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Alcoi Zombie City. Capítulo 1 - Carlos Daminsky Imprimir E-Mail
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MaloBueno 
Ficciones - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
domingo, 14 de septiembre de 2008

Alcoi Zombie City es un nuevo folletín de Carlos Daminsky que narra las vicisitudes de un superviviente llamado -ejem...- Fede a través de diferentes episodios que se desarrollan en un Alcoi devastado y postnuclear.

Desde luego, a juzgar por lo que se lee en este primer capítulo, la historia parece bastante amoral. Ya veréis por qué lo digo.

 

 

 

ALCOI ZOMBIE CITY

-Capítulo 1-

 

Lleva mucho, mucho tiempo en el tejado. Tanto que ya ni se acordaba cuánto. ¿Y para qué recordar? Lo único que necesitaba recordar era que se llamaba Fede. Con eso le bastaba, un nombre con el que continuar con vida. Un eslabón para proseguir ligeramente cuerdo allá arriba.
Podría tener un rifle con cañón grueso del calibre 270 con una acción del Mauser 98 y podría disparar con su mira telescópica y sería el dios de la muerte desde encima del edificio. Pero aquello era otra ilusión. Humo. No había arma. Y ni tan siquiera sabría como manejarla. ¡Qué bien! ¡Qué divertido! ¡Un nuevo crudo día en Divertilandia! ¡Crudo como carne correosa...! Carne... Oh, sí. Palabra ya casi mística para él. En su mente se formaron imágenes de chuletas fritas y grasientas... Butifarras, longanizas... Y por qué no, también hamburguesas. Sin ningún complejo... La boca se le hizo agua imaginado tan suculentos ágapes... ¡Oh, sí! ¡Qué olor! ¡Qué jugo! ¡Un grueso entrecot! ¡Un crujiente trozo de churrasco! ¡Oh, sí! Entraría en el restaurante con traje y corbata y pediría una ración doble de todo. ¡Qué bueno, amigo!
Entonces golpeó con el pie algo que salió rodando describiendo un círculo casi perfecto y después se paró. Era una puta lata de conserva. Su comida diaria. Y los pensamientos sobre las chuletas fritas, se esfumaron. Vuelta a la realidad, dura y pura. ¡Oh, amigo!
Se agachó y miró el bote. Ojos anodinos. Hoy menú especial: fabada asturiana. Y lo mismo ponía en todas las latas que tenía apiladas.
El cielo parecía menos turbulento de lo habitual. Qué más daba... El sol no iba a salir. Estaba de vacaciones por eterno. Se había ido a una isla lejana de playas blancas, de esas que salían en los folletos de los viajes turísticos. Bueno, Fede dudaba que quedara alguna playa de esas y menos blanca. El blanco era un color que se había esfumado de la escala cromática de las cosas.
Mortalmente aburrido se puso a echar una siestecita. Tampoco había mucho más que hacer...

De punta a punta del tejado había quince pasos a lo largo y veinte a lo ancho. Aquéllas eran las dimensiones de su mundo. Para no quedarse atrofiado, todos los días se dedicaba a andar un buen rato por aquel reducido espacio mientras hablaba consigo mismo. Y a veces, cuando tenía ganas, se ponía a dar gritos como un demente, desde allí. Total, ningún vecino le iba a echar la bronca.
Llegó por enésima vez borde del tejado, mientras daba su paseo, y paró en seco. ¿Por qué no? Porque no. ¿Pero por qué? Que no. Puso los pies en el filo, las puntas sobre el vacío. ¿Por qué? Que no, no, no. Dio unos pasos para atrás, no quería ver la maldita caída... De momento hoy no... Mañana ya vería. Eso, mañana sería otro día. A pesar de que todos los días eran igual de parecidos.
A lo lejos vio el puente de San Jorge, ahora una especie de espina dorsal ruinosa que se mantenía a duras penas alzado como un raquítico vestigio por el que ya no iba a pasar más el denso tráfico que solía cruzarlo antaño. Y aquella visión fue un resumen de todas las cosas. Rió irónicamente. Un presente sin presente. ¡Qué bien! ¡De puta madre, colega! Se rascó la entrepierna. Y bueno, el resto del panorama tampoco era muy halagüeño. Más bien desolador, por decir algo... Sí. Alcoi, se extendía devastada en un círculo estéril de cenizas. Inerte y asolada, ahora era un mero escombrero. Pero él tenía suerte. Se hallaba sobre uno de los pocos pisos que se habían mantenido erguidos. Y además era lo suficiente alto.
Bebió un poco de agua mineral embotellada y después miró una lata de cerveza barata. Pasó de abrirla, aquello podría saber a mil demonios. La lanzó al vacío.
Fue hasta el borde y se bajó un poco el roído pantalón tejano. Estaba hecho una mierda, pero le tenía tanto cariño que lo iba a llevar hasta que se hiciera polvo. Hasta que se desintegraran. ¡Sí señor!
Se puso a mear con gusto. El orín describía una amplia parábola, mientras caía por el borde.

Mientras se rascaba la cabeza poblada con un largo pelo enmarañado, creyó escuchar algo. Será nada. Se metió los dedos en los oídos, para limpiárselos. Pero el seguía escuchando algo. Bueno...
Se asomó al borde y lo vio venir. Alguien venía corriendo... ¿Corriendo? Entonces debía ser algún... ¿humano?
La persona venía por la desquebrajada calle, pero no parecía ser perseguida. La vio sortear varios vehículos oxidados que bloqueaban el camino y parase. Le pareció que miraba para atrás. ¿Qué hará ese jodido chiflado? Después se arrodilló y se tocó la pierna. Debía estar herido. Y, efectivamente, cuando reanudó la carrera se dio cuenta que iba cojeando. A Fede se le ocurrió una idea... ¿Tendría suerte y pasaría por aquí? Después se puso a mirar el tejado buscando algo, hasta que dio con ello. Sí, aquello podría valer. ¿Por qué no intentarlo?
Se asomó medio agachado en el borde. ¡Vamos, vamos, vamos! ¡Hacia aquí! El hombre venía hacia allí, pero pasaría lejos. ¡Vamos, cabrón!
Y entonces la suerte se alió con Fede. El tipo cambió de rumbo y vino hacia el edificio. ¡Ahora! Cuando lo vio pasar por debajo, le gritó. El individuo se paró en seco, medio aturdido. Miró en todas las direcciones.
Apuntó y soltó el gran trozo de cemento y contempló su caída con grandes ojos, observando como iba hacia abajo irremisiblemente. Apretó los puños y se mordió los labios. ¡Venga, venga!
Y el pesado pedazo le dio en la cabeza al hombre, que se derrumbó como un títere. ¡Bingo!
Sin pesarlo dos veces abrió la trampilla descorriendo las barras y descendió a las escaleras. Sus pies parecieron volar.
Bajó los tres pisos y salió a la calle. El individuo estaba en el ceniciento suelo, de espaldas. Un charco de sangre le salía de la cabeza.
Cuando se acercó, éste se movió dándose la vuelta. «Ayúdame», dijo con la cara bañada de rojo espeso.
«Tranquilo, ahora mismo te ayudo». Fede volvió a levantar el trozo de hormigón y esta vez lo lanzó con tanta fuerza que el cráneo del tipo crujió sonoramente.
Escuchó gritos. Fede miró hacia la calle, las penumbras parecían alargarse al fondo. Sintió un escalofrío. Cubrió el rastro de sangre con el polvo del suelo e  inmediatamente tiró del cuerpo inerte.
    
No le costó mucho subir el cadáver, la verdad que el hombre estaba bastante escuálido. Normal. Cualquier superviviente no iba a tener un cuerpo de esos de anuncio televisivo. De aquella antigua tele, por supuesto. ¿Cuanto tiempo haría que no veía la tele?

Más tarde los vio pasar, era un grupo numeroso. Venían tambaleándose, con sus decrépitos cuerpos. Los vigiló, siempre con el cuidado suficiente para que no lo vieran. Se pararon y estuvieran husmeando un rato, después se marcharon calle arriba. ¡Joderos, hijos de puta! ¡Os he jodido la merienda!

 

Carlos Daminsky, 2008

 


Creative Commons License
Esta obra se ha publicado en el Portal de Ciencia Ficción bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.


  

 

 


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  Comentarios (1)
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1. Interesante
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla website, el 02-10-2009 01:17
me gustatu manera de escribir en tercera persona, necesito que veas m blog y que me digas quete parece. Gracias.

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