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Campo de sombras (Maledicta VII), por Carlos Daminsky Imprimir E-Mail
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Ficciones - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
martes, 18 de noviembre de 2008

En esta séptima entrega Maledicta da un giro que no nos esperábamos. Todo empieza a quedar claro, o por lo menos a tener cierta explicación racional. Tanta matanza, unas masacres tan rápidas y completas como las que se habían relatado en capítulos anteriores tenían que tener algún truco. Sepamos cuál es.

 

 

MALEDICTA VII

-Campo de sombras-

 

La niña miró a su alrededor. Los demonios eran legión. Un círculo de serpientes que se cerraba sobre ella. Se sintió indefensa, cansada y abatida. En una mano el libro de los muertos... Lo soltó y cayó al suelo. En la otra el cuchillo maldito... Abrió los dedos y también se fue al suelo. Temblaba, sabiendo que algo había ocurrido en ella.
—NIÑA... NIÑA... NIÑA... —repetían las voces demoníacas.
De repente, bajo sus pies, el suelo tembló y ella se apartó. Y allí algo empezó a surgir, un bulto que parecía una burbuja negra. Sintió pánico mientras aquello iba saliendo hacia la superficie, como regurgitado por las entrañas subterráneas. Sus ojos se abrieron de par en par, al contemplar aquel horror.
Y la cosa acabó de ascender de golpe con un sonoro, PLOP.

Eliana parpadeó, extrañada. Algo había cambiado. Se encontraba en un campo de sombras bañado por una luz mortecina. Por el suelo había desparramados multitud de cadáveres. Al fijarse, se dio cuenta de que eran los cuerpos de los demonios Yelkor. Todos yacían absolutamente inertes, en posiciones torcidas. Un espectáculo dantesco. Pero ella no los había matado, no...
Percibió un ruido próximo. Allí delante una sombra se movió, dando varios pasos. Después escuchó una respiración ronca. Y al fin, cuando se acercó hasta ella, pudo ver lo que era... Era ella misma... Pero con un cuerpo enfermizo y mórbido. Era una Eliana muerta o qué era...
—¡Que os jodan! —exclamó la Otra, mostrándole el cuchillo y el libro; que ahora tenía en su poder.
—Y tú, ¿se pude saber quién eres?
—Pregúntate eso mismo... —respondió enigmáticamente.
—¿Te los has cargado a todos...?
—No literalmente... No...
—¿Qué?
—Simplemente me ha valido con soltar una masiva descarga de virus programados.
—¿Virus programados?
—Sí... ¿Los has mirado detenidamente? Verás que no son lo que parecen.
Eliana echó un vistazo al cadáver más próximo y... Efectivamente, había algo extraño en él. ¿Qué era? Del cuerpo inerte pendían cables y chapas. La niña se agachó, para observarlo mejor. Lo palpó y comprobó que el demonio tenía una estructura rígida... De metal.
—¿Es un robot? ¡Son todos robots! —dijo girándose hacia la Otra.
—Robots, lo que se dice robots, no. Más bien son androides con base orgánica.
—¿Y tú?
—Mira que te gustan las preguntas... Niña.
—¿Me vas a quitar el cuchillo y el libro?
—Puede. Todo depende de cómo se miren las cosas... Con qué ojos. La visión nos puede engañar, traicionar.
—¿Me vas a explicar algo de todo esto? ¿O vas a continuar con tus gilipolleces?
—¡Ja, ja, ja! Puede que sí, puede que no. Observa, mira.
En las manos de la Otra, ya no había ni cuchillo ni libro. Había dos extraños objetos.
—Toma, coge éste —y le alargó uno de ellos. Era negro y extraplano.
Eliana lo recogió y comprobó que su superficie era de metal, pero a la vez tenía una textura suave. Le recordó el tacto de la piel.
—¿Esto era el libro, no?
—Sí. Ahora llámalo psiordenador. Ábrelo por la mitad.
Eliana lo hizo. Un cristal oscuro apareció.
—¿Y cómo funciona?
—Muy fácil —y la Otra se acercó y le dio un ligero golpe en la frente.
Entonces el monitor se activó, mostrando su luz blanca.
—Con la mente, niña.
Después, en la pantalla surgieron cadenas de códigos que iban cambiando sus secuencias a una increíble velocidad, hasta que por fin se detuvieron de golpe. A continuación el cristal parpadeó y aparecieron varias gráficas y diales de colores.
—En este ordenador especial se guardan todos los códigos de la gente, a la cual creías haber asesinado. Todas las claves van activando...
—Quieres decir... que no era un libro de verdad. ¿Pero qué es lo que está ocurriendo? ¿Me lo estaba imaginando todo? ¿Y quién eres tú? ¿Eres un engaño? ¿Eres un simulacro? ¿No maté a nadie?
—Niña, escucha... Eliana, el psiordenador es una llave que activa el Fin del Cuarto Mundo. Cuando todos los códigos estén inscritos, llegará el nuevo Apocalipsis. Es necesario. Ahora no lo comprenderás pero este mundo está saturándose. Necesita un reinicio... pero hay quienes están dispuestos a evitarlo.
—¿Los demonios?
—En principio sí...
—¿Y quién eres?
—Mejor te responderé, quién eres tú... Eliana.
Y la Otra le mostró el otro objeto. Era una especie de mando a distancia.
—¿El cuchillo?
—El aparto decodificador, que absorbe todos los códigos de la creación que fueron ocultados en la memoria de la gente.
—¿Y yo?
—Una pieza más necesaria en todo esto. ¿Recuerdas el veneno?
—¿El veneno?
—Te fue inoculado un día en que tu curiosidad te condujo hasta el Árbol de Lywaria. Aquello dañó tus fuentes y tus bases. Te volvió inestable y quebró la visión de  tu percepción de la realidad. Y yo fui creada para este fin, como último recurso. Yo te proporcionaría de nuevo la memoria, que se te había corrompido.
—¿El qué?
—Eso mismo, Eliana... Ahora dame la mano —y le ofreció la suya.
La niña aceptó.
Al entrelazar los dedos sintió la nueva corriente penetrar a través de ella. Una fuerza regeneradora que iba levantando telones negros de su mente. Recuperando lo perdido y olvidado.
Y entonces recibió un mensaje:
Hola, soy tu Madre Futura, deberías venir a verme. Todavía estás en peligro permanente. Date Prisa.
—¿Madre?
Ponte en marcha, actívate.
—¿Cómo?
Simplemente piénsalo.
Y Eliana hizo caso. Sus pensamientos fueron clarividentes y recuperó la esencia de sí misma.
La nave te espera.
Encajó el decodificador en un departamento especial del psiordenador y se puso éste en el cinturón de su traje. Después corrió por el pasillo a toda velocidad.
Al final le esperaba la compuerta de embarque.
Nada más traspasarla, ésta se cerró y entró en el interior de la nave.
Se escuchó una voz de ordenador:
—Todo está listo para partir.
—¿Pues a qué esperamos?
—Rumbo a Puerto Desolación, planeta Kralibian.
Y mientras partía, y antes de que los cristales de las ventanas se blindasen, pudo contemplar el enorme satélite artificial con su masa esférica. Aquella había sido su prisión temporal.

 

Carlos Daminsky, 2008

 


Creative Commons License
Esta obra se ha publicado en el Portal de Ciencia Ficción bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.


 


 
 

 

 


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