
Esta nueva
Galáctica sale airosa de cualquier comparación con la antigua, que repito que me entusiasmó en su época. La trama, el arco argumental central, es básicamente el mismo pero los matices ahora son mucho más numerosos e interesantes. Es una serie más adulta, más oscura. Incluso la música y el texto de presentación de los capítulos deja constancia de este hecho. Se le ha añadido un valor político, racial, ético y moral mucho más amplio y complejo, que confieren a
Galáctica una riqueza que no existía en la primera serie, en la que unos pocos protagonistas acaparaban toda la atención, con varios comparsas siguiéndoles y una multitud de inútiles que si figuraba era porque hacía falta un poco de lastre. Los personajes además ahora evolucionan, no como aquellos, que eran una versión espacial de los muchachos de
Bonanza. Sí, he dicho que me gustaba, pero es que en ese sentido me conformaba con poco, fundamentalmente naves, tiros, combates aéreos y cosas así.
En la actual, aparte de Adama padre y de la presidenta Roslin (¿no os recuerda a
Sarah Palin?), los personajes más interesantes tal vez sean precisamente los malos. Dudo mucho que el espectador empatice con ninguno de ellos, ni con los buenos ni con los malos, pero sin duda simpatizará con algunos de ambos bandos. Porque a medida que avanzan los capítulos se van descubriendo las miserias de cada individuo, que para el espectador se convertirán en eso, miembros de un bando o de otro, difuminándose cualquier relación en plan “ellos” y “nosotros” (y quien quiera identificarse con los humanos por el mero hecho de ser humano, allá él). Y es que los cylons nuevos en realidad son más humanos que los propios humanos de la serie, que salvo honrosas excepciones merecen ser barridos de la faz del universo. Esa ambigüedad entre el bien y el mal es un valor añadido que no existía en la serie antigua, en la que los buenos eran muy buenos (el jefe serio, el negro, el chino, el pringao serio, el guapo, la eficiente, el guapo gracioso, etc.) y los malos eran muy malos y muy brutos (los cilones y el conde traidor y canalla que se sentaba en su trono mientras ideaba nuevos métodos para putear a los huidizos humanos).

Que nadie crea que en la nueva versión todo lo que reluce es oro. A mí la nueva Starbuck, que se supone que tiene que ser la hostia y encandilar a todo el mundo, me cae gorda, tan guay, tan machota, tan fabulosa y tan… Es, casi diría, junto con el imbécil de su amado Apollo, el más plano y predecible de todos los personajes. Sus evoluciones son más físicas (o de borracheras en el caso de ella) que otra cosa. Que no, lo siento, no me han gustado ni el uno ni la otra. Por cierto, ya casi no son Apollo y Starbuck, ahora usan sus nombres de pila: Kara Thrace y Lee Adama. En cualquier caso, sus muertes no me producirían nada que no fuera un poco de alivio. La verdad es que Apollo no es muy distinto del de la primera serie pero, mientras el Starbuck interpretado por Dirk Benedict (
aka Fénix en
El Equipo A) se hacía simpático (a pesar de ser también muy plano), esta Starbuck con suplemento extra de testosterona no sirve más que para que se vea que los pilotos escupen, juegan al póker, pelean y follan, y que además las mujeres todavía tienen mucho que demostrar, por muy milenaria y avanzada que sea una civilización. Su personaje tiene, por desgracia, un rol demasiado importante en la serie. No se puede prescindir de él. Y hablando de personajes zafios y mal encarados, luego tendríamos a otro que sí que es prescindible y cuyo papel también está sobreexplotado, el del coronel borracho, que sólo sirve para eso, como coronel borracho, y para ser objeto de todas las bofetadas que se dan a la dignidad de una persona en la serie. En comparación, el mismo personaje en la serie de los 70-80 era un encanto, aunque una mera comparsa; al igual que éste de ahora, pero no recibía tantas hostias, figuradas y literales.
Tampoco me ha entusiasmado el personaje de Sharon (Boomer/Athena), que, por cierto, también ha cambiado de género respecto a la primera serie, ni el del jefe de mecánicos, pero ambos cumplen su función. La de miserable y sufridora buenecita “no me entiende nadie, ni yo misma sé lo que soy,

merezco morir” de ella, y la del toque garrulo y “voz del pueblo” de él, al que además no saques de su trabajo de mantenimiento de las naves (lo que le hace imprescindible en la serie, para qué vamos a engañarnos). En cualquier caso, la evolución del personaje de Sharon parece que lleva buen rumbo. Me estaba empezando a gustar en la tercera temporada. Él cada día me da más asco. Y lo que no entiendo es cómo Sharon no lo liquidó en la temporada dos.
Los más interesantes son, sin duda, el doctor, la cylon (ya no es cilona, cosa que sonaría fatal) número 6 y la cylon número… no me acuerdo, pero era la que interpretaba la actriz que hacía de
Xena, la princesa guerrera. Esos tres individuos son lo mejor de las tres temporadas que he visto hasta el momento. Son el toque ambiguo, los que traspasan constantemente esa fina línea que separa el Bien del Mal y bla, bla, bla. El cobarde Doctor Gaius Baltar, un superviviente que además es un genio de la tecnología (de cualquier tecnología), es como si no pudiera luchar contra su destino que le hace protagonista de una manera constante. Es uno de los personajes que más han cambiado con respecto a su precedente, que era el Conde Baltar. Éste era sólo un traidor que vendía a la humanidad por doce monedas de plata y que luego seguía con la persecución porque no le quedaba más remedio (y por obstinación). Al doctor de la nueva serie las situaciones le van superando y se ve abocado a dar tumbos en un escenario en el que todo el mundo le aborrece y le fostiaría sin misericordia, de poder pillarlo.
La cylon número 6, tanto en su versión física (Caprica) como cuando actúa como aparecida y sólo la ve el doctor (asesora maciza vestida de devoradora), es en sí misma todo un curso para guionistas,

una lección de creación de personajes. Y la de Xena, aunque menos determinante, también es de esos pocos personajes capaces de darle un vuelco al argumento según actúen de una forma u otra. La evolución de estas dos cylons es digna de verse. No había nada similar en la serie antigua. Ni casi en ninguna otra. Genial. Esto tiene mucho que ver con el asunto de las dos perspectivas religiosas que se muestran: los politeístas basados en mitos (por el lado de los humanos) y los monoteístas fundamentalistas que ven en su dios un ser de Amor que guía su destino para que alcancen su Gloria y Salvación (los cylons). Es un puntazo ya que, mientras desde el punto de vista de Kobol y sus mitos todo suena muy guay y repatea, como repatean los druidas y su buenrrollitismo, la profundidad de la religión cylon, ese éxtasis santateresiano, esos planteamientos morales marcoaurelianos y esa Recta Virtud santotomasiana tienen tras de sí el respaldo de dos mil años de teología, que es algo que nosotros llevamos incrustado en la sangre y que nos llega al alma. Lo conocemos y, en nuestro fuero interno, lo tememos.
Y para terminar, el dueto formado por el comandante/almirante Adama y la presidenta de los Estados Un… perdón, de las colonias de Kobol, es otro puntazo. Sobre Adama poco hay que decir. Edward James Olmos está muy bien en su papel. Y Adama siempre es correcto, decidiendo lo mejor para su tripulación y para el resto de la flota, aguantando las estupideces de los adalides de la democracia (pero vamos a ver, almas de cántaro, si sois cuatro gatos mal avenidos y estáis en una crisis de la hostia, una situación de emergencia en la que lo único que importa es huir, combatir lo mínimo necesario, abastecer a las diferentes naves con artículos de primera necesidad y seguir unas normas muy estrictas bajo una ley marcial y en un estado de excepción; ¡dejaos de mandangas, que no son los felices años veinte!). Ella, una antigua maestra de escuela que llegó a secretaria de estado para la educación y luego, por ser la única superviviente de todo el gabinete ministerial, a presidenta…

Un inciso. ¿Por qué las doce colonias de Kobol son exactamente un reflejo de los EE.UU? Aquí tengo que ser crítico. Está bien que los estadounidenses piensen que ellos representan a la raza humana, que tienen el mejor sistema político y social del mundo y que cualquier ser mínimamente inteligente que ande rodando por el universo llegaría irremisiblemente a desarrollar un sistema similar al suyo. Pero una cosa es que sea similar y otra que sea un calco. El jefe electo se llama Presidente. Luego tiene su vicepresidente y sus secretarios de estado. Se eligen por votación democrática. Primero hay unas primarias y luego la segunda vuelta. Sólo hay dos candidatos, etc., etc. Muy descarado, ¿no? ¿No habría sido mejor llevar a la ficción un sistema parecido pero que tuviera alguna peculiaridad? Incluso los representantes de las doce colonias son algo así como los gobernadores de los estados. En fin…
Como iba diciendo, la Presidente Roslin llega a presidenta y es una buena presidenta, honrada, amante de su pueblo, equitativa, cauta… ¡pero se guía por unos sueños inducidos por el medicamento de un cáncer que la está matando! Vamos a ver. Estamos hablando de que la raza humana que está bajo su gobierno cuenta con los últimos 50.000 individuos de la especie (y descendiendo). ¡Y ella se guía en sus decisiones más importantes por unos sueños en los que se mezcla mitología con… más mitología! (habitualmente griega, frente a la egipcia que predominaba en la serie antigua). Por supuesto, es tan buena gobernanta y tan demócrata que actúa a su puta bola e incluso no duda en amañar unas elecciones por el bien de su pueblo, tal y como acostumbran a hacer en sus referendos consultivos los mejores dictadores que se precien. Y es que el pueblo tiene el voto, pero hay que dirigirle y reconducirle como a un rebaño cuando está a punto de tomar una decisión errónea, claro. En eso el espectador casi se pone del lado de su rival Tom Zarek que, por cierto, está interpretado por el mismo actor que hacía de Apollo en la serie original.

Por eso me suena a situación irreal. En una disyuntiva como la que se plantea en la serie, cualquiera en el papel de Adama (y que además fuera sensato y capaz, como el propio Adama) cogería las riendas de la humanidad y mandaría a tomar por culo a todas esas ñoñerías de la democracia hasta que la población estuviera segura y en buen puerto. La situación es militar, están en guerra y sólo pueden huir ante un enemigo muy superior. Las memeces y los pulsos de poder entre el legislativo y el ejecutivo no tienen cabida.
De hecho, me pregunto qué pasará si llegan a la Tierra. No veo a Bush (ni siquiera a Obama), como presidente de la humanidad que les reciba, sometiendo a votación quién debe ser el presidente tras su llegada. Ni a Adama cediendo las riendas de Galáctica al alto mando de los EE.UU. (por supuesto, ni hablar de China, Rusia o Francia —que para cualquier americano es equivalente a la UE).
Pero el pulso de poder entre los estamentos civiles y militares de Galáctica, aunque absurdo, no deja de darle muchísimo interés a la serie.
He dejado de nombrar a algunos supuestos protagonistas. Bueno, si hacen algo digno de mención de la cuarta temporada en adelante, algo que no hagan los demás, o si su importancia en la serie no procede meramente de sus estúpidas relaciones con personajes relevantes, ya los mencionaré en otra reseña.

Como reflexión final, y a modo de conclusión, me ha encantado esta nueva versión de Galáctica, sobre todo en lo que toca a los personajes malos. Engancha. Atrapa. Y luego tendríamos que hablar de lo magnífica que es la puesta en escena, los planos, los efectos especiales, lo naturales que suenan (excepto a veces) los guiones y lo interesante que se va poniendo la historia a medida que avanza la serie. Como defecto, sólo algunos personajes sobreexplotados y esa curiosa equivalencia default Humanidad=ciudadanía de los EE.UU, que toca un poco las narices. Los productores y guionistas deberían pensar que gran parte de su público no es estadounidense, pero quizá eso sea mucho pedir. Lo mejor es correr un tupido velo en lo que respecta a ese asunto y dejar que todo fluya como si fuéramos USA citizens.