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Hace poco Jeffrey Steinberg, director de la cadena de clínicas de reproducción asistida The Fertility Institutes, con sede en Los Ángeles, Las Vegas, Nueva York y Guadalajara (México), soltó en la CBS: "Soy un médico. Quiero dar todo lo que la ciencia me ofrece a mis pacientes". Era su manera de justificar el anuncio que mostraba la página web de su empresa, que decía que dentro de un año los padres que se sometan a un tratamiento de reproducción asistida en sus clínicas podrán no sólo elegir el sexo de su futuro bebé y asegurarse de que esté libre de enfermedades, sino también conseguir, con un 80% de probabilidad, que tengan un determinado color de ojos o de cabello.
En otros términos, lo que dijo fue que dentro de poco sus clínicas podrían comenzar a producir niños a la carta.
Y eso nos lleva, por supuesto, al tema de la eugenesia, el transhumanismo y el posthumanismo. La polémica está servida.
Desde luego fue un bombazo publicitario para su empresa. Se hizo eco de la noticia el Wall Street Journal. Muchos padres comenzaron a interesarse por el tema (que en EE.UU. ahora mismo no está sujeto a legislación que lo impida, al menos en lo que respecta al color de pelo y de ojos) y seguramente las acciones subieron su cotización. Pero... ¿es posible que sea cierto lo que dijo Steinberg? ¿Estamos ya en disposición de conseguir hijos a la carta?
Cuando me hicieron esa pregunta en Fractal'09 dije que no, que ese asunto hoy está todavía fuera del alcance de nuestras posibilidades. El tema, por cierto, se toca con una elegancia exquisita en la película Gattaca, que nunca me canso de recomendar. Y es que de verdad la respuesta es no. Al menos por el momento. Y desde luego, no con una probabilidad cercana al 100% de éxito (y si se fallara, ¿habría que pagar de todas formas?). Es cierto que existe, y se practica, un procedimiento que denominamos diagnóstico genético preimplantacional o preimplantatorio (DGP) [1], una técnica que permite escoger los embriones genéticamente idóneos para su implantación en el útero materno. Por medio de esta técnica se puede asegurar que un hijo no presente ciertas enfermedades monogenéticas (unas treinta, y subiendo), que no sea portador de ellas o incluso eliminar la posibilidad de que desarrolle otras que aparecen eventualmente, como en el caso de algunos tumores. Además, el DGP sirve para favorecer el nacimiento de niños que puedan servir de donantes a sus hermanos enfermos. Por ejemplo, ya hemos comentado la noticia del pasado mes de octubre, cuando nació en Sevilla el primer niño concebido con ese fin en España. [2] Pero el asunto es que en estos casos se sabe qué genes están mutados o afectan a dichas enfermedades, pero todavía no se ha establecido cuáles ni cuántos son los que intervienen en características como el color de ojos, la altura, la complexión física o la tonalidad del cabello, ni mucho menos la inteligencia (otro de los objetivos de los niños a la carta). Y no sólo eso, sino que además se sabe que hay procesos epigenéticos (modificaciones de los cromosomas que no afectan a la secuencia del ADN) interviniendo en estos factores que hemos citado, que además se ven influenciados por el ambiente. Steinberg no lo niega, pero se mantiene en sus trece apoyándose en un estudio presentado por el especialista William Kearns el pasado noviembre en una reunión de la Sociedad Estadounidense de Genética Humana. Kearns aseguraba haber conseguido amplificar el ADN de una célula embrionaria para identificar enfermedades complejas pero, adicionalmente, identificó algunas características físicas de los embriones. Sin embargo, estos estudios aún no se han publicado en una revista científica de renombre previa evaluación por parte de especialistas independientes; no se han mostrado los resultados ni se ha puesto sobre el tapete los materiales y métodos, por lo que las conclusiones de Kearns, científicamente, no tienen aún ninguna relevancia. A decir verdad, y hablando en plata, el mismo hecho de que algo así no se haya publicado en Nature o Science ya nos indica que posiblemente sea un bluff. Desde luego, aun suponiendo que la cifra del 80% de probabilidad de éxito para lograr el color de ojos y pelo deseados (se supone que a partir de progenitores heterogéneos) fuera cierta, ¿usted pagaría una millonada si la letra pequeña le dice que hay un 20% de que sus muchos miles de dólares se los fuera a llevar el viento, y que encima se queda con el hijo que le toque (incluso si no es por el que se ha pagado)? Son asuntos duros de resolver. Hoy por hoy, casi es mejor tirar los dados y que el nene salga como salga, no sea que encima nos llevemos un disgusto. Además, siempre nos quedan las lentillas, el agua oxigenada, la henna y, si se quieren hacer las cosas bien, L'Oreal (porque yo lo valgo). Y la genética, de momento para resolver enfermedes, que ya se puede. Al menos hasta que tengamos el manual de instrucciones del genoma. A partir de entonces, barra libre y a elegir (el que tenga medios económicos, claro, como en todo).
[1] Diagnóstico genético preimplantacional (DGP): cuando el embrión obtenido in vitro tiene tres días de vida, es decir, cuando posee entre 6 y 8 blastómeros o células, se aspira una de ellas. Posteriormente se analiza su ADN para determinar el genotipo y ver si hay mutaciones u otras modificaciones genéticas indeseables. Mientras, se sigue dejando crecer al resto del embrión para que pueda ser transferido al útero de la mujer si el diagnóstico fuera favorable. Federico G. Witt, 2009
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