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2. LA REALEZA
El informe de la ITEC llegaba a todos los sitios conectados por hiperonda, con el retraso normal debido a la revisión de la central. Los Genéticos lo recibían antes que el resto de los ciudadanos galácticos, una ventaja de la realeza monárquica.
Claudia Monteagudo se sentó en la cama desarreglada, estaba desnuda, a excepción de una braguita. Contempló el rostro de Sheila Summer en la pantalla, augurando los problemas que tendrían las caravanas planetarias y los millones de desempleados que generarían los hiperpuentes, pero no le interesaba mucho la noticia. Tomó el control remoto y disolvió la pantalla etérea que flotaba en la habitación. Al pie de la cama, Cush Dodanim terminaba de vestirse. Ambos habían disfrutado del sexo, como solían hacer desde hacía meses, ocultándose y evitando hablar de sus compromisos.
Ella era baja, de figura esbelta y felina. La mirada de ojos oscuros, siempre ardientes y sensuales, daba un toque de misterio a su rostro oval de boca menuda. El cabello lacio caía como una cascada caoba sobre los marfileños hombros. Años atrás había obtenido una beca de la Multicorp para la Universidad de Ciencias Socioculturales Ciniana; allí había conocido a su esposo Ernesto y abandonado su título de duquesa de Pandior para convertirse en Claudia Krebs, con sólo catorce años y la desaprobación de todos sus profesores.
Rodó sobre las sabanas, jugueteando con las almohadas, mientras miraba divertida cómo el alto ciniano se anudaba la corbata que revelaba su jerarquía en la Multicorp.
—¿Crees que todo ese asunto de los hiperpuentes preocupa al Monarca? —dijo para iniciar una conversación.
Cush vestía por entero de negro. Botas de caña alta lustrosas, pantalones de cuero y una camisa de seda con bordados de plata. Tenía dos metros exactos de altura y sus rasgos eran angulosos, como cortados con cincel. Sus ojos, enteramente juiciosos e indagadores, brillaban con un oscuro gris. En ese momento trataba de pensar en cualquier cosa menos en Claudia, la chica le atraía de una manera que no podía entender, ni dominar. Era la esposa del Primer Consejero y eso no cambiaría. Era preferible concentrarse en los problemas de la Monarquía Genética, no pensar. Pero ahí estaba la sensual voz, hablándole
—Es un asunto que tu esposo debe conocer mejor que yo, es la persona más cercana al Monarca.
Ella ignoró la réplica y caminó en puntas de pie hasta la gran ventana que mostraba la ciudad costera de Cinia Capital, Caía la noche y no había tantos vehículos aéreos, los brillos del océano Ulniano llegaban desde la línea del horizonte. —Me gusta Cinia, su belleza me ayuda a no extrañar a mi Pandior natal —suspiró la joven, apoyando sus manos en la superficie cristalina—. Ernesto vive tan ocupado que nunca ha tenido tiempo de conocer la Ciudad de las Catedrales. Espero que pronto podamos tomarnos unas vacaciones, las merece.
Cush enrojeció ante el comentario.
—¿Alguna vez consideraste mis sentimientos? —dijo—. ¿Nunca pensaste que también te amo?
Ella cuadró los hombros. Continuó sin volverse cuando dijo:
—Creo que acordamos no mezclar esos asuntos en nuestra relación, Cush.
El ciniano no pudo sofrenarse y tomándola por los hombros la obligó a girarse para mirar sus ojos.
—No sé qué sientes por mí —gruñó él—, pero no puedes evitar que me haya enamorado de ti.
La chica pandioresa entendía que aquella aventura se estaba tornando un problema. Una persona con el temperamento de Cush Dodanim no era fácil de apaciguar, menos cuando se trataba del tipo de emoción que sentía. Necesitaba tiempo y que los ánimos se calmasen. En una hora, su esposo Ernesto terminaría la reunión diplomática y estaría esperándola.
—Voy a darme una ducha, Cush. Te veo en el Salón de Arte —anunció ella, desembarazándose suavemente, dejando a su amante sin saber qué hacer. Cuando Cush oyó que se activaban las lluvias de la ducha, abandonó la habitación.
El Salón de Arte estaba en el Ático del edificio de La Multicorp ciniana. Cush Dodanim comenzó su inspección de las cincuenta obras que artistas de mundos extranjeros presentarían esa semana. Intentó olvidar su arrebato emocional frente a Claudia, ocupándose en sus deberes como Gerente General de Cultura Galáctica, pero su mente no podía concentrarse en la tarea.
Relajó su musculoso cuerpo y comenzó un ejercicio de respiración. ¡La disciplina de la Nada! Alejó de sí sus preocupaciones y admiró las artesanías.
Una escultura holográfica, un sicograma líquido, un sueño onírico móvil representado en vacío por arcos voltaicos, un calidoscopio informático que originaba la ilusión de otras dimensiones...
¡Esto es!
Algo se movió en el interior del hombre y en ese momento su mirada se cruzó con un retrato al óleo.
¡Qué arcaico!, fue el primer pensamiento de Cush.
La pintura representaba a Sálvat, el prócer, héroe y, para algunos, mesías de la raza humana, en tamaño natural.
¡Tú fuiste el responsable, viejo ladino! ¿No tuviste al hiperespacio en tu plan?
Sálvat había nacido en el planeta original de los humanos. Cuando se hizo inhabitable, tras la guerra de los cyborgs seiyones, abandonó el lugar autoexiliándose en busca de un nuevo mundo. Así halló Cinia y fundó La Monarquía Genética Corporativa, luego apaciguó la xenofobia humano-alienígena con la ayuda de los Yeilines, los humanos sagrados.
¡Los yeilines!, recordó con amargura.
Hacía cinco siglos que se habían retirado de la escena política, eran Las Familias Influyentes y miembros clave en el terreno religioso. Fue uno de ellos quién enseñó a los primeros humanos, en la época de Sálvat, el arte de La senda hacia Moqzumo; los primeros que creyeron en Jhael como único impulso creador, puro y omnipresente. Pero ahora eran apenas un mito olvidado, pocos jhaelianos mencionaban el tema y los curas de Pandior habían distorsionado tanto la imagen de los yeils que nadie creía en su existencia.
Cush suspiró y contempló el retrato con ironía.
Ahora vivimos en el año 2.965 E.E, podía ser tanto Era Espacial como Era del Éxodo. Me siento como una burbuja girando alrededor de una alcantarilla.
Todo lo construido por los Jhaelianos: La Monarquía, El orden galáctico, el Equilibrio Cultural… Todo acabará.
Se cruzó de brazos y apretó los labios con fastidio. Era un discípulo Jhaeliano, el mejor de su departamento. Había alcanzado éxitos destacados tanto en el Ytenve Hogar como en la Multicorp. Y era joven, sólo treinta y cinco años. Sus padres, cinianos y jhaelianos, fallecieron cuando era un niño, entonces fue educado por los Maestros en las disciplinas físicas y mentales.
Había depositadas muchas esperanzas en él. El pensamiento provocó una sonrisa torcida, rasgo característico en Cush Dodanim. —¿Meditando, Cush? —dijo la duquesa Claudia Monteagudo de Pandior con una sonrisa de suficiencia. Así era siempre, parecía como si el disgusto de momentos atrás no hubiese existido. Cush también prefirió olvidar el incidente. El vestido dorado, semitransparente, remarcaba todas sus formas. Avanzó hacia él con paso sensual.
—Los genes de Sálvat se revelan nítidamente en ti, tienes ojos idénticos a los del retrato —comentó el hombre con un gesto de bienvenida, ella le devolvió la sonrisa.
—Mi rama familiar es de Dlanki, el hermano del Libertador. Tú eres un Sálvat auténtico.
El funcionario ciniano lo sabía, y los genetistas jhaelianos también. Por casi tres mil años se perseguía aquella línea genética. Todos los Sálvat eran educados en el Ytenve Hogar o en la Ciudad de las Catedrales, la sede del Clero en Pandior.
—Es mejor que te apresures, aunque el ascensor puede dejarte en menos de un minuto en la sala de reuniones —cuestionó él. Había luchado por concluir la relación, pero Claudia parecía no preocuparse de nada, a pesar de tener un esposo dedicado e importante. Ella entornó los ojos con complicidad.
—Llevo más de cinco años de matrimonio. Lo que yo haga no alterará el amor de Ernesto por mí; pero olvida el placer y observa, transmitieron esto apenas te fuiste. —Ella no estaba acostumbrada a ser cuestionada. Alzó la muñeca y activó el reproductor con su voz. Una imagen holográfica flotó encima, era un resumen de la ITEC aún no difundido al público. El Representante Diplomático de los gobiernos planetarios de Foornax, Alm y Lunion, con motivo de la Inauguración del viaje Hiperespacial recorrerá sesenta pársecs en sólo dos espacio meses en su primera visita a Cinia Capital, donde se realizarán los acuerdos de integración de esos mundos lejanos. El Director General de Sabbathco, Red Finsen...
Claudia desactivó la grabación.
—¡Lo intuía! ¡Red Finsen!
—Se han olvidado de él. Ha esperado miles de años para desbaratar la obra de su antiguo enemigo, Sálvat.
—La capacidad del viaje dimensional para civiles provocará una fractura mortal en el sistema monárquico —prorrumpió Cush, vehemente—. ¿Te lo imaginas? El mercado se basa en nuestras Caravanas Planetarias que recorren la galaxia representándonos, debimos preverlo. La economía se irá al demonio... Habrá monedas fuera del control de los bancos planetarios... nuevas estructuras familiares... guerra informática... no más fronteras espaciales...
—Sí. Lo sé —se le unió ella—. Sistemas políticos innovados... un futuro incierto para la religión... y ahora viene Finsen.
Ambos recordaron las clases de historia jhaeliana. Pocos podían hacerlo. Eran una minoría en marcada extinción y los yeils, los humanos sagrados descendientes de un linaje antiguo, vivían en un mundo oculto en espacio profundo.
Red Finsen.
El Campeón del oponente, discípulo de Dimán, el Maligno. Sálvat se había valido de ambos para pilotar la astronave de exilio, perdonándoles la vida —un hecho atípico en él— a cambió de ese servicio. Luego, los abandonó en el Mundo de Hielo del Sistema Carroll, sólo con equipos de supervivencia.
—Es un cyborg, el último seiyón —comentó Claudia—. Sobrevivió y regresa como si nada.
—Esto fue previsto por Barnaseo, el Profeta: "Aquel que habrá de guiarnos aparecerá cuando los mundos estén unidos por la misma ruta".
—No se refería a Finsen.
—¡Por supuesto que no! Trataba de entender esa premonición.
—Cuando te sensibilizas así es cuando más me atraes —sonrió recorriéndolo con la mirada.
—Las pasiones debilitan la razón.
—Pero le dan impulso a la vida.
—A ti no te importa mucho todo esto —comentó él, en un súbito relámpago de comprensión.
—Mi preocupación son mis vestidos, viajes y reuniones del Club Sociocultural. Ernesto está dedicado cien por cien con el gabinete del Gobierno de Wolfgang I, ellos y los jhaelianos se encargarán.
—Si lo olvidaste, también eres jhaeliana —comentó él.
—Dejo todo en manos de los hombres —sonrió con picardía.
—Me gustaría tener tu humor, nada de esto me tranquiliza.
El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper Capítulo siguiente (3) Leer todos los capítulos Sobre el autor: M.C. Carper Add as favourites (1) | Cite este artículo en su sitio | Views: 964
1. Muy buen arte Escrito por
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, el 08-02-2009 14:41 Realmente no solo mejoraste la escritura con respecto al libro, también estuviste haciendo dibujos nuevos, y eso se nota. |
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