En la cabeza todavía tengo metido ese grito que da Tony en una de las últimas escenas de Próxima, enmarcado en el fondo de Corta Atalaya, en las minas de Riotinto. A esas alturas de la película el espectador todavía se pregunta si lo que ve es lo que ocurre en realidad o si se trata de un sueño del protagonista, un delirio propio o un vacile del director, Carlos Atanes.
No os lo voy a decir. No porque no quiera sino porque al término de la proyección el propio Carlos me pidió, en broma pero en serio, que no desvelara detalles del argumento más allá del minuto… ¿cincuenta y dos? Bueno, pues aunque no recuerdo si dijo minuto cincuenta y dos ni qué ocurría exactamente en ese instante, procuraré ajustarlo a ojímetro, con sensatez y prudencia, como es menester. Vamos allá:
Tony (
Oriol Aubets) es un friki que vive emparejado con la petarda de Natalia (la maravillosa
Karen Owen —soy un
voyeur de su blog desde esta primavera—). Ésta no ve con muy buenos ojos que su chico juegue en pijama a la Play cuando debería estar vestido para salir. Tampoco le apoya en su nuevo fracaso empresarial, un videoclub que se va a la mierda porque su dueño se dedica al vicio con sus propios clientes, que posiblemente sean al final los más perjudicados por el cierre del negocio:
Es como dejar a un borracho a cargo de un bar (algo así le dice Natalia a Tony). Es lo que tienen los frikis, que no se pueden emparejar con gente modosa, cabal y de costumbres familiares arraigadas.
La buena mujer no pierde la esperanza de reformar y recuperar al bala perdida de su marido pero él no parece muy interesado en el tema. Al contrario, Tony asiste con el borde de su amigo Lucas (
Joan Frank Charasonnet, excelente su breve interpretación) a una especie de HispaCon en la que
Alfonso Merelo —felicidades por el Ignotus— presenta a Félix Cadecq (
Manuel Solás), famoso escritor de ciencia ficción, justo a tiempo para que éste monte un número parecido al que en su día protagonizara Philip K. Dick —¿pilláis lo de los nombres?— en una situación similar. El exaltado autor revela que el audiolibro que presenta es su última obra y que se va a largar a las estrellas; asegura que lo explica todo en el CD. Los asistentes se agarran un rebote de la hostia —aquí
Atanes posiblemente no haya sido fiel al espíritu fandomita hispánico que, al contrario de lo que presumiblemente hizo el público anglosajón con Dick, intuyo que hubiera optado por el cachondeo— y devuelven los audiolibros haciendo gran ostentación de desprecio y mala leche. Tony se lleva un CD, lo pone y… bueno, no estoy seguro de que hayamos llegado al punto fatídico que denominaremos ‘minuto cincuenta y dos’, pero se siente, es el momento de dejar la trama. Lo que viene luego es una sucesión de situaciones que van tejiendo la historia de ciencia ficción propiamente dicha.
Os diré que la película
Próxima es tirando a larga, de 116 minutos, pero no se hace larga. La verdad es que por culpa de 1) llevar algún tiempo anunciándola en el portal, 2) saber que no la vamos a encontrar en los multicines del barrio y 3) haber hablado largo y tendido con los productores (
Fortknox audiovisual —Marta Timón— y Ciberpsique audiovisual —Manuel Masera—), tenía unas ganas enormes de verla. Y cuando tengo unas ganas enormes de ver algo, generalmente luego va y me decepciona. Bueno, pues no ha sido así. Me ha gustado bastante y, como le dije a
Carlos Atanes antes de despedirnos, creo que es muy vendible (joder, ni que yo fuera un experto; pero si algo me gusta, para mí es vendible). Es decir, que me alegro de haberme saltado alguna actividad que había paralela para asistir a la proyección de
Próxima y al coloquio de después, que más que eso fue un corrillo para cambiar impresiones. Sí, vale, se nota que el presupuesto no es el de Titanic. Aquí las cosas se resuelven jugando con la cámara, y los efectos especiales se reducen a unas animaciones por ordenador bastante apañaditas, pero funciona. Volvemos a lo de siempre: cuando el presupuesto aprieta, el ingenio se agudiza (ya sé que es el hambre pero lo tenía a huevo).
Tertulia posterior a la proyección. A la derecha, Alfonso Merelo (presentador), Carlos Atanes (director y guionista) y Manuel Masera (coproductor). Foto gentileza de Carles Quintana La fotografía de
Próxima tiene el sello palpable de
Joan Babiloni, supongo que bien secundado por el resto del equipo. Y habrá que añadir los méritos de alguien en las labores de postproducción. Además, los entornos elegidos, sobre todo el del final, la mencionada Corta Atalaya de Riotinto, se antojan ideales para enmarcar cada parte de la historia, lo que ayuda bastante. En cuanto a la banda sonora... bueno, en el
trailer de la
página oficial de la película tenéis una muestra.
El ritmo de narración es correcto, ya digo que la película no se hace larga. Los diálogos suenan naturales en casi todo momento. Aquí tengo que hacer un inciso, algo que ya le dije a
Atanes tras la proyección:
Oriol Aubets interpreta bien, se mueve con naturalidad y cumple de sobra pero en algunas ocasiones responde lento a su interlocutor, sobre todo al principio de la cinta, y más concretamente en sus primeras intervenciones. No sé si está hecho a idea para conferir algún matiz al personaje, me limito a señalarlo porque por lo demás el actor me dio muy buena impresión. No lo conocía. A medida que su papel requiere una mayor expresión corporal —o como se diga— el actor catalán parece ir encajando en él a la perfección.
Aubets lleva él solo el setenta por ciento del peso de la interpretación; pero hay otros actores que merecen mención aparte, además de los que mencioné al comentar el argumento. En primer lugar
Anthony Blake (sí, el mismo en el que todos estáis pensando), que creo que puede estar orgulloso de su participación en
Próxima. Es cierto que no se trata de un personaje al uso sino que su papel requiere en ocasiones una buena dosis de grandilocuencia y exageración, muy al estilo de aquello a lo que el polifacético ilusionista nos tiene acostumbrados. Es ‘el enviado’, un tipo que hace las labores de jefe de ceremonias, de guía, de líder. Es el puto cabrón que sabe de qué va el asunto mientras el resto está en Babia. Un papel
a priori a la medida de
Blake, al que desde este momento puedo imaginar haciendo de predicador o similar en cualquier película, y haciéndolo bien. Sería un reto interesante verle desenvolverse en otros tipos de personaje, pues cuando en la película no ejercía de
illuminati también parecía encontrarse a gusto. Puede ser un hallazgo.
Otro que me dio muy buena impresión es
Hans Richter en su interpretación de un tal Gabriel, que adopta las funciones de enterao que antes tenía
Blake pero en otro estilo. Otro rollo el suyo, menos misterioso, más sobre el terreno, más ONG en labores de campo que lo que hacía el enviado. Es como el sargento que al mismo tiempo que está explicándote qué tienes que hacer y no hacer, le mete un grito a otro recluta y da tres órdenes más de forma simultánea a otros tantos soldados que tiene al otro lado. Aunque Gabriel lo hace en ruso, alemán, francés, castellano… Y para terminar, el propio coproductor,
Manuel Masera, también presente en la proyección y en el posterior intercambio de opiniones, tiene un papel algo más corto pero en cualquier caso bastante conseguido: Goknur, una especie de pirado que anda por allí y que parece feliz con lo que el destino le pueda deparar, fuere lo que fuere. Me recuerda al tipo aquél de
Waterworld que al final iba en una especie de aparato volador.
Y ya, metiéndonos en asuntos que al espectador ni le van ni le vienen, quisiera recalcar algo que es motivo de discordia. Ya hemos dicho por activa y por pasiva que
la película se ha rodado con tecnología digital. Y eso es lo que parece que trae de cabeza al guionista-director
Carlos Atanes y a los productores.
Atanes no me pareció muy optimista en lo que respecta a la presentación de la película en premios y festivales de cine. Parece que todavía existe una terrible reticencia a aceptar cintas que no se hayan rodado en el formato clásico de 35 mm. Ignoro la razón por la que ocurre este hecho. La Wikipedia dice que este formato (
sic) “se mantiene relativamente sin cambios desde su introducción en 1892 por William Dickson y Thomas Edison, que usaron material fotográfico provisto por George Eastman”. Po fale. Pos muy bien, que sigan manteniendo esa tradición de Edison, si quieren. Y que usen sillas sin ruedas en los estudios de producción, no vaya a ser que su utilización contravenga alguna tradición del bueno de Thomas Alva. La teoría de
Atanes es que posiblemente exista algún tipo de ‘miedo’ por parte de muchos cineastas a que cualquiera pueda agarrar una cámara y hacer una película, con lo que los concursos, premios y festivales se llenarían de cintas realizadas por aficionados. Pero me parece un miedo fútil. Una película no es sólo que cualquiera pueda rodarla sino que —intuyo— debe de tener algo más; un oficio, un arte, una técnica, no sé, algo que tengan los buenos directores y que no tenga mi hija de dos años, digo yo. Y para eso existen los procesos de selección. Vamos, es como si en los concursos de literatura, para evitar que se presentase cualquiera, sólo se aceptaran textos escritos con pluma de ganso y en papiros (que también podemos decir que son formatos que
se mantendrían relativamente sin cambios desde su introducción). En fin, que por lo que sea no quieren formato digital; y
Atanes ha dicho que él ya no da marcha atrás y que no hará películas en 35 mm. La distribución en salas es algo que se antoja complicado, así que la película probablemente se ponga a la venta directamente en DVD.
Federico G. Witt, 2007