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Selector de frecuencias (capítulo 3) - Alexis Brito Delgado Imprimir E-Mail
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Ficciones - Novelas
Escrito por Hari Seldon   
miércoles, 08 de octubre de 2008
 

Selector de frecuencias (capítulo 3): Joel Armstrong

 

 

 

3

JOEL ARMSTRONG

  

Impasible, Stark bebió el contenido de una botella autoreciclable. El líquido energético no sirvió de mucho, mientras el sabor amargo de los triángulos se adhería a sus papilas gustativas: odiaba los estimulantes con toda su alma.
—Sector Cuarto, Distrito Tercero, 623.870.
—¿Está seguro?
—Sí —el alemán contestó afirmativamente—. Creo que me dijo la verdad.
—Tendremos que confiar en sus últimas palabras.
Dorian pasó por alto la ironía de su subordinado.
—Tenía razón, teniente —admitió de mala gana—. Intentó traicionarme.
—Nunca se fíe de los contactos que hace tiempo que no ve —sentenció Mailer—. Además, esos jodidos bioconstruidos no son de fiar; están en la línea divisoria que los separa de la hibridación...
Algo en el interior de los ojos de Stark le hizo guardar silencio. Las llamas del infierno se agitaron sobre la superficie de su iris. Dennis sintió que le fallaba la respiración.
—¿Ha llamado a mis hombres?
—Sí —Mailer se mostró molesto—. Estarán con nosotros a las 4:00 AM.
—Déjeme solo hasta que lleguemos a nuestro objetivo. —Con una mano señaló la puerta del vehículo—. Le llamaré cuando le necesite.
El alemán no lo vio partir; tenía cosas más importantes por las que preocuparse. Apretando un botón intercomunicador anunció al conductor:
—Sector Cuarto, Distrito Tercero, 623.870.

El vehículo se puso en marcha bajo las bóvedas de neón. Dorian se quitó la gabardina y se colocó el arnés con sus armas. La descarga que lo había rozado latía con espasmos intermitentes, produciéndole una vaga sensación de incomodidad. Stark ignoró esa impresión, estaba más que acostumbrado al sustento de sus emociones: el dolor lo aislaba de la realidad en los momentos más difíciles después resultar herido; había sido su único compañero desde que podía recordar. No le había contado toda la historia a Mailer, sólo los datos esenciales que le servirían para seguir adelante con una mínima información sobre lo sucedido. Por lo menos había tenido la brillante idea de ir a buscarle sin los otros deslizadores. Eso significaba que estaba empezando a pensar, a saber como le gustaba trabajar al alemán, pero no por ello se había ganado su confianza, sino más recelos si esto era posible. Dorian notaba como iba abriéndose un abismo entre ambos, eso no era bueno para cumplir su trabajo, pero no lograba confiar en Mailer. Siempre habían cooperado sin acercarse al territorio que cada uno consideraba como propio, eran dos animales recelosos del tamaño del otro, demasiado distantes para formar un buen equipo en común. Se preguntaba porqué el General Aries siempre terminaba asignándole a Dennis como refuerzo en las misiones de alta envergadura. Su superior sabía que Stark trabajaba mucho mejor sin la ayuda de ningún subordinado petulante que arruinara sus misiones. No es que Mailer hubiera echado a perder sus anteriores operaciones de exterminio, pero siempre sembraba obstáculos bajo sus pies. Ello no le gustaba en absoluto: no deseaba enfrentarse a un enemigo con un arma traicionera detrás de la espalda.
Puede que lo asignen bajo mi mando para controlarme, pensó. Aries es consciente de que soy uno de sus mejores hombres. Nuestros competidores se matarían por sobornarme.
Deprimido, suspiró con tristeza. Por extraños motivos que desconocía, no había querido limpiarse la sangre de Sarah del rostro. Las huellas que habían dejado sus cuchillas cibernéticas habían cesado de manar, sus manos cubiertas por guantes de fibra de carbono ocultaban la sangre seca que había escurrido entre los dedos, manchando el asiento ante el desagrado de Dennis. Con una mueca de contrición, Stark calculó que las heridas tardarían un par de días en cerrarse. Acto seguido, abrió la maleta con una tarjeta codificada y observó el contenido de su equipaje: dos subametralladoras Thompson descansaban dentro del maletín cubierto de espuma plástica, seis cargadores cuidadosamente apilados, y un autoinyector militar de ocho recargas. El líquido incoloro brilló bajo las luces de la cabina, mostrándole un alivio temporal para sus males. Agitando la cabeza, rehusó a tal idea: aún era capaz de sentir dolor, eso era más que suficiente en aquellos momentos. Una caricia pulsante palpitaba entre sus nudillos, devolviéndole la conciencia de su propia mortalidad. Eso siempre representaba un pequeño consuelo sobre las sensaciones que atesoraba en su alma, necesitaba esa emoción para aferrarse a la verdad, no deseaba olvidar lo que lo había convertido en lo que era, si no enloquecería sin remedio. Accedió al compartimento secreto, pasó por alto la hilera de cilindros plateados de estimulantes, un par de W-PPK de recambio, y tomó  el videófono celular de uso privado.
Si quisiera vender mis servicios a la competencia no me costaría demasiado hacerlo, reflexionó. Aries procura tener-me vigilado para que no ocurran casos como los de Demebe entre sus filas.
Desplegando el aparato sobre sus rodillas, el alemán se aseguró de que la pantalla quedase a la altura de su campo visual, marcó un número de doce dígitos de memoria, y esperó pacientemente. Una cara conocida llenó el marco de monitor plano. Se trataba de un hombre pelirrojo, de edad indeterminada, que vestía un mono amarillo propio de los pilotos espaciales. En su rostro enjuto, cubierto por barba y bigote, brillaban dos inteligentes ojos verdes.
—¡Dorian Stark! —su voz reveló cierta sorpresa—. ¿Qué tal estás, tío?
—Bien, Joel. —Dorian estudió sus facciones buscando algún cambio, sin encontrar nada relevante—. Necesito tu ayuda.
Stark no sabía si podía contar con la colaboración de aquel hombre, pero algo dentro de su ser le decía que el contrabandista no le traicionaría.
—¡Como en los viejos tiempos! —Una sonrisa llenó sus rasgos al recordar el pasado—. ¿De qué se trata esta vez?
—¿Sabes quién es Simón Demebe?
—Claro —dijo con ironía—. ¡Es toda una institución en este planeta!
—¿Estás en Marte?
—Ananké para ser exacto.
El alemán visualizó la pequeña ciudad-colonia situada en el interior de la caldera del Monte Olimpo: ¿Qué demonios hacía Armstrong allí?
—Tengo un cargamento de especia. —El contrabandista pareció leer sus pensamientos—. Buen trabajo a alto precio.
Dorian pasó por alto la explicación.
—¿Habéis sacado mineral marciano del planeta? —esperó unos segundos—. No voy detrás de vosotros —lo tranquilizó—. Esto no perjudicará a ninguno de tus compañeros, se trata de información que quedará entre nosotros.
—¿En qué diablos andas metido, Dorian? —su voz no expresó desconfianza, sino curiosidad.
Stark decidió decirle la verdad:
—Me han contado que la única manera de financiarse de los Rebeldes era vendiendo material minero. Quiero saber si vosotros habéis sacado estos productos y a quién se los entregasteis.
—¿Vas detrás de los Rebeldes? —Más que una pregunta la frase sonó como una afirmación.
—Efectivamente.
—Te vas a manchar de mierda, Dorian, estos hombres luchan por sus intereses.
—¿Quieres decir que estás de su parte?
—Yo no estoy de parte de nadie—. Joel hizo un gesto dubitativo—. Pero tengo ojos para advertir dónde está la justicia y dónde no está.
—Sólo cumplo órdenes, Armstrong. —El alemán no quiso escuchar sus palabras—. Sabes que no tengo capacidad de elección.
—Esto es distinto.
—¿Distinto?
—Ya no luchas contra máquinas renegadas o terroristas de información. —El contrabandista se movió sobre el asiento visiblemente incómodo—. Son hombres, mujeres y niños que están siendo explotados por esos hijos de puta del Gobierno.
—Ese no es mi problema.
—De eso ya me he dado cuenta—. Armstrong le lanzó una mirada de contradicción.
—¿Qué es lo que te pasa?
—¡Joder, Dorian! —exclamó—. ¿Cuándo vas a preocuparte por algo que no sea tu trabajo?
—No estamos hablando de lo que tenemos que hablar. —El Agente Ejecutor fue a desconectar la emisión—. Siento haberte molestado.
—¡Espera! —Joel se movió frenéticamente sobre el tablero de mandos—. Te ayudaré.
—Dime lo que quiero saber.
—Dorian —Armstrong se pasó una mano enguantada por el rostro—, sabes que nunca he sido un idealista, pero aún tengo conciencia, ¿me entiendes? No puedes hablarme de la aniquilación de esos pobres diablos sin que me afecte. ¿Por qué tienes que hacerlo?
—Han dado refugio a un grupo de cyborgs— fue la escueta respuesta.
—Eso no es suficiente. —Joel lo miró irritado—. ¡Quiero saberlo todo!
Stark encajó las mandíbulas.
—Creo que la Schneider se ha aliado con el Gobierno de Marte para hacer limpieza...
—Y como esos cabrones son incapaces de encontrarlos —lo cortó Armstrong—, te han mandado a ti porque saben que no vas a fallar.
—Efectivamente.
—¡Siempre es la misma mierda! —El contrabandista resopló por la nariz—. Espera un momento, tengo que verificar unos datos para comprobar tus preguntas.
Aunque estuviera fuera de su campo de visión, el alemán escuchó el sordo rumor de unos dedos golpeando un teclado táctil.
—¡Bingo! —Joel sonrió complacido—. Tus sospechas son ciertas. El viejo Morris, los hermanos Nolde y Yoshiki han estado sacando mineral marciano desde hace un par de años.
—¿A quién se lo han entregado?
—Aquí está la parte interesante del pastel —Armstrong pareció asombrado—. Vendieron sus mercancías a tu corporación…
—¡Imposible! —Dorian casi dejó caer el videófono al suelo.
—Es cierto. —El contrabandista volvió su rostro hacia el alemán con seriedad—. ¿Tenía razón o no? 
Existe más de un interés de por medio, meditó Stark. Parece que los mineros están aliados con mi propia casa. Han estado vendiéndoles material a nuestros hombres, pero cuando han terminado de resultar útiles, decidieron eliminarlos.
—Tu corporación está cubierta de mierda hasta el cuello, Dorian —la voz de Joel sonaba excitada—. Se ha corrompido hasta los cimientos, si es que alguna vez no lo estuvo antes que ahora.
—Gracias, Joel. —El Agente Ejecutor se dispuso a colgar por segunda vez, pero cambió de opinión—. ¿Puedes hacerme un último favor?
—Si está en mis manos, sí.
—Te he comentado que los Rebeldes han dado refugio a un grupo de cyborgs. —Joel asintió con la cabeza—. Intenta averiguar quién los ha sacado del planeta.
—Será bastante difícil.
—Tú hazlo, ¿de acuerdo?
—¿Estás dispuesto a cazarlos?
—Es mi trabajo.
En las pupilas del contrabandista ardió una chispa de exasperación:
—Ahora te llamo —Armstrong se inclinó sobre las consolas de mando de su despacho—. ¿Esta línea puede ser localizada?
—No te preocupes, es una transmisión privada.
—Dorian...
—¿Qué quieres?
Joel quiso hacerle entrar en razón, pero al mirar el rostro frío y ensangrentado, desistió. Ambos sabían cual era el lugar de cada uno, no podía obstaculizar la misión del Agente Ejecutor con sus ruegos. Sabía que, fuese injusta o no, éste no cesaría hasta terminarla.
—Suerte... —El contrabandista cortó la comunicación.

Cuando el rostro de Armstrong desapareció detrás de una mancha de estática, Stark se quedó mirando al vacío durante un tiempo interminable. Después de lo que su viejo contacto le había contado no podía quedarse tranquilo, demasiadas preguntas ardían en su interior hasta hacerle daño. Necesitaba explicaciones, su mente sacaba conclusiones sin que pudiera evitarlo, y sólo existía una persona capaz de proporcionárselas.
Este no parece ser un caso de compra-venta por información, pensó. ¿Qué es lo que hace tan peligroso a Demebe?
Tomó otro triángulo de anfetamina y marcó un nuevo número a la vez que la pastilla descendía por su garganta, convirtiéndose en un puño incandescente de temblorosas líneas discontinuas. El general Aries apareció en la pantalla.
—Buenas noches, señor.
Los rasgos de su superior parecían esculpidos en una máscara de acero bajo los cabellos blancos.
—¿Qué desea, Stark?
¿Me habré vuelto como él?, meditó. ¿Daré esa impresión de dureza, de odiar todo lo que me rodea?
—Necesito aclarar alguno de los parámetros de mi misión,  señor.
Los ojos de bronce líquido lo analizaron con frialdad:
—¿El teniente Mailer no ha sido lo suficientemente explícito, capitán?
Dorian no se molestó en ocultar su furia:
—Dennis no sabe que los contrabandistas vendían mineral marciano a nuestra casa. —Su voz destiló veneno desde la primera hasta la última sílaba.
—¿Quién os ha contado eso?
—Mijaíl Vlamink, señor —mintió para no poner en compromiso a Armstrong.
—¿Acaso tiene alguna importancia?
—Ni se lo imagina.
—Limítese a cumplir su trabajo, Stark —ordenó su superior—. No se haga más preguntas de las necesarias.
El alemán estuvo apunto de atravesar la pantalla con el puño, deseaba hundir sus cuchillas en la cara de Aries, borrar la imagen impresa en el cristal del monitor.
—¿Es ese el motivo para eliminar a los Rebeldes, señor? —Sólo son escoria, Stark —dijo despectivamente el general Aries—. ¿Por qué se preocupa tanto por ellos?
—No ha contestado a mi pregunta.
Las hirsutas cejas de su superior se erizaron.
—No toleraré ninguna insubordinación, capitán.
—Ni yo permitiré que me manden a una misión sin tener todas las piezas en su sitio, señor
—Dorian reveló un desprecio infinito contra su superior, la misma expresión que tantos hombres habían visto antes de morir—. Yo soy un profesional —puntualizó—, no un carnicero como el teniente Mailer y sus tropas de asquerosos cibernados.
El general Aries tragó saliva:
—Hemos estado comprando mineral a los Rebeldes durante los últimos cinco años —admitió con desgana—. Éstos han dejado de proporcionarnos sus productos desde que Demebe ha entrado en su círculo.
—¿Para qué necesitamos este material, señor? —Stark no podía creer lo que su superior estaba contándole—. ¿No disponemos de suficientes fondos económicos?
Su pregunta era retórica pero consiguió lo que buscaba.
—Las Fuerzas del Programa de Asesinos necesitan construirse de alguna manera, Stark. Usted sabe perfectamente que apenas quedan materias primas en La Tierra.
—No necesitamos a esas máquinas, señor. —El alemán lo miró con desagrado—. Sólo nos dan problemas...
—Ya hemos hablado de esto antes. —El general Aries lo interrumpió—. He movilizado a un escuadrón de la Orden de los Centinelas por su capricho porque sé que de esta manera cumplirá vuestra labor a la perfección.
Dorian rechinó los dientes. 
—Mi labor de asesino...
—Termine la misión sin molestarme más, capitán —su tono se volvió amenazante—. Su hoja de servicios podría quedar seriamente perjudicada por esta insurrección.
—No me importa demasiado, señor. —Dorian le lanzó una mirada desafiante—. ¿Qué me queda por perder?
Una luz oscura parpadeó en los ojos de su superior. Una cuchilla de afeitar que le prometía un castigo por haberle hecho doblegarse a su voluntad.
—Eliminad a Vlamink —añadió a la lista otro nombre—. Sabe demasiado.
—Ya lo he hecho, señor. —De un manotazo desconectó la emisión.
 
Bajo los efectos de la adrenalina, lanzó el videófono a un lado, enfurecido. El aparato rebotó contra los asientos hasta quedarse inmóvil. Stark miró sus manos enguantadas con una repugnancia familiar: ¿Cuánto tiempo iba a continuar luchando por los intereses de sus superiores? ¿Cuándo iba a cesar aquella maldición? Sabía que su casa estaba podrida hasta los huesos, nunca se había hecho ilusiones de pertenecer al bando justo, pero procuraba no hacerse demasiadas preguntas al respecto. Súbitamente, sintió un cansancio demoledor: ¿Cuántos días llevaba sin dormir? Había pasado la semana anterior despierto en su camarote, como un león acorralado en una mazmorra de cromo, sin poder conciliar el sueño. Las pesadillas fueron demasiado reales, lo habían obligado, al despertar, a abandonar la cápsula de criosueño. Sin ser consciente de ello, se encontró analizando las preguntas que se formulaba desde hacía un rato, viendo pasar las cúpulas luminosas de los diversos sectores de la ciudad.
¿Qué es lo que lo hace tan peligroso a los ojos de la Corporación? No creo que sea por ese asunto del mineral marciano, ni por el grupo de cyborgs de la Yimou. ¿Qué averiguó Demebe para convertirse en un desertor?
Estaba sacando demasiadas conjeturas disparatadas, pero no era la primera vez que se enteraba de los motivos que habían obligado a sus superiores a que realizase el trabajo sucio. Esta vez era distinto, Stark sospechaba que había algo mucho más importante escondido detrás de aquella misión. No se trataba de una de sus operaciones habituales, no deseaban que el alemán se enterara de lo que sabía su enemigo.
Puede que únicamente deseen eliminar a un hombre peligroso, pero no me encajan las piezas. Si Demebe hubiera sido inteligente no hubiese continuado su lucha contra el sistema, con huir bien lejos hubiera solucionado sus problemas, meditó. Tampoco vendió sus conocimientos al enemigo, se limitó a cerrar el pico sin que nadie supiese lo que sabía de la Corporación.
Interiormente, Dorian se prometió no matar a aquel hombre hasta arrancarle todos sus secretos. Una parte de su ser intentaba darle sentido al rompecabezas, pero tenía miedo de descubrir la verdad. El zumbido del videófono lo arrancó bruscamente de sus pensamientos.
—¿Dorian? —la voz de Armstrong era incierta—. ¿Estás ahí?
—Sí. —Stark encendió el sistema visual del monitor—. ¿Qué has averiguado?
—¡No te lo vas a creer! —Joel sonrió mostrando sus afilados dientes—. Yo fui quien los sacó de Marte.
A pesar de sus preocupaciones, el alemán estuvo a punto de sonreír.
—¿Cómo es posible?
—¡No puede ser cierto! —El contrabandista soltó una risotada—. La última vez que me pasó algo así fue cuando nos conocimos. —Se limpió una lágrima que se le había escapado por el rabillo del ojo—. La historia vuelve a repetirse, ¿eh?
—Dame más detalles, por favor.
—Hace cosa de dos meses, un grupo de seis personas contrató mis servicios para que los trasladara fuera de Marte. A primera vista parecían Ícaros, de hecho, vestían como ellos: ropas brillantes, botas militares, e implantes de hardware craneales. Pensé que eran los típicos adolescentes que iban de vacaciones, o que buscaban emociones fuertes. Durante todo el trayecto, en líneas generales, se comportaron bastante bien. Tanto, que incluso me entregaron sus chips de documentación.
—¿Cómo es que has caído ahora en la cuenta de que eran ellos?
—He estado comprobando con mis colegas sus últimos viajes. Ninguno ha llevado personas, sino las mercancías de costumbre. Tuvieron que ser estos pasajeros por cojones, es imposible que hayan abandonado el planeta sin nuestros cruceros. Además, según lo que me has contado son desertores, no pueden entrar en un espaciopuerto normal sin ser localizados por los escáneres de reconocimiento, o por las pantallas de rayos infrarrojos.
—¿Cómo se pusieron en contacto contigo?
—Estaban buscando a un piloto experto —explicó Joel—. Dieron conmigo a través de uno de mis compañeros. Al principio los traté con bastante condescendencia, sólo me parecieron media docena de estúpidos chinos que habían tenido más suerte que la mayoría de su generación. Cuando me pagaron el viaje cambié de opinión, los exploté, Dorian, les saqué el triple de lo que suelo cobrar por este tipo de servicios. Ellos ni rechistaron, estaban forrados de pasta, llevaban chips de mil yendólares recién horneados en los bolsillos. Lo más que me chocó fue que alquilaran mis servicios cuando podían haber tomado un trasbordador espacial en cualquiera de las ciudades del norte. Pero si eran máquinas, ahora entiendo el porqué de su decisión.
—¿Adónde los llevaste?
—A una de las bases lunares de Júpiter.
—¿Cuál?
—Amaltea.
—¿Aún tienes sus datos?
—¿No has pensado que ya habrán cambiado de apariencia, nombres y de demás...?
—No pierdo nada intentándolo, Joel.
—Vale. —Armstrong insertó un cartucho en la parte posterior del teclado y pulsó una serie de instrucciones. Una pequeña carta apareció en la parte inferior de la pantalla del videófono.
—¿Vas a terminar tu misión pase lo que pase?
Dorian lo observó con una expresión que mezclaba determinación, indiferencia y angustia.
—No puedo hacer otra cosa. —Inclinó la cabeza durante un segundo—. Si desobedezco seré ejecutado por alta traición a la Schneider.
—Lo entiendo. —Armstrong lo miró con compasión—. Pero después de esto no creo que podamos seguir siendo amigos.
—¿Vas a traicionarme?
—Sabes que jamás haría esto. —El contrabandista se mostró horrorizado—. Una vez me ayudaste, me salvaste el pellejo cuando llegaste a Marte buscando a aquellos cyborgs… ¿Cómo puedes pensar que traicionaría tu confianza?
El alemán no fue capaz de responder.
Después de tanto tiempo he conocido a una persona que valora mi amistad, si es que yo le he ofrecido tal cosa alguna vez. Lo llamé porque necesitaba la información que podía proporcionarme, no por ningún tipo de nostalgia. Ha confiado en mí sin pensárselo dos veces, pese a imaginar que podía estar engañándole.
—Dorian... ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Lo que quieras.
—¿Y si tuvieras que eliminar a los contrabandistas por algún motivo? —su voz tembló—. ¿Si tu jodida corporación te mandara a freírnos?... ¿Serías capaz de matarme?
—Es mi trabajo, Joel. —Dorian esbozó una de sus escasas sonrisas sin cinismo ni autocompasión viendo cómo el rostro del contrabandista palidecía—. ¿Te lo has creído, verdad?
Armstrong rompió en carcajadas.
—¡Eres un capullo! —Joel suspiró aliviado—. ¡Menudo susto me has dado!
—Si esta fuera mi verdadera misión te hubiese avisado —aseguró—. No sería capaz de matarte, Joel, eres una de las pocas personas en las que puedo confiar.
—Gracias por tranquilizarme, Dorian. —El contrabandista sonrió sarcásticamente—. Esta noche dormiré más tranquilo sabiendo que no vas detrás de mi culo pelirrojo.
—Eso tenlo por seguro —Stark volvió a recuperar su gelidez—. Gracias por todo, Joel, me has ayudado a aclarar muchas cosas.
—Para eso están los amigos. —Le guiño un ojo—. Hasta siempre, Dorian.
—Hasta siempre.

Al apagar la consola, Stark se sintió lleno de melancolía, una dulce añoranza por los años felices que había saboreado en el pasado invadió su interior, recordando a la única persona en la que había confiado... Con un gruñido, apartó aquellos absurdos pensamientos con brusquedad. Estaba trabajando, no tenía tiempo de torturarse con sus remordimientos de conciencia. Abriendo el sobre de información, estudió los datos que Armstrong le había enviado. Desanimado, borró toda la información. Lo más probable es que hubieran cambiado de indumentaria y documentación nada más bajar de la nave del contrabandista. Aquellos informes estaban caducos a aquellas alturas, más aún después de los meses que habían transcurrido desde aquel entonces. ¿Cómo demonios iba a averiguar el paradero actual de sus enemigos? Seguramente, los Agentes Ejecutores de la Yimou les seguían la pista desde el momento que abandonaron sus filas. Deberían estar eliminados, si aquella misión le hubiera sido encargada a él, se aseguraría de así fuese. Comprobando las esferas de su reloj, vio que eran las 3:47 AM. Cada vez le quedaba menos para terminar aquella desagradable operación. Comparada con otras, había sido relativamente fácil dar con las personas adecuadas en el momento oportuno. Gracias a sus indagaciones, había averiguado secretos de los que no debería tener ningún conocimiento, objetivos recónditos que sus superiores anhelaban ocultar. Ahora sólo era cuestión de terminar la historia.

 

Selector de frecuencias (capítulo 3): Joel Armstrong

 

CONTINUARÁ…



Alexis Brito Delgado
 
 
 
 
   

 

 

 


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