Inicio arrow Relatos y novelas arrow EDLD arrow Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 8) - M.C. Carper
Portal de Ciencia Ficción

Menú principal
Inicio
Artículos
Noticias
Novedades
Reseñas
Relatos y novelas
CiFipedia
Productos
Mapa del sitio
Productos
Libros
Merchandising
Películas y series
Utilidades
Buscar en este sitio
Foros
Suscríbete. Feeds
Webs de interés
Publica en este sitio
Enviar noticia
Descargas
Contacto
Quiénes somos
Términos y condiciones
Política de privacidad
Anúnciese con nosotros

SINDÍCATE

RSS 2.0
 
Suscríbete con FeedBurner


COMPARTE ESTE ARTÍCULO

 

LIBRERÍAS RECOMENDADAS

Banner cyberdark.net
 
Casa del Libro
 
 
EDITORIALES COLABORADORAS
 
Logo de Alkubia
Logo de AJEC
Logo de Por la tangente
Logo de Parnaso
Logo de La Factoría de Ideas
Logo de VíaMagna
Logo de Neverland
Logo de Nowevolution
Logo de Ediciones Evohé
Estadísticas
OS: Linux n
PHP: 5.1.6
MySQL: 5.0.77
Hora: 16:07
Caching: Enabled
GZIP: Enabled
Usuarios: 277
Noticias: 3376
Enlaces: 196
Visitantes: 5417635

Directorios

Bienvenid@ a nuestro portal
proximos_468x60.gif

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 8) - M.C. Carper Imprimir E-Mail
Calificación del usuario: / 3
MaloBueno 
Ficciones - Novela: Enfrentamientos de los Dioses
Escrito por Hari Seldon   
domingo, 03 de mayo de 2009

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos - M. C. Carper

 

 

8. EL DUELO

 

Agujas de frío atacaron el macizo y anguloso rostro de un ceñudo Cush Dodanim. Junto a él se hallaba Von Essger, en el Centro Polideportivo del Parque Residencial, el sitio escogido para el duelo.
Hoy no habrá ni juegos ni competencias, pensó.
Eran las seis de la mañana, una madrugada de angustia y desaliento flotaba en el ambiente. Cush observaba a los curiosos acomodándose en los asientos de mejor visibilidad. El lugar no le permitía lograr la relajación de los jhaelianos ante la posibilidad de combate, porque ahí había tenido su primer encuentro con Claudia. Fue al día siguiente del cumpleaños de Wolfgang I cuando alguien los había presentado, se conocían de otras reuniones donde apenas habían cruzado las miradas. Esa noche la encontró en la biblioteca de la Multicorp, escapando de los chismes de la realeza; Ernesto, como siempre, estaba obligado a mostrarse en público, frente a periodistas y rivales políticos. Él se excusó e hizo ademán de retirarse, pero ella lo detuvo con una sonrisa y se sentaron a conversar. A partir de ese momento el tiempo fluyó sin interrupciones y cuando amaneció, ambos sentían que tenían mucho más para hablar. Se despidieron y Cush creyó que nunca más estaría tan cerca de ella. Pero diez horas después le llegó un mensaje a su terminal de pulsera: ¿Puedes estar en el polideportivo a las ocho?
Sólo eso, él no falló.
Cuando la vio, sensaciones contradictorias lo asaltaron y a la vez sabía que nada podía detenerlo. Claudia sonreía y era muy expresiva con su mirada, parecía que conocía el lenguaje de los ojos mejor que el habla. Cush no entendía qué podía ver ella en él. No era bien parecido, tampoco un alegre galán y era cierto que no sabía mucho de mujeres.
La duquesa le confesó que tampoco lo sabía, que amaba a su esposo, pero que le encantaba hablar con él de todas aquellas cosas que Ernesto consideraba sin importancia o que ni siquiera consideraba. Y llegó la noche con otra despedida, entonces ella lo sorprendió robándole un beso.
Un beso que le quitó la paz hasta el siguiente encuentro. Cush nunca se había entregado antes como lo hizo con la duquesa, tenía siempre presente su linaje y había decidido no tener hijos. Claudia compartía este pensamiento; convertirse en amantes fue sólo cuestión de tiempo. Ella descubrió una pasión que sólo creía posible en las novelas de fantasía, mientras que él se daba a ella pensando que podía ser la última vez.
El rumor de la llegada de los escribanos y los robots cámara lo volvió a la realidad.
—El evento convoca, maestro —dijo.
—Sí. Una prueba más de nuestra sociedad en decadencia. Como dice Gwtw... Y Finsen.
—¡Él no tiene razón! —replicó Cush con los dientes apretados.
—La mejor forma de mentir es diciendo la verdad —sonrió con aspereza Von.
El discípulo jhaeliano controló su respiración, las sienes le pulsaban con ira.
—Tus emociones están incontroladas, Cush —se preocupó el barón y al instante lo relacionó con otro asunto que se mencionaba en las reuniones privadas del Ytenve Hogar—. ¿Sigues viendo a la duquesa?
Aquello sorprendió a Cush. Meses atrás, cuando la pasión por Claudia se empezaba a convertir en amor, había confesado su aventura a Essger creyendo encontrar consuelo y comprensión, pero el Barón reaccionó con ira, hasta podía decirse con temor. Después de recobrar la compostura le dio mil razones para terminar la relación, la más importante era que la duquesa estaba casada.
—Ella no interfiere en mi equilibrio —jadeó.
—Es una relación insalubre que empobrece el espíritu —recitó Von Essger, para decirle a su aprendiz algo que ningún otro se atrevía a murmurar en su presencia. Los jhaelianos consideraban al celibato una contención torturante, como tratar de no respirar, no había prohibiciones al respecto. Cualquier jhaeliano era libre de satisfacer sus necesidades, pero era bien sabido que la armonía es difícil de alcanzar solo y por partida doble, a dúo. Sin embargo muchos preferían formar parejas. Cush recibía propuestas a menudo de las aristo-gen y había sido un joven sin momentos críticos, hasta que comenzó a frecuentar a Claudia. Para Von Essger era muy raro, conocía a Cush pues lo había tomado a su cargo al morir los padres, y de la duquesa se hablaba siempre con elogios en todos los ámbitos—. El enemigo ya traspuso los muros del Ytenve Hogar; nuestra lucha es interior, Cush.
—Mi prioridad es con Jhael —replicó él concediéndose unos minutos para pensarlo, y apuntilló—: Ya no volveré a verla, maestro.

A pocos metros estaba el muchacho que había desafiado al biomecanoide. La madre iba de un lado a otro sin poder disimular su pesar, hurgaba en su mente buscando los medios de dar un salvoconducto a su único hijo.
Se las había arreglado sola desde que el padre había muerto, dos años atrás, en un accidente espacial. La posición entre los Genéticos era muy frágil. Su hijo Néstor trabajaba con los promotores monárquicos y eso la apoyaba. Ahora, en una repentina pesadilla, se hallaba en una situación increíble e inusitada.
—¿Qué armas elegirá? —escuchó decir a uno de los escribanos.
La pregunta fue como agua helada, al oírse en labios del asesor letrado familiar, un anciano que había visitado su casa en varias oportunidades. Ella había tratado de sobornar con pertenencias al Hechicero Rojo, pero éste no se dignaba siquiera a atender los mensajes. Ni Wofgang ni Ernesto Krebs pudieron obtener respuesta, tampoco.
Un representante de Finsen cruzó el campo de poroso suelo que habían escogido para el duelo.
—Monseñor Finsen se ha decidido por el bastón —anunció.
¡Bastón! No puede ser una coincidencia. Néstor es campeón en la Universidad con el bastón, pensó la mujer sin comprender. ¿Lo habría hecho por clemencia?
No conocía a Finsen. Lo único que perseguía era la humillación en su más alto nivel, quería derrotarlo realzando su superioridad.
Salió de un bosquecillo secundado por abogados y un grupo de la I.T.E.C. El bermellón torso biomecánico sin cubrir lanzaba destellos cobrizos. En la cintura pendía la pistola artesanal y la espada en la funda con arabescos. Una reportera había preguntado por el artista y el significado de aquellos diseños. Finsen no dijo nada sobre el creador, pero sí se mostró inclinado a describir los dibujos.
—Estos círculos son los ciclos de la vida —explicó señalando cada diseño—. Esta elipse abierta es el Hogar Trampa, las dos curvas con puntas opuestas representan las armas. Estas dos líneas, justo debajo, son la Mentira. Aquí están las dos elipses tangenciales, son el miedo (de otros). Luego, el dibujo grande es el Amo, apoyando esa especie de cruz: el Odio. Y al fin, estas dos medialunas encaradas representan la religión, encima de ese símbolo fálico que es la humillación ante el poder.
—¿Un símbolo sexual para un biomecánico?
—No conoce la definición de sexo en biomecánica, le aseguro que existe otra dimensión orgásmica en el mundo biomecánico.
La entrevista había sido repulsiva; la fama de Finsen se filtraba entre los comentarios de los ciudadanos galácticos y cuanto más lejos llegaban las habladurías más exageradas eran.
Red Finsen desenvolvió un atado de seda y exhibió un bastón biomecánico con minúsculos grabados. Armonizó la respiración y los latidos, ubicándose ante el joven y lo saludó con una inclinación. Durante una eternidad de silencio y quietud estuvieron en la posición de inminente ataque.
Con una elegancia casi coreográfica el seiyón atacó.
El programa IAI de su cerebro holotrónico se activó por una orden neural, junto con otro llamado KYU. Eran los presentes que su amo había convenido con los luxorianos. Almacenaban los conocimientos de los mejores guerreros de la historia, en todas las artes marciales conocidas. Finsen llevaba en sí la capacidad de todos.
Su bastón bloqueó los golpes con gracia, parecía burlarse de los esfuerzos de su contrincante, demostrando a los curiosos cuán superior era su destreza con el arma. En tanto, el muchacho comenzaba a sudar de agotamiento cayendo en la cuenta de su situación. El desenlace del encuentro sería su fin.
Unos leves golpes comprimieron la coraza contra sus costillas y clavículas. En dos ocasiones el bastón mecánico retumbó en su casco. El muchacho creyó sufrir alucinaciones cuando vio al bastón de Finsen moviéndose sinuosamente, como si tuviera vida y entonces se percató de que era biomecánico, en esa cosa latía una especie morbosa de vida.
Finsen se regocijaba, aquello era lo suyo; fue por su estado emocional que no sofrenó los deseos de utilizar las capacidades extrasensoriales que obtuvo por medio de obscenos y prohibidos pactos con fuerzas ocultas.
Los ojos biomecánicos carmesíes doblegaron la voluntad del joven, haciendo que la depresión se adueñase de sus pensamientos.
¡Debo morir!
Como un amante que se entera de haber sido traicionado, un estado depresivo creó un hueco oscuro de tristeza en el pecho del muchacho.
¡Debo morir!
      Sus brazos colgaron fláccidos, sin voluntad; la inmensa pena lo hacía respirar agitado, con el llanto oprimiendo su garganta. No vivir más. Acabar.
¡Debo morir!
Red Finsen hundió dos palmos del bastón en el rostro de Néstor. El arma convirtió en astillas los huesos de la cara y luego se incrustó en la materia gris para surgir empapado de rojo del otro lado.
 
Red Finsen mata a Néstor en duelo. Ilustración de M.C. Carper
 
Los jhaelianos fueron los únicos en darse cuenta de la argucia del seiyón, pero era algo difícil de probar. Además el joven ya había muerto, de nada servirían los medidores telekinéticos.
El Parque de Los Patricios fue un reino de tristeza y aspereza.
El llanto de una madre desconsolada era el único sonido que rompía el hechizo de ese infame momento. Von Essger sujetó del brazo a Cush, para contener al musculado jhaeliano.
—Es lo que quiere, Cush. No caigas en su trampa. Nos está provocando para mostrar lo peor de nosotros. Aun venciéndolo, él habrá ganado.

El último seiyón recogió sus armas con una delicadeza casi femenina, al tiempo que los periodistas seguían sus movimientos con las cámaras de holovisión.
Un hombre de alta estatura y fuerte complexión física ayudó a la afligida mujer mientras retiraban el cuerpo de su hijo. La condujo hasta un banco de mármol, dando órdenes a otros presentes. Luego de una breve conversación con ella, se dirigió envarado hacia el sitio donde Finsen concluía la tarea de guardar su equipo.
—Su accionar ha sido el propio de un canalla sin principios ni educación —acusó el monárquico.
—Ahora que oí su opinión sobre mí —dijo el Hechicero Rojo—, ¿podría saber quién la emite?
—Soy Aron Irion, represento a los organismos de are...
—Lo sé —interrumpió Finsen—. Los Irion tienen un historial famoso en la Multicorp. Eso podrá ser importante aquí en Cinia, mas de donde yo provengo es menos que nada.
—Nosotros no matamos niños para resarcir nuestro ego.
—Peor aún; asesinan las chances de otros mundos de nacer sin su influencia colonialista. —El biomecánico era consciente de que en ese momento la escena era emitida por hiperonda a varios mundos.
—Es necesario que llame a sus abogados —dijo resuelto Aron.
—Me corresponde elegir las armas  —caviló unos segundos, y luego—: Pistolas magnéticas.

No tardaron más de quince minutos en disponer el campo para el nuevo desafío. El Director General de Sabbathco enfocó su visión artificial en la pistola artesanal. El carmesí cañón, la unidad de energía, el sistema magnético y la culata anatómica, todo decorado con dibujos en altorrelieve de oro con joyas incrustadas. Colocó dos balas anteriormente consagradas por las inmundas artes a las cuales era adepto. Grabados en la metálica superficie de los proyectiles, en una lengua desaparecida tres milenios atrás, había nombres que sólo él conocía.
Aron Irión se ubicó a la distancia especificada por los escribanos. Ajustó sus anteojos de mira computarizada, ubicando al biomecánico en el visor.
Finsen activó su programa KYU. Contó los latidos de su corazón de cien en cien.
“Armonía”.
“No es la bala quién va hacia el blanco sino el blanco el que intercepta la bala”.
Los tendones del cuello biomecánico giraron el rostro del seiyón en dirección opuesta a Irión. El genético se desconcertó cuando vio la parte posterior del yelmo purpúreo lustroso en su dirección.
Los jhaelianos no se asombraron, Cush sabía que para un iniciado era más factible acertar cuando se anulaba la posibilidad de que tus ojos te engañen.
—No contemplo ninguna duda, maestro Essger —dijo—. Es un dimanés con el poder insólito de los agentes oscuros...
—Los que tú llamas “agentes oscuros” —replicó el otro jhaeliano—, no eran más que gángsteres corruptos. Finsen fue, y es, el único campeón del Maligno del que hemos tenido noticias.
—Es un enemigo. ¿Qué haría Sálvat en nuestro lugar? —Cush adelantó su prominente mentón y caviló sobre la idea de desafiarlo a la primera indicación de Von Essger.
—Tu antepasado siempre aguardó el momento oportuno para hacer lo que tú piensas.
Cush miraba a los duelistas. Los escribanos dieron inicio a la contienda.
Con una caricia el seiyón deslizó el gatillo. Su mente acompañó el mortífero dardo catapultado magnéticamente en su trayecto sin tiempo hacia el corazón de Irión. Sintió como la vida se escabullía del ciniano y un éxtasis obsceno lo conmovió.
¡Ahhh! ¡Otra alma para mi señor!
Luego se permitió volverse a mirar el cuerpo inerte de su oponente.
Los periodistas acosaron a los custodios de Sabbathco, que los contenían a metros de los duelistas.

Cush Dodanim cruzó los brazos ante su amplio tórax. Los gélidos ojos grises remarcados por las cejas doradas se centraron en un coronel de recio porte que se inclinaba en ese momento sobre Aron Irión.
—¡Por Jhael! —murmuró.
El militar se encaminó solícito hacia el paladín bermellón.
Otro lance se había efectuado.

 


El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper

Leer el capítulo siguiente (9. Una visita inesperada)

Leer todos los capítulos

Sobre el autor: M.C. Carper

 

 

 


Add as favourites (6) | Cite este artículo en su sitio | Views: 524

  Comentarios (2)
RSS de los comentarios
1. Mucho mejor redondeado
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla website, el 03-05-2009 15:50
Aparte de la escena nueva del recuerdo, el texo está mucho más balanceado, con divisiones en párrafos donce deben estar para hacerlo más fluido. 
 
Felicitaciones por otra exitosa recreación, y de paso felicitaciones por los premios recientemente obtenidos, M.C.
2. Gracias!
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla , el 05-05-2009 02:28
Siempre me pareció que el romance entre Claudia y Cush era frío y misterioso, en esta versión quería contar más esa parte de la historia.

Escribir Comentario
  • Por favor, mantenga el tópico de los mensajes en relevancia con el tema del artículo.
  • Lenguaje inapropiado será borrado.
  • Por favor, no use los comentarios para promocionar su sitio, ese tipo de mensajes serán removidos.
  • Aségurse de *Recargar* la página para mostrar un nuevo código de seguridad antes de cliquear 'Enviar', en caso de haber ingresado un código incorrecto.
Nombre:
E-mail
Sitio Web
Título:
BBCode:Web AddressEmail AddressBold TextItalic TextUnderlined TextQuoteCodeOpen ListList ItemClose List
Comentario:



Código:* Code
I wish being prevented by email of the comments which will follow

Powered by AkoComment Tweaked Special Edition v.1.4.6
AkoComment © Copyright 2004 by Arthur Konze - www.mamboportal.com
All right reserved

 
< Anterior   Siguiente >

Usuarios





¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí
Hay 20 invitados en línea

Autor:
Título:

Palabra clave:
Advertisement