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Incerteza, por Carlos Daminsky Imprimir E-Mail
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Ficciones - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
miércoles, 23 de julio de 2008
 
La lucha del hombre contra la máquina es uno de los temas que Carlos Daminsky aborda, desde un punto de vista u otro, con mayor frecuencia.
 
El que nos ocupa esta vez es un verdadero drama, en cuatro actos breves, en el que se narra el desarrollo de una historia apocalíptica vista a través de los ojos de una niña. Incerteza.
 
  

 

 

INCERTEZA

 

Lucrecia estaba tras su padre en la hilera de gente sucia y harapienta que formaba una larga cola de huesos serpenteantes. A los costados, custodiando la fila, los cyborgs fuertemente armados vigilaban echando miradas despectivas con sus ojos artificiales del color de... la sangre. Lucrecia no se atrevió en ningún momento ni tan siquiera a cruzar su mirada con la de aquellos hombres llenos de implantes de metal y platino.
De repente la cola se movió. La gente, desganada, avanzó unos pasos arrastrando sus pies por suelo polvoriento y después volvió a parar.
La niña quizás hoy cumpliera diez, once o doce años. Quizás. Ella ya había perdido una cuenta que ya era inútil. Contar los días era algo infructífero ¿Qué día era hoy? El mismo que pasado mañana. El día de seguir viviendo, el día de seguir caminando. No había más metas, no había largos plazos. El día a día era la marca de la vida. Y ni siquiera el propio sol era ya una referencia, pues el cielo era un manto de nubes turbias que apenas dejaba pasar sus rayos.
 
* * *

¡Lucrecia, Lucrecia! Escuchó a su madre llamarla desde la puerta de la casa. ¡Lucrecia, ven! Volvió a gritar, agitando las manos desde el umbral. La niña se levantó del suelo donde jugaba sentada con unas canicas y corrió hasta su madre.
Llegó hasta ella trotando. La alta y rubia mujer sonrió y alborotó los cabellos largos de la niña.
—Es hora de merendar, chiquilla —le dijo.
Las dos cruzaron el portón de madera vieja, con una aldaba de hierro negro en forma de gárgola, y entraron en la casa. Un ambiente fresco y agradable dominaba el apacible interior.
—Vamos —su madre le cogió suavemente la mano.
Ella se dejó llevar por los pasillos, girando unas veces a derecha otras veces a izquierda. Subiendo escaleras, bajando escaleras. Su madre, con tranquilidad, fue conduciéndola por el laberinto de paredes hasta que ella se sintió perdida. Pero a pesar de ello la niña no mostró preocupación. Su madre la guiaba...
Giraron una esquina y llegaron a la puerta. Un agradable olor a comida recién hecha se colaba tras ella.
La madre abrió y entraron a la cocina. En el centro de la mesa había abundante comida. Panecillos, galletas, cruasanes, bollos, pasteles, mermelada y chocolate se esparcían exuberantes por el mantel.
—Bueno, a qué esperas chiquilla. ¡A comer! —le apremió la madre.
Ella se sentó a la mesa y empezó a probar de todo. Los sabores eran maravillosos. Después su madre se acercó y le sirvió un vaso de zumo.
—Es de melocotón, te gustará. —La niña agarró el vaso y sorbió. Tenía un gusto dulce y agradable.
En la cocina había un gran ventanal. A través del cristal se veía el sol anaranjado por encima de las altas montañas del horizonte.
De repente se escuchó una voz neutra:
—Señora, los alimentos básicos se está acabando. Sugiero haga una lista, para cuando vaya comprar.
—Vaya —dijo la madre, sorprendida—, el ordenador me está avisando.
En la puerta del frigorífico un cristal se había iluminado. La mujer fue hasta ella y con el dedo empezó a tocar la pantalla táctil.
—Umm... veamos... huevos, leche, carne de... carne de vacuno... sí...
—Señora, también sugiero fruta. En especial manzanas y naranjas. Hay que compensar las vitaminas. Es muy importante.
A la niña se le cortó el hambre. El estómago se le hizo un nudo.
Su madre sacó un aparato cuadrado y negro de un cajón, después miró a la niña y dijo:
—¿Te pasa algo, cariño?
—Eh, no. Nada, mamá.
—¿Pues por qué has dejado de comer? ¿Está malo?
—No, qué va. Es que no tengo más hambre.
—Come, come, hija mía. Yo voy a hacer el pedido de las cosas que nos faltan —y su madre empezó a pulsar en el aparato negro.
Y entonces casi estuvo a punto de dar un grito cuando lo vio... En una esquina, aparentemente inerte, había un robot. Los ojos de la niña se agrandaron. Los del robot se abrieron, de improviso, mostrando sus retinas brillantes. Y después el autómata se movió, como una marioneta, hacia ella.
—¡Mamaaaaaa! —chilló, y saltó de la silla.
—Pero hija, qué haces... ¡Mira cómo has puesto el suelo!
Ella se apretó contra la pared. El robot doméstico se acercó hasta la mesa.
—¡Mamaaaaaa!
Entonces... una de sus manos se transformó en una aspiradora. Luego, con eficiencia, empezó a limpiar lo que ella había tirado al suelo.
—¡Lucrecia, por favor! ¡Cálmate! —su madre le agarró por la espalda intentando calmar sus temblores.
La niña, en aquellos instantes, vio por la ventana, a lo lejos, un objeto negro que flotaba en el cielo... Luces verdes y rojas parpadeaban en las alas de los costados y en las posteriores. La nave quedó suspendida en el aire unos instantes y luego efectuó una maniobra, ladeándose a un costado y desapareciendo de su vista al tiempo que dejaba un haz brillante producido por los reactores.
 
* * *

¡Papi, papi!, gritaba la niña mientras corría tras él. Su padre era objetivo prioritario y tan solo lo había sabido unos instantes antes, cuando abrió la puerta y los dos simulacros le saludaron cortésmente. El destino había hecho que fuera unas centésimas más rápido... Pudo disparar varias ráfagas a bocajarro con su pistola láser, cuando los sicarios desenfundaban las armas. Sus cuerpos salieron despedidos contra la pared y acabaron sentados burdamente en el suelo, con varios boquetes que mostraban cables y metal. La niña, asustada, pudo contemplar toda la escena desde la otra parte del recibidor. Los simulacros, fuera de combate, se agitaban con reflejas convulsiones eléctricas.
—¡Hijos de puta! ¡A mí no me deberíais haber atacado! —les gritó su padre.

—¡Vamos, rápido hija! —su padre le dio la mano y estiró fuertemente de ella.
En la calle reinaba el caos. Había gritos y sonaban disparos por todas partes. La gente corría asustada sin rumbo. Se produjo una explosión cerca y casi estuvo apunto de soltar la mano de su padre. Una casa se desmoronó en el suelo y algo surgió por detrás. Era un enorme vehículo acorazado con ruedas oruga. En el techo tenía una torreta en forma de cúpula. Giró, apuntando su cañón hacia ellos. En aquel instante su padre la soltó y la echó a un lado. Después, una enorme detonación la tiró y la alejó aún más. Dio varias vueltas por el suelo y quedó tendida, rodeada por una espesa nube de polvo. El olor a quemado llegó, nauseabundo, a sus fosas nasales. Después su conciencia se diluyó y quedó tumbada en el pavimento.
 
Cuando volvió en sí escuchó sonidos de pisadas que se aproximaban. Agitó la cabeza y recuperó la visión. Enfrente, un hombre medio humano medio máquina la observaba con sus extraños ojos brillantes. Y después vio a otro, y a otro, y a otro... Había cientos por todos lados. Un camión acorazado apareció por la calle, destrozando todo la escoria que encontraba a su paso.
El vehículo paró muy cerca, abrió una escotilla y entonces Lucrecia vio a uno de aquellos hombres artificiales cargando un cuerpo muerto. Enseguida lo reconoció, era el de su padre. El cyborg tiró el cadáver, como un trapo, al interior.
Después, uno de aquellos hombres falsos habló con su voz computerizada:
—Tan solo hay una manera de subir ahí —dijo, mostrando su enorme fusil lleno de cañones y extensiones.

Realmente no había muerto. Sus constantes vitales habían sido mantenidas artificialmente en una urna llena de electrodos y sensores que vigilaban las señales de su cuerpo. No debía enfriarse demasiado para ser válida. Allí dentro, mientras era trasladada junto a los demás, tuvo sueños artificiales.
Descendió en la superficie de una plataforma. La Otra también. Desde aquel lugar podía contemplar un cielo anaranjado y llameante. Algo volaba allá arriba, batiendo las alas... o, mejor, simulándolo, pues sus movimientos eran deslavazados, como un tosco intento de imitación.
—¡Mira ahora! —le gritó, señalando, la Otra.
Y entonces pudo ver mejor aquella cosa. Era un extraño animal cuyo cuerpo estaba compuesto de trozos de chapas. Unos chasis laterales servían como base a las alas, que estaban formadas por tela blanca y tenía una cola que era un largo cable tubular. La imitación de animal pasó cerca y luego se alejó, haciendo crujir su estructura.
—¿No te parece increíble? Ésa fue una de las primeras creaciones —le dijo la Otra.
La Otra era ella misma... pero no era ella. Su igual se acercó y le levantó la barbilla. Luego sonrió, o esbozó lo que pareció una sonrisa, pues era más bien un gesto maxilofacial simulado.
—Ven, te voy a reparar.
 
* * *
 
La cola se volvió a mover y ella avanzó tras su padre. Las verjas estaban ya próximas. En aquellos instantes sintió un extraño vacío en su corazón. Entonces se llevó una mano al pecho buscando las palpitaciones, pero allí no había nada. El que parecía su padre se giró en aquel momento y preguntó:
—Lucrecia, ¿te pasa algo?
—No —dijo, agachando la vista.
—Hey, ¿qué pasa? Vamos, mírame. Toma esto, es un regalo.
Pero ella no levantó la vista, así que su padre bajó su palma hasta ponerla a la altura de sus ojos. Y en la palma había una criatura en miniatura. La misma que la del sueño. Aquel maldito dragón.
—Deja de tonterías con tu hija  —dijo en aquellos instantes la voz de su madre.
Y el dragón artificial cayó al suelo.
—¡Continuad! —gritó su madre. La niña la miró directamente. Tenía un ojo humano y otro artificial. Su cuerpo estaba embutido en una armadura de metal.
—¡Continuad! —volvió a gritar, esta vez amenazando con su rifle, mientras chafaba el dragón.
La fila avanzó.

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