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Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 6) - M.C. Carper Imprimir E-Mail
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Ficciones - Novela: Enfrentamientos de los Dioses
Escrito por Hari Seldon   
domingo, 29 de marzo de 2009

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos - M. C. Carper

 

 

6. EL VISITANTE

 

Las aglomeraciones públicas eran totalmente inusuales en los mundos civilizados. Los ciudadanos galácticos consideraron que el evento merecía la molestia de apersonarse en el espaciopuerto a presenciar el arribo del primer convoy civil que surcaba el Hiperespacio.
Adelantándose a los hechos,  las autoridades de Multicorp reforzaron los robots de vialidad y seguridad en las cercanías. El puerto era un edificio de forma octogonal con veinte niveles de altura y tres kilómetros de diámetro.
Los curiosos sólo tenían acceso hasta el tercer nivel (destinado a tractores o remolques de fábricas y refinerías).
En la torre mejor guarecida de la cúspide del estremecedor contenedor de Hangares, se hallaba lo más selecto de la Cámara Titular Ciniana. Eran dos grupos separados. Por un lado, Los Genéticos, de tendencia conservadora; y por otro, los de la Liga Renovadora. El Primer Consejero Krebs opinaba que éstos estaban conectados con el grupo activista antimonárquico “Renacer”.
Ernesto aguardaba con su traje crema de distintivos negros ante la plataforma Seiscientos sesenta y nueve. La mañana era de plata. Rígida y fría. Se sintió agradecido por la gruesa casaca gris que Claudia le había diseñado junto con el robot doméstico. ¡Servía!
Observó a las comisiones de las embajadas galácticas.
¡No falló nadie! ¡La galaxia entera esta pendiente de este Finsen!
La noche anterior había encomendado a la duquesa que filtrase en el ordenador todo lo concerniente al seiyón. Hablando con varios ex colegas de la Agencia de Seguridad Multicorp se enteró del epíteto con que usualmente se murmuraban las andanzas de este biomecanoide en la zona fronteriza: Hechicero Rojo.
¿Por qué?,  había preguntado.
Propaganda de Sabbathco, le dijeron.
Tenía agentes de los más diestros infiltrados en el grupo Renacer. Había dos células fuertes en Sirio y en Kora, el Chiquero Galáctico.
Los líderes y varios integrantes de significativo protagonismo eran universitarios recibidos con altas calificaciones. Él conocía los medios para manipularlos y condenarlos al olvido de las masas.
Pero mejor sería darles un éxito camuflado, lejos de Cinia Capital, claro. Subyugándolos con economía externa.
No obstante, ahí estaba el competidor: El inesperado UNIV.
¡Los de la Liga Renovadora simpatizan con Las Naciones del Brazo Galáctico!
Estudió al grupo humano, una vez más.
¡Ah, por supuesto! No podían fallar.
Los jhaelianos aguardaban en reducido montón. Unos veinte, no más; calculó.
¡El anciano es Von Essger!
Von Essger tenía esa edad difícil de calcular con los tratamientos geriátricos. Sesenta, tal vez. Junto a él estaban otros maestros de su edificio y los directores Kramyus y Koynorr. Ambos asistentes de Salmanc, el Oráculo. Un frágil centuagenario que nunca abandonaba el Ytenve Hogar. Gozaba del don de la precognición. Von Essger había traído a su mejor aprendiz con él, esa mañana. Y no sin razón. Conocía muy bien el temperamento aún no controlado de su discípulo predilecto, Cush Dodanim. Todos, excepto Cush,  vestían las flotantes prendas jhaelianas blancas y celestes.

Dodanim, desde la distancia, percibió la escrutadora mirada del Primer Ministro. Controló su respiración y los otros, como si se tratase de un único organismo, acompasaron sus inspiraciones y exhalaciones.
Krebs no les prestó mucha atención, él también había sido educado como jhaeliano. No por estos “Nobles”, sino por clérigos de Pandior, que profesaban lo mismo en la pulida forma de religión ¡Una religión de tres mil años!
Con el clásico nexo entre la deidad y los creyentes: ¡El Hablante!
La Herencia mesiánica.
Para el Consejero era mucho más fiable la noción de Sálvat como Mesías que la ilusión de un personaje legendario de la manifestación de Jhael en el mundo terrenal.
Recordó el Libro Cuarto del Edicto Sagrado de Barnaseo, El Profeta.
“No busques a la Creación esforzando tus ojos. Ciérralos durante la disciplina del ayuno y asistirás al Enfrentamiento de Los Dioses”.
En el mundo de hoy no se le permite a nadie cerrar los ojos, sonrió.

Un equipo del circuito privado de la I.T.E.C. activó sus cámaras cuando fue anunciado el planetizaje de la nave esperada.
Varios rostros se alzaron al cielo fucsia.
 
Aterrizaje del Cruz de Espinas
 
El Cruz de Espinas descendió exhalando un vaho perturbador de sus retropropulsores, los cuales se henchían y desinflaban como carnosas burbujas de textura motriz. El Acorazado era de un tono carmesí perlado que en algunos sitios del fuselaje se descoloraba hasta quedar blanco pálido. Toda la superficie del casco lucía cubierta de filosas antenas y tubos puntiagudos. Seis trenes de aterrizaje, a manera de soportes artrópodos, sostuvieron los dos brazos en forma de “u” de la nave. En los lados externos estaban las insignias de Los Reinos Fronterizos de Foornax y Sabbathco Empresariales.
Entre éstos se izaba el tercer brazo con el puente de mando, reconocible por las oscuras rendijas que coronaban la parte superior.
El grupo I.T.E.C. no acababa de focalizar sus equipos cuando una mandíbula pesadillesca se abrió de la parte inferior, debajo del puente, a unos doce metros de altura.
Una repulsiva quijada se extendió cuan larga era haciendo evidentes unos incongruentes tendones biomecánicos. Un fluido espeso ambarino lubricaba aquella pútrida boca. Con un chasquido obsceno una rampa escalonada se desenvolvió hasta alcanzar el suelo. El sulfuroso vapor salía del interior como el hálito de una bestia mítica.
Red Finsen descendió por aquella biomecánica escalinata.
Mientras lo hacía contaba los latidos de su pulmotor acompasado por el ritmo cardíaco del ser original.
Todo son ciclos, se dijo.  Mi cuerpo se ha separado de mi ego natal numerosas veces; sin embargo, todavía existo.
Los gobiernos, las razas, las civilizaciones cumplen ciclos. La curva descendente del Reino Humano es hoy.
Los ojos biomecánicos de Finsen identificaron a cada uno de los presentes. Su cerebro holotrónico contenía todos los datos de los centros de Poder cinianos.
Sus músculos se relajaron en armonía. El Mentor había estudiado a los jhaelianos, sus antiguos enemigos, cuyos métodos absorbió para utilizarlos en contraposición.
El último Seiyón comprendió la virtud de la paciencia y luego el Arte de la Armonía. Con sus manos construyó la espada artesanal de oro rojizo. Su pistola anatómica de proyectiles artesanales con grabados era un recordatorio de respeto a los luxorianos. En esas municiones depositaba el don Canalizado de su Señor. El pulido cuerpo escarlata estaba cubierto por telas purpúreas. Los antebrazos aparecían abultados por compartimientos de herramientas para el trabajo.
¡El ciclo se cierra!
Alcanzó la superficie de la plataforma Seiscientos sesenta y nueve.
Ernesto Krebs avanzó dándole la bienvenida.
—¡Bienvenido a Cinia Capital, Director Finsen!
El Hechicero Rojo ignoró la mano extendida.
—Descarte la diplomacia, Consejero Krebs —dijo—. Usted desearía que jamás hubiese llegado.
—Aún no conozco la motivación de su viaje —replicó el ciniano controlando la voz.
—Represento a Sabbathco —comentó el seiyón mientras caminaba—. ¿No es eso demasiado?
—Cinia es invencible, Finsen.
—Si lo es, ¿por qué se preocupa? ¿Las Bolsas interplanetarias le dan crédito? La Monarquía es una fruta podrida.
—Regresará a Foornax humillado y rogará por los favores de la Multicorp —contestó Ernesto ya muy alejado del tono diplomático.
—Su confianza es una brasa cayendo al mar —Finsen se detuvo—. Reflexiónelo. Estudie las posibilidades y opte por el futuro de la galaxia. Su títere Wolfgang no posee su visión. —Le dio la espalda y saludó a los periodistas.
Ernesto Krebs estaba aturdido. Había previsto el encuentro pero nunca aguardó recibir aquella réplica. Volteó el rostro hacia los trenes de aterrizaje biomecánicos. Si sus reflejos hubiesen sido mejores por una diferencia de segundos, se hubiese topado con un aparato aracnoide que movía sus múltiples patas velozmente para mezclarse con la multitud.

 


El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper

 

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Sobre el autor: M.C. Carper

 

 

 


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