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Selector de frecuencias (libro 2, capítulo 3) - Alexis Brito Delgado Imprimir E-Mail
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Ficciones - Novela: Selector de Frecuencias
Escrito por Hari Seldon   
domingo, 22 de febrero de 2009
 
Selector de frecuencias, libro 2 capítulo 3
 
 
3

SELECTOR DE FRECUENCIAS

 
 

Las paredes del salón, de un color azul brillante, parecieron adquirir constancia propia. Lentamente, su entorno se llenó de logos de cinética, mientras una luz en la penumbra parpadeaba lejos de su campo periférico visual, descargando los datos de emisión programados en el interior del holoestimulador. La forma ovalada pintada de amarillo del Órgano Hokusai, con el nombre de la multinacional impreso en una chapa cobriza en uno de los laterales, era una línea borrosa en la negrura caldeada por los distintos grados de infografía. Stark apretó el Selector de Frecuencias y accedió a su perfil. 

DORIAN STARK: USUARIO 652.154.018
 
Las primeras imágenes aparecieron, formando un crisol de formas humanas que lo rodearon en un inmenso salón de bordes irreales. En medio de la claridad cortante, la estancia creció, según la longitud de frecuencia iba ampliándose, hasta quedar convertida en una distancia interminable donde podría desfilar según sus deseos. Desde su posición estática, Dorian se limitó a saborear los recuerdos almacenados desde que accionó el mando de emisión por última vez. Un holograma incidió sobre su faz y le ofreció la imagen de una mujer de piel oscura: ésta vestía un vestido de terciopelo azul, zapatos de diseño y una boa de plumas de avestruz. Stark extendió la zurda y le acarició uno de los tenues senos, sintiendo cómo se excitaba bajo la yema de sus dedos. El terminal de emisión era unidireccional, ninguna de las imágenes podía acceder al campo iónico que había activado antes de conectarse. La joven intentó atraparlo, pero el alemán la rodeó, prestando atención a otra imagen: una hermosa mujer fumaba un cigarrillo de aspecto europeo en un rincón, cerca de un cenicero con forma de abanico; el traje de gasa verde hacía resplandecer la palidez cadavérica de su rostro. Dorian recorrió con la mirada el amplio escote que mostraba la punta de sus senos: la belleza de su físico no le produjo ninguna emoción. Una japonesa se apoyaba en la pared de enfrente, observándolo, con ropas similares a un accidente de tráfico: un mono cortado en franjas horizontales rojas, amarillas y anaranjadas. Un grueso cinturón con colgantes de oro se le balanceaba en la cintura, al ritmo de su respiración entrecortada por la espera. Más adelante, un individuo ataviado de cuero negro lo esperaba con un puñado de cadenas en las manos. Pasándolo, otra joven llenó su campo de visión: era una ninfa griega con guantes oscuros que le llegaban hasta la altura de los codos, medias de rejilla y ropa interior de cara confección. Sobre una de las paredes, en una película de vídeo subliminal, dos jóvenes se acariciaban. Sus pieles de distinto color, negra y amarilla, mostraban un contraste de esencias mientras se desnudaban con gestos sensuales. Una nueva proyección le inundó las retinas: un hombre de rasgos eslavos, con las pupilas modificadas quirúrgicamente, abrazaba a una mujer madura, apretando sus enormes pechos.
¿Cuántas veces habré entrado en esta maldita máquina?, pensó con tristeza. ¿Seré capaz de sentir algo de esta manera?
La desesperación aumentó, progresivamente, gracias al efecto de los triángulos de anfetamina: era incapaz de escapar de sus remordimientos privados. Deseaba hablar, tener una conversación con alguien, pero no podía hacerlo, no le quedaban palabras; estaba atrapado dentro de su propia voz. El alemán detuvo su avance, con los ojos sondeando el vacío, mientras la tristeza se le filtraba entre los dedos aferrados alrededor del sensor de movimientos. Los bordes del aparato se le clavaron en la piel, arrancándolo del universo conceptual donde había penetrado. Sobre la misma pared de antes, una albina besaba el cuello de una joven teñida de rubio eléctrico. Dorian las observó desapasionadamente, sintiendo cómo el abismo de su interior se expandía con ondas de larga emisión, llevándose una ínfima parte de su pesar.
¿Será posible que ni siquiera el holoestimulador pueda hacerme experimentar algo?, reflexionó. ¿Me habré convertido en un cyborg?
Horrorizado, su cuerpo se retorció sobre el asiento, sin poder huir de la condena que aquella revelación implicaba: los vínculos que lo ataban a la humanidad abandonaban el asidero que siempre temió perder. Dos chinas desfilaron por su cerebro, unidas en un delicado beso de amor. Una rumana semidesnuda, con una aleación de acero que le llegaba hasta la barbilla, le sonrió desde una de las habitaciones, invitándolo a pasar dentro. En la pared, las dos mujeres parecieron mirarle con consternación; percibían su incapacidad de integrarse en el holoestimulador.
Aún me queda un once por ciento, pensó obstinadamente, sin querer ceder por mucho que el destino conjurara en su contra. ¡Continuaré hasta el final cueste lo que cueste!
Aferrándose tercamente a los bordes de la irrealidad, avanzó a lo largo del corredor. Sobre un lecho de látex de tres metros de área, bordeado por pilares de caoba, un musculoso joven dormía enfundado dentro de unos vaqueros de piel de serpiente manufacturada. Una adolescente se situó encima de él y le acarició el torso con manos tiernas, cosquilleándole el pecho con sus cabellos. Sorprendido, el chico despertó y atrajo su cabeza hacia su cara, estampándole un beso en los labios. Ambas figuras fueron sustituidas por otros hologramas de alta fidelidad que ocuparon su lugar, borrándolos sin dejar rastro. Una pelirroja ataviada con una camiseta plástica negra, falda que mostraba sus muslos, muñequeras de cuero y guantes de espuma, se fundió con un muchacho uniformado con una malla transparente que dejaba ver su miembro en erección. La joven se desnudó y permitió que el joven la penetrara: sus pelvis se encontraron en un anagrama de colores que Stark casi percibió con toda su plenitud. Los dos desaparecieron, difuminándose en la nada, y la pareja anterior volvió a ocupar su lugar. La mujer agarró al chico por la nuca y le devolvió la caricia. La imagen se desvaneció, siendo ocupada por una tercera, mezcla de las dos anteriores, parcialmente interconectadas por un halo fantasmagórico. En el extremo opuesto de la estancia, debajo de un espejo, una mujer se masturbaba sentada en un sillón de plexiglás. Sus manos temblorosas y excitadas separaban los labios superiores de los inferiores, mientras el dedo corazón se expandía en lentos círculos dentro de su sexo.
Por lo menos ella puede darse placer a sí misma, meditó Stark con amargura. Yo ya no soy capaz de hacerlo...
Reclinándose sobre el asiento, la mujer emitió unos jadeos cuando se acercó al orgasmo y se estiró hacia atrás con los ojos en blanco. Un hombre de aspecto indeterminado surgió de la nada e introdujo la cabeza entre sus muslos. Ella no mostró ninguna clase de sorpresa y le aferró los cabellos con ambas manos: la aparición continuó el trabajo que la joven había empezado. En el techo, una cúpula de esmeraldas proporcionaba una iluminación tenue y mortecina al salón, bañándolo con una tonalidad azul verdosa. El alemán divisó el resto de su entorno. Al final del corredor, unos amplios ventanales mostraban los edificios sumergidos de una Venecia extinta desde hacía siglos: torreones, templos, palacios y puentes levadizos sobre los tramos de agua que recorrían su superficie; góndolas motorizadas cruzaban los ríos en dirección al mar. A la derecha de los cristales divididos a cuadros, una mesa de cuarzo recogía la aureola de varias figuras cristalinas que se movían en espirales llenas de deseo. Acercándose, Dorian contempló a una pareja haciendo el amor: las piernas de la mujer rodeaban las caderas del hombre como una presa de hierro. Las embestidas aumentaron de ritmo y se detuvieron en un abrupto e intenso éxtasis, que los dejó agotados en la penumbra. A su izquierda, una mujer morena, de largos cabellos que le caían hasta la mitad de la espalda, practicaba una felación a un muchacho, que le acariciaba la cabeza inmerso en el placer que ella le proporcionaba.

Stark asimiló las impresiones encefálicas de los hologramas que aparecían creándose, mezclándose y superponiéndose unos sobre otros, sin cualidad homogénea alguna, y divagó sin rumbo por diversas habitaciones, dentro de la matriz de un universo de imágenes donde la unión de los sexos lo significaba todo. Formas danzantes se proporcionaban tímidas caricias o posaban desnudas como modelos publicitarias, disfrutando de la visión de otros seres conectados a las consolas, donde no se podían ocultar los secretos, sino mostrarlos con plenitud al alcance de otros usuarios. Desde su diván, el alemán se sentía lleno de emociones que no le eran propias: oscilaba en un mar de miembros en movimiento que jamás duraban lo suficiente como para no desaparecer. Un holograma intentó tocarlo, pero su campo de protección se lo impidió. Dorian deseaba ser un mero observador, sin la necesidad de implicarse en los juegos eróticos que las imágenes eran capaces de ofrecerle. Defraudada, la mujer vestida con ropa interior de seda y medias blancas, se acercó a un hombre de mediana edad que no rechazó sus proposiciones.
Con un giro semicircular, Stark se ladeó hacia la izquierda; una chica acariciaba las piernas de un muchacho apenas mayor que ella. Un instante más lejos, más imágenes copulaban sobre un piano de cola, debajo de un ventilador de potentes aspas, que hacía ondear los cabellos de ambos. Lentamente, los hologramas fueron remplazados por otros, en un tropel de carne de todos los colores, razas y sexos. Muchos de ellos eran Organismos Virtuales creados por la Multinacional Hokusai para el disfrute y satisfacción de los compradores que accedían al interior del programa. Otras eran auténticas personas de carne y hueso que mostraban sus momentos más íntimos para el goce de los usuarios. En la mente del alemán, cientos de palabras tanteaban los más profundos recovecos de su ser que aún eran humanos. El efecto de los estimulantes que agitaban su corazón parecía haber disminuido de intensidad, pero incluso el vano rumor de las silenciosas imágenes le resultaba un vendaval hiriente que se adhería a los límites de su imaginación. Sonidos que le traían recuerdos con antiguos precedentes, un suplicio encadenado con el anterior, perdido entre aquellos cuerpos que en vano intentaban tocarle. Con una sonrisa cargada de tristeza, Dorian los vio pasar desde cualquier fecha de emisión que hubiera grabado hacía más de un año. Algunos eran proyecciones que jamás se había molestado en estudiar antes que ahora, siempre olvidaba los rostros indistintos que lo asediaban dentro de la consola. En cambio, esas mismas caras borrosas le hacían rememorar otras noches en las que se había conectado para aislarse de sus dilemas, intentando empatizar con otros seres que para él no significaban nada, buscando el instante de paz que aquellos hologramas eran capaces de ofrecerle. En el suelo forrado con baldosas luminiscentes, dos individuos se desnudaban, excitados, quitándose las ropas multicolores que los hacían parecer tan artificiales como maniquíes.
 
Desde el asiento, Stark sentía cómo los pensamientos de los usuarios le recorrían la memoria, asimilando la información que le circulaba por el cerebro: sus emociones, sus deseos más íntimos, sus necesidades... Incluso, llegó a fusionarse con los ocupantes que accedían a su mente. Su anatomía fue sustituida por otras que dominaron su lugar, desapareciendo tan rápidamente como habían surgido. Una chica rubia de ojos tristes lloraba en su asiento con las mejillas hundidas por el cansancio. La bajada de la heroína circulaba por sus venas cubiertas de abscesos. Tenía el maquillaje corrido por las lágrimas que le resbalaban hasta los senos desnudos.
Me muero, sus pensamientos llegaron con tanta claridad al alemán como si fueran propios. No tengo caballo para chutarme…
Un ejecutivo la sustituyó. En sus ojos se notaba la espantosa tensión que implicaba su trabajo. Dorian pudo sentir los pensamientos de derrota del hombre burbujear y agitarse en un hemisferio de su conciencia.
Tengo que terminar el informe, pensaba al borde de la histeria. Puedo ser despedido, o lo que es peor, mis superiores me degradarán...
Una mujer ocupó el lugar del ejecutivo, hundida dentro del éxtasis que le proporcionaba la fusión con la máquina. Su cuerpo, firme y robusto, vestido con un corsé de carbono, temblaba por el aturdimiento.
¡Dios, qué placer!, su éxtasis lo llenó como un orgasmo. No creo que pueda resistirlo mucho más tiempo…
Otra imagen reemplazó el vacío dejado por el anterior holograma. Oleadas de mortificación la invadían. Su diestra apresaba el terminal de movimientos con rabia.
Me ha abandonado, su derrota lo impactó. Ese hijo de puta se ha largado con mi hermana…
Un hindú, con el rostro desfigurado por la sorpresa, llenó la presencia de la anterior imagen. Stark notó que era su primer viaje dentro del holoestimulador. Los sentidos desorbitados del hombre intentaban atrapar la información que llenaba sus retinas. El efecto de los estimulantes psicodélicos que había ingerido para entrar se agolpaba como una masa confusa de culpabilidad en un lugar remoto de su memoria.
Nunca hubiera imaginado que era así, pensó el hindú. Es demasiado real, nadie me había advertido de que era tan perfecto...
Cerrando los ojos, el alemán volvió a ser quien era, perdido dentro de las mentes de los hologramas que le transmitían sus angustias. Todos y cada uno de aquellos seres tenían sus propias contriciones que solucionar; traumas que los ataban a alguna parte de sus vidas; oscuras necesidades de consuelo y ternura que nunca habían sido satisfechas. En cierta manera, era agradable saber que no era el único; existían otros individuos que tenían tantos dilemas como él. Ya no se sentía solo: su distanciamiento se había evaporado al ser sustituido por las emociones de los demás. Dorian sólo podía compartir sus sentimientos de aquella manera: era un alivio olvidar la culpabilidad que lo aplastaba con su pesada carga. 
He logrado fusionarme con los usuarios, lágrimas ardientes descendieron por sus mejillas. Aún no me he convertido en una máquina.
La alegría de la revelación ardió durante un segundo y desapareció como si nunca hubiera existido. No le quedaban suficientes partes humanas para sentirse feliz. Su destino era la tristeza, el dolor de vivir sin respuestas aislado dentro de sus pesadillas, añorando un pasado que alguna vez significó algo para él. Stark no tenía tiempo de preocuparse por su melancolía, el tiempo parecía haberse detenido, plegándose en su propio eje. El paso de los minutos era una ilusión dentro de su mente ocupada por los sedosos y excéntricos sueños de otros usuarios que, como él, deseaban encontrar compañía en las imágenes escaneadas dentro del holoestimulador. La fusión fue plena en su totalidad, haciéndolo olvidar sus propios temores, que quedaron relegados en el fondo de su memoria. Con decisión, el Agente Ejecutor atravesó el umbral de una de las habitaciones. Dentro, una cama de formas ovaladas lo esperaba; las paredes estaban adornadas con diapositivas transparentes. Una chica de dieciséis años lo curioseó sobre la superficie de plástico del colchón. El cabello oscuro, cortado con flequillo, se le pegaba a la frente perlada de sudor. Las curvas de su cuerpo, enervado por la excitación, se dibujaban perfectamente en la oscuridad.
—Te he echado de menos —la voz de la mujer llenó sus sentidos creando extraños ecos—. ¿A qué estás esperando?
Desde algún lugar en Júpiter, el alemán percibió que era un Organismo Virtual creado por la Hokusai, pero su deseo no disminuyó ni un ápice por ello.
—Me gusta mirarte —su confesión le resultó absurda.
—Desnúdate. —Ella se excitó aún más—. Quiero hacer el amor contigo. 
El holograma rodó sobre el colchón y se puso en pie con una mirada de deseo en los ojos. Desde la suite, Stark apretó la superficie del terminal de emisión, desactivando el escudo iónico. El beso, húmedo y apasionado, llenó las fibras del alemán. Éste sintió el primer indicio de una erección. El Organismo Virtual le acarició la entrepierna y apretó el pesado miembro que palpitaba debajo de los pantalones. Con un hábil movimiento desabrochó los botones metálicos y sostuvo su sexo, besándole el cuello dulcemente. Dorian apretó los dientes. Una gota de semen escapó de su glande y ella la extendió sobre la punta del pene utilizando el índice, apretando su cuerpo desnudo contra el pecho del alemán.
—Te deseo —dijo el holograma—. Más que a nadie en mi vida…
Stark se dejó llevar hasta la cama sin oponer resistencia, conducido por las manos expertas que lo depositaron sobre la superficie acolchada. Ella le deslizó los pantalones a la altura de las rodillas. Acto seguido, tomó el miembro erecto y se sentó sobre sus caderas, haciendo que la penetrara por completo. Dorian emitió un gemido de placer y agarró la cintura de la mujer. Un relámpago neurológico le inundó los contactos nerviosos al sentir las paredes de la vagina cerrarse sobre su pene. El Organismo lo cabalgó con movimientos bruscos, arrastrándolo a un universo de imágenes que se revelaron como una película fotográfica de colores aleatorios…
 
—Ya no tengo nada por lo que luchar... ¿Crees que algo cambiará si me abandonas?
Ella ignoró la cuestión.
—Hago esto por ti. Por mi culpa, sigues atado a un pasado que murió hace mucho tiempo.
 
Sobre los hálitos que creaba el programa, las palabras de Nessa sonaron nítidas en algún lugar de su memoria, con la misma tristeza que la cyborg las pronunció hacía más de quince años.
 
—Eres lo único que me queda —le reprochó con amargura—. ¿Nunca has sentido nada por mí?
La cyborg pasó por alto su pregunta:
—No debes amarme. Estarías condenado a morir. Yo también estoy condenada... ¡Tanto o más que tú!
 
El holograma se desintegró en mil pedazos. Aullando, Stark se desplomó del colchón con las manos alrededor de la cabeza, enroscándose como un animal herido. Levantándose, apartó a la mujer asustada y salió al exterior de la habitación. Los recuerdos habían sido demasiado dolorosos incluso para él, se agolpaban dentro de su mente con una intensidad insoportable que le hizo huir entre los pasillos cromados irradiados por luces de neón.
¡Cálmate!, pensó mientras se abrochaba los pantalones. Sólo ha sido un sueño. Ella desapareció hace años, nunca volverá a tu vida...
Stark se serenó estrujando el Selector de Frecuencias con la zurda. El pesar de su corazón desapareció mientras recuperaba la respiración aplastada por los nervios. No era la primera vez que intentaba hacer el amor con uno de los hologramas que lo seducían dentro de la consola, pero cada intento era un fracaso mucho peor que el anterior; sabía que le sería más fácil tocar el cielo que volver a sentirse completo. Durante unos instantes, el Organismo Virtual le había recordado a Nessa. La pasión que desprendía en sus movimientos programados, la sinceridad con la que se había entregado, la ternura que era capaz de darle... Todo era una mentira, se trataba de una imagen erótica creada por el holoestimulador; jamás podría devolverle lo que había perdido. Sobre el lecho adosado, el joven de los vaqueros de piel de serpiente dormía solo, incitándole a fundirse con él en un abrazo tórrido. Sobre su torso desnudo, la imagen de las dos rubias había alcanzado su cénit, unidas en una masa de carne que se estremecía con frenesí. Una geisha, vestida con un  quimono de seda, se recreaba en las emociones que el holograma era capaz de ofrecerle, manipulándolo a su antojo con el terminal de datos. El alemán los vio desnudarse. El joven la penetró analmente, mientras ella se mordía un diminuto puño, sosteniendo con la otra mano el borde de la cama. Indiferente, los dejó atrás y volvió a su posición pasiva, examinando los juegos sexuales ajenos desde el asiento, donde volvió a subir el escudo al máximo.
Por segunda vez, se sintió suplantado por voces y emociones que no eran las suyas. Éstas constituían un consuelo, apartaban los conflictos que lo impulsaban a autodestruirse buscando respuesta a los enigmas que siempre lo atormentarían. Un zulú lo suplantó: ajustadas prendas ceñían su físico esculpido en ébano. Una mujer lo relevó: se le marcaban los pezones sobre la camiseta de polipiel. Un Ícaro uniformado con ropas color oro llenó el campo de frecuencia de la joven. Una chica de unos doce años borró la imagen del hacker: sus pupilas estaban desorbitadas por el asombro. El alemán se dio cuenta de que aquella joven buscaba a una de las imágenes, al ser incapaz de amar físicamente, pero sí de una forma imaginaria, a uno de los hologramas infografiado por el Órgano Hokusai.
—Sólo es una ilusión, muchacha —dijo Stark cruelmente—. No pierdas el tiempo amando a un ser que no existe.
—Pero... es tan guapo.
—Es una imagen de ultrafrecuencia. —El Agente Ejecutor le rozó los cabellos imaginarios—. Intenta ser más realista al respecto y no te permitas el lujo de vivir de un sueño.
Llorando, la muchacha desapareció con un lamento. ¿Era él la persona más adecuada para impartir doctrina? ¿No vivía de sus pesadillas desde que era capaz de recordar? ¿Había logrado olvidar el rostro que lo asediaba todas las noches? ¿Recobraría la única época de su vida en la que había sido feliz? ¿Lograría algún día volver a sentirse humano? Una tormenta holográfica manó del techo de la habitación y bañó la figura de Stark. Una mujer emergió de la eternidad, rodeada por un campo de estática, acercándose en su dirección. Ésta llevaba un mono de cuero sintético. Sus ojos, oscuros y hermosos, brillaron en un rostro de rasgos orientales envuelto en una cascada de pelo azabache. El alemán abrió los párpados al sentir cómo unas manos familiares y evocadoras le acariciaban el torso empapado de sudor. Entonces, asombrado, vislumbró a la cyborg que había roto su campo iónico…

 

Selector de frecuencias, libro 2 capítulo 3

 

CONTINUARÁ…



Alexis Brito Delgado
 
 
 
 
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Todo sobre el autor: Alexis Brito Delgado
 
 
 
 

 

 


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  Comentarios (1)
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1. Muy bueno
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla , el 22-02-2009 13:28
Leer a Alexis Brito Delgado siempre es un placer, un disfrite de descripción del interior del personaje. Aquí Dorian Stark en el punto algido de su historia. Personalmente, a veces temo seguir leyendo por dos razones: El destino del Agente Ejecutor y que la novela terminará.

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