|

5. INAUGURACIÓN DE LOS PUENTES
Un nutrido convoy de naves estelares avanzaba flanqueando la pared interna del Puente Hiperespacial de Kora. El grupo estaba formado por cargueros, cisternas y transportes comerciales. Los emblemas de mundos de sectores vecinos como Foornax, Luxor y Kora abundaban. También los de reconocidas firmas: Cosaco, Fixer Cibernoides, Transplanetaria Leiva y la inevitable Sabbathco.
A medida que las naves acordaban sus destinos en el Control de Tráfico, unas robóticas grúas se acoplaban a los fuselajes dirigiendo los vehículos, en orden y por turno. Sólo contaban con tres en esta ocasión: Cinia Capital, Pandior y Rorac. No obstante, la publicidad aseguraba que, en breve, todos los Hiperpuentes dispondrían de las coordenadas para viajar a cualquier rincón de la galaxia.
Los Hiperpuentes tenían la última tecnología al servicio de la comodidad y el esparcimiento de todas las razas civilizadas. Nadie desconocía que la característica principal de Kora era la variedad de especies y de Híbridos, frutos de cruces interraciales que el Clero combatía con fervor religioso.
Caminando con aire divertido, Roberto Blanco estrenaba su traje oscuro de capitán mercante. Era una broma. Muchos en Kora, el Chiquero Galáctico, sabían que era un viajante de dudosa reputación y fiabilidad. Sin embargo él estaba seguro de que los extranjeros quedaban impresionados con su indumentaria.
No era muy alto, tampoco bajo. Usaba el ensortijado cabello con un decorativo jopo de moda y no se dejaba engordar. Siempre iba armado y nunca exhibía sus armas sino para utilizarlas. Atravesó un anuncio holográfico de Sabbathco y los Viajes hiperlumínicos.
Tendré que hacer un minucioso estudio de mercado si no quiero perder mi empleo, pensó.
Siempre aceptaba trabajos donde las ganancias aportaban lo suficiente para mantener funcionando a su nave y poder ir de juerga en los cabarets y casinos de su planeta. La mayoría de las veces se trataba de tráfico de mercancía ilegal. Nada fácil con las Caravanas Planetarias y sus destacamentos, pero los enormes convoyes no podían llevar el control de cada espacionave, la trampa estaba en saber colarse y desprenderse en el sistema de entrega para aguardar otro convoy rumbo al hogar. A pesar del moderno impulsor de su nave, ésta era un insecto comparada con el poderoso empuje que tenía un Arca Errante, pero eso estaba a punto de cambiar.
Halló una cabina de enlace. Extrajo del bolsillo una tarjeta y la introdujo en la ranura correspondiente. Le fueron anunciados sus datos personales, posesiones, valores y currículo con amplio detalle, incluyendo el historial de su espacionave y tripulación.
—Admisión certificada, Sr. Blanco —dijo la consola—. ¿Destino?
—Cinia Capital.
—La Supertzar ya está en la línea, su turno es el Nueve Cinco Cuatro. Muchas gracias por utilizar los servicios del Hiperpuente y la Multiplanetaria Sabbathco.
Está hecho, pensó.
Anduvo con paso tranquilo hasta el Salón de Servicios para humanoides. Sintió el cosquilleo que le anunciaba la recepción de un mensaje en su notebook de pulsera y se acomodó en el sillón, al borde de una gran pecera con cetáceos enanos.
¡No se privan de nada!
—¡Hola Bob!
El que hablaba era un tipo robusto con cuatro barbas y taimados ojos. Cubría su cabeza con un gorro de piel de gloot, la casaca utilitaria no disimulaba el grosor de su abdomen. Sonrió jovialmente. Evidentemente era humanoide, pero algo en él gritaba: Híbrido.
—Te aguardaba, Cendoo. No tardaste nada.
El recién llegado se acomodó en el asiento.
—Vas a Cinia, ¿no?
—Así es. ¿Y tú?
—A Pandior, los Cardenales y Obispos están interesados en unas muestras de virus Xials de ADN híbrido. ¿Te imaginas?
—No —contestó Bob rotundo—. ¿Por qué me citaste aquí? Hace meses que no sé de ti. He oído que aceptas encargos del Aguandés.
—¿Lo desapruebas?
Bob lo miró intolerante.
—De todos los Padrinatos de Kora es el único que consiente el tráfico de extasiadores atemporales, mecánica psicomorbo y trata de químicas incompatibles ¡El Aguandés es un asqueroso degenerado!
—Odayo, con su contrabando informático, sus casinos y sus servicios de acompañantes no obtiene en un año lo que Cetar en una semana.
—Aún tiene el Padrinato más fuerte.
—Eso será hasta concretar la alianza con los Rambles.
El capitán de la Supertzar dio un respingo.
¡Los Rambles! ¡Los Teólogos Esclavistas!
La Secta Ramble creía en la sumisión del más débil. Como en la cadena alimenticia, el más grande subyugando al pequeño. Su Iglesia había nacido en el Chiquero Galáctico y no salía de ahí. Cualquier especie era admitida, se lo entrenaba y especializaba. Los Monjes no buscaban fieles, los interesados se acercaban. Vestían togas marrones con ribetes lilas y cascos de ciberconexión equipados para el combate. Iban armados con venenos, agujas, aturdidoras o hilos de micrones. En Kora eran casi sagrados, nadie se metía con ellos y como tácito acuerdo los Rambles jamás buscaban esclavos en su planeta.
—¿Para esto me llamaste? —No, Bob —el tono de Cendoo se suavizó—. Quiero advertirte, nos hemos salvado el pellejo mutuamente en múltiples ocasiones —la voz se convirtió en un murmullo—. Sé que Cetar, el Aguandés, efectúa negocios con intereses extra Koranios. Hace menos de una hora, “alguien” le recomendó que ninguna de sus naves viajase a Cinia.
—¡Espacio! —exclamó el koranio.
—Sí. Sea lo que sea se trata de algo pesado.
—Gracias, Cendoo.
—No hay de qué. Debo irme —se puso de pie—. El Ensalada de Rata tiene el turno Siete Siete Seis en esta Línea. Salúdame a Odayo.
—Vete ya, corsario. —Lo alejó el humano con un ademán. Ya estaba enterado de que algo se tramaba contra los Genéticos pero quiso mostrarse sorprendido ante su colega. Era cierto que habían compartido peligros en otros tiempos, pero ahora Cendoo trabajaba para otro Padrino, el oponente político de su jefe, y prefirió desconfiar. Bob se encaminó hacia la sección de trasbordo, no detuvo su paso hasta hallarse frente a una extensa galería de cámaras neumáticas administradas por loonitas, seres sin ninguna violencia que realizaban sofisticadas tareas a cambio de un simple plato de comida. El hombre se colocó un salvavidas espacial en forma de chaleco con casco presurizado y un pequeño tanque de oxígeno entre los omóplatos. Ignoró la predisposición de los loonitas para asistirlo e ingresó en una de las cámaras. Cuando la última compuerta se abrió tuvo ante sí un espectáculo que nunca dejaba de causarle una sensación de pequeñez.
Las estrellas sobre el telón negro, la infinidad del vacío espacial.
¡Sólo un iluso querría abarcar esto!
Y había muchos ilusos en la galaxia. Un puente de aros circulares con paredes cristalinas de metal flexible presurizado conectaba con su nave, el Supertzar, que flotaba acoplado treinta metros hacia abajo siguiendo la pared interna del Hiperpuente, que tenía un ancho de ciento doce kilómetros. Él se hallaba a dos del borde más cercano, los límites se tornaban nebulosos a su visión. No podía asimilar esa distancia, ni siquiera en el vacío. Estudió las formas geométricas llenas de luces y señales. Anuncios de reglamentación y advertencias; enormes grúas robots de ocho articulaciones con sus cabinas de montaje y los Macrohangares.
Un par de espacionautas, con mochilas autopropulsadas, pasaron raudos encima de él para perderse con una estela en la distancia. Hacia los lados, los extremos se unían en un punto, creando la ilusión de hallarse ante una plancha de estructura espacial en lugar de una minúscula parte del Anillo Sideral.
Aseguró el enganche del cordón en cero G a uno de los tubos que unían los aros del acople. Avanzó con una soltura que sólo daba la práctica en la gravedad nula.
El crucero Yutang Zin Cero Veintinueve colgaba amarrado desde la popa. La carlinga se hallaba en la parte inferior del fuselaje central.
En la parte anterior estaban los hangares para actividad extravehicular: las cápsulas de trabajo, la lanzadera salvavidas y una cámara reguladora de presión para espacionautas. También se hallaban el laboratorio, el observatorio, el taller y el pañol. Entre esta sección y el cuerpo principal se ubicaba el compartimiento de gravedad simulada. Un tiovivo con el eje paralelo a la línea longitudinal de la nave cuando estaba en tierra. El comedor, el gimnasio, la cocina y la cabina del aseo se hallaban en él. Era el lugar más ocupado durante los viajes y, a la vez, el menos frecuentado cuando aterrizaban, pues aquel compartimiento cilíndrico se desactivaba y estaba inútil cuando tocaban tierra firme.
Sobre la cabina de pilotaje, en la parte inferior del casco, estaba la estación informática (una reforma que Bob Blanco innovó tras un oscuro encargo de un grupo roraciano). Su computador, un “Count Raven” serie Siete Triple Cero, le había salvado de muchos percances. La cámara criogénica y la habitación del capitán se encontraban en un sector aislado, como también un precario cubículo de reclusión; en la sección posterior controlaban los depósitos de aire y reciclado de víveres. A partir de ahí, ocupando un cincuenta por ciento de la estructura estaba la Unidad de Propulsión: los poderosos reactores de fusión, los magnetrones y los pasillos de deuterio con helioZ.
En el centro exacto de la nave se izaban el radar y el Emisor de escudos. Dos potentes casamatas apuntaban sus bocas en amenazante inactividad. Cuatro baterías láser descansaban de igual forma en el casco, dos arriba y dos a los lados. Flanqueando los hangares de proa, a babor y estribor, había seis estaciones misilísticas, pero eran raras las ocasiones en que estaban cargadas pues la emisiones de los núcleos protónicos no podían disimularse.
Bob Blanco sonrió mientras operaba la esclusa de aire superior.
¡Los reglamentos afirman que mis armas están controladas por la prefectura espacial! ¡Por sus desactivadores de clave universal! ¡Bah! Si supieran lo “difícil” que fue timar sus programas con la ayuda de Count Raven.
Entró en la nave desde la portilla superior, luego de ser identificado por su retina. Concedió unos minutos a los descontaminadores; cuando todo se presentó en orden, cruzó otra compuerta y abordó. Cruzó con paso nervioso el cilindro de gravedad artificial, la sala del computador y los camarotes. Se paró en una baldosa circular disimulada en el piso, era un elevador que comunicaba con la antesala de la carlinga. Descendió quitándose el casco y el chaleco antes de abrir la compuerta del puente.
Allí estaba la mitad de su tripulación, casi todos híbridos. Su copiloto Yeshin, el oficial de estructuras Tres ojos y el ingeniero, el anciano Rylliu.
Las consolas de navegación cubrían todos los paneles de la estancia, las pantallas monitoreaban el tráfico de la zona.
Yeshin, de baja estatura y voluminoso cráneo, lo miró. El movimiento estremeció sus dos apéndices a manera de antenas rematados por sensibles bolas verdes. Señaló con uno de sus seis dedos los monitores que registraban una nave cuya sección habitable estaba separada por un largo túnel del cuerpo de artillería y propulsión. El casco aparecía moteado de baterías y silos misilísticos, se desplazaba cansinamente con sus minúsculos impulsores de maniobras hacia la zona de hipertransmición.
—¿Lo reconoce, capitán?
—Claro, Yeshin. Es el Ensalada de Rata. Estuve platicando con su capitán, Cendoo, en el Espaciopuerto, ahora trabaja para el Aguandés.
—¡Para ese Animal! —estalló el copiloto.
—¡La Hermandad Estelar se contamina con ese! —agregó Rylliu.
—¿Qué turno tenemos? —dijo Yeshin.
—Tendremos que aguardar el último —dijo Bob—. Efectúa las comprobaciones de rutina y ordena a Cara de Trompa, Lengua Veloz y Quel que hagan la última recorrida, antes del segundo aviso.
—A la orden, capitán.
Exactamente a mil doscientos kilómetros de ahí, en el extremo opuesto del complejo Hiperespacial, una nave se disponía a zarpar. Semejaba a una pinza de cangrejo con tres dedos en lugar de dos, apenas abiertos y unidos por una nudosa muñeca rematada por psicodélicos tubos de impulsión; era biomecánica. Yacía aparcada junto a un astillero en forma de osamenta de mil metros de largo. Parecía la deforme espina dorsal de una criatura producto de la demencia. Amarrados a ésta, permanecían los sesenta y seis cruceros biomecánicos, sin terminar, de la flota de Sabbathco. Separados y sometidos a rigurosos controles de calidad flotaban los sesenta y seis complejos propulsores, esperando los últimos componentes de los luxorianos.
El puente de mando era una bóveda de tubos, mangueras, engranajes y viscosidades. Red Finsen, de pie en el centro circular con protuberancias, escudriñaba los monitores ovoides del techo persiguiendo una pista. Parecía distraído con los símbolos y ofrendas, pero no era así.
Su mirada descendió hasta donde concluían las paredes alcanzando el piso. Allí, en una estrecha fosa, embutidos en nichos y fusionados artificialmente a sus consolas, seres de origen humano alimentaban en una repulsiva simbiosis, el centro operativo de la nave, el Cruz de Espinas.
Una falsa satisfacción recorrió las terminales nerviosas del biomecanoide. Sólo era una motivación refleja nacida en su profundo odio a los humanos.
¡Cómo pudieron llegar a ser casi los amos de esta civilización!
Pero ya los colocaría en su lugar. Fantaseó con flagelaciones, sometimientos.
¡Los humillaré! ¡Me mofaré de sus desgracias! ¡Sí!
Su artificial vida hallaba refugio en esa clase de sentimientos.
Tienen a Sálvat como un héroe. Los haré arrastrarse para suplicarme que los mate.
¡Oh! ¡Cómo reduciré a nada todos sus logros!
Y es el deseo de mi señor: Borra el nombre de Jhael de toda memoria, me encomendó.
Mi recompensa es este universo.
Todo para mí.
La faz biomecánica no podía sonreír, como tampoco podía el pútrido espíritu del carmesí ser. Sabía que todo había sido calculado y revisado hasta las más insólitas variantes, hacía décadas que había comenzado.
Sin embargo, un temor escondido pulsaba en las neuronas del último seiyón.
Así había sido en Arena, hacía más de tres mil años. Teníamos a los humanos en firme retroceso hacia el estado de barbarie. Dynektrom y nosotros, los cincuenta seiyones, poseíamos la más sofisticada tecnología y el control social. Entonces surgieron esos Espiritualistas Intelectuales, totalmente inofensivos.
Reformaron a un violento desquiciado y éste los guió en nuestra contra hasta vencernos.
¡Maldito! ¡Que seas mil veces Maldito, Sálvat!
Tu prole se ha multiplicado pero eso sólo alargará mi venganza, haciéndola más placentera.
No descuidaré ningún detalle.
Se relajó en un trance de Canalización recitando salmodias de culturas perdidas, apenas recordadas en los delirios subconscientes de su ínfima parte vital. Catapultó su yo astral fuera de la nave para explorar inquieto el espacio y el Astillero.
¿Por qué estoy intranquilo?
Una alarma lo volvió a la realidad del mundo de las emociones, una señal de su cuerpo fabricado en Luxor ante la falta de signos vitales.
¡Un robot de reportaje! Tal vez la inercia lo arrastró hasta los Neutralizadores de Hipercampos y se desmaterializó.
¡Un robot!
De todos modos estará varado en el espacio y no tiene ninguna forma de llegar a Cinia para advertirles.
En el Supertzar unas luces avisaron a los tripulantes que la traslación estaba lista para efectuarse.
—Bien, chicos, llegó la hora —anunció Bob.
—Llubatt Kascha Chi I Tob.
—Ya sé, Tres Ojos, ya sé —se quejó el capitán al Chaluk de triple visión y rosácea piel—. No lo he olvidado.
Trajeron de la bodega una caja con garrafas de aguacashasa, la bebida más codiciada en esa parte de la galaxia.
—¡Brindemos!
Golpearon sus copas y bebieron el delicioso líquido cristalino. Un sonido metálico acabó con la ceremonia.
—¡Esos fueron los precintos de acople!
El Supertzar se deslizó hacia el centro del anillo.
El Cruz de Espinas encendió sus impulsores de maniobra mientras se desenganchaba de la grúa de apariencia raquítica que lo sostenía.
Una forma arácnida de muchas patas porta sensores corrió a lo largo de esa extensión. Apuró la marcha al percibir la vibración del desacople de la grúa. En el momento en que se separaba de la nave, se desprendió del brazo robótico.
Atraído por un cuerpo superior fue directo hacia el espinoso casco del Cruz de Espinas; seis garfios de amarre se fijaron en el fuselaje biomecánico.
Bob Blanco, sentado junto a Yeshin señaló hacia adelante a través de las rendijas ventana de la carlinga.
—¡Observa, Yeshin! ¡Ahí!
Ante ellos aparecía una anomalía en el telón estelar, era como una esfera conteniendo todo el universo; el Hiperespacio. El aspecto tridimensional del objeto creaba desconfianza, no parecía posible poder ingresar ahí. Sin embargo, las grúas de embarque ya habían dado a la astronave el empuje justo para hacerlo.
Bob pensó que a partir de ese momento podía prescindir de las fastidiosas Caravanas interplanetarias y que podría regresar a casa en menos de la quinta parte de tiempo, pero aventurarse en ese pasaje dimensional recién creado le hizo erizar los cabellos de la nuca.
La nave surcó la curiosa esfera ingresando en un universo alternativo que les servía de atajo hasta su destino. Un grito mezcla de júbilo y pavor se adueñó del crucero koranio.
El Acorazado biomecánico lo secundó por el mismo pasaje.
Un periodo después, el Cruz de Espinas surgió en espacio conocido, en el Puente Hiperespacial del Sistema Cinia. Dejó atrás la Nube cometaria en dirección al Planeta Capital. Lo orbitó y tras ello inició el descenso. Enganchado al fuselaje, el pequeño polizón, modelo P.L.P.S., registró el aumento de la temperatura. Protegió sus partes sensibles, incluyendo unas placas que cubrían su fotorreceptor y dio un estridente alarido robótico.
El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper Leer el capítulo siguiente (6) Leer todos los capítulos Sobre el autor: M.C. Carper Add as favourites (6) | Cite este artículo en su sitio | Views: 4270
1. Alarido Escrito por
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
, el 18-03-2009 15:44 Es la segunda vez que este detalle me llama muchísimo la atención. Es que ese simple alarido implica una inteligencia muy superior a lo esperado para un robot cámara. |
2. No comment Escrito por
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
, el 22-03-2009 08:27 Hay cosas que no puedo adelantar, pero todo, todo tendrá sus razones a medida que los libros se sucedan. |
|
- Por favor, mantenga el tópico de los mensajes en relevancia con el tema del artículo.
- Lenguaje inapropiado será borrado.
- Por favor, no use los comentarios para promocionar su sitio, ese tipo de mensajes serán removidos.
- Aségurse de *Recargar* la página para mostrar un nuevo código de seguridad antes de cliquear 'Enviar', en caso de haber ingresado un código incorrecto.
|
Powered by AkoComment Tweaked Special Edition v.1.4.6 AkoComment © Copyright 2004 by Arthur Konze - www.mamboportal.com All right reserved |