|
EL CAVERNÍCOLA
PRIMERA PARTE Elaina ingresa al hospital y da a luz a un hermoso niño. Se parece a su abuelo, el científico Leonard Hess. Es bautizado con el nombre Janus en honor a su abuela paterna, una mujer indígena llamada Janua. El niño no ha heredado ningún rasgo físico de su progenitor, el cavernícola Shil, muerto en la Antártica en un cataclismo. La joven madre dedica su vida al hijo, no desea volver a casarse.
El mundo progresa velozmente gracias al científico Shil y sus mágicas fórmulas, legadas para bien de la humanidad.
Pero cuando Janus cumple cinco años, el Dr. Hess muere. Elaina sufre mucho la muerte de su padre, quien allá por el año 2070, con gran tesón y esfuerzo, y exponiendo su vida, pudo llevar a cabo en forma completa su ambicioso plan y con él salvar a la Tierra de una catástrofe energética.
Janus destaca en la escuela como un niño prodigio; es evidente que ha heredado la inteligencia de su padre. Cuando llega el momento de ingresar a la universidad lo hace mucho antes que otros muchachos de su edad. Y al llegar a hombre se convierte en un gran científico. Al igual que su padre, se dedica a la computación y al espacio sideral, y es mundialmente conocido por sus nuevos inventos para bien de la humanidad.
Nueva York, comienzo del siglo XXII. Las naves aéreas de líneas aerodinámicas se desplazan gráciles. A veces quedan estáticas en el aire en espera de su turno para seguir hacia la plataforma a dejar los pasajeros. El sol saca brillo al metal reflejando múltiples rayos. El canal aéreo, separado apenas por un metro, da la impresión de un choque inevitable; pero gracias al nuevo sistema de transporte las naves, una tras otra, se mueven dentro del nuevo y potente campo magnético de la Tierra. La posibilidad de choque es nula. El canal intermedio que las separa es campo negativo, igual que el cuerpo central de las naves; es imposible un choque lateral debido a la ley del magnetismo: polos iguales se repelen. El frente y la parte trasera de las naves corresponden al campo positivo. Los canales aéreos son invisibles, pero la separación entre naves siempre es la misma.
De modo similar a los antiguos automóviles a gasolina, hay varios modelos de naves, que admiten tres, seis, diez y cincuenta pasajeros; este último es como una guagua aérea. Nuevas vías a baja altura han sido diseñadas para las modernas naves. En la ciudad, las guaguas flotan a cinco metros de altura, y cuando llegan a los lugares designados oficialmente como parada descansan sobre una plataforma.
El tráfico terrestre es escaso pues en las calles solo transitan vehículos eléctricos que transportan mercancías desde los suburbios, donde las reciben de los transportes de carga, que no ingresan a la ciudad. Todas las naves aéreas que llevan menos de diez pasajeros aparcan en un área muy extensa en la entrada de la ciudad; de allí los pasajeros viajan al centro en las guaguas aéreas. Novísimos trenes eléctricos han renovado el transporte subterráneo.
Para viajes de larga distancia, los aviones fueron sustituidos por cohetes de diversos tamaños que se elevan haciendo uso del campo magnético terrestre; luego, a gran altura, se impulsan utilizando combustible sólido no contaminante. En viajes intercontinentales, una vez fuera de la atmósfera terrestre se desplazan a tres mil y más kilómetros por hora. Las distancias se han reducido a un tercio de cuando se volaba en los antiguos aviones jets.
Transatlánticos y embarcaciones de todo tipo se mueven en el mar y muchos barcos flotan en el aire a ras del agua deslizándose a gran velocidad en canales aéreos magnéticos. Algunos utilizan combustible no contaminante. En cualquier parte del planeta se respira aire puro. El efecto invernadero, el calentamiento global y la contaminación atmosférica por la combustión de automóviles, fábricas, etc. han desaparecido de la faz de la Tierra. La electricidad se obtiene a través del nuevo y potente campo magnético desde el año 2070, cuando cayó en el Polo Norte un aerolito intensamente magnético. Fue el científico Shil, el cavernícola, el promotor de este gran invento sustituto del petróleo.
En este mundo moderno del siglo XXII que acaba de comenzar, el dinero es electrónico; casi todas las operaciones bancarias se realizan desde el hogar, los comercios o la calle a través del teléfono móvil, que es muy diferente al del siglo anterior. Para hacer compras y pagar deudas —hasta de un centavo— se usa una tarjeta electrónica personalizada adaptada al celular.
La educación en escuelas y universidades es casi en su totalidad electrónica. Los maestros son robots. Un aparato colocado sobre la cabeza del alumno transmite a su cerebro la materia que debe aprender. Elementos implantados genéticamente en cada ser humano al nacer se encargan de fijar en el cerebro la enseñanza.
La capa de ozono se ha restaurado y la gente goza de una vigorosa salud. La ecología se renueva en el planeta y nuevas especies de todo orden están surgiendo. La Tierra se regenera en un nuevo renacer.
En los hogares la iluminación es suministrada por pinturas magnéticas que ofrecen diversidad de tonos de luz (electroluminiscencia) cuya intensidad es controlada por un monitor en cada habitación; aunque también existe —para usos menores— la iluminación secundaria producida por bombillas fluorescentes.
Las enfermedades casi no existen. Las nuevas generaciones nacen con genes sanos sin que sus descendientes hereden enfermedades congénitas. Si alguna nueva enfermedad ataca, el médico examina al paciente y cuando cree necesaria la intervención de un robot médico deriva al paciente; lo hace enviando una señal a la computadora central y, de inmediato, un ejército de leucocitos blancos electrónicos invade el cuerpo afectado y la enfermedad es aniquilada.
El control de la natalidad se efectúa a voluntad de cada pareja. Aunque todavía existen los profilácticos y las pastillas anticonceptivas, hay un método moderno para el hombre. Antes de tener sexo se coloca sobre los testículos un aparato electrónico que emite una señal ultra alta capaz de neutralizar los espermatozoides por 24 horas. La operación solo dura segundos. Las enfermedades de índole sexual han sido erradicadas. No obstante, la esterilidad aún existe en algunas personas.
Prácticamente la miseria dejó de existir en el planeta, ahora todos los países son desarrollados al estar bajo control la población mundial; aunque dentro de ese término siempre hay diferencias en la economía debido al clima. En escasas áreas de algunas naciones aún la erosión de terrenos productivos que antes no lo eran no permite la recuperación total de la agricultura. Pero los desiertos producen gran variedad de alimentos y el sacrificio de animales destinado a la alimentación pasó a la historia para satisfacción de la Organización Protectora de Animales; ahora solo sirven de mascotas y a otros se los ubica en áreas específicas, parecidas a zoológicos, para controlar su reproducción. La carne de consumo es sintética, tanto la de res, ave o cualquier otro animal; contiene la misma calidad y sabor que la carne real de cada especie y todos los elementos nutritivos requeridos. Únicamente pescados y mariscos se siguen consumiendo. La pesca se hace con facilidad a través de medios eléctricos; entre dos barcos se establece una corriente eléctrica a través del agua y los peces se dirigen solos hacia el barco que es polo negativo, así son capturados en la red.
Los terremotos se detectan con mucha anticipación; esto facilita la evacuación y la toma de medidas a tiempo para salvar vidas humanas. Casi todos los huracanes son controlados y desviados gracias a este sistema: una nave aérea deposita sobre la tormenta una tonelada de partículas de hierro que giran con la tempestad; otra nave, a cierta distancia, lanza un canal magnético hacia el huracán desviando su dirección y evitando que toque tierra. Las sequías también son controladas sembrando nubes en el área donde se necesita la lluvia.
La alimentación por medio de cápsulas, mundialmente accesible, brinda una buena nutrición y mantiene una figura esbelta. La vejez también está controlada, se puede lucir joven a los cien años de edad; pero la muerte no es posible controlarla y llega por diferentes factores sin importar la edad.
Porque por mucho que el hombre haya tratado de vencer a la madre naturaleza, siempre ocurren cosas imprevistas que pueden producir grandes catástrofes. Entre estas amenazas de comienzos del siglo XXII, ha surgido una que los científicos están tratando de resolver y que solo ellos conocen, pues aún no quieren advertir a la población del gran peligro que se aproxima desde el espacio sideral.
Una guagua aérea se aproxima a la ciudad de Nueva York. El Dr. Janus, científico renombrado mundialmente y promotor de infinidad de nuevos inventos en beneficio de la humanidad, mira a través del cristal. Sostiene sus pequeños espejuelos en una mano, mientras con la otra se limpia con el pañuelo la cara. Tiene cuarenta años de edad, barba cerrada, ojos de un negro profundo y cejas espesas del mismo color. Su cabellera revuelta, también de color negro, le da un aspecto descuidado. Observa los hermosos y deslumbrantes edificios construidos en la Zona Cero, pero su pensamiento vaga por los confines del espacio, buscando una solución que hasta entonces le ha sido imposible hallar. Solo queda un año para que ocurra la gran catástrofe.
Erudito en todas las materias, Janus recuerda cuando de joven, en una clase de historia, leyó varias veces lo sucedido en Nueva York el día 11 de septiembre del año 2001 y las miles de muertes provocadas por los terroristas. Gracias a su inventiva ya no nacen terroristas en el mundo, pues cada persona alrededor del planeta está controlada genéticamente en sus acciones belicosas. Tampoco hay ya armas de fuego, ni químicas, bacteriológicas o atómicas; todas fueron eliminadas. Las más peligrosas fueron trasladadas en naves espaciales sin pilotos, controladas por radio, a planetas lejanos inhabitables. Ahora la policía usa armas electrónicas que no matan ni causan heridas, solo paralizan momentáneamente. Y las guerras entre naciones pasaron a la historia.
Pero a pesar de todo el bien que ha hecho a la humanidad con sus inventos, el profesor Janus no es feliz. Ha tenido varias esposas, pero no puede engendrar hijos. Ha estudiado profundamente sus genes y ha encontrado algo diferente que lo inquieta, y tal vez este sea el motivo de su desazón. Piensa investigar a fondo este asunto en su oportunidad. Conoce toda la historia de sus antepasados y desea visitar la isla de Borneo, de allí procede su abuela, la mujer indígena llamada Janua, en cuyo vientre se desarrolló su padre.
Entre la gente que baja de la guagua aérea abarrotando la plataforma, Janus divisa a un científico amigo. Se estrechan la mano, sonríen y se dirigen con paso ligero al interior de un edificio. El elevador los deja en el piso 92. Caminan por varios pasillos hasta llegar a la puerta de un cómodo y elegante salón, donde diez hombres esperan con ansiedad a Janus. Al verlo, todos se ponen de pie, y después de saludarlos uno por uno estrechándoles las manos, él se sienta.
A los presentes no les preocupa en lo más mínimo la expresión de nerviosismo que refleja su rostro; al contrario, saben muy bien que pese a su semblante el Dr. Janus está maquinando en su grandioso cerebro la manera de resolver el grave problema que enfrentan, y que tarde o temprano la encontrará. Por ese motivo están reunidos.
Los once hombres ocupan sus puestos en silencio alrededor de una mesa; solo las miradas de hito en hito y de soslayo reflejan la inquietud de todos. Aparecen dos hermosas muchachas; una entrega a cada uno varios papeles; la otra la sigue y va depositando una taza de café en cada sitio. Todos aprovechan para beber el humeante néctar, menos Janus, que los mira, aleja la taza y dice:
—Queridos colegas, todos sabemos el grave peligro al que estamos expuestos por el inevitable acercamiento a la Tierra de tres pedazos del asteroide Hassuz. En los papeles que tienen delante encontrarán la última información al respecto. El mundo científico sabe muy bien la causa de la terrible contaminación en ese asteroide...
Janus mira a los ojos a uno de los hombres, el Dr. Izvatinoch. El científico ruso sonríe, pero su rostro se ruboriza.
Janus se da cuenta y dice:
—¡No, mi querido colega! No se avergüence de lo que ocurrió en el pasado; usted era un niño, fue su país el culpable. Pero los odios, venganzas y resquemores son cosas de la historia. Ahora, todos debemos trabajar unidos en la solución. Ya no hay guerra entre nosotros; sin embargo, hoy, cuando podríamos vivir felices y despreocupados, estamos pendientes del espacio sideral, que es un arma de doble filo. Porque si bien nuestro mundo ha cambiado en beneficio de la humanidad gracias a la era espacial, es el mismo espacio sideral el que ahora nos amenaza con la peor de las catástrofes. Yo no puedo hacer todo, necesito la cooperación de cada uno de ustedes. Si no hallamos la solución a tiempo, desaparecerá de la Tierra toda vida animal y los humanos seremos los primeros en sufrir las consecuencias. Entonces nuestro planeta vagará por el espacio como un astro muerto sin el más mínimo vestigio de vida.
El Dr. Janus hace una pausa. Nadie interviene. Continúa:
—Como todos sabemos, peligrosos microorganismos, llevados por una nave rusa hace más de medio siglo, encontraron en ese asteroide condiciones favorables para desarrollarse. Pero es posible que hoy ese descuido imperdonable nos cueste la vida a todos.
Luego abre su maletín y distribuye fotografías tomadas por una nave norteamericana y datos sobre los microorganismos contaminantes en el asteroide Hassuz, hallados dos décadas atrás.
—Ninguno de los presentes ignora que un año después de estos hallazgos, otro asteroide, mucho más grande, impactó al Hassuz y lo fragmentó en varios pedazos, tres de los cuales están por caer en la Tierra. Pero si hay peligro de que caigan en tierra, también lo habrá si caen en el mar —agrega Janus.
Se produce un silencio, sólo interrumpido por la respiración agitada de algunos. Janus recorre a los presentes con la mirada, luego dice:
—Colegas, sé que les preocupa tanto como a mí saber que en un año aproximadamente esos tres fragmentos entrarán en la atmósfera terrestre. Consideren que aunque su volumen disminuirá al incendiarse, de cualquier manera, la supervivencia de uno solo de esos microorganismos bastará para multiplicarse por billones y billones, ya que nuestra atmósfera, si bien antes era inocua, ahora es favorable para que se desarrollen. Serán como monstruos que nos devorarán a todos en forma de terribles enfermedades jamás conocidas en la Tierra.
Estas palabras, pronunciadas con vehemencia, aumentan la preocupación en la mirada de todos. Uno de ellos dice:
—¡Qué hacemos, profesor! ¿Habrá alguna manera de evitar que los fragmentos caigan en la Tierra?
—No, amigo, eso es imposible —responde Janus sin vacilar—. Los fragmentos caerán irremediablemente sobre nuestro planeta.
—Pero entonces, ¿cómo podremos salvarnos? —pregunta un científico inglés.
Expectantes, todos esperan la respuesta de Janus. Éste abre otra vez su maletín y extrae un mapa tridimensional; lo extiende sobre la mesa, oprime un botón y el mapa se infla formando el globo terráqueo. Con voz pausada, dice:
—He seleccionado los tres lugares más propicios para hacer caer esos pedazos de asteroide —los indica con el dedo—: el volcán Mauna Loa, en Hawai; el volcán Krakatoa, en Java; y el volcán Teide, en la isla de Tenerife, España.
Explica el Dr. Janus que, por las características de sus cráteres y de su interior, en esos tres volcanes los pedazos de asteroide penetrarían con facilidad hasta sumergirse en la lava, quedando eliminado el peligro de los terribles microorganismos. Agrega que no habrá peligro alguno para la población de esas islas, aunque la maniobra producirá breves temblores de tierra, pero sin mayores consecuencias.
—En los documentos que tienen delante podrán apreciar en detalle mi plan en ciernes para atrapar esos pedazos de asteroide. Pero necesito su ayuda y sus ideas para perfeccionarlo. Luego de estudiar todas las sugerencias, escogeré aquellas que mejor se adapten a mi plan.
Así termina la conferencia. Todos saben que aún queda mucho por hacer y que corresponderá al Dr. Janus escoger los aportes para perfeccionar el sistema y evitar la catástrofe. Cuando él tenga todo listo, volverán a reunirse en este mismo lugar.
Todos felicitan a Janus, quien todavía no ha bebido su café, ya frío. Otra taza le es servida y el científico la saborea. Poco después el grupo camina hacia el elevador. Un empleado de la limpieza que pasa en ese momento frente al grupo rasga la camisa a nivel del codo del Dr. Janus con un alambre que sobresale de un escobillón, pero sin causarle daño. La tela se rompe en forma de escuadra. Todo ocurre con rapidez; ni Janus ni el resto de los científicos advierten lo sucedido. Unos pelos extraños asoman por la camisa rota.
Al llegar a su hogar, situado en un área residencial en las afueras de Nueva York, Janus recibe una sorpresa. Su esposa le comunica que pronto recibirá el encargo hecho a la isla de Borneo, acaban de llamar del aeropuerto. En el baño, al quitarse la camisa, Janus se observa aquellos pelos rojizos cerca del codo y se los afeita.
Un hermoso jardín rodea la casa. Allí, en un bosquecillo por el que cruza un arroyo, viven seis especies de monos. En invierno son colocados en jaulas techadas con excelentes condiciones y atendidos por un veterinario. Cada animal tiene un nombre. Una cerca alta, que sobrepasa la copa de los árboles, cubre las áreas lateral y superior; de esta manera ningún animal puede escapar.
El nuevo miembro llega desde Borneo. Es un joven ejemplar no común en esa isla, pues habita en la zona más remota de la selva. Para sorpresa del científico, el animal se revela manso, noble y dócil, parece haber sido entrenado, pues esa especie de monos es belicosa.
El científico viene llevando notas en un libro con la evaluación de cada animal, su desarrollo y comportamiento; los estudia profundamente junto con su gran amigo el veterinario Lee Tuan Ye, un chino especialista en monos y osos panda. Lo que busca el Dr. Janus en sus experimentos sólo él lo sabe. Pasa varias horas por noche trabajando en su laboratorio y no permite que su esposa lo moleste a menos que se trate de un asunto importante. Hasta entonces, según los datos obtenidos, no ha encontrado en ninguno de los monos lo que busca. Ahora, tras recibir el nuevo simio, al que ha bautizado con su nombre, continuará sus experimentos.
El mono “Janus“ ya se encuentra en una jaula ancha. El científico se apresta a comenzar el mismo trabajo que llevó a cabo con los otros monos. El tiempo apremia, es necesario resolver el peligro que se cierne sobre el planeta. Cada noche, en su laboratorio, el Dr. Janus trabaja en el proyecto de encontrar el modo de guiar los tres fragmentos de asteroide hacia los cráteres. Científicos con equipos especiales han sido estratégicamente ubicados alrededor de los tres volcanes, pero el público desconoce el propósito de aquella misión.
Día tras día, hasta muy tarde en la noche, permanece en el laboratorio. Su esposa no quiere molestarlo pues sabe que él se incomoda cuando está empeñado en resolver un problema. La pizarra está llena de fórmulas; sobre la mesa tiene los proyectos de varios de sus colegas. Ella no sabe de qué se trata, pero puede imaginar que es un asunto de suma importancia.
Una noche el Dr. Janus busca un plano que ha guardado meses atrás, pero no lo encuentra. Rebusca en un mueble donde hay almacenada gran cantidad de libros, por su apariencia muy antiguos. A veces, cuando está apurado, coloca papeles en ellos y después los encuentra rápido; pero esta vez no. Está por desistir cuando dentro de un libro ve el plano que buscaba. Entonces otro papel cae al piso. Se inclina y lo recoge. Se trata de un dibujo que hizo hace mucho tiempo su abuela Janua, y que su abuelo, el Dr. Hess, guardó con mucho cariño en ese libro, escrito por él mismo. Es el dibujo de un mono muy parecido al de la isla de Borneo. Para su asombro, ve que el mono dibujado tiene en los codos unos pelos largos amontonados de color rojizo, pero como el dibujo es muy rudimentario y está gastado por el paso de los años, Janus no está muy seguro de ello. Además, el mono enviado desde Borneo no tiene en los codos esos pelos.
El papel que buscaba tiene una fórmula suya hecha meses atrás. Le parece la más adecuada conforme a los nuevos datos obtenidos y piensa añadirle partes de varias fórmulas que escogió de sus colegas. Hace un croquis y lo lleva a la computadora. Instantes después aparece la respuesta. En su rostro se refleja la alegría y el entusiasmo. Marca un número telefónico y habla:
—Soy Janus, convoca a todos los científicos que están trabajando en el plan A-91-T-14. Nos veremos en el mismo lugar de siempre dentro de una semana.
El Dr. Janus está de pie ante sus colegas. Sentados en torno a la mesa, todos esperan ansiosos sus palabras. El silencio es roto por los papeles que hojea; luego los mira y dice:
—Estimados colegas, agradezco vuestra presencia y el envío de sus útiles sugerencias y proyectos. No ha sido fácil encontrar la solución para hacer caer los pedazos de asteroide en los volcanes, pero al fin lo he logrado y ahora explicaré el procedimiento.
Un leve murmullo inunda la sala por un instante y desaparece, como invitando al Dr. Janus a proseguir. Así lo entiende él, y sigue hablando:
—Por suerte, de acuerdo con el volumen de los tres pedazos de asteroide, su composición y velocidad al entrar en la atmósfera terrestre, pude averiguar que se destruirán en un ochenta por ciento. Los tres pedazos no serán del mismo tamaño. El mayor tendrá las dimensiones de un cesto de basura de cocina. Mi plan es el siguiente: enviaré al espacio tres tiburones.
Todos se miran con asombro.
Janus sonríe, para decir:
—No, no se asombren, no son tiburones reales, son cohetes cuyo frente tiene una boca con mandíbulas movibles como las de un tiburón, que fácilmente darán cabida a los pedazos de asteroide. Cuando éstos entren en la atmósfera terrestre, los tres cohetes ya estarán en el espacio y serán dirigidos para atrapar cada uno un pedazo del Hassuz. Luego, por láser, se los hará caer dentro los cráteres de los volcanes. No hay cien por ciento de seguridad en la operación, aunque el plan teóricamente es seguro; porque en la práctica siempre pueden suceder cosas imprevistas. Espero que eso no ocurra, de lo contrario todos sucumbiremos.
Pasa el tiempo. Los tres cohetes “tiburones”están listos para entrar en acción. Faltan dos meses para la caída de los pedazos de asteroide. La prensa, la radio, la televisión y la Red divulgan globalmente en grandes titulares lo que va a ocurrir; informan todos los detalles de la operación, así como el gran peligro que representa la posible caída de alguno de los pedazos en tierra o mar.
La venta de juegos electrónicos sobre los pedazos del asteroide se incrementa. Los niños no pueden comprender el inmenso peligro que se avecina, pero se divierten en grande. Por su parte, muchos adultos dudan de la efectividad de aquel plan de salvación y rezan en las iglesias pidiendo a Dios que los salve de la terrible amenaza.
Ahora, que nada queda por hacer sino esperar, el Dr. Janus aprovecha para estudiar al mono “Janus”. En el laboratorio examina su sangre, orina y excremento, pero no encuentra nada que corrobore su sospecha. Sólo le falta hacer una prueba, la definitiva, que también ha hecho al resto de los monos. No puede hacerla en su laboratorio; necesita enviar las muestras a otro.
Dos semanas después recibe un sobre con los resultados y comprueba asombrado lo que sospechaba. Pero antes de tomar una decisión al respecto, decide leer de nuevo el libro en el que su abuelo, el Dr. Hess, explica al mundo con lujo de detalles lo sucedido en aquella aventura en la que participó, cuando buscaba la manera de salvar a la Tierra de la catástrofe antes que se agotaran los yacimientos petrolíferos y de la caída de un aerolito intensamente magnético, casi a finales del siglo XXI. También decide estudiar más a fondo la historia de su abuela. ***
Corre el año 2020, la crisis energética se hace cada vez más aguda. Los científicos aseguran que el oro negro se agotará en el planeta antes de fin de siglo. Esta predicción aterroriza a todas las naciones del mundo y cada ser humano se hace la misma pregunta: ¿Qué pasará en nuestro planeta cuando se agote el petróleo si antes no se halla una nueva fuente de energía?
La Conferencia Mundial de Científicos celebrada recientemente en Japón fue escenario de temas importantes en las siguientes áreas: medicina, geología, ciencias espaciales, ecología, agricultura, química, etc.; pero el asunto del petróleo ocupó toda la atención; pocos de estos otros proyectos recibieron ayuda financiera para el desarrollo de nuevas investigaciones.
La realidad es cruda pero real; es imperioso encontrar fuentes alternativas de energía, de lo contrario se podría regresar a la edad de piedra. Cada nación del planeta quiere contribuir a evitar la terrible catástrofe. Con los Estados Unidos al frente, todos los países aportan dinero para financiar un proyecto destinado a estimular a los científicos y cerebros en ciernes para que encuentren una solución a la grave crisis que se avecina.
Se ha descartado la energía nuclear por el alto peligro que implicaría su uso, así como la energía solar, la hidráulica, la térmica, la eólica, entre otras, por su insuficiencia para resolver el problema a nivel mundial.
Cuatro científicos amigos que habían fracasado en sus respectivas ponencias son los siguientes:
Hugo Zijjezty, geólogo, sismólogo. Su teoría: a partir de un estudio sobre el Polo Sur, en la Antártica, y de múltiples y complejos experimentos, arribó a siguiente la conclusión: bajo el hielo de una inmensa caverna en el monte Coman existirían restos de animales y plantas que vivieron durante la era de los dinosaurios.
Steve Holmes, Paleontólogo. Tras varias prácticas y experimentos científicos cerca del monte Coman, llega a la misma conclusión. Asegura, además, que los cuerpos de los primeros seres humanos que poblaron esta zona de la tierra antes de la Era Glaciar estarían aún en perfectas condiciones bajo las profundidades del hielo.
Ives Smith, astrónomo. Luego de diversas investigaciones llevadas a cabo en la misma zona explorada por sus amigos, afirma que en la era de los dinosaurios —que desaparecieron al caer aerolitos de gran tamaño en varias partes del planeta, como en el Golfo de México, entre Cuba y la península de Yucatán— a diferencia del resto, el aerolito que cayó en la Antártica era intensamente magnético.
Por último, Leonard Hess, cirujano, especialista en cerebro humano y eminente científico en el campo de la medicina, comparte la tesis de sus colegas. En su caso, la decisión entusiasta de participar en la expedición se basa en que sus complejos experimentos sobre el funcionamiento del cerebro lo han llevado a formular una hipótesis concluyente: si pudiera disponer de uno solo de aquellos seres humanos primitivos, en particular de un niño, con su cerebro limpio, sano, sin contaminación ambiental —por haber nacido en una atmósfera de aire completamente puro—, demostraría al mundo que de recibir educación actual y entrenamiento en computación, ese cerebro primitivo, virgen, funcionaria a tan alto grado de inteligencia que superaría en gran número de veces al hombre contemporáneo más inteligente. Tras varios meses de ajetreadas gestiones, al fin el júbilo y la emoción desbordan en los cuatro amigos científicos, pues han logrado conseguir suficiente dinero para llevar a cabo sus planes. Sin perder tiempo, comienzan a preparar la expedición.
Alquilan un barco y lo equipan con los instrumentos más modernos y adecuados para las investigaciones científicas. Contratan personal calificado para trabajar en el barco y cargan la bodega con todo lo necesario para un viaje de casi un mes en la Antártica. Bautizan el barco con el nombre de El Galileo en honor a Jesucristo, en quien confían y esperan los acompañe durante la arriesgada aventura.
El Galileo ancla en Puerto Plata, Argentina. Allí se prestan a recoger a un viejo amigo de Hess, Jeremías Barchelor, quien ronda los sesenta años de edad, científico jubilado y gran conocedor de la zona adonde van a trabajar.
Jeremías es alegre, ágil, dicharachero; habla varios idiomas y, para sorpresa de todos, no tiene una cana a la vista. El reconocido científico en el campo de la medicina es especialista en fertilización y reproducción humana, ama la aventura y en su juventud hizo varias expediciones a la Antártica. Ahora acompaña a su viejo amigo y colega Leonard Hess, a quien hace años no ha visto y quien fue el promotor de incluirlo en este viaje. Tiempo después El Galileo llegaba al cabo Desengaño, en la isla Georgia del Sur. Allí los espera un grupo de guías expertos con adecuados equipos para hacer la peligrosa travesía hasta el Monte Coman.
Días más tarde arriban a los hielos perpetuos. Ahora son diez hombres los que forman el grupo, quienes se reparten los bultos que contienen todo lo necesario para la temporada mensual. También llevan un equipo con avanzados instrumentos que los científicos piensan utilizar en sus respectivas investigaciones. Jeremías sólo lleva un mediano bulto a la espalda con sus pertenencias personales.
Temprano en la mañana se da comienzo a la travesía. El guía de la expedición, conocedor y experto de aquella región helada, marcha delante. Apenas han avanzado unos kilómetros cuando los azota una tormenta de nieve, que logran pasar refugiados en las carpas gracias a la experiencia de algunos miembros del grupo en ese desolado lugar del planeta, quienes de antemano sabían qué hacer para enfrentarla. La caravana continúa su marcha lenta por aquella inmensidad de llanura helada que parece no tener fin.
En medio de tal desolación, el geólogo Zijjezty porta como de costumbre su pequeña hacha a la cintura, las otras herramientas son trasladadas dentro del equipo científico que cargan varios hombres. De tanto en tanto Zijjezty saca su hacha y picotea el hielo como buscando algo, pero nada puede encontrar, sino hielo y más hielo.
Han pasado dos días y todavía queda un largo trecho para llegar al monte Coman. El paisaje es como para volverse loco: hielo y soledad. No pierden la razón sólo en virtud de los modernos equipos para orientarse, que los guían vía satélite.
En un mapa, Leonard Hess va marcando con un lápiz rojo el trayecto recorrido sobre aquella línea trazada hasta el monte Comán. Nadie se amilana, todos caminan con entusiasmo y fe en sus corazones. También Jeremías con sus chistes y ocurrencias entretiene a sus compañeros haciendo reír más de una vez a todo el grupo al unísono.
Los cuatro científicos no cargan bultos pesados, sino uno mediano a la espalda, con artículos personales y algunos instrumentos científicos. Los guantes y los abrigos son gruesos, adecuados para soportar el intenso frío del Polo. Todos llevaban espejuelos oscuros que absorben en alto grado los rayos ultravioletas.
Al fin aparece en la distancia el monte Coman, una montaña de hielo y nieve, parecida un monstruo gigantesco dispuesto a devorarlos a todos entre sus hielos milenarios si se atreviesen a llegar a hasta su cercanía. Sin embargo, nadie se echa atrás; las experiencias pasadas en el lugar les sirven para seguir adelante.
Hess acaso sea el más joven, ya ni rastro de los años mozos quedan entre el resto de los científicos, y las canas pueblan las sienes de la mayoría. Solo la cabeza de Jeremías, con su tupida cabellera negra, da la apariencia de aventajar a todos en edad.
En eso, uno de los hombres que carga el equipo resbala y sufre una herida en el costado del muslo derecho. La herida es punzante no profunda, la sangre brota tiñendo de rojo el hielo. El hombre es atendido de inmediato por los doctores Jeremías y Hess, quienes desinfectaron la herida y la vendan.
Pero es el geólogo quien hace un descubrimiento que asombra a todos: la herida había sido causada por un colmillo de mamut, cuya punta asomaba en el hielo. Utilizando el hacha, el geólogo parte el curvo colmillo. Enseguida queda sorprendido: tras dar el corte, Zijjezty ha descubierto una grieta cubierta por hielo reciente. Esa grieta se extiende en dirección hacia el monte Coman. Según sus conocimientos, allí había ocurrido un movimiento sísmico que indica que la zona donde se encuentran está expuesta a un terremoto.
Sobre el colmillo encontrado, el paleontólogo Steve Holmes tiene dos teorías. La primera, que pudo haber sido arrastrado por la corriente submarina debajo del casquete polar desde una zona cerca de la península de la Patagonia, para luego incrustarse en el hielo e ir subiendo con el pasar de los siglos hasta que el movimiento sísmico lo hizo salir a la superficie.
La segunda teoría, que en esa zona podría estar enterrado, en las profundidades del hielo, el cuerpo de algún mamut. El interesante incidente despierta el anhelo de todos por llegar al monte Coman. En sus corazones albergan la esperanza de no estar equivocados.
Faltan apenas dos días de camino para llegar, pero se ven obligados a desistir de seguir adelante cuando otra tormenta comienza azotarlos. Todo se oscurece, el viento arrecia, la lona de las carpas parece que va a desgarrarse. La nieve no es tanta, sino el viento, que ha adquirido una velocidad peligrosa.
Refugiados en las dos carpas los hombres sujetaban fuertemente la lona para que el viento no se la lleve. El frío es intenso y se ve avivado por el fuerte viento. Todo se congela, hasta la respiración. Uno de los hombres que carga parte del equipo debe ser atendido para administrarle oxígeno; más tarde se recupera y respira con normalidad.
Tan pronto como ha llegado, termina la tormenta y regresa la calma. Las cobijas sólo han sufrido leves daños. Jeremías comenta que en varios de sus viajes a la zona, mucho antes de entrar al casquete polar, hizo amistad con algunos hombres que vivían en la península de la Patagonia y que participaron de algunas expediciones al monte Coman.
Agrega que, según las explicaciones que le dieron tales hombres, en ese monte reinaba el Dios Blanco, quien a veces se enfurecía y castigaba con fuertes tormentas a aquellos que osaban entrar en su territorio.
—La leyenda —dice Jeremías, que ha pasado de generación en generación— dice que siempre se pierde alguna vida entre quienes se atreven a penetrar más allá de la línea divisoria que imaginariamente rodea el monte Coman, como a medio kilómetro de su base.
Las supersticiones de esa gente no perturba en lo más mínimo el proyecto de los cuatro científicos; ellos están decididos a llevar a cabo sus planes a cualquier precio. Todos quieren demostrar al mundo que sus respectivas teorías han estado bien fundamentadas.
La noche está cayendo y el cocinero del grupo empieza a preparar la comida. La larga caminata y el intenso frío abren el apetito de los aventureros. Después de comer opíparamente, se acuestan temprano y en la mañana continúan la marcha. En la noche desolada sólo han sido acompañados por un profundo silencio.
Las brújulas comienzan a dislocarse por el acercamiento al intenso campo magnético del Polo Sur. Tras el cielo gris del amanecer, en el horizonte reluce imponente y magnífico el monte Coman. Todo marcha a las mil maravillas; todos han olvidado la leyenda sobre el Dios Blanco. El entusiasmo crece a cada paso, calculan que en dos horas más o menos estarán allí.
Cuando llegan dan gritos de alegría y se intercambian abrazos. Luego escogen en la base del monte un lugar propicio para realizar sus respectivos trabajos, en poco tiempo terminan de armar las dos carpas. Dedican el día a explorar la zona.
Antes que caiga la noche, todos los presentes coinciden en que perciben algo extraño en el ambiente, como una especie de electricidad estática, un cosquilleo que les recorre todo el cuerpo. El geólogo Zijjezty, con su pequeña hacha, pica el hielo en varios sitios, pero al final deja de hacerlo pues nada de interés encuentra en ello. Un poco más allá, uno de los hombres grita para que vayan a ver una grieta que ha descubierto en el hielo. Los cuatro científicos se presentan de inmediato en el lugar y comprueban que, efectivamente, en una pared de hielo, hay una grieta al parecer bastante profunda. El geólogo la examina y opina que tiene las mismas características que la grieta descubierta a raíz del accidente con el colmillo del mamut.
—Lo extraño —aclara— es que esta grieta no está rellena con hielo reciente, como la otra. La oscuridad de la noche los obliga a dejar para el día siguiente la investigación.
Faltan dos horas para el amanecer, cuando se escucha de pronto un extraño ruido. Todos salen de las carpas, pero nada pueden ver, la oscuridad se lo impide. En ese momento vuelve a sentirse un leve estremecimiento, un pequeño sismo que dura varios segundos. Luego se escucha otra vez aquel ruido, como el desplome de algo. Por fin todo queda en calma, sólo el batir del viento rompe el silencio.
Ninguno de los hombres regresa a las carpas, todos permanecen expectantes, atentos a lo ocurrido, hasta que el día comienza a amagar con aclarar. Linterna en mano, los cuatro científicos se dirigen al lugar de donde había procedido el extraño ruido, y comprueban que es el mismo donde habían descubierto la grieta el día anterior. Sorprendidos, observan que la pared donde estaba la grieta se ha derrumbado y en su lugar ha quedado un hueco por el que fácilmente puede penetrar un hombre.
Zijjezty alumbra con su linterna el interior del hueco; pero nada se ve, sólo hielo y más hielo. El científico escribe en su libreta de notas la hora y el lugar, subrayando la frase “sismo de poca intensidad”.
Con la claridad del día, el geólogo y dos hombres penetran en el hueco. Pasan varios minutos hasta que su voz desde el interior llama al resto para que ingresen, anunciando que allí hay una caverna.
Todos se precipitan ansiosos para ver aquella extraña caverna en el corazón de hielo de la Antártica. Notan sus grandes dimensiones, pero nada anormal, sólo hielo por todas partes. Deciden trasladar las carpas hacia el interior de la caverna. Aplanan el hielo quitando algunos pedazos para poder ampliar la entrada y armarlas. Y allí están, resguardados de las tormentas y del intenso frío, pues en la caverna no se necesitaban guantes, al menos por algún tiempo.
Pasan dos semanas, y pese a que han buscado minuciosamente con los instrumentos más modernos por toda la caverna y en una amplia zona exterior, nada pueden descubrir. Deciden entonces pasar al otro lado de la montaña de hielo.
Algo desanimados, los cuatro científicos no pierden aún sus esperanzas de que algo encontrarán por los alrededores, al otro lado del monte Coman.
Varios días les lleva pasar, pero al otro lado les espera casi el mismo panorama: hielo y más hielo, con la diferencia de que en la nueva zona abundaban unos mogotes de hielo de diversos tamaños.
Arman las carpas bajo un mogote ancho que se inclinaba en forma de arco. En su interior la altura es suficiente para estar un hombre de pie. Como llevan tubos de aluminio que se pueden ensamblar unos con otros, hacen varias columnas a ambos lados del mogote y las forran con lonas. El espacio de que allí disponen es como el de una pequeña sala; y les parece un refugio ideal.
Más tarde emprenden algunos experimentos; hacen excavaciones en algunos lugares, pero nada nuevo encuentran. Y deciden explorar los alrededores. Simón y Runo, los que cargaban varios instrumentos, se dirigen hacia varios mogotes amontonados. Cada mogote es inspeccionado detenidamente y con un instrumento especial buscan en éstos señales que indiquen algo nuevo en la zona.
Pronto Simón y Runo se adelantan y dejan de ser vistos por el resto de los hombres cuando penetran tras unos mogotes. A ambos les llama la atención un mogote solo y alejado de los demás, que brilla con un tenue color azul pálido. Esto los decide averiguar por su cuenta, sin anunciar sus intenciones al resto del grupo.
Se acercan al mogote y notan que el pelo se le eriza y que una extraña atracción, como una fuerza invisible, los atrae hacia éste. Runo marcha delante, en su mano derecha lleva un hacha; Simón lo sigue a corta distancia, con un martillo de regular tamaño. Aquella extraña atracción hace que el brazo de Runo tiemble y se extienda hacia adelante sin que él pueda evitarlo. Una fuerza extraña le levanta el brazo en contra de su voluntad. De pronto, a sólo dos metros del mogote, el hacha se le escapa de la mano y pega contra el mogote, quedando adherida a éste.
Temeroso de aquel extraño fenómeno, Runo da un paso atrás y gira media vuelta quedando frente a Simón. Pero en ese mismo instante el martillo escapa de la mano de Simón y golpea con fuerza la frente de Runo, quien cae sobre el hielo, mientras el martillo sigue su curso y se adhiere, como el hacha, al mogote de hielo.
Runo, inmóvil sobre el hielo, derrama abundante sangre que brota de su frente. Simón, sumido en un intenso pánico, comienza a dar gritos. En pocos minutos todos los hombres llegan allí. Los médicos, Hess y Jeremías, comprueban que Runo está muerto.
La sospecha de un crimen cruza por la mente de todos. Miran a Simón con desconfianza. Simón, sentado, cubriéndose el rostro con las manos, tiembla asustado y dice:
—¡Yo no lo maté, les juro que no fui yo, el martillo se me escapó de la mano!
En ese mismo instante se escucha el grito del geólogo. Todos miran hacia el lugar. Zijjezty es arrastrado por una fuerza invisible hacia el mogote y en pocos segundos queda adherido a éste.
Todos miran incrédulos lo sucedido. Hess y Jeremías llegan al mogote para ayudar a bajar al geólogo, que permanece casi suspendido en el aire. Sus pies apenas tocan el hielo. No ha sufrido golpes ni magulladuras, pero por más esfuerzo que hagan, ambos médicos no pueden sacarlo de allí. Una fuerza descomunal les impide separar al científico del mogote, adherido por el hacha que lleva a la cintura. Entonces Hess le desabrocha el cinturón y entre ambos lo ayudan a bajar. Luego, utilizando una soga y reuniendo la fuerza de varios hombres, logran desprender el hacha con el cinturón y las otras dos herramientas. No tardan en regresar adonde yace el cadáver de Runo, lo cubren con una manta y lo llevan al campamento.
El Dr. Hess toma fotografías al cadáver, llena un formulario y transmite un mensaje vía satélite a las autoridades explicando lo sucedido. El cadáver de Runo es enterrado en el hielo; al final de la expedición lo regresarían al barco.
Todos están tristes por el trágico accidente. Pasan un día sin hacer nada, completamente desanimados. Al día siguiente, Ives Smith, el astrónomo, rompe el silencio y la inactividad:
—Señores, lamento mucho la pérdida de uno de nuestros hombres, pero aunque se haya cumplido la superstición sobre el Dios Blanco, la investigación tiene que continuar. Debo darles una buena noticia a pesar de la pena que todos sentimos por la muerte de Runo.
»¡Señores, mi teoría está confirmada! Estamos frente al aerolito que cayó en este lugar en la Era de los dinosaurios. Este aerolito es intensamente magnético y sólo Dios sabe el tamaño que tendrá. Llevaremos un pequeño pedazo para que lo analicen en el laboratorio y confirmen oficialmente mi teoría.
Tiempo después, utilizando herramientas de metal no magnético, logran romper el hielo y partir un pequeño pedazo del aerolito. En el campamento, cada hombre se dedica a examinarlo con una lupa. Todos están asombrados y se sienten privilegiados de ser los primeros seres humanos que tienen entre sus dedos un pedazo de un aerolito que cayó en la Tierra hace millones de años.
Sin embargo, mucho quedaba por hacer. Nada nuevo les llama la atención allí y deciden regresar a la caverna, pues Zijjezty insiste en que debe haber otra entrada, oculta por el hielo, que probablemente los conduzca a grandes sorpresas. El científico explica que ésta podría situarse en la parte izquierda de la entrada, por la configuración de la caverna. Todos acuerdan en regresar al día siguiente temprano en la mañana. Antes del amanecer ya han recogido las carpas y cada hombre con su bulto está listo para partir. Hacen una parihuela con los tubos de aluminio y una lona, donde llevarán el cadáver de Runo; y con el retorno de la luz se ponen en marcha hacia el otro lado del monte Coman.
Dos días y medio llevaban caminando. No han descansado lo suficiente, pero desean llegar cuanto antes a la caverna, pues el ambiente indica que se acerca una tormenta.
El regreso ha sido rápido, quedan apenas dos horas para llegar. Allá, distante en el horizonte, ya se divisa el lugar donde está la caverna. Entonces deciden caminar con más rapidez para llegar antes que la tormenta.
Tras una hora sin tomar descanso, de pronto escuchan aquel extraño ruido; se acerca hacia ellos procedente del lugar donde está la caverna. Zijjezty da la voz de alerta:
—¡Rápido, se acerca un sismo! ¡Amárrense unos a otros, estamos en zona peligrosa, el hielo donde estamos parados no es de confiar!
El temblor se intensifica; los hombres parecen bailar una danza extraña. Algunos ruedan sobre el hielo, otros están sentados, otros arrodillados, muy pocos quedan en pie. De repente, aquel crujido que parte del monte se acerca hacia ellos, el fuerte ruido va aumentando en intensidad.
—¡Rápido, todos colóquense hacia este lado! —grita Zijjezti.
El científico, por su vasta experiencia en este tipo de catástrofe, puede definir a tiempo cuál es la zona más segura sobre el hielo donde están parados, e insta a aquellos hombres que aún no han podido ponerse de pie para que lo hagan. Sólo tres de ellos: Nicolás, Theo e Isac, quedan sobre el hielo; han logrado amarrarse la soga a la cintura, pero aún están en la parte del hielo insegura según la opinión del sismólogo. Los tres intentan ponerse de pie, pero no pueden hacerlo. El resto de los hombres permanecen atados con sogas, uno con otro, y aunque sus cuerpos tiemblan no pierden el equilibrio y se mantienen en pie.
Entonces, una grieta en el hielo con ruido de mil demonios cruza frente a ellos separando a los tres hombres del grupo. Se va haciendo cada vez más ancha, el hielo se estremece a tal extremo que las sogas que amarran a los tres hombres quedan tensas. Están por caer al vacío, en un precipicio que parece infinito. Los tres se bamboleaban en el aire sujetándose de la soga a la vez que gritan aterrorizados. Por todas partes el hielo se levantaba en grandes pedazos desde las profundidades; en algunos sitios se hundía haciendo huecos muy profundos. Pero pasado el terremoto lograron subirlos a la superficie. Por suerte no sufrieron daño alguno, sólo pasaron un gran susto. Abrazan a sus compañeros por haberles salvado la vida.
Poco después continuaron la marcha. A mitad de camino comenzó azotarlos la tormenta de nieve, pero lograron llegar a la caverna antes que ésta se intensificase. Una vez dentro, armaron las carpas.
Como estaba oscureciendo, prepararon la cena y luego todos se acostaron a dormir. Necesitaban el descanso, estaban agotados. Al día siguiente continuarían la exploración dentro de la caverna.
Después de desayunar, el geólogo es el primero en salir de la carpa para seguir buscando aquella supuesta entrada secreta que conduciría a otra caverna. Se dirige hacia el lado izquierdo, con gran expectativa. A los pocos minutos se escuchan los gritos del científico llamando a todos para que se presenten. Cuando llegan, mudos por la sorpresa, ven a Zijjezty sentado sobre un bloque de hielo, rígido como una estatua, y frente a él cantidad de pedazos de hielo derrumbados de una pared por el sismo del día anterior dejan al descubierto la entrada a la otra caverna, mucho más grande en largo y en ancho.
Pero el asombro de todos no se debe sólo a esto; en aquella inmensa caverna hay una tenue claridad, misteriosa; nadie sabía de dónde proviene. Es como la luz de la luna, suave y débil, pero que permite ver con claridad cada detalle. El frío es menor comparado con el de la primera caverna.
Zijjezty explica entonces el porqué de aquella misteriosa claridad; dice que aquella caverna tiene las paredes ionizadas debido al intenso campo magnético al que han estado sometidas, que las paredes polarizadas son las que producen la electro-luminiscencia por la corriente de iones que se desplaza en ellas creando aquella suave claridad.
Fascinados por el nuevo hallazgo, todos penetran en la segunda caverna para quedar otra vez sorprendidos por el espectáculo increíble que aparece ante sus ojos. Ninguno puede creer lo que está viendo.
Dentro de grandes bloques de hielo están los cadáveres de dos mamuts en perfecto estado de conservación y plantas muy raras de distintas especies que conservan aún su verdor. Ven una libélula gigante a la que le faltaba un ala, un ratón de gran tamaño, varios mosquitos gigantes, tres cucarachas casi igual que las actuales, de mayor tamaño, y otros pequeños animales e insectos.
Todos están fascinados, incrédulos, maravillados por el descubrimiento. Ninguno puede articular palabra. Caminan lentos, incrédulos mirando. El paleontólogo Holmes está inmensamente feliz, su teoría está confirmada, allí están las pruebas que le darán el triunfo.
Holmes, Hess y Jeremías caminan juntos, pero ninguno de ellos habla; el impacto por la gran sorpresa recibida los enmudece. Se desvían por un estrecho pasillo que al parecer conduce hacia otra parte de la caverna. Cuando llegan al final del trayecto algo los enmudece aún más, un espectáculo jamás visto por un ser humano. En aquel espacioso lugar están los cadáveres de hombres y mujeres, seres humanos conservados en perfecto estado dentro del hielo milenario, los primeros habitantes del planeta.
Holmes queda estupefacto por la conmoción de confirmar su teoría. Los tres hombres se llevan las manos a la cara y se ven obligados a sentarse, tanta es la significación que tiene para ellos y el mundo aquel descubrimiento.
Repuestos un poco de aquel tremendo impacto emocional, comienzan a observar de cerca a los cadáveres. Los cinco científicos y el resto de los hombres que los acompañan, ya más calmos, al fin pueden hablar. Hess es el primero:
—Señores, esto no es un sueño, ¡es una realidad lo que estamos viendo! El mundo se revolucionará con este descubrimiento, que nos pertenece única y exclusivamente a nosotros. Estoy seguro de que el mundo cambiará a partir de este momento; el tiempo me dará la razón.
Más tarde el equipo médico regresa al lugar con avanzados instrumentos. Hess y Jeremías tienen a su disposición todo lo necesario para hacer aquel trabajo tan importante que el Dr. Hess quería realizar con sumo cuidado.
Al quedar solos, ponen manos a la obra en la difícil tarea. Y poco a poco, con el pasar de los días, lentamente avanzan hasta terminar el trabajo.
El delicado trabajo realizado en aquella caverna les lleva cerca de dos semanas, al cabo de las cuales dan por terminada su estancia en la Antártica. Todos los cuerpos humanos han sido estudiados, uno por uno, así como los de los animales, insectos y plantas.
Las pruebas que llevarán al mundo científico y al resto de la humanidad es más que suficiente para convencer al más incrédulo. Han tomado muestras de los cadáveres humanos, de los animales, las plantas y los insectos. Han grabado videos y tomado fotografías digitales, planas y en tres dimensiones. Son pruebas reales, palpables y convincentes que lo dicen todo.
El Dr. Hess ha pedido vía satélite equipos especiales para que el barco conserve a temperatura ambiental las muestras de los cadáveres, tal como la que existía en el lugar donde fueron recogidas.
También un helicóptero para que, luego de aterrizar en una zona propicia sin que la nave se vea afectada por el intenso campo magnético, recoja las muestras obtenidas y las lleve a El Galileo para su conservación.
El regreso se complica; varias tormentas los afectan durante el viaje. Están a punto de perder un importante equipo médico, pero con mucho esfuerzo y sagacidad logran recuperarlo.
En el barco los espera la prensa internacional, la televisión y la radio. Hay comitivas de los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, Suecia, Holanda, Rusia, Japón, Argentina, España, China y otros países.
La celebración por el gran descubrimiento no tiene precedente. Los científicos de la expedición se comunican con sus familiares. Los parientes de Runo se llevan el cadáver a su país de origen.
La prensa mundial destaca en primera plana el increíble hallazgo. Todos quieren conocer más cerca a los cuatro científicos. Muchos jóvenes en las universidades alrededor del mundo cambian el rumbo de sus estudios; los que nunca pensaron en ser científicos ahora quieren serlo.
Las fotografías y videos de animales y plantas encontrados en la caverna de hielo son exhibidas en el mundo entero. De los cuerpos humanos, sólo la cara de uno es mostrada al público. Continuará Eudelio Pérez, 2009
La ilustración mostrada en este artículo es propiedad de Ramón Siverio, © 2009, todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción sin el permiso expreso de Ramón Siverio.
El autor Eudelio Pérez (1935) es cubano-americano. Ha escrito cinco libros, dos de ellos para niños, con ilustraciones a color. En sus obras para adultos procura mezclar los temas más relevantes de la situación mundial con ingredientes de fantasía. Podemos destacar: El hijo del tiempo (2006) es una historia con muchos puntos en común con El cavernícola. Se agota el petróleo en el mundo y un extraño ser dotado de una inteligencia superior tiene la solución a los problemas energéticos de la humanidad. Cuatro historias inéditas (2007) narra cuatro historias diferentes con un tema en común, aquello que el ser humano respeta y no se atreve a desafiar: el más allá, la magia negra y la ciencia en manos de hombres con ancestros malévolos y crueles, el horror. Seis cuentos cubanos (2007) es una antología de seis cuentos que relatan capítulos reales de la historia de Cuba con un revestimiento de fantasía. Aquí hay una descripción más completa de estas obras. Además, Eudelio Pérez ha puesto en 2009 a disposición del público toda su obra en Lulu.com. Se trata de los libros: - Historia de un Guajiro Cubano
- Los escarabajos de Al Qaeda y El castigo de Hitler
- Cubacuentos
- Cuatro cuentos infantiles
- Doble terror
Todos ellos se pueden comprar en la página del autor en Lulu.com
El ilustrador Ramón Antonio Siverio Cruz, que firma sus obras como Ramón Siverio, es artista plástico, diseñador gráfico, dibujante de cómics, ilustrador, videoasta y animador 3D. Vive en Tocuyito, Estado Carabobo, Venezuela, con una madre, un hermano y dos perras (Mancha y Negra). Aparte de sus trabajos remunerados, ha colaborado desinteresadamente con diversas revistas de Internet.
Enlaces donde se puede apreciar su obra y lo que la rodea:
Siguiente entrega: El cavernícola (segunda parte) Ver también: Cómo se hizo la ilustración de la primera parte de “El Cavernícola” de Eudelio Pérez Add as favourites (2) | Cite este artículo en su sitio | Views: 3125
1. Gracias por este gran honor Escrito por
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
, el 09-05-2009 03:08 Estimado Federico y Eudelio: Gracias por este gran honor que me han brindado. La publicación está bien diagramada y bien cuidada. Gracias Eva por tu estupendo trabajo. Espero poder seguir colaborando con ustedes en futuras oportunidades. Cosas como estas son las que me hacen sentir que trabajo con la mejor gente del mundo. Un abrazo fraterno. Ramón Siverio |
2. me gusto mucho primo Escrito por
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
, el 13-05-2009 06:22 Eudelio estos cuentos de ficcion estan super te felisito.La portada espectacular,saludos juana maria  |
|
- Por favor, mantenga el tópico de los mensajes en relevancia con el tema del artículo.
- Lenguaje inapropiado será borrado.
- Por favor, no use los comentarios para promocionar su sitio, ese tipo de mensajes serán removidos.
- Aségurse de *Recargar* la página para mostrar un nuevo código de seguridad antes de cliquear 'Enviar', en caso de haber ingresado un código incorrecto.
|
Powered by AkoComment Tweaked Special Edition v.1.4.6 AkoComment © Copyright 2004 by Arthur Konze - www.mamboportal.com All right reserved |