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Bola de Dragón (Dragon Ball) I: Introducción Imprimir E-Mail
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Reseñas - Series de Televisión
Escrito por Hari Seldon   
domingo, 14 de octubre de 2007

Goku es pequeño, de pelo encrespado, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su bastón mágico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes, gualdas... Lo llamo dulcemente: "¿Goku?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...
Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel...
Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra. Cuando pasa sobre su nube mágica, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

-Tien'asero...

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.
  Son Goku, estrella de Dragon Ball

Podría servir. Pero tal vez sería mejor decir que lo primero que hace Goku (Son Gokü) es pescar un pez de más de trescientos kilos y a continuación levantar y volcar el Jeep de Bulma. Esta sería la otra forma de presentar al pequeño protagonista de las tres series de que consta el producto Bola de Dragón (Dragon Ball).

 

Personajes al comienzo de Dragon Ball Z
En primer plano, Goku cabalgando su nube mágica. Sobre el dragón vemos, de izquierda a derecha, a Songoanda, Bulma, Krilin, Chichi y Piccolo


Crónica de un éxito anunciado

En España se lleva emitiendo sin cesar desde 1989, con un éxito asombroso entre infantes, adolescentes y adultos de ambos géneros. Sobre todo la segunda serie, Dragon Ball Z, que es posiblemente la más interesante. Aunque deberíamos ceñirnos a Bola de Dragón a secas, es decir, la historia que relata la niñez y primera juventud de Goku hasta su boda con Chichi, permitidme que en esta primera entrega de mi reseña haga una reflexión conjunta que abarque todo el producto de Akira Toriyama.

Su lanzamiento fue uno de esos esporádicos aciertos de los canales autonómicos, que adquirieron conjuntamente los derechos de emisión. Posteriormente se ha reemitido hasta la saciedad por los mismos o por otros canales en nuestro país. En la actualidad es Cuatro —posiblemente el canal que mejores series esté ofreciendo en abierto— la cadena que brinda tres capítulos diarios en horario infantil de la mañana (de 07:30 a 9:00 h aproximadamente, ya van por el final de Dragon Ball Z, de hecho acaba de terminar la saga de Célula) y algo más tarde los fines de semana. Y es que, si nos detenemos un momento a pensarlo, la serie otorga una ventaja a cualquier canal televisivo que busque enganchar al sector más joven de la audiencia: si consideramos que entre las tres series que conforman este producto podemos acumular más de 350 capítulos, con que se reemitan cada dos o tres años siempre habrá un público nuevo que, embelesado, se enganchará a las aventuras de Goku y sus amigos y, aparte de inflar el share televisivo, llenará tiendas y foros de dinero y comentarios, respectivamente.

Es, por así decirlo, una forma sencilla y barata de conseguir audiencia con un producto que se sabe que funciona. No sé si Naruto logrará lo mismo. Dragon Ball lleva triunfando casi veinte años sin renovarse (excepto por Dragon Ball GT y las ulteriores sagas realizadas por fanarts, como la tan cacareada Dragon Ball AF) y me da la impresión de que le queda cuerda para rato. Y sin gastarse un duro, porque ya es un producto antiguo y de tercera mano, sirve de trampolín constante para videojuegos y todo tipo de merchandising.

Personajes hacia la mitad de Dragon Ball Z
Vegeta, Piccolo (detrás), Krilin, Trunks, Goku adulto, Yamcha, Songoanda, Chaozu y Ten Shin Han (detrás)


Toriyama quería. Pero no, esto NO es Disney, señores

Es un error frecuente pensar que nos encontramos ante una serie infantil. Tiene contenido erótico (muy esporádico y naïf, pero lo tiene), violento (desmembramientos, sangre a raudales, luchas interminables, muertes como la segunda o tercera de Krilin, donde el asesino Freezer se regodea agitando el cuerpo ensartado del simpático calvito, etc., etc.) y sus aspectos didácticos son nulos. De hecho ha sufrido varias censuras. Es más bien una serie juvenil aunque por su aspecto y diseño artístico siempre se ha emitido en horarios infantiles, cosa que ha causado diversos revuelos en las asociaciones de consumidores y defensores de la clasificación moral de la TV, cuyos esforzados partidarios han ido descubriendo horrorizados —siempre demasiado tarde— la clase de aberraciones que estaban viendo sus hijos con toda impunidad, alentados por los (¿indocumentados?) planificadores de las parrillas televisivas. Y es que para las cadenas de TV españolas, animación = programa infantil por default. Craso error.

Otro factor que ha llevado a confusión ha sido que el autor que ha perpetrado este perverso producto, Akira Toriyama, revela un espíritu juguetón que le hace recrearse en una especie de humor sencillo y raso, irritante por momentos, parecido al que podría ofrecer la gallina Caponata en un especial de Epi y Blas con Supercoco como artista invitado. Ése es el aspecto que menos me gusta de la serie pero sin duda también representa la marca de la casa. Por un antojo de Toriyama, el espectador tiene que prepararse para ver abundantes bromas inocentes y obviar constantes alusiones sexuales infantiloides (“Te puedes quedar aquí si me dejas que te toque las tetas/me enseñas las bragas”) o una inclusión de elementos machistas al más puro estilo japonés. Como botones de muestra de esta última afirmación, véanse las actitudes habituales de Bulma rayando la estupidez, las de Chichi comportándose cual ama de casa odiosamente estereotipada o aquéllas de Lunch actuando ora cual sumisa geisha (morena) ora como un cruce entre la coronel O´Neill y Billy el Niño (rubia); además de notar la ausencia de superheroínas en la trama hasta que llega el androide C18 allá por el capítulo 120 —hablo de memoria— de Dragon Ball Z, esto es, algo así como el capítulo 250 en total si empezamos por el principio, y no, no me digáis que cuentan Chichi o Arale, porque no cuela.

Arale, de Akira Toriyama
 
Chichi pasa de ser una fiera guerrera, hija del primer demonio que aparece y finalista de un campeonato de artes marciales, a una repelente marujona cuyo destino es amargar la vida de su marido y conseguir que su hijo coma sopa y estudie, siendo aborrecida por todos los personajes debido a su manía de gritar como una histérica.

Arale es… pues Arale, un cameo de otro personaje anterior de Toriyama, una niña robot superfuerte con serie propia de manga y anime que no sale más que en contados episodios de la saga del ejército del lazo rojo, sin acabar de entrar en la historia de Bola de Dragón. Y menos mal, francamente, porque esos episodios me parecen una memez de lo más recalcitrante.

El autor japonés, sin duda muy caprichoso, no tenía en mente que la historia se le fuera de las manos, como sin duda ocurrió. Su producto era el primer Bola de Dragón, con todos esos elementos irritantes que hemos enumerado que rayan la idiotez supina y muchos otros que se nos han quedado en el tintero. Seguro que el mundo de Isla Pingüino de Arale o la tierra de dinos azulones y florecillas de Goku eran lo que Toriyama tenía pensado desarrollar.

Pero el éxito de Dragon Ball, continuado y multiplicado por diez en el Z, con toda la parafernalia de las capacidades de combate de los guerreros y superguerreros, las muertes y resurrecciones, cielo e infierno por medio, la escalada de poderes y dioses sucesivos, las sagas interplanetarias y la hostia en verso que se montó desde que Piccolo entra en escena, fueron lo que le dio el impulso a la serie… y por otra parte motivó que los productores tuvieran intenciones bien diferentes a las de Toriyama.

Éste se debió rebelar, pues entre saga y saga, entre batallas épicas, siguió introduciendo sus bromitas a base de ridiculizar a Krilin, a Muten Rōshi (Tortuga Duende) y a las chicas, con las actuaciones estelares cada vez manos frecuentes del resto de payasos de la serie (Oolong y cía). La inclusión del perfecto inútil de Songoanda (Son Gohan), el hijo de Goku, inicialmente procuró un regreso al infantilismo del principio de la primera serie, pero no lo logró. El monstruo había sido creado, había cobrado forma y era invencible. Un segundo intento fue el de Dragon Ball GT, cuando Goku vuelve a ser niño. Tampoco lo logró. Toriyama quería una cosa naïf, el público le pedía sangre y destrucción y los productores querían complacer a ese público —y forrarse—. Toriyama cortó con su monstruo y no creo que haga ningún esfuerzo por continuarlo.
  Goku niño
Goku niño
Songoanda (Gohan) niño
Songoanda niño

Póster de Dragon Ball Z
Dragon Ball Z: sueño de espectadores y productores, ¿calvario para Toriyama?


Idiosincrasia de Bola de Dragón

Bola de Dragón, en cualquier caso, es una historia con un solo protagonista: Goku, el inocente niño con cola y que al principio era poseedor de la fuerza de diez hombres —eso no es nada, ya veremos en Dragon Ball Z cuando los daños colaterales de las batallas supongan la destrucción de planetas enteros.

La colección de tres series (Bola de Dragón, Bola de Dragon Z y Bola de Dragón GT) es una sucesión inacabable de burradas. Una tras otra. In crescendo. Comienza piano (nunca es pianissimo), se continúa con un andante ma non troppo, éste da paso a un allegro y al final es un molto vivace. Entre estos movimientos hay intermedios de bromas irritantes o episodios de relleno completamente rebosantes de ñoñería absurda. Y hacia el final se llega a un extremo en el que sólo por dar un paso se caen tres árboles; sólo porque un luchador se enfurezca, sin mover un músculo, la tierra se desgarra y las piedras levitan y se desintegran; y, si alguien mueve una mano, una detonación nuclear arrasa una comarca.

Ya al final de Bola de Dragón (la primera serie, la más recatada) un entrenamiento solitario de Piccolo implica levantar la gran Pirámide de Keops con la mente. Lo que le ocurra luego a esta Maravilla del mundo os lo podéis figurar. Y eso no es nada, sólo un comienzo. Como digo: mientras que hasta ese momento las cosas son más o menos exageradas, a partir de ahí se saca de madre todo hasta tal punto que para buscar un campo de batalla adecuado —que aguante, o que no lo haga pero no importe— hay que irse a otro planeta.

Algo que llama la atención es que lo que no les ocurra a los protagonistas o a sus amigos no tiene la más mínima importancia. Un suponer: si resulta que la Luna molesta, pues a tomar por culo la Luna. Y a correr. Y eso ya ocurre tras la Saga de Piccolo, en la muy prudentita primera serie.
  Piccolo vs Goku
Piccolo es el punto de inflexión

Ésa es, en esencia, la idiosincrasia de Bola de Dragón.

¿Qué? ¿Que cómo puede decirse que algo es irritantemente infantiloide y luego alegar cataclismos nucleares y batallas en las que se destruyen planetas? Pues es la pura verdad. Tal vez se deba en parte a que todo es continuar, crecer, aumentar, progresar en las artes marciales (incluyendo magia de todo tipo y poderes sobrenaturales espeluznantes, dioses y demonios, incluso Dios y el Demonio —sí, habéis leído bien. El Todopoderoso y el Señor del Mal son algunos de los personajes que practican las, ejem, artes marciales en Bola de Dragón). Pero hay algo más, y es esa especie de rebeldía de Akira Toriyama que le impulsa a juguetear con elementos a ratos cursis y a ratos picaruelos en mitad de un baño de sangre, o entre la destrucción de una raza y la de su planeta natal.


Federico G. Witt, 2007

 

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