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Reseñas - Libros
Escrito por Hari Seldon   
martes, 13 de febrero de 2007


JITANJÁFORA - SERGIO PARRA

  • Editorial: Grupo Editorial AJEC
  • Colección: Albemuth Internacional, nº 14
  • Fecha de publicación: noviembre 2006
  • 272 págs.
  • Formato: Rústica
  • ISBN: 84-96013-28-6
  • Portada: Alejandro Terán
  • Prólogo: Juanma Santiago


Puedes adquirirla en
  Jitanjáfora, de Sergio Parra

-Un aprendiz de mago.
-Una escuela de magia oculta a la vista de las personas normales.
-El protagonista viaja en tren hasta ella.
-Varitas mágicas obtenidas antes de empezar el curso.
-Profesores de magia un tanto singulares y excéntricos.
-Amigos y compañeros de aprendizaje, entre ellos una chica.
-Dos equipos enfrentados, rivalizando para:
    • ver cuál de ellos tiene los miembros que más prosperan en la magia
    • obtener el triunfo en un torneo un tanto especial repleto de elementos mágicos

No, no se trata de Harry Potter. Lo juro.

 

Que no. Que tampoco es un libro para fomentar la lectura entre púberes y adolescentes que no se separan de su XBOX-360. De hecho a éstos probablemente ni les gustaría, aún. El autor de Jitanjáfora no es ninguna dama británica llamada Rowling sino un tal Sergio Parra. Y anoten este nombre porque ha escrito un libro muy jugoso. Parra, y el Grupo AJEC por editarlo en un mercado como el nuestro, han sido muy atrevidos. Se agradece.

Tal vez sería mejor empezar explicando que el aprendiz de mago protagonista es un tipo llamado Conrado Marchale. No es ningún niño sino un tipo ya talludito que anda buscando rehabilitarse de su adicción a la heroína. Un tipo que no sabe si seguir con las charlas de su terapeuta o irse a buscar a el manco y librarse de su hambre.

Su compañero de fatigas no es ningún pelirrojo bobalicón sino otro tipo también talludito llamado Figueredo que vivía encerrado en su habitación, cebándose con libros y gominolas. Un tipo repelente, pedante, majadero y rimbombante, desagradable y afectado de verborrea aguda, enfermedad cuyos padecimientos no los sufre el enfermo sino quienes le rodean. En fin, un erudito de fin de semana que decide salir del cascarón para probar las experiencias en su carne, un Ignatius J. Reilly en ciernes que todavía no padece de su válvula.

Ambos se conocen cuando acuden a un lugar donde les prometen dinero por contestar a la encuesta de una multinacional. Desde ese momento la vida tendrá otro significado para ellos. Viajarán. Sabrán lo que es sufrir, padecer, esforzarse, estudiar magia, cursar asignaturas que no hubieran imaginado (ni nosotros) que existían, progresar, temperar…

Temperar, temperación, templanza… aquí debo hacer un inciso:

Según Santo Tomás, la templanza consiste en adecuarse a una recta razón. Normalmente se minusvalora la ética personal privada, teniéndose como arbitraria, al gusto de cada cual, y se hace hincapié en una ética política (paz-justicia-libertad), justificándose de forma muy alegre los pecados contra la templanza. Ésta, y Sergio Parra lo ha debido entender muy bien cuando leyó al santo, es algo personal, introspectivo; se refiere al conocimiento inherente a la razón de cada uno. Es una armonía que la voluntad quiere. No se trata de actuar ni pensar conforme a unas reglas externas.

Su fruto es el orden interior (la tranquilidad). Mientras que la prudencia tiene como objeto el orden en su universalidad, buscando el bien en general, la justicia busca el orden hacia los demás. La fortaleza pretende el bien de los demás sin contar con el de uno mismo (hacer algo a pesar de lo jodido que es, de lo poco que nos gusta o apetece, de lo cansados que estamos, etc.). Pero la templanza es la virtud moral que tiene como objeto conseguir este orden dentro de uno mismo, en el propio yo. Por tanto, está enfocada sobre el sujeto mismo. Es una virtud egoísta.

Existe un problema: este orden interno no es natural ni espontáneo. Todo depende de cómo el hombre, voluntariamente, se ordene a sí mismo. Es algo que hay que currarse. Y esto también lo ha entendido bien Sergio Parra.

Conrado y Figueredo, al igual que el resto de los alumnos de la escuela de magia, deben temperar como objetivo primordial. Es cierto que además tienen que aprender hechizos, conjuros, anatomía, mnemotécnica y fortalecer su cuerpo entre otras cosas, pero al lector le da la impresión de que el verdadero objetivo de los hechiceros es progresar en la espiral.

¿La espiral?

Sí. Cada aprendiz o maestro lleva grabada en la ropa una espiral. A medida que el mago va progresando en su temperación la espiral va creciendo, añadiéndose más espiras (o fragmentos de las mismas) a las que ya tenía. La espiral representa algo así como el rango de un mago. El decano de la escuela tiene doce espiras; una persona normal, como nosotros, estaría formando la primera. El significado de la espiral implica que en cada vuelta de la misma, o espira, ante un dilema complicado volveríamos a tomar la misma decisión o aportaríamos una misma opinión, pero con más motivos o habiéndola razonado -no por mera lógica, sino temperando- de una manera más sabia. Las implicaciones son evidentes: siempre hay que hacer caso al que más espiras posea. Sin dudar, sin rechistar, y sabiendo que además hacemos bien.

Ignoro el número de espiras de la espiral de Sergio Parra. Sin duda, muchas. Jitanjáfora es un libro lleno de explicaciones, ejemplos, analogías, lecciones magistrales. Es una novela de ésas que no se leen en un momento. Está cargada de información válida para el lector, se esté de acuerdo o no con dicha información (y ante el desacuerdo, siempre se puede juzgar si se tiene más espiras que el autor). Uno abre el libro por cualquier parte y ve que la narración prevalece sobre el diálogo. Las enseñanzas de los maestros de la escuela de magia son verdaderas disertaciones sobre la naturaleza humana, naturaleza que es en sí esquiva y voluble pero muy moldeable. Que se lo digan al personaje llamado Johan Andersen, si no.

Y Sergio Parra además es muy ladino. Ha escrito un libro de magia sin que ésta se muestre en ningún momento en forma de energías que fluyen ni maleficios sobrenaturales; y, sin embargo, hay hechizos, conjuros y varitas tan mágicas como las de cualquier historia de magia ‘verdadera’. Pero no es ladino sólo por eso. Ha conseguido un final que, aunque único y claro, sin trampas ni flecos dejados al azar, puede (y debe) ser diferente para cada lector.

Porque la Verdad y la Realidad con mayúsculas no existen, ni el Bien y el Mal. O al menos estos conceptos serán distintos para lectores con diferentes números de espiras en su espiral de temperación.


Ah, perdón:

jitanjáfora.

(Palabra inventada por el humanista mexicano Alfonso Reyes, 1889-1959).

1. f. Enunciado carente de sentido que pretende conseguir resultados eufónicos.

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