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No dejes para mañana... lo que puedas comer hoy, por Carlos Daminsky Imprimir E-Mail
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Ficciones - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
martes, 24 de junio de 2008

 

Esta vez, una de zombis. Pero no se trata de gente normal que huye de los zombis sino que los protagonistas son los propios muertos vivientes, esos seres cuyo único propósito en la no vida es seguir avanzando. 

 

 

NO DEJES PARA MAÑANA... LO QUE PUEDAS COMER HOY

 

El zombi 1 y el zombi 2 eran dos figuras grotescas que se movían temblorosas entre el ruinoso panorama circundante. El rastro de sus almas se había esfumado con la explosión que había devastado la ciudad un bonito día de agosto del 1999 en el que el cielo azul y despejado irradiaba una luz solar intensa... hasta que una sombra oscura cruzó el cielo portando en su útero maléfico el propio Apocalipsis. Y el orden cambió.
Al 1 le pendían trozos de su camiseta de manga corta, en la que un eslogan medio chamuscado pero aún visible decía: Bienvenido al paraíso. Su pelo eran madejas grisáceas sobre un cráneo medio descarnado. Del rostro deshumanizado y purulento, un globo ocular pendía fuera de su órbita. La boca, que apretaba con fuerza, mostraba una serie de dientes amarillentos de formas irregulares.
El 2 vestía con los restos de un traje de tergal cuyo color era indefinible entre manchas, agujeros quemados y trozos de ceniza pegados. La corbata, deshecha, se resistía a caer del cuello y se balanceaba a cada paso trémulo que daba. El zombi no tenía cabellera, de hecho en la parte superior de su cráneo tenía un gran agujero del que manaba un líquido viscoso. La cara era un amasijo de llagas enrojecidas en el que destacaban sus ojos lechosos. Su nariz era un agujero y de la boca babeante pendía su lengua amoratada.
Aquella desgarbada pareja caminaba sin rumbo con los brazos extendidos hacia delante. Se habían juntado simplemente por la inercia de sus cuerpos malditos, que había hecho coincidir los pasos de su negro destino. Su testamento era el reino monocromo de cenizas en el que se había convertido el mundo.
 
Enseguida aprendieron la primera lección.
Ambos sortearon un grupo de vehículos carbonizados, cuyos chasis estaban volcados boca abajo, y al salir del amasijo de chatarra lo vieron. Se arrastraba por el cruce de calles, lleno de cascotes y de semáforos caídos. Había perdido una pierna y con sus brazos se impulsaba burdamente como un crustáceo entre los deshechos.
Los zombis, activados por un resorte primario, aceleraron su paso. Dando botecitos mientras caminaban deprisa, le cortaron su camino de huida. El muerto viviente, que vestía con un mono de trabajo marino descolorido, alzó su cabeza cenicienta y les miró con ojos sin brillo. Los más fuertes se comen a los débiles. Se lanzaron sobre su cuerpo y con excitación gutural lo despedazaron mientras se lo comían a trozos.

El cielo muerto y oscurecido. La ciudad inerte y resquebrajada. Había un edificio de oficinas que todavía se alzaba en pie con su fachada agrietada y sus ventanas desintegradas. Visto desde lejos parecía un obelisco de nichos.
La grotesca pareja arrastró sus pasos como andrajosas marionetas hasta la entrada. La boca irregular de la pared emanó una corriente de aire cálido que agitó sus raídas ropas.  Entraron.
La sala de recepción tenía el techo agujereado y los trozos de escayolas pendían como extrañas estalactitas. El suelo era un caos de basura y materiales.
Ambos avanzaron, subiendo y bajando por los montículos de deshechos, hasta que llegaron a la recepción... Y la recepcionista se alzó tras el mostrador. En su cara llevaba unas gafas torcidas sin cristales que se habían fundido en la piel quemada. Después surgió otro zombi y otro y otro... Las sombras se alargaron y los cadáveres putrefactos salieron de sus escondites. El teatro de la muerte levantaba su telón.
Estaban rodeados y atrapados, en clara desventaja. El círculo de muertos vivientes se cerró en torno a ellos. Sus vestigios humanos eran ahora formas torcidas y descompuestas. Alzando sus brazos con dedos huesudos, avanzaron dispuestos a comérselos.
Entonces el zombi del traje, sin saber por qué, pues sus impulsos eran muy básicos, recogió del suelo una barra de hierro. La miró y ésta le devolvió la mirada con un brillo. El reflejo pareció iluminarlo y entonces se defendió con ella propinando golpes deslavazados a los cadáveres andantes que se acercaban. Éstos, sorprendidos porque no sabían utilizar herramientas, retrocedieron interponiendo sus manos a los golpes.
El zombi de los vaqueros le imitó. Recogió otra barra de metal y atacó. De un golpe certero, más por casualidad que por atino, destrozó en añicos la cabeza de uno de los atacantes. Luego balanceó su improvisada arma golpeando los flácidos cuerpos que se desmoronaron ante sus arremetidas. No dejó ninguno en pie.
Mientras, el zombi del traje se deshacía fácilmente del resto ante su nula resistencia. Todos fueron machacados a golpes secos hasta que tan solo quedó en pie la recepcionista, a la que arrinconó contra el mostrador. Por un momento detuvo su ataque y se quedó mirándola con la cabeza ligeramente inclinada y con ojos torvos, babeó un hilillo de babas y gruñó. La recepcionista también le gruñó algo, como una respuesta arcaica. Después el zombi del traje alzó su brazo ejecutor y la destrozó a golpes. Quien tiene las armas tiene el poder. Segunda lección.
La bizarra pareja contempló, como idiotizada, todos los cadáveres desparramados a su alrededor. Tendrían comida para bastante tiempo.

Y llegó un día en que sobrevino el punto crítico.
La nieve caía en forma de copos sucios desde en un cielo hermético sobre la urbe, que era un cementerio de construcciones que parecían extrañas espinas retorcidas.
La pareja de zombis, uno detrás de otro en macabra procesión, iba dejando sus lentas huellas en la nieve, mientras la escarcha se les iba adhiriendo a sus múltiples llagas y heridas. Sus cuerpos descarnados crujían sonoramente, como quillas de carcasas que se iban desquebrajando.
Y  entonces al zombi de los pantalones tejanos se le cayó un brazo. El muerto viviente detuvo su paso autómata y se quedó contemplando el resto embobado. Luego se le cayó el otro brazo. Sus dos extremidades se iban ocultando por un manto de grisácea nevisca. Después, como una escultura burda, se partió por la cintura y se desmoronó.
El zombi del traje, que iba delante, atraído por el ruido se dio la vuelta y vio a su compañero arrastrándose en el suelo. Con paso corto fue hasta él, lo miró con ojos extraviados y se arrodilló a su lado. Entonces hizo un gesto de humanidad posándole la mano, en la que faltaban varios dedos, a modo de lamento.
Tercera lección: La ley de la supervivencia manda. La corbata se desprendió al fin de su cuello mientras devoraba al que hasta entonces había sido su compañero en el camino de los muertos.
No dejes para mañana lo que puedas comerte hoy.

 

Carlos Daminsky, 2008

 

Creative Commons License
Esta obra se ha publicado en el Portal de Ciencia Ficción bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.


 
 


 


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