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Mad Max. Salvajes de la autopista (Mad Max, 1974) Imprimir E-Mail
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Reseñas - Películas
Escrito por Hari Seldon   
lunes, 15 de octubre de 2007
Este artículo está reproducido íntegramente del original que se puede leer aquí, y que fue publicado por Boris en Febrero de 2007 en el Weblog El Hombre de Arena.


Dentro de unos cuantos años –hace unos cuantos años, mejor dicho, aunque aún no hayamos llegado al apocalipsis nuclear- el mundo es como ahora –como antes- pero algo peor, ya que la crisis energética ha provocado un gradual declive de la sociedad en brazos del caos y la violencia. Bandas de delincuentes motorizados, de la peor calaña, se ejercitan con toda clase de tropelías por las largas y soleadas carreteras australianas, mientras que el cuerpo especial de policía trata de detenerlos con sus expeditivos métodos.
A los malutos de turno no se les ocurre nada mejor que hacer que meterse con el más brillante de los agentes, Max RockatanskyMel Gibson-, y lo que es peor, con su familia, lo que tiene como consecuencia el cabreo del susodicho, que, a doscientos por hora y con la recortada en mano, consigue cuajar una bonita colección de cadáveres sobre el asfalto como venganza.

Blog El Hombre de Arena
      Cartel de Mad Max. Salvajes de la autopista (Mad Max 1974)

 

Mad Max es, a priori, una típica historia de muertes y vendettas que aglutina un buen puñado de los lugares más comunes del género policiaco, como el maniqueo posicionamiento entre el bien y el mal, el ineficaz sistema de justicia emponzoñado por la burocracia o la cruzada personal que se salta a la torera todas las normas. Sin embargo, esta sencillez de trillados planteamientos argumentales se ve favorecida por una serie de cualidades innegables.

La ultraviolencia de la que fue acusada la obra en sus tiempos –en España, por ejemplo, fue condecorada con la calificación S- destaca por las sobresalientes escenas de persecución, realizadas con pericia al más puro estilo setentero –movimiento acelerado y cambio frenético de planos- y por una crueldad que no necesita de imágenes explícitas para impresionar al respetable. George Miller se vale de la insinuación de lo escabroso mediante una loable economía de planos significativos. Atención, en este sentido, a la escena del asesinato de su familia, resuelta finalmente con la imagen de un zapato infantil rodando por la carretera o a la soberbia conclusión con careto de duro en primer término y explosión al fondo.

Pero son los elementos distópicos del argumento los que, creo yo, proporcionan a la película la mayor parte de su valor cinematográfico. La guerra en las carreteras desérticas, entre los psicópatas pertrechados de jirones tecnológicos, que subsisten robando la cada vez más escasa gasolina y una violenta policía que sale con sus coches de los destartalados Halls of justice, es una magnífica mirada al mundo de finales de los setenta y a sus miedos a través de un oscuro filtro. Además, la diferenciación entre la sociedad que plantea la ficción y la del contexto real en el que se crea es muy tenue, y las circunstancias que las separan aparecen sin apenas explicación, lo que confiere al film su particular aura de extrañeza.

Las andanzas de Max fueron continuadas posteriormente por dos secuelas: la notable Mad Max 2, el guerrero de la carretera, situada ya en pleno futuro y que destaca por una imaginería post-apocalíptica que conformó las bases de este subgénero de la ciencia ficción para el montón de películas –explotations italianas incluidas- que siguieron su estela, y que evidentemente merece otro post; y Mad Max 3, más allá de la cúpula del trueno, tercera parte que tiene como valor más destacado -por no haber otro- la aparición de Tina Turner.


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