add as favourites (3) | Cite este artículo en su sitio | Views: 933
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