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Reseñas - Películas
Escrito por Reverenda Madre   
sábado, 27 de octubre de 2007
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Este artículo está reproducido íntegramente del original que se puede leer aquí, y que fue publicado por Boris en Noviembre de 2006 en el Weblog El Hombre de Arena.

Cartel de Re-Animator      
Las adaptaciones a la gran pantalla de la obra del bueno de H.P. Lovecraft han sido muy desiguales, variando desde el escupitajo directo a la cara hasta la patada en la rancia entrepierna del escritor.
De manera rápida se puede definir el horror cósmico, corriente principal del conjunto de sus relatos, como la sugestión, más que en la descripción, de abominaciones inhumanas ajenas a la realidad tal como la conocemos. El miedo recreado en sus historias posee un carácter atmosférico, la mayoría de las veces urdido a través absorbentes argumentos detectivescos, en el que los personajes se van acercando paulatinamente al abismo de criaturas primigenias y conocimientos prohibidos.
Lamentablemente, lo más habitual en la mutación cinematográfica de la personal mitología literaria del genio de Providence es precisamente eso, la irreverente transformación de sus historias en fiestas casqueras rebosantes de monstruitos cthulhuloides, con tentáculos, sangre y blandiblú para dar y tomar. Pero no deja de ser cierto que dentro de estas adaptaciones sinvergonzonas hay de todo: malo, peor, nefasto e, incluso, bueno. A este último apartado pertenece el trabajo del tándem formado por el productor Brian Yuzna y su director fetiche, Stuart Gordon.

 

Society y, sobre todo, El dentista, una de las películas más divertidas que yo soy capaz de recordar, suponen por sí solas una aportación más que notable al cine de terror contemporáneo. Pero si los fans del horror tenemos que agradecerle algo a Yuzna, es su prolífica labor como promotor de una larga lista de productos y subproductos fantásticos y, sobre todo, su mecenazgo sobre el director de Re-animator. Sin lugar a dudas, los mejores resultados de las colaboraciones de la pareja son aquellos que tienen como punto de partida el universo lovecraftiano: Re-animator (1985), Re-sonator (1986), Dagon (2001) y esperemos que el proyecto en el que al parecer andan enredando actualmente, House of Re-Animator, la nueva continuación de las aventuras de Herbert West prevista para el 2008. A esta lista habría que sumar los films sobre el mismo tema que cada uno perpetró por su lado, entre los que destacan H.P. Lovecraft's Dreams in the Witch-House, de Gordon, uno de los episodios más resultones de la primera temporada de Masters of Horror y las continuaciones del reanimador, esta vez con Yuzna detrás de las cámaras.

En cuanto a la película que nos ocupa, está basada en el relato titulado Herbert West, reanimador (1922) y, aunque sus excesos gore suponen una exageración evidente respecto a éste, la mayor parte del humor macabro residía ya en el original. A nivel argumental, simplifica el número de peripecias del original literario -no en vano se publicó como un serial, dividido en fragmentos-, y lo deja en un solo episodio sin demasiadas complicaciones:
Herbert West, un excéntrico y sombrío estudiante de medicina, tiene la obsesión investigadora de devolver a la vida a los muertos mediante un suero verde fluorescente de su invención, siguiendo la línea de la mejor tradición de ci-fi casposa. Después de liarla en Suiza, donde intentó reanimar con éxito relativo a su profesor -el honorable sabio se levantó lo justo para que le estallasen los ojos como sendas bocas de riego abiertas-, parte a Nueva Inglaterra, a la famosísima universidad de Miskatonic, en Arkham. Allí conoce a su compañero de piso, Dan Cain, que, fascinado por sus proyectos científicos acabará por ayudarle, y a su novia Megan, la rubita hija del rector. A pesar de tener en contra a toda la universidad, encabezada por el maluto de turno, el salidísimo Dr. Carl Hill que pretende robarles el hallazgo y tirarse a Megan, consiguen continuar sus investigaciones. El éxito será mayor que en Suiza, al menos en lo referente al número de reanimaciones, de fluidos derramados y de vísceras estampadas contra las paredes.

A un ritmo narrativo sin fisuras, en un formidable crescendo de salvajadas, hay que unir el magnífico y macabro sentido del humor que acompaña al film ya desde la primera escena, plasmado mediante pura artesanía cinematográfica en la que se combinan trucos de encuadre y montaje con efectos especiales de los baratos. Todo ello para un resultado visual increíble, sobre todo si se tiene en cuenta la precariedad económica con la que contaban.
Dentro de las humoradas sanguinolentas que adornan la película, me gustaría destacar una escena que se me quedó grabada a fuego, una escena que, si existe la justicia artística, debería pasar con honores a los anales del séptimo arte: aquella en la que Dr. Carl Hill, reanimado el tío y con su propia cabeza amputada entre las manos, juguetea con su lengua por el sonrosado y carnoso cuerpo de Megan (Barbara Crampton, playmate de bastante buen ver), e intenta un cunnilingus que es frustrado en el último momento por el inoportuno West. Gloriosa.
Reanimator es una de las primeras que utilizó a los zombies -o similares- y los festines gore como cruenta fuente de carcajadas, encabezando un tipo de comedia enferma para descerebrados -entre los que me incluyo- que hoy en día ya debería ser considerada como casi un género.
Una cinta en la cumbre de aquella maravillosa época para los excesos de todo tipo, también para los cinematográficos, que fueron los años ochenta.




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