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No es fácil ser La Muerte. Y menos cuando ni siquiera tu criado, Benito, se acostumbra a que con ese nombre seas señor, y no señora. Pero veamos qué ocurre en esta hilarante historia que nos ofrece un nuevo colaborador, J. Javier Arnau.
MUERTE
Esa noche, la podadora de almas estaba de mal humor. Furiosa incluso, se podría decir. ¿Por qué?; veamos la progresión de los hechos:
I Una noche como tantas otras, sin nada reseñable. El siguiente en su lista era un tal John Corber. No era nada especial, sólo un producto más de la vida moderna. Pasaba la mayoría de sus horas libres frente al televisor, comiendo grasas y bebiendo cerveza, mientras sus arterias iban llenándose cada vez más de placas de ateroma. Un firme candidato al infarto.
La muerte llegó al domicilio de John. Éste no la esperaba, aunque estaba avisado de la posibilidad de tal contingencia por amigos, familiares y médicos.
John, como siempre, estaba viendo la tele, con una gran pizza sobre su enorme barriga y varias latas de cerveza desperdigadas por el sofá. Muerte sentía repugnancia. Cuando estaba preparada para administrarle su toque, su vista fue atraída por la pantalla de la gran tele de plasma de John; en ella, unos dibujos animados en las que uno de los protagonistas era La Muerte. Le hizo gracia. Era la típica representación, un esqueleto con una túnica larga negra, capucha y una guadaña enorme. Decidió ver un poco más; al fin y al cabo, John podía seguir llenándose de colesterol un poco más.
Al poco rato, Muerte se indignó; vale que la representaran de esa manera, vale que la caricaturizaran siempre… pero en ese capítulo, Muerte dejaba de cumplir su función, nadie más se ocupaba de ello, y se producían grandes desastres.
“¡Yo dejando de lado mi tarea; la gente sin morir porque yo no trabajo! —se indignó la parca—. ¿Qué se han creído?: La Muerte nunca descansa, nunca toma vacaciones, jamás deja de cumplir su tarea, ni en este ni en ningún otro lugar”.
Furiosa, colérica, la podadora de almas abandonó la sala de John. Éste notó una leve brisa fría, un gélido abrazo. Se rascó la barriga, tomó otro trozo de pizza, grasiento y con el queso colgando, y abrió otra cerveza.
Primer cargo en su contra.
II
Muerte llegó a su castillo. Por esa noche dejó su tarea de lado, sin darse cuenta, en su enajenación, de que acababa de hacer lo que ella misma dijo que nunca, jamás, pasaría. —¡Benito! —llamó a su criado.
—Sí, señor… señora —Benito, a pesar de las largas décadas que llevaba a su servicio, más bien siglos, nunca había tenido claro qué tratamiento darle.
—¡¿Señora; cómo que señora, desgraciado?! ¡Te he dicho miles de veces, literalmente, que soy SEÑOR!
—Sí, señor… (a). ¿Qué le sucede esta noche?; lo veo más sombrío que de costumbre, si eso es posible.
—¡Indignante, ultrajante! —y pasó a contarle lo que le había sucedido.
—¡Huyy, señor… pues cuando vea los últimos libros que se han escrito sobre usted…!
—¿Por qué? He leído muchos tratados y novelas sobre mí mismo. Y aunque la mayoría estén errados, o no se ajusten a la verdad de mi Gran Tarea, que no comprenden, no los considero en exceso indignantes. Incluso ese autor de cómics que me retrata como una bella jovencita vestida de gótica, y blanca como mis huesos, me hace cierta gracia.
—Sí, pero hay ciertos libros, que… mejor será que los lea. Novelas que cuentan eso mismo que usted me ha dicho; La Muerte descansa, y se producen grandes desgracias, líos mayúsculos. La verdad es que están bastante bien, son divertidos —dijo el criado, Benito.
—¡¿Qué?! ¡¿Graciosos?! —estalló La Muerte— ¡¿Cómo puedes decir eso delante de mí?! ¡Fuera de mi vista, enano mental!
—Sí. Perdone, señora. —Y Benito, todavía sonriente al pensar en esas novelas, abandonó la presencia de su señora… esto, de su señor.
Muerte decidió tomar cartas en el asunto, a su manera, siguiendo su pauta de trabajo. Pensó en su venganza contra quien había perpetrado tales tropelías en su contra.
Investigó en la Biblioteca Eterna del castillo, y descubrió a qué obras se refería su criado. Para Muerte, esas obras no tenían nada de gracioso. Ni siquiera las consideró mínimamente divertidas. Se ponía en ellas en tela de juicio su grandiosa y necesaria labor. Aparecía como un ser al que no le importaba su trabajo, al que le daba igual ocho que ochenta. Y eso sí que no.
De su agenda futura sacó los datos de todos los implicados (tal como veía él el asunto)… y los invitó a una fiesta en su castillo, que para la ocasión trasladó a nuestro plano de realidad, debidamente transformado para no ser conocido como su refugio. Y llegó la fecha señalada. Todos los invitados habían confirmado su asistencia, creyendo que era un nuevo rico excéntrico, o magnate con dinero fresco que quería subvencionarles.
La orquesta tocaba un alegre vals.
La fiesta era un derroche de lujo y fantasía, un regalo para los sentidos.
Las mujeres —y algunos hombres— exhibían grandes diamantes, estrafalarios sombreros, largos collares de perlas —cosechadas por los delfines amaestrados de sus costas—, caros vestidos y miles de complementos más, a cada cual más innecesario.
Pero enseguida el humor dentro de la sala se tornó sombrío. Conforme iban llegando los asistentes se les pasaba a salas de las que no podían salir, y eran obligados a bailar. Todos; escritores, editores, productores, guionistas, etc. Y sus acompañantes, que en la mayoría de los casos no tenían nada que ver. Pero era una fiesta organizada por la Muerte, la gran podadora de almas.
Para eso la había organizado, por eso había emponzoñado las poncheras con un sutil toque de cicuta.
Así, a la hora señalada para la gran sorpresa, la Muerte se presentó en la sala, con un maletín en la mano. Lo abrió y empezó a pasar lista. Tal como eran nombrados, los asistentes eran acompañados por los sirvientes, traídos expresamente para la ocasión, encabezados por un sonriente Benito, por unas puertas camufladas al fondo de la sala de baile. Y ese era el fin de la fiesta.
Algunos reclamaron, sobre todo los acompañantes. Pero no hubo remedio, Muerte hizo oídos sordos a todas las protestas, en principio, y a los reproches e insultos después.
Segundo cargo en su contra.
IV
—¿Mejor, señor… a… señor? —quiso saber Benito, que había tenido que aguantar la ira de su amo primero, la organización de la fiesta después, y a esos insufribles sirvientes que trajeron del inframundo para que les ayudaran en la fiesta.
—¡¿Mejor?! ¡¿Tú crees que esto es posible?! —contestó Muerte lanzándole el periódico que había estado leyendo, conforme iba poniéndose de peor humor.
Benito tomó el periódico al vuelo, y leyó la página que había quedado frente a su cara.
— Bueno, amo… —contestó una vez acabó—, la noticia es mala, pero no hay por qué ponerse así. Que su equipo haya perdido tres partidos seguidos, y que además se haya lesionado R…
—¡¿Qué?! ¡¿Pero qué dices, animal?! —Y Muerte le agarró el periódico y rebuscó unos segundos. Una vez encontró lo que buscaba (que en realidad estaba en portada), se lo volvió a arrojar a la cara a su criado.
— Ah, esto. Normal, después de lo que pasó ayer.
La impactante noticia en cuestión era la misteriosa muerte de conocidos escritores, guionistas y demás personajes, junto a sus acompañantes. De momento, nadie había relacionado estas muertes con sus trabajos recientes, era algo demasiado rebuscado y descabellado como para pensar en ello.
—¡Si no trabajo, mal —empezó Muerte—, se burlan, me parodian, etc; y si trabajo, peor, se me echan encima, me acusan de inconsistente, aleatorio… Vamos, que insinúan que no sé hacer mi trabajo!
—Pero jefe, es que lo que hizo fue muy fuerte.
—¿Tú también, Benito, hijo mío? —respondió Muerte.
—¿Perdón? —se extrañó Benito de las palabras de su amo.
—Nada, nada. Déjame, tengo que pensar en mi próxima venganza.
—Pero, ¿no ha tenido suficiente con lo de ayer?
—¡Eso fue ayer! Hoy es hoy, y mi cólera ha aumentado por culpa de estos incompetentes. Mi venganza, esta vez, será a escala planetaria.
Benito se alejó, temblando de temor, y no por primera vez desde que estaba a las órdenes de Muerte.
V
Por el planeta se había extendido el pesimismo. Los potentes telescopios habían divisado naves alienígenas, obviamente nada amistosas pues conforme se iban acercando a nuestra galaxia iban destruyendo todo lo que encontraban a su paso.
Aquella fecha estaba marcada a fuego y sangre en el calendario de la Muerte, la gran podadora de vidas, la cosechadora de almas, la regente del reino de tinieblas, la parca. Ella.
Nadie en la Tierra estaba de humor.
Sabían, todas las especies, desde los más simples insectos hasta los más sofisticados delfines, que, cual plaga, la muerte se abatiría sobre ellos. Las banderas ondeaban a media asta, las orquestas interpretaban tristes adagios, incluso las bombillas, con sus vestidos de guirnaldas y globos, parpadeaban a media luz, una luz a veces diamantina, a veces apagada.
Muerte vio aquí su oportunidad. Con un leve parpadeo de su consciencia, se presentó en las naves extraterrestres. No hizo falta que explicase mucho quién era; en sus planetas de origen también conocían a la Muerte. Cada rincón del Universo poseía su propia muerte.
Hizo un pacto con ellos; si exterminaban a todo el planeta, mientras estuvieran en sus dominios —y una vez arrasado la Tierra, podían permanecer en ella todo el tiempo que quisieran— estarían libres de su gélido toque.
Les pareció bien, y sellaron el pacto
Tercer y Cuarto cargos en su contra.
De repente, todo se paró, el tiempo mismo dejó de fluir y Muerte se sintió transportado…
Los Controladores de este rincón de la galaxia, en cuanto tuvieron noticia del pacto de Muerte con los presuntos invasores, avisaron a los Poderes Supremos del Universo. Y entonces, teniendo en cuenta los cuatro cargos, se procedió al juicio de la Muerte.
El primer cargo, no haber cumplido con su trabajo al haber dejado con vida a John Corber, que ya estaba en la lista de salida.
El segundo cargo, el haber realizado la venganza contra los que, según él, lo habían ridiculizado. No les importaba la muerte de los creadores, pero sí que tuvieron muchas reclamaciones y muchos quebraderos de cabeza debido a los acompañantes, que no tenían ninguna razón para abandonar la existencia.
El tercer cargo, el haberse aliado y haber pactado con los visitantes. Realmente era un doble cargo, porque la Muerte debía ser neutral, no podía tener pactos; y otro por establecer la “no agresión” contra ellos. La parca no podía establecer distinciones, ni otorgar privilegios. Menos todavía interferir con el trabajo de colegas de otros rincones de la galaxia.
Y el cuarto, no podía realizar un genocidio como el que tenía planeado sin contar con ellos. Más que nada por el atasco que produciría, por el colapso burocrático que ocasionaría la llegada de miles de millones de almas. La burocracia celestial estaba organizada para unos miles diarios en cada zona, unos cientos de miles diarios durante cortos períodos de tiempo, como caso excepcional. No estaban preparados para miles de millones, y menos, mucho menos, sin previo aviso.
Fue declarada culpable. No sirvieron para nada las declaraciones de los peritos, ni las de sus abogados que alegaron enajenación mental transitoria debido al estrés causado por circunstancias como el exceso de trabajo, mobbing, etc.
Se le condenó.
¿Cómo se condena a un ser como la Muerte? Bien, sencillo. Se le despojó de sus atributos, de su toque helado, de sus herramientas de trabajo. Y se le mandó, sin fecha de revocación, a realizar trabajos como los que se describían en alguno de los libros que la llevaron a esta situación.
Y Muerte, ahora conocido como Morti, acabó trabajando de recolector de cosechas en las granjas más deprimidas, con una gran guadaña. Y los fines de semana de camarero en una cadena de comida rápida.
Pero la humanidad no puede existir sin que la Muerte esté presente. Por eso, los Poderes Supremos del universo trasladaron a una Muerte de una galaxia lejana, que se había quedado en paro al explotar repentinamente el sol de dicho sistema estelar y exterminarse toda la vida en la región. A partir de ese momento, esa sería la Muerte titular de esta región, mientras que la antigua se dedicaba a trabajos basura, a la espera de que en uno de estos eones le fuera revisada la sentencia y pudiera retornar a su puesto.
Los Controladores universales reanudaron la marcha del tiempo, la humanidad tuvo un plazo para prepararse contra los invasores.
Éstos fueron rechazados, sin muchas bajas por parte de la humanidad —la Muerte era todavía nueva en estas regiones, y estaba aún en proceso de adaptación—, y todo volvió a sus cauces normales.
Mientras, la antigua propietaria del puesto iba maquinando nuevas venganzas contra los responsables de su actual situación…
J. Javier Arnau, 2008
J. Javier Arnau En su blog Por si Acaso: Previniendo Desastres se pueden encontrar -además de información sobre él y noticias diversas sobre literatura, cómics o música- (micro) relatos, poesías, artículos, y enlaces a sus publicaciones.
Ha publicado poesías, relatos, artículos y reseñas de libros en Cyberdark.net, Rock Sonora, Universidad Myskatónica, NGC3660 (incluido el CD que se regaló en la Hispacón/Indalcón 2008), Cuentos para la Espera C30, El Parnaso, Tierras de Acero (web y magazine), Sedice.com, Qliphoth, ezine Efímero, Ediciones Efímeras (Poemario: PAISAJES DE CIENCIA FICCIÓN), Axxón, Necronomicón, Miasma, Químicante Impuro (relatos), Club Bizarro, miNatura , PulsarFanzine, fanzine Título, Asociación Cultural Myrtos, Escritores en la Sombra, La Biblioteca Fosca, Centro Poético, Annlea, La Página de los Cuentos, etc. Todo ello relacionado en su otro blog, con enlaces a los sitios desde donde puede descargarse su obra: Currículum Literario Add as favourites (1) | Cite este artículo en su sitio | Views: 1581
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