Todo formaba parte, pues, de un complicado proyecto planeado desde el futuro que debía desarrollarse desde el presente para que no se repitiera dicho futuro (aunque estoy seguro de que si Maia y Richard hubieran estado presentes en el momento del fogonazo revelador, habrían levantado las manos para hacer unas cuantas preguntas, ya que ellos de ‘presente’ tienen poco, pues vienen desde mediados del siglo XX).
Tom está relegado a actividades de burócrata. Trabaja de nueve a cinco en labores de papeleo y no le dejan salir del despacho ni para estirar las piernas. El jefe, Dennis Ryland (Peter Coyote), ha sido enviado a cubrir un puesto de gran enjundia, en Washington o algo así, y en su lugar aparece una agresiva-pero-justa Nina Jarvis, interpretada por una tal Samantha Ferris, que readmite a Tom para que reanude su trabajo de investigación
in situ junto a Skouris.
Richard, Lily y el bebé, que tiene seis meses, siguen huyendo de Jordan Collier, cosa que ya habían empezado a hacer en la anterior temporada. Por cierto, el bebito, que es una nena que se llama Isabelle (pronúnciese como lo haría cierto empresario —y Supermán a ratos— en un determinado anuncio de chocolatinas), es lo mejorcito de la temporada. Qué cabrona. Uno está deseando que haga cosas desde que empieza cada capítulo hasta que termina. No os preocupéis, no os cansaréis de ella. Todo lo contrario, la echaréis de menos cuando no salga.
Sí, sí, tito Collier, tú hazme arrumacos... Y ya entramos de lleno en la temporada. Collier sigue con sus negocios de mangoneo de los 4400. Ya veréis, hay sorpresas al respecto, y Shawn va a adoptar un papel relevante en este ámbito. Os lo tendré que contar cuando haga la reseña de la tercera temporada, que pienso ver, sin duda.
En el primer capítulo, que es doble, se explica uno de los máximos interrogantes de la serie: ¿cómo empieza todo? Me explico: sabemos que los 4400 tienen una misión, sabemos que la gente del futuro quiere que hagan algo, y sabemos que debe existir la tecnología que usan esos seres del futuro para modificar a los 4400, que ha sido desarrollada en algún momento ¿verdad? Pues en ese doble capítulo ocurren ciertas cosas que van dejando allanado el camino.
En el siguiente episodio aparece —para quedarse— la hermana pequeña de la agente Diana Skouris, papel que interpreta una tal Natasha Gregson Wagner —que no me suena demasiado— y cuya aportación más notable consiste en hacernos ver que en la serie es posible una cierta debilidad humana, como contraste a tanto coloso moral que aparece en ella. Porque… ¿quién podría evitar aprovecharse, aunque fuera un poquito, muy poquito, de vivir con alguien que puede ver el futuro? Y es que sí, Skouris había adoptado definitivamente a la pequeña Maia, que es como el Ojo de Agamotto, que todo lo ve. Y su hermana, April, también se queda con ellas. Lo demás viene solo. Y sí, joder, yo también lo haría, y tú, y todos, excepto la agente mamá Skouris.
Luego hay varios capítulos claves. Contároslos sería cruel, pero os anticipo que de repente en uno Tom Baldwin se encuentra viviendo una larga aventura en una especie de universo paralelo. Cuando regresa al suyo normal, todo ha cambiado. Vaya si ha cambiado. Y luego tendrá que explicar muchas cosas a su familia y amigos. Lo raro es que, mientras lo hace, alguno de éstos no se dirija sigilosamente hacia el teléfono para llamar a alguna agencia de viajes que proporcione al bueno de Tom una agradable estancia en una tranquila habitación con vistas a la galería tres, con un simpático vecino que asegura ser Napoleón.
Y el final de la temporada está muy bien. Muy conseguido. Deja muy buen sabor de boca, pues súbitamente todo parece dar un vuelco. Se queda abierto, en plan ‘continuará’, pero los sucesos nos explican qué hace que los 4400 tengan sus poderes, por qué algunos parecen no tenerlos, y el papel conspirador que juega el gobierno, empezando por el mismísimo NTAC, en todo este asunto.
Al frente Maia. El resto, de izquierda a derecha: Kyle, Tom, Shawn, Collier, la agente Skouris, Richard y Lily En cuanto al reparto, al de la primera temporada, en el que no hay bajas notables, en ésta se suman algunas caras nuevas que aparecerán con cierta continuidad. Tenemos las ya citadas Nina Jarvis, el bebé-Isabelle y April Skouris; pero además hay dos personajes que cobrarán mucha relevancia: Matthew Ross (Garret Dillahunt) y Alana Mareva (Karina Lombard). No os cuento quiénes son porque habría que revelar el argumento de forma maliciosa, pero recordad sus nombres y sus caras.
 April Skouris (Natasha Gregson Wagner) | |  Matthew Ross (Garret Dillahunt) | |  Alana Mareva (Karina Lombard) |
Una nota curiosa: Robert Picardo, después de haber interpretado a un holograma en
Star Trek: Voyager durante la tira de tiempo, pone su granito de arena en un episodio de esta temporada de
Los 4400. Tiene un poder que, aunque al principio parezca una bendición, con el tiempo se convierte en pesadilla... a no ser que uno sea dueño de una empresa cosmética, claro.
Otra. Peter Coyote vuelve al final de la temporada. Y vuelve en plan cabrón, la verdad, ya lo veréis. Bueno, se descubren cosas que de hecho llevan ocurriendo desde el comienzo de la serie, lo que por otra parte es lógico. Siempre se agradece que haya sucesos o asuntos turbios que interconecten hechos presentes, pasados y futuros en las series, y que lo hagan de un modo convincente y coherente con la trama. Aunque al mismo tiempo metan un buen gazapo. Bueno, más que gazapo se trata de algo absurdo, un verdadero atentado contra la lógica y el sentido común relacionado con las cuarentenas y los aislamientos. No merece la pena entrar en detalles y desvelar algo importante del argumento para revelar algo tan obvio, ya os daréis cuenta.
Ah, y cambiando de tema pero siguiendo en la onda gazapera, respecto a aquello que os contaba en la anterior reseña, donde decía que no sabía si se les había escapado un gazapo con los poderes de Shawn… pues sí, efectivamente era un gazapo, o me lo parece. Este individuo puede curarlo todo e incluso —da la impresión— resucitar por un momento, sólo por un instante, a quien acaba de morir, que luego sigue muerto. Ahora volvamos por un momento al principio de la primera temporada, muy al principio, cuando el chaval, aún en el recinto de la cuarentena, ‘resucita’ a un pajarito que se había pegado una hostia de padre y muy señor mío contra un cristal, partiéndose el cuello. No, señores, ese pajarito estaba muerto, no enfermo. Se había partido el cuello y no debería haber sido resucitado, aunque el ‘momento resurrección’ quedase muy bien para revelarnos que Shawn tiene unas manos que ya quisiera cualquier curandero brasileño o haitiano. Aunque hay una cosa… pero no, no puede ser. Es un gazapo. Igual me como mis palabras pero si así fuera volvería al asunto en la siguiente reseña para enderezar el entuerto.
Spoiler (no me resisto pero tampoco es nada que afecte a la trama): la niña Isabelle (que te pego, leche) al final aparece bastante crecidita y en pelotas como una Godiva mulata ante el mesiánico y estupefacto Shawn. Creo que en la tercera temporada vamos a tener momentos de pérdida de control por parte de más de un protagonista. O los guionistas habrán dejado escapar un filón de la manera más miserable.
Ya os contaré.
Federico G. Witt, 2007