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Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 7) - M.C. Carper Imprimir E-Mail
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Ficciones - Novela: Enfrentamientos de los Dioses
Escrito por Hari Seldon   
viernes, 10 de abril de 2009

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos - M. C. Carper

 

 

7. LA PRESENTACIÓN

 

La llegada de Finsen inquietó a los jhaelianos. Von Essger había sido testigo del arribo, confirmando que se trataba del antiguo enemigo de Sálvat. El Barón se encontraba en una de las cámaras menos visitadas del Ytenve Hogar, la bóveda de los Cristales Vivientes. Allí se celebraban las reuniones de los mentores de la orden. En esa ocasión, lo acompañaban Gwtw y Salcmanc, al que todos llamaban El Oráculo. Los tres permanecían de pie, intercambiando pensamientos sin usar palabras, eran los únicos que podían hacer ese uso de la telepatía.
—Todos los signos advierten de un peligro inminente —dijo el Barón Von Essger.
—Pero no podemos actuar precipitadamente —dijo Salcmanc, un híbrido, hijo de un reptiloide lagornio y de un Tolp de Ulinis—, los tiempos han cambiado y ahora el mundo está manejado por las intrigas políticas. El mismo Finsen, antes un guerrero, se ha vuelto político y economista. Hasta el momento, la estrategia de su amo no se ha revelado.
—La Multicorp está perdiendo poder —comentó el Barón—, mi discípulo ha percibido preocupación entre los allegados al Monarca, pero no quieren compartir sus problemas, creo que no nos tienen confianza.
—El heredero de Sálvat puede ser el objetivo de Finsen. Tal vez deberíamos alejarlo de esta situación —propuso el Oráculo.
—Cush tiene sus ojos puestos en cada paso que da el seiyón. Ha sido tan insistente en acompañarme a la Cámara Genética que no he logrado impedírselo —sonrió Von Essger—. Con todo, somos muy pocos los que sabemos sobre su linaje.
—¿Seguro? —indagó Gwtw, quien se había mantenido en silencio—. Su amistad con la duquesa de Pandior no nos es desconocida. Justamente ella es parte del linaje secundario, los descendientes de Dlanki, el hermano de Sálvat. El único que tiene la misma sangre. Aunque todo lo concerniente a ese asunto siempre me pareció un desperdicio de tiempo y energía.
—Acordamos encargarnos de la tutela del Linaje de Sálvat —le recordó Essger.
—Siempre me opuse, Barón, es una necedad intentar controlar a la naturaleza, no debe engañarse con el aparente éxito de tal tutela, ese asunto es menos relevante que la experiencia que tuvo mi aprendiza Nut, ella percibió una corriente armónica en su meditación,
—¿Un momento Moqzumo? —dijo asombrado Salcmanc.
—Sí. Y con la aparición del seiyón puede significar el inicio de los Enfrentamientos de los Dioses —murmuró el ossrro.
—Pero Gwtw… ¡Fuiste quien más se opuso a la teoría del Hablante y la vuelta de los yeilines en todas las reuniones! —exclamó el Barón.
—Soy contrario a la ilusión que despierta en algunas mentes, a la esperanza de que otro, dios o quien sea, realice el camino que todos debemos recorrer. Los yeils se retiraron cuando vieron que en este universo no podrían seguir evolucionando. Donde quiera que estén, allí permanecerán. Pueden enviar emisarios, pero ellos no regresarán —Gwtw caminó hacia los otros—. El primer golpe caerá directo sobre los jhaelianos. El Maligno no cometerá el error de ignorarnos como hizo hace milenios, lo mejor es evacuar el Ytenve Hogar, sin llamar la atención.
—¿Qué puede hacer, Finsen? —dudó Von Essger—. Aquí hay doscientos miembros expertos en disciplinas físicas y mentales. La mentora Danyl ha ganado los últimos torneos. ¡No somos tan débiles!
—No es que esté de acuerdo con Gwtw —dijo Salcmanc—, pero debemos estar en guardia. Tengo deberes que cumplir en la Tercera Elipse y ya he conseguido un pasaje en uno de esos Hiperpuentes.
—Yo mantendré la vigilancia con Cush, haré un informe diario —dijo el Barón.
Gwtw dejó que los otros abandonaran el lugar, cuando estuvo a solas, murmuró:
—Así sea.

En la noche se dispuso uno de los Salones Preferenciales de la Multicorp para dar un banquete de hospitalidad ciniana a la Comisión Foornaxia. Toda la Realeza Genética había asistido, haciendo gala de una competitiva muestra de trajes y vestidos. Los perfectos y voluptuosos cuerpos de los Aristo Gen eran resaltados por las prendas que valían fortunas por sí solas. En el ambiente flotaban la pomposidad, el glamour y la pobreza de espíritu.
Los mozos y las camareras corrían solícitos con bebidas y canapés. No eran robots, a los Genéticos no les complacían los sirvientes mecánicos.
En un reservado de tenue iluminación azulina, Bob Blanco apuraba su trago de Kurazao Arco iris. Había entrado con una invitación falsificada. Tal vez sus genes eran óptimos pero a él poco le importaban esas cosas. Miró de reojo su notebook de pulsera para luego despatarrarse en el asiento.
¡Qué gentuza!
La persona que esperaba llegó en ese momento.
—Hola, Roberto —dijo Ernesto Krebs.
—Consejero Krebs. ¡Oh, perdón! Primer Consejero Krebs —replicó Bob con picardía.
Ernesto sonrió y activó un aparato sobre la mesa. Un campo de absorción de sonidos, nadie oiría aquella conversación.
—Tengo listo lo tuyo, Bob. Lo están llevando a tu nave en estos momentos.
—Desde luego —afirmó el capitán y al instante recordó un encargo de su jefe, una aclaración sobre la última transacción—. Fue previsor de tu parte vendernos aquellos misiles sin activadores ni detonadores. Odayo tuvo colapsos de furia, se suponía que el trato era de confianza mutua.
—Si no quisiese la independencia de Kora no habría mandado nada. Tenía que asegurarme de su relación con Sabbathco.
—Ya veo —suspiró el traficante—. La influencia monárquica es tenue allá, tal vez ahora con los hiperpuentes...
—De eso quiero hablarte. Todos los sistemas del Brazo utilizarán esa ruta para llegar al Centro Galáctico, es imperioso adueñarse de ese punto, la Monarquía necesita la colaboración de los koranios —declaró el jhaeliano.
—Dame esa proposición legalizada y yo mismo se la entregaré a Odayo.
—Es tuya —Ernesto sacó una tarjeta Multicorp de su blazer y la entregó al otro—. Tiene mi código de genes y el de Odayo, se autodestruirá si otro intenta descifrarlo.
—¿Qué ganamos nosotros? —preguntó Roberto desconfiado—. Sé que aquí consideran a mi planeta como “El Chiquero Galáctico”.
—Independencia y participación en la Cámara Genética —propuso el monárquico.
El koranio lo pensó un par de minutos y luego se encogió de hombros.
¡Que lo decidan mis superiores!, se dijo.
—Mi agente en Kora ha desaparecido. ¿Sabes algo?
—Lo sabe todo el mundo —replicó el pirata—. El Hechicero Rojo los mató a todos, nadie de la I.T.E.C. escapó.
—¿Qué dices? —Ernesto había esperado muchas razones por el mutismo de Sheila, pero el asesinato de todos los periodistas era algo demencial.
—Nadie intervino, en Kora no hay hospitalidad para los reporteros de otros mundos, pero tampoco queremos problemas con Sabbathco. Cuentan con una fuerza privada de seguridad, todo legal. Hubo revuelo cuando los satélites captaron las imágenes de la tragedia, claro que fue denunciado como accidente espacial, pero nadie lo cree.
—¿Sheila Summer dejó algo que pueda servirnos como prueba? —interrogó el ciniano sin esperanza.
—Lo único que puedo decirte es que algunos foornaxios preguntaron si ella poseía un robot camarógrafo.
Ernesto Krebs frunció el ceño. Aquello pintaba mal, era una acción abierta. Si bien en un sistema bárbaro y lejano, implicaba a la Monarquía.
—Hay algo más —sonrió Bob—, pero antes quiero la comisión para pagarles a mis hombres.
Ernesto sacó su terminal con conexión a la Galnet y pulsó unas teclas delante del otro.
—Lo pondré todo a tu número de cuenta —aseguró.
—¿En Univs? —sonrió Bob alzando una ceja.
El ciniano le dirigió una mirada asesina.
—¡Es una broma! —rió Blanco.
—Te pareces a unos de esos anuncios de Foornax. ¡Malditos sean! —le mostró la cifra—. ¿Está bien?
—Es lo convenido, Ernesto.
—Llevarás unos cincuenta kits de generadores de Deflección, como bonificación. ¿Cuándo partirás?
—Mañana.
—Me gustaría que te quedes un día más —comentó el consejero mientras guardaba la terminal.
—¿Por qué? Debo volver pronto.
—Tengo un presentimiento.
—Me advirtieron que no me demorase en Cinia —protestó el traficante—. ¿Sabes que se rumorea que el Hechicero tiene una flota de destructores en construcción cerca de Kora?
—No. —Lo miró inquisidoramente.
 
Escena de Ernesto y Bob en Enfrentamientos de los Dioses, de M.C. Carper
 
—Yo no vi nada, pero esos Hiperpuentes son más grandes que un par de planetas. Los puertos de traslado ocupan apenas un diez por ciento de su superficie y hay muchos sectores restringidos, es imposible saber que llega o que se va del sistema.
—Averígualo, te pagaré bien.
—Magnífico —concluyó Bob, señalando a las filas de Genéticos dirigiéndose al salón principal—. Creo que debes irte, todos se marchan hacia la Cámara.
Había movimiento en el salón, los comensales dejaban sus mesas, retirándose en orden.
—Bien. Adiós y mucha suerte —dijo Ernesto poniéndose de pie, le dio un apretón de manos firme.
—Adiós.

Ernesto contempló la salida de su contacto en el sistema Kora.
En los años que lo conozco jamás lo vi tan inquieto, se dijo. Quizá me oculta algo, pero es de confiar, se recordó con rapidez.
Pensó en Claudia mientras se escabullía tras unos tapices que comunicaban con el Palco Titular, ella no era muy amiga de la política y menos aún de los eventos de la Cámara. Las reuniones de sociedad estaban bien, el resto la hastiaba. Había regresado a su mansión en el Parque de Los Patricios, con una excusa creíble.
La Cámara era un anfiteatro con capacidad para cuatro mil individuos. En las gradas había terminales junto a cómodos asientos con servicio culinario incluido. Cada lugar estaba personalizado y etiquetado con el nombre y legajo de su ocupante, había cabinas conteniendo gases de otras atmósferas y también peceras para aguandeses.
Cerca del Palco de Wolfgang Primero, que se destacaba por estar al otro extremo del Estrado de Audiencias, se encontraban los Jhaelianos: Von Essger, Koynorr, Kramyus y Cush Dodanim. Ernesto pensaba que los jhaelianos eran unos extremistas pasados de moda. Por supuesto compartía la idea de creer en un impulso creador llamado Jhael, pero no tenía presente el concepto en cada acto de su vida, prefería lo práctico.
Caminó por el acceso y se ubicó a la derecha de Wolfgang, que ya estaba ahí, en un sillón con adornos de metales preciosos y marmolería. Al Monarca no le gustaban las presentaciones ni la pomposidad, le gustaba trasmitir la idea de que era un ciudadano igual al resto, señaló con un gesto el Palco que estaba vacío a la derecha.
¡El Lugar de los Yeils!
El Primer Consejero asintió. Aquella acusación de corrupción por parte de Los Humanos Celestes debilitaba la política de la Multicorp.

Cush Dodanim colocó su mente en “La Zona de la Nada”. Había quemado su cerebro tratando de predecir las acciones de Finsen. Conocía cómo operaba Dimán, el Maligno. Nunca se mostraba, a no ser que tuviese todo bajo control. Era Astuto, pero miedoso, si bien a veces, en su locura, el ego le confería osadía.  Necesitaba hablar con su maestro, pero sabía que ese lugar estaba atestado de espías. Recurrió a un código de gestos para conversar secretamente con Essgger.
—Están completándose todos los lugares —dijo en voz alta.
“Creo que sé por qué está aquí”, dijeron sus gestos.
—Han llegado desde todos los mundos —respondió Von Essger mientras replicaba:
“He comprobado que tiene Disciplina y control de emociones, del Miedo al menos”.
—Transmitirán la presentación por hiperonda al resto de la galaxia.
“El Maligno aprende de sus enemigos, es el Mito racional de la Espiritualidad. Está despierto mientras nosotros dormimos”, continuó, usando el código secreto.
—Sí, la ciencia y su poder.
“¿A qué te refieres?”, Indagó el Maestro.
“La Profecía del Hablante. Creo que es el momento y el lugar; aparecerá aquí, en Cinia”.
“¿Eso percibes?”
“Nut lo hizo, Gwtw le dio crédito. Finsen viene para destruirnos”.
Von Essger no contestó, giró su rostro hacia el Estrado y observó al último seiyón salir del Portal de acceso y ascender calmadamente la escalinata de cincuenta escalones hasta el atrio flotante.
Las placas de su coraza lanzaban destellos de afiladas puntas, reflejando el lujoso atrio dispuesto para él. Pisaba los escalones concediendo tiempo a los periodistas de hacer registros de su persona que serían retransmitidos a toda la galaxia, aprovechando al máximo ese medio de darse publicidad con su propia empresa de noticias. Era otro servicio de los hiperpuentes el de conectar destinos específicos para la comunicación, al contrario de la hiperonda que no discriminaba ningún receptor, a pesar de los códigos de seguridad. Activó el amplificador de voz que tenía frente a él y dijo:
—¡Ciudadanos de la Galaxia! —comenzó con su voz biomecánica—. Es un honor invaluable para mí el poder dirigirles este mensaje.
El sector de los Renovadores ovacionó al Hechicero Rojo.
—Durante siglos, el Gobierno Genético nos han conducido por distintos caminos a una sola dirección: humillación y sometimiento, el Despotismo Monárquico —aplausos en el sector partidista—. Segregación genética y política tributaria a un monopolio monetario por parte de los Humanos.
Los seres alienígenas aguzaron sus oídos.
—Ahora, este sistema social se desintegra desde su centro mismo y los sistemas pequeños se levantarán contra este gigante torpe y envejecido que es la Multicorp. ¡Hombres como Wolfgang Primero no pueden gobernarse ni siquiera a sí mismos! —Rugió el biomecanoide señalando al Palco Titular—. Ni siquiera con un habilidoso Krebs tirando de sus hilos.
El sector de la juventud ciniana estalló en protestas, poco a poco se acallaron.
—Todas las especies de la Galaxia tienen derecho a la política planetaria. Asistido por Los Reinos Aledaños y por Sabbathco les propongo una reconstrucción desde la raíz de esta trampa gubernamental de la oligarquía humana. ¡Nos infestan con sus exportaciones, sus colonias y su quietista religión! ¡Los jhaelianos son sólo parásitos que disfrutan del esfuerzo de los ciudadanos galácticos!
Finsen apretó los bordes del Estrado con sus metálicos dedos.
—¡Los acuso de atentar contra el porvenir de las Naciones! Mi juicio no puede más que hallarlos responsables del estancamiento y la miseria; por ello no escatimaré esfuerzos hasta verlos pagar el castigo que merecen sus viles existencias.
Esta vez La Cámara estalló, se profesaron insultos y amenazas. Los Renovadores aclamaron al seiyón.
      
Cush Dodanim observaba impasible.
“Esta usando todo el poder de convicción de su adiestramiento mental”.
—¿Nota qué intenta hacer? —dijo el jhaeliano.
—Por supuesto —contestó su mentor.
Ernesto Krebs deglutió el discurso.
“¡Sus fundamentos así expresados son tan convincentes! Nuestra imagen está demasiado degradada. Debo hallar un punto flaco en este furioso enemigo, es preciso anularlo sin otra opción”.
 
Finsen en una escena de Enfrentamientos de los Dioses, de M.C. Carper
 
—La xenófoba clase humana está apestada por su propia infecciosa plaga. Ninguno de los Nobles aquí presentes es merecedor de su cargo o títulos. ¡Los Monárquicos son alimañas que deben ser extirpadas de nuestra civilización! —rugió Finsen.
Ardorosos insultos fueron dirigidos al seiyón, que contempló el espectáculo rígidamente. Algunos genéticos más jóvenes irrumpieron ante el estrado gritando desafíos al biomecanoide, era un grupo de seis muchachos, adolescentes de linaje ciniano que se remontaba a la época de los colonos.
El carmesí ser señaló a uno: Delgado y rubio, de aspecto elástico y vigoroso.
Dos oficiales de la guardia monárquica y un escribano público androide aparecieron detrás del seiyón.
Los otros insultadores quedaron tiesos.
—Conforme a la ley Dos Cero A Cuatro Treinta y tres siete barra B, usted ha agraviado a este ciudadano —declaró el escribano autómata—. Como consecuencia se le exige una satisfacción en el Predio del Parque Residencial.
—¿Qué? —jadeó el muchacho.
El Hechicero Rojo habló desde lo alto.
—¡Déjelo en paz, escribano! Desciende de un linaje de cobardes.
Un irascible rubor tiñó las mejillas del ciniano.
—¡Ese Linaje acabó con tu raza de asquerosas máquinas!
El Escribano robot anotó algo en su notebook.
—Monseñor Red Finsen insiste en que acepte el desafío.
—¡De acuerdo! —contestó el monárquico.
Un silencio de pesadumbre se adueñó de la Cámara.
El Director General de Sabbathco descendió mientras se legalizaba el Acta del Duelo.
De entre la multitud anonadada, una mujer corrió hasta darle alcance. Poseía la belleza de la madurez, su blanco vestido realzaba su opulento seno y unos bucles cobrizos coronaban su preocupado rostro.
—Monseñor —dijo a Finsen—. El Duelo no se ha practicado desde hace siglos.
—La ley está vigente, señora.
—Sólo los Genéticos pueden desafiarse —gimoteó la mujer.
—Yo lo soy —confesó el otro envarándose.
—Monseñor —rogó la ciniana reconociendo que todo lo que sucedía tan repentinamente era real—, es muy joven, actuó por impulso. Es mi único hijo, señor.
—Era —dijo Finsen y se retiró sin echar una sola mirada hacia atrás.

 


El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper

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Sobre el autor: M.C. Carper

 

 

 


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  Comentarios (2)
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1. Me gusta mucho el agregado
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla website, el 10-04-2009 05:39
Muy buena la escena de los Jhaelianos al principio, les da más entidad al demostrar que entienden lo que sucede, a la vez que los ubica como actores y no como espectadores del suceso que, para ellos, tiene que ser el más importante.
2. Jhaelianos
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla , el 10-04-2009 11:35
En los primeros planes del libro participaban menos y era una gran falta, descubrirás que en está versión está más desarrollada su presencia, a la vez que tendrán una dimensión más significativa en la trama. 
Gracias por seguir leyendo. 
M.C.

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