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Selector de frecuencias (capítulo 1) - Alexis Brito Delgado Imprimir E-Mail
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MaloBueno 
Escrito por Hari Seldon   
miércoles, 03 de septiembre de 2008
 
Alexis Brito Delgado ha tenido la gentileza de ofrecernos una novela por entregas. Se titula Selector de frecuencias y relata las aventuras del personaje del futuro lejano Dorian Stark, un tipo duro que sabe hacer bien su trabajo.
 
Acción, colonias espaciales, cyborgs... no se puede pedir más.
 
La novela consta de 15 capítulos, que iremos añadiendo cada dos semanas. Aquí tenéis el primero.
 
 

 

 

SELECTOR DE FRECUENCIAS

 
 
 

He repasado mis cintas de recuerdos
cuando volabas conmigo,
erguidos en la cima del mundo
desafiando su sonido,
ahora tu cuerpo yace hibernado
en una cápsula especial,
y sólo puedo estrechar el vacío
y sólo puedo esperar…


Aviador Dro




MARTE


LIBRO PRIMERO

 

Sólo anhelo encontrar sus ojos grises antes de cerrar los míos. Sin embargo, han pasado tantos años desde nuestra última conversación, que apenas recuerdo mi memoria. Se supone que no estoy viva ni muerta, sino en un lugar intermedio, lejos de cualquier esperanza que me permita aferrarme a la realidad…

Me encuentro a la deriva, navegando en un universo de imágenes hipnagógicas que drenan mis aspiraciones inmateriales. Condenada a una soledad eterna, corrientes luminosas me arrastran de un lado a otro, arrebatándome los sentimientos, dentro de un océano inexistente…
Mi mente no ha muerto del todo, fue lo único que pude salvar antes de ser asesinada, pero no me queda nada más a lo que aferrarme. No sé si seré capaz de resistir esta locura, soy incapaz de cambiar mi destino, varada como me encuentro en un limbo imaginario…

De vez en cuando, imágenes del pasado cruzan el lienzo de mis recuerdos, impresiones multicolores de luz virtual que no me aportan ninguna respuesta. Durante unos valiosos segundos, las dudas se disipan como si jamás hubieran existido, borrosas entre pulsaciones de estática…

Me siento incapaz de recuperar las emociones que escapan de mis sentidos torturados. Mis párpados se cierran, el tiempo de espera me parece eterno, debo conseguir las respuestas que busco...  

Nessa




A veces, pienso que una figura en sombras me observa desde los rincones oscuros de mi habitación, como si los demonios del pasado se negaran a morir, tal como siempre ha sido mi deseo. Tengo la impresión de no estar haciendo lo correcto ni siquiera cumpliendo con mi trabajo. Me siento igual que una máquina que recibe órdenes de sus superiores, sin tener ninguna capacidad de elección. Desde que no me he sometido al Borrado de Memoria, mis pesadillas son cada vez peores. Miles de rostros me acusan por todos los crímenes que he cometido, miles de voces que he apagado me desvelan clamando justicia, independientemente de la época, el momento, o el lugar. Quizá debería dejar esto, pero soy incapaz de hacerlo: es mi profesión para bien o para mal, y es lo único que me mantiene despierto, pese haberme arrebatado mi humanidad y todo aquello que significaba algo para mí. Durante los últimos años, me he vuelto cada vez más insensible; nadie es lo suficientemente valioso como para importarme, nada tiene un interés justificado que sobresalga sobre lo demás... Sólo la eterna tormenta que se libra en mi interior, la lucha que me obliga a continuar empuñando un arma en mis manos ensangrentadas hasta que, tarde o temprano, una bala me arrebate el resto de mi ser. No puedo recuperar el ayer que tanto temo, odio el presente que me ha tocado saborear con amargura y mi futuro me produce escalofríos. Puede que el pequeño porcentaje de humanidad que llevo en mi interior no haya muerto tal como siempre he creído, pero la verdad es que ya no soy capaz de sentir nada, cada trasplante cibernético me ha arrancado los sueños. Me he quedado vacío...

Dorian Stark




1

REGRESO A IBERIA



La pequeña Vogayer de clase charter se preparó para tomar tierra en los límites del espaciopuerto. Cuando estuvo a una altura de quinientos pies, la nave giró sobre su propio eje y descendió en sentido retrógrado. Las turbinas gemelas perdieron velocidad, estabilizando el peso del vehículo, introduciéndolo en el círculo de haces azules.
Marte era un desierto ardiente, nada cambiaba por muchos intentos que se hicieran para mejorar la fisonomía del planeta. La atmósfera, rica en dióxido de carbono, nitrógeno y argón, hacía imposible la reproducción de las especies vegetales más simples. Su pedregosa superficie consistía en canales que recorrían la tierra como cicatrices, profundos cráteres de centenares de kilómetros de profundidad, pequeñas montañas achaparradas y valles sinuosos que realzaban el aspecto sórdido que rodeaba la base secreta.
El ambiente mortecino atacó el fuselaje sin símbolos que delataran la procedencia de la charter haciendo brillar la superficie metálica enrojecida. En el cielo, dos lunas brillaban en la noche marciana entre el polvo carmesí que flotaba en el aire: Fobos y Deimos. La primera era más grande que la segunda, como si se tratara de un cuarto menguante distorsionado de la anterior. Una imagen que, poco a poco, era absorbida por la sombra amenazante de la otra, y que giraba tres veces más deprisa en un conciso periodo de rotación orbital. A lo lejos, las estrellas brillaban indecisas, sin lograr romper el manto enrarecido de tierra rica en óxido de hierro.
Compensando los chorros de energía traseros, la Vogayer continuó procediendo, dispuesta a aterrizar. Aquella zona de embarque no pertenecía a ninguno de los espaciopuertos infinitamente caros del norte, donde los enormes cruceros espaciales partían todos los días en dirección a la Tierra, Venus, y Júpiter. Los demás planetas eran aún inaccesibles para la ambición del hombre, las grandes corporaciones habían tenido que conformarse con colonizar los objetivos más cercanos, pero se enviaban sondas de rastreo para una incursión futura, no dentro de demasiado tiempo.
Éste era uno de los más sencillos, un puerto de embarque ilegal, destinado para la carga y descarga de diferentes mercancías, ideal para las naves cuyo registro no quisiera ser localizado por los satélites de control del gobierno. En aquel lugar se traficaba con los más diversos materiales de contrabando: mineral marciano, material de construcción a bajo precio, armamento de alta tecnología, y productos alimenticios. Marte aún no era autosuficiente, era incapaz de producir alimentos, excepto en los enormes invernaderos donde se cultivaban especies vegetales mediante la reproducción genética situados en el hemisferio sur del orbe, a salvo de las tormentas de arena que barrían los desiertos infinitos por los que estaba constituido el planeta. El espaciopuerto situado en una profunda hendidura del terreno era una extensión de Iberia, una de las pequeñas ciudades-colonias propias del este del planeta. Incluso las redes burocráticas quedaban parcialmente aisladas de aquella zona demasiado insignificante como para representar ningún problema, pero siempre controlada por los ojos invisibles que ostentaba el poder para apagar cualquier intento de rebelión.

La nave se posó en la pista de aterrizaje situada en el exterior. Desde un hangar de almacenaje, un túnel de acceso con forma circular emergió acercándose a la escotilla de salida, desplegando su longitud a través de varios anillos de distinto grosor. Con un chasquido, los cierres magnéticos se acoplaron herméticamente a los bordes del fuselaje. La compuerta se abrió con un movimiento en espiral. Una figura emergió de la Voyager y cubrió con su sombra los fluorescentes de helio. Era un hombre de un metro noventa de altura. Llevaba botas de caña alta hasta las rodillas, pantalones de corte militar con bolsillos a los lados, camisa de kevlar, y trinchera de cuero auténtica hasta los tobillos. Su rostro pálido quedaba enmarcado debajo del cabello rubio cortado a cepillo. Dos tristes ojos grises brillaban en los rasgos de indudable origen ario, tallados en un bloque de acero. Una enorme maleta se balanceaba en su mano izquierda, oscilando como si se tratara de una parte de su anatomía, no de un objeto que lo acompañaba. Con movimientos seguros, Dorian Stark recorrió el cilindro de embarque, sin ser consciente del ambiente gélido que reinaba en la madrugada. Al final del túnel presurizado, lo esperaba un cabo uniformado de verde, con el emblema de la Schneider grabado en el hombro: el ojo humano impreso sobre la mano metálica abierta. Al verle llegar, el hombre se cuadró con un audible golpe de talones y las manos en la espalda.
—¿Han llegado mis agentes? —inquirió el alemán.
—No, señor —replicó—. El teniente Mailer me comunicó que estaría aquí desde que usted pusiera los pies en tierra.
—Perfecto. —Las pupilas vacías de expresión taladraron el rostro sudoroso de su subordinado—. Necesito una bebida energética, cabo.
—Enseguida, señor.
El Agente Ejecutor depositó la maleta en el suelo e inspeccionó el inmenso hangar comido por la corrosión para evaluar la posibilidad de una trampa. El olor del aire reciclado irritó sus sentidos acelerados por las anfetaminas. Una RF3 era reparada por técnicos armados con sierras de cortar, que cambiaban un ala abollada entre un chorro de chispas similares a una lluvia de meteoritos. En el techo abovedado, detrás del conglomerado de tubos de platino, los paneles de energía solar proporcionaban el calor almacenado durante la jornada. Otro grupo se encargaba de descargar de una vieja Faune francesa material de contrabando: armas, combustible, municiones, y raciones de hierro compradas de manera ilegal en la Tierra.
Al fondo del hangar, unas dobles compuertas conectaban el espaciopuerto con la ciudad. Dorian conocía aquella zona en particular, había trabajado en Iberia antes que ahora. La última vez fue cuatro años atrás, a la caza de un grupo de terroristas que habían robado un valioso virus informático que sus superiores deseaban recuperar.
Odio este planeta, pensó malhumorado. ¿Por qué siempre tengo que venir aquí?
Stark aceptó el envase que el cabo le tendía. El alemán ingirió tres estimulantes y vació la bebida insípida de un trago. El vaso se autorecicló. El cabo aguardaba más instrucciones. La voz del Agente Ejecutor destiló malignidad:
—Puede retirarse.
—Como ordene, mi sargento.
Las puertas del fondo se abrieron silenciosamente. Una heterogénea docena de soldados vestidos de rojo las atravesaron y se dirigieron hacia Stark. Éste los estudió, impertérrito, calculando las fuerzas con las que contaba para aquella misión, sin dejar de prestar atención a la conocida figura que lideraba el grupo. Los técnicos de reparaciones cesaron sus labores, mientras el Comando de Agentes Ejecutores cruzaba el hangar, sembrando el miedo tras su paso. Cuando llegaron delante del alemán, se detuvieron en  perfecto orden: su líder tomó la palabra.
—Buenas noches, señor. ¿Qué tal ha ido el viaje?
Dorian no respondió, después de diez años trabajando junto aquel hombre, tenía la impresión de que acaba de conocerlo, quizá porque jamás había confiado en su persona. Dennis Mailer era un poco más alto que él, cuerpo recio enfundado dentro del uniforme ajustado como un guante. El largo cabello le caía a ambos lados de los hombros: una marea azabache de azulados reflejos. En su rostro anguloso, perfectamente afeitado, destacaban unos ojos gélidos: dos pedazos de cuarzo iridiscentes que parecían extraídos del interior de un programa de datos.
¿Qué diablos pensará de mí?, se preguntó Stark, mientras sus dudas creaban una distancia familiar entre ambos. Sé que es ambicioso, el hombre ideal para cualquier misión, que busca poder ante todas las cosas...  
Pasando por alto las formalidades, el alemán le imprecó:
—Ha llegado tarde, teniente.
Mailer no respondió. Se limitó a observarlo con irritación.
—Lo siento, señor —su voz fue neutral—. No volverá a suceder.
Dorian pasó por alto la insubordinación: no era la primera vez que tal cosa sucedía. Ahora no tenía tiempo menudencias, pero daría cuenta de ello en su informe cuando cumpliera su misión.
—De acuerdo. —Estudió interrogativamente a los agentes situados detrás de Dennis—. ¿Son buenos?
—Los mejores —la voz de Mailer sonó orgullosa.
—¿Son hombres de tu unidad? —La pregunta contenía cierta nota de desaprobación.
—Sí, señor.
—Veremos lo competentes que pueden llegar a ser, teniente—. Stark recogió su equipaje y rompió, intencionadamente, la hilera de soldados al pasar entre ellos. Sin detenerse a esperar a sus agentes, se dirigió a la salida del hangar—. ¿Qué debemos hacer?
—Se lo contaré en el deslizador. —Dennis se apresuró en ponerse a su altura—. Es algo nuevo para mí.
—¿Nuevo? ¿En qué sentido?
—Ya lo verá, señor.

Seis Mercedes estaban aparcados delante del almacén, los trazados aerodinámicos blindados brillaban en la oscuridad omnipresente en todas las direcciones. Un chofer abrió la puerta del primer deslizador.
—Sector Segundo, Zona Oriental, Calle 662.266 —ordenó Stark al conductor.
Tomando asiento dentro del compartimiento forrado con poliuretano, quedaron separados por una consola con pantalla líquida ultraplana, mientras los demás hombres ocupaban sus propios vehículos. Al ponerse en marcha el deslizador, Dorian ignoró a su compañero y observó el exterior. El vehículo descendió una rampa bordeada por luces pulsantes.
—Le noto tenso —comentó Mailer utilizando un tono mucho más familiar—. ¿Ha sido por el viaje?
El alemán no le prestó ninguna atención, estaba perdido en sus propios pensamientos: recapitulaba sobre cosas que nadie debía saber.
Es un profesional, meditó mientras circulaban en dirección norte. Quisiera saber cuáles son sus intenciones.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —respondió secamente—. No creo que necesitéis mi liderazgo.
—Por una vez estamos de acuerdo. —Dennis se mostró tan molesto como siempre que compartía una misión con el alemán.
—¿Cuántas operaciones ha efectuado en Marte antes que esta, teniente?
—Una.
Dorian lo miró fríamente.
—Ya entiendo porqué estoy aquí.
Mailer se revolvió, incomodo, sobre su asiento.
—Mi historial militar es lo bastante bueno para asignárseme cualquier misión, capitán.
—No lo dudo —dijo Stark—. Pero no tiene la menor idea de lo que es trabajar en las ciudades-colonias del Mundo Exterior.
—No veo la diferencia por ninguna parte.
Una expresión de superioridad se extendió como una cicatriz, junto a una sensación de infinito desprecio, a través del rostro del Agente Ejecutor.
—No estamos en la Tierra, teniente. —Dorian le habló como un instructor de combate explicándole una lección de lucha cuerpo a cuerpo a un alumno retrasado—. Las ciudades-colonia no están bajo la vigilancia del gobierno de este asqueroso planeta. Cada uno es libre de hacer lo que desee, siempre claro está, que no llame demasiado la atención. ¿Cómo cree que estamos en Iberia sin que ninguna corporación sepa nuestra presencia? Esto en Venus, por ejemplo, sería imposible. No hubiésemos podido llegar a la órbita exterior sin ser localizados, registrados y fichados por cualquiera que estuviera interesado por nosotros.
—Me he dado cuenta, ¿sabe?
—No creo que lo comprenda. —Sus ojos escrutaron el exterior a través de las ventanas ahumadas—. ¿Dónde ha trabajado antes de ahora?
—En Hestia.
—Hestia es una de las megalópolis más importantes de Marte —dijo el alemán—. ¿Cree que Aries me hubiera ordenado que viniera si estuviera preparado para trabajar en Iberia? —Una nueva mueca despectiva llenó su rostro—. Yo conozco esta zona, sé donde conseguir información porque he estado aquí antes. —Hizo un gesto desdeñoso a los deslizadores que los seguían—. ¿Piensa que alguno de sus agentes sería capaz de entrar en un local sin ser descubierto como tal?
Dennis guardó un rabioso silencio:
—Le aseguro que no tardarían en ser eliminados. —Efectuó una pausa—. Aquí la gente se da cuenta de lo que eres mirándote a la cara.   
Parece que ha entrado en razón, pensó Stark. Seguramente recordará la última misión que compartimos en Europa.
—¿Para qué me ha hecho llamar el General Aries?
Recalcó la pregunta para darse más importancia de la que se merecía. Sabía perfectamente que tal cosa molestaría a Mailer al sentirse desplazado a un segundo plano.
—Debemos eliminar a un grupo de mineros rebeldes —dijo su subordinado mientras encendía un Chesterfield. El alemán estudió, analizó y sopesó el contenido de la frase, sintiendo como una fría inutilidad se extendía por su interior.
—Ese no es nuestro trabajo.
—Yo pensé lo mismo. —Mailer soltó una bocanada de humo—. Aries ha sido tajante con su decisión.
—Los Agentes de Policía del Gobierno serán capaces de resolver sus propios problemas. Este tipo de operaciones no nos conciernen.
—Efectivamente. —Dennis se congratuló con él—. Al parecer han dado protección a un grupo de cyborgs de la Corporación Yimou. Los han ayudado a aprovisionarse, conseguir armas, y a escapar de las redes burocráticas a cambio de valiosas documentaciones.
Un odio ciego recorrió las fibras del alemán, pero su rostro continuó impasible, no quería que su subordinado le viera perder los estribos.
—¿Sabe dónde han huido esas máquinas?
—No... Para algo está usted aquí, ¿o me equivoco?
Stark ignoró su sarcasmo.
—Cuénteme lo que sepa.
—Parece que ese grupo de cyborgs ha huido de la Tierra después de robar ciertos biochips con información no clasificada.
—¿Qué tipo de información?
—Planos sobre las principales fuentes de abastecimiento del planeta, número de agentes de policía; sus nombres, direcciones domiciliarias, parientes; localizaciones de los cuarteles secretos de los miembros más importantes de la burocracia; datos sobre las plantas recicladoras de aire... Todo esto, y mucho más, para quien le interese cometer atentados terroristas.
—¿Quién es el jefe de los Rebeldes?
—Un tal Simón Demebe.
—¿Tenemos datos fiables sobre su persona?
—El General nos ha enviado lo que nuestros Técnicos de Información han encontrado. ¿Quiere leerlo?
—Claro. —La respuesta fue afirmativa—. Es bueno conocer a tu enemigo antes de enfrentarte a él.
Preparado para tal eventualidad, Mailer extrajo de un compartimiento secreto un visor del tamaño de su mano, y se lo pasó al alemán.
—Es un caso bastante peculiar. No sé cómo es posible que nuestros superiores no hubiesen tenido en cuenta su presencia.
—Supongo que a nadie le parecían sus actividades lo suficientemente interesantes para eliminarlo.
—Se equivoca —lo contradijo Dennis—. Tiene tres penas de muerte sobre sus espaldas. No me extraña que haya elegido esconderse en este agujero de mierda. Aquí sabe que está temporalmente seguro.
—Usted lo ha dicho. —La voz de Stark fue un soplo helado dentro del deslizador—. Temporalmente...
 
Dorian observó los datos impresos en un magenta de baja resolución en la pantalla. Demebe era un hombre de unos cuarenta años de edad, cabello corto color castaño, rostro firme y decidido, ojos sesgados veteados de puntos amarillos que revelaban su origen terrestre. Después de memorizarlo, pasó a las referencias más esenciales, pasando por alto las que no tenían importancia.
—Un hueso duro de roer —observó con cierta admiración—. Mucho más fuerte de lo que imaginaba.
Mailer asintió con la cabeza.
—¿Por qué la Corporación no se lo ha cargado?
—Sólo es un desertor —Dorian se mostró despectivo—. No es normal que uno de nuestros hombres abandone sin ser borrado del mapa.
—Es un tipo inteligente —dijo Dennis—. Fingió su propia muerte antes de desertar de la Schneider. Ninguno de nuestros agentes podría buscarlo. Técnicamente estaría muerto y enterrado.
—Ese truco es demasiado viejo. —El Agente Ejecutor le devolvió la consola—. Tenía que tener las espaldas bien cubiertas.
—¿Piensa que otra casa pudo comprar sus servicios?
—Eso parece.
—¿Quién podría arriesgarse a sobornar a uno de nuestros técnicos?
—Cualquiera que le prometiera el dinero suficiente para no tener miedo a traicionarnos, aunque no parece que sea un hombre demasiado poderoso. Al parecer no ha vendido su información a ningún rival, sólo se encarga de organizar a esos rebeldes: una unidad de mineros que luchan para liberar el planeta. ¿Un idealista, quizá?
Mailer bufó desdeñosamente y aplastó el cigarrillo en un cenicero automático.
—¿Idealismo? ¿Luchar por la libertad de este jodido planeta? A eso no se le llama idealismo: locura sería la palabra exacta para definir su estado mental.
—No creo que ningún hombre con tres penas de muerte se permita el lujo de ser un líder.
Demasiados riesgos, demasiados problemas, demasiados traidores que pueden hablar más de la cuenta por dinero.
—El cabronazo está colgado. —Dennis se reclinó hacia atrás—. Tiene las horas contadas desde que desertó de la Corporación.
—¿Está seguro? —Dorian le recordó un detalle importante—. Lleva un año sin caer en nuestras trampas.
—Nadie se había molestado en buscarlo.
—O porque tiene buenos contactos, gente que le pasa información de primera mano... o quizá sepa demasiados trapos sucios sobre la maldita Schneider para cazarlo desprevenido —meditó con frialdad.
—Debemos destruir el emplazamiento de la Base Rebelde, eliminar a los hombres de Demebe, y descubrir a dónde ha ido ese grupo de cyborgs de la Yimou —explicó Mailer—. Estas fueron las órdenes que me dio el General Aries antes de que usted llegara.
—Parece que tienen los mismos problemas que nosotros —reflexionó el alemán—. ¿Por qué los cyborgs terminan volviéndose contra sus amos?
—No sólo los cyborgs, también los humanoides y los androides han hecho lo mismo. Es una cadena sin fin.
—Fabrica una máquina que imite la forma de pensar de un ser humano, y ésta terminará rebelándose contra su creador. —Dorian miró por la ventana viendo pasar las calles atestadas de edificios ruinosos—. Es la Ley de la Evolución.
—Jamás he entendido como las máquinas son capaces de adquirir conciencia propia. Es un misterio para los técnicos que las construyen, diseñan sus mentes y seleccionan sus programas de personalidad.
—Siempre he pensado que la robotización ha sido el mayor error que ha cometido la humanidad, sólo ha traído más problemas de los que necesitamos.
—Eso es cierto, pero es la mano de obra más barata que existe, la más trabajadora, la menos exigente...
—¿Con qué ayuda contamos? —Stark cambió la conversación a unos parámetros más materiales. No deseaba charlar sobre aquella clase de temas con su compañero.
—Están esperando instrucciones en el Sector Sexto.
—¿Cuántos?
—Treinta unidades en total, Generación Gamma-12.
—¿Gamma-12? —preguntó Stark, irritado—. Sabe que detesto trabajar con máquinas.
—Fue lo único que pude encontrar —se excusó Mailer—. Esta misión me ha pillado desprevenido.
El Agente Ejecutor se mostró tajante:
—No pienso trabajar con cyborgs del Programa de Asesinos. No me fío de su operatividad en un planeta como Marte.
—¿Por qué?
—No hay ningún porqué del que hablar —la respuesta fue gélida—. Está bajo mis órdenes, teniente. Se harán las cosas a mi manera.
—En el pasado trabajaba con cyborgs Beta-3, señor. ¿Qué es lo que le hizo cambiar de opinión?
—Ahora tengo capacidad de elección. —El alemán lo miró con ferocidad—. No vuelva a proponerme trabajar con máquinas nunca más, teniente. ¿Entendido?
Mailer imitó su tono de voz:
—¿Cree que con nuestras fuerzas vamos a eliminar a un grupo de rebeldes mucho más numeroso que nosotros?
—Yo no he dicho tal cosa —gruñó Stark—. He preparado mi propio escuadrón antes de aterrizar.
—¿Cómo? —Los ojos de Dennis se desorbitaron llenos de sorpresa—. ¡No sabía nada de esto!
Pobre imbécil, pensó. No quiere admitir que somos marionetas que servimos a una Casa Madre.
—Estaba seguro de que elegiría las fuerzas del Programa de Asesinos antes de poner el pie en tierra —explicó con regocijo—. Mientras salía de Venus hablé con la Distribuidora de Agentes de la Corporación. Necesitaba contar con un grupo de hombres bien preparados para cualquier misión en las colonias espaciales.
—Pero... —Mailer se atragantó—. ¡Si ni siquiera sabía las órdenes que debía cumplir!
—Yo soy un profesional, teniente. Después del tiempo que llevamos trabajando juntos, usted debería saberlo. Si recuerda la última misión que compartimos, estuvimos a punto de ser aniquilados por culpa de uno de sus hombres. No deseo soldados ansiosos de sangre cerca de mí. No son buenos agentes ni hombres en los que se pueda confiar, menos aún en una operación de esta categoría.
Nerviosamente, su compañero encendió otro cigarrillo, sin ocultar la ofuscación que lo dominaba.
Me odia, pensó Stark. Se siente molesto por estar bajo mis órdenes. No esperaba este as bajo mi manga, ni tampoco contaba con que estuviera más preparado que él.
—El Gobierno de Marte ha hecho un trato con la Schneider para dejarnos actuar libremente, ambos desean el éxito de esta misión, no podemos permitirnos el lujo de fracasar.
—¿Entonces por qué hemos que tenido que actuar en secreto? —escupió Dennis—. Si todo es una alianza entre dos fuerzas irreconciliables: ¿Por qué nadie debe saber que estamos aquí?
—La CNN está pendiente de los atentados de los Rebeldes. Si averiguaran el tinglado sería un escándalo a nivel interplanetario.
Mailer no contestó.
—Existen tres poderes en este sistema; las grandes corporaciones, los gobiernos de los planetas-colonias del mundo exterior, y el de la televisión. Nosotros somos la espada, el Gobierno de Marte la pared, y la CNN la distancia que nos separa de nuestros objetivos. Debemos actuar en la sombra, sin que nadie pueda hablar más de lo necesario. Así ha sido desde que comencé mi instrucción en la OC. Creo que usted haría bien en recordarlo.
—¿Cuántos hombres has pedido a la Distribuidora?
—Cincuenta Agentes de la Orden de los Centinelas, hombres de mi propia unidad, mucho mejor preparados que sus tropas de cibernados, teniente.
—¿Cómo...?
—Serán más que suficientes —Dorian lo interrumpió—. No quiero escuchar ninguna tontería. Si no tiene nada interesante que decirme preferiría que cerrara la boca.
Pienso poner tu comportamiento en la hoja de servicios cuando terminemos, pensó el alemán. Serás sancionado por tu falta de respeto a un superior.
En los ojos de Mailer ardían destellos de resentimiento.
—¿A dónde vamos?
—Tenemos a un informador en el Sector Segundo —explicó con desgana—. Un viejo contacto que me ha proporcionado información antes. Su nombre es Mijaíl Vlamink.
—¿Qué sabe de ese ruso?
—Al parecer, trabajó junto a sus compatriotas en la Operación Nébula. Más tarde, se dedicó al espionaje industrial gracias a lo que había aprendido, hasta que la Corporación Kovski decidió pararle las piernas mandando a un par de clones que le arrancaron la columna vertebral con métodos no demasiado sofisticados. El bastardo tuvo suerte y sobrevivió. Después de ser reconstruido se dedicó al contrabando de implantes mecánicos, materiales genéticos y de demás, hasta conseguir el dinero suficiente para abrir una discoteca donde suelen ir los jóvenes ricos del planeta en busca de emociones fuertes: sexo, drogas, y rock ‘n’ roll.
—Esa es una vieja expresión —pese a su disgusto, Dennis sonrió—. Hacía mucho tiempo que no la escuchaba.
Stark lo ignoró.
—Aquí no está bajo la vigilancia de la policía. Puede vender lo que quiera: drogas de conexión neuronal, estimulantes sensoriales, implantes infopsicodélicos... Basura ideal para su clientela fácil: niños de papá y mamá que no tienen nada mejor que hacer que perforarse la piel, acoplarse injertos metálicos sobre los nervios, y alterar químicamente su ADN.
—Un hombre de fiar —dijo Mailer con ironía—. ¿Sabrá algo sobre Demebe?
—Si alguna persona tiene la información que estamos buscando esa es Vlamink —aseguró el alemán—. Se ha convertido en una especie de confidente para los Agentes del Gobierno de Marte. “Habla, pero hasta cierto punto” parece ser su lema. No creo que desee estar en malas relaciones con el gobierno, ni con las corporaciones, ni con sus competidores.
—Un tipo listo. ¿Podemos confiar en él?
—Hace cuatro años tuve que eliminar un grupo de cyborgs Sigma-7. Habían robado un Virus Genealógico Blanco para colocárselo a uno de los miembros de la Yakuza asentados en Iberia. Alguien me habló de nuestro contacto, a cambio de una buena cantidad, sólo tuve que hacer un par de horas extra con los contrabandistas, limpiar la superficie del planeta de elementos indeseables, y recuperar el V.G.B.
—¿Vamos a su discoteca?
—Se equivoca, teniente —Stark lo corrigió—. Iré solo.
—¿No está arriesgándose demasiado, señor?
La hipócrita preocupación de su subordinado le dio ganas de vomitar.
—A mí ya me conoce y confiará en mí. Además, permítame recordarle que estamos en una zona marginal. Si catorce Agentes Ejecutores entraran en su local no le haría ninguna gracia a nuestro hombre. Por no decirle que cuando saliésemos seríamos historia: nadie daría un yendolar por nosotros. Estaríamos muertos antes de alcanzar los deslizadores.
—Usted tan precavido como siempre.
—Por eso continuo vivo.
Con un fluido movimiento, Dorian le pasó la trinchera a su compañero. Abrió las hebillas de plata, se quitó el arnés de nailon que rodeaba su torso, y lo enrolló alrededor de las fundas ocultables de sus W-PPK.  
—Estamos llegando. —Se enfundó la gabardina de nuevo—. No tenemos mucho tiempo. Debemos actuar con rapidez.
Dennis le alcanzó unas gafas audioreceptoras Toshiba conectadas a la consola del vehículo.
—Para estar en contacto con usted —añadió formalmente—. No me fío de ese ruso. En caso de emergencia entraremos a buscarle.
—No creo que intente matarme, teniente.
Manipulando el pequeño teclado con dedos ágiles, Mailer sintonizó la onda de frecuencia emitida por el alemán. Un mapa bidimensional apareció en la pantalla negra y llenó con sus reflejos la cabina del Mercedes. Impreso en un amarillo solar, Stark era un punto palpitante dentro de una carcasa en movimiento que circulaba a través de inmensas arcadas isométricas.
—Listo —anunció—. Son un modelo nuevo. —Señaló las gafas con el índice—. Diseñado de tal manera que su radio de transmisión preseleccionado no pueda ser localizado por ningún escáner.
—¿Las has probado antes?
—Sí —Mailer sonrió burlonamente—. Lo mejor que he visto en años.
—Perfecto. —El deslizador se detuvo—. Una hora desde que haya entrado —especificó a su compañero mientras abría la puerta en sentido vertical—. Y procurad por vuestro propio bien no llamar la atención.

Sin más preámbulos, el Agente Ejecutor abandonó el vehículo como una sombra, y se desvaneció en la oscuridad mortecina de la calle sin dejar rastro...

Marte
 
CONTINUARÁ…



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