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Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 9) - M.C. Carper Imprimir E-Mail
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Ficciones - Novela: Enfrentamientos de los Dioses
Escrito por Hari Seldon   
martes, 12 de mayo de 2009

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos - M. C. Carper

 

 

9. VISITA INESPERADA

 

Durante las tardes, La Mansión Krebs era receptora de misivas interplanetarias de la Galnet. Los robots domésticos, comandados por la unidad inteligente de la casa, organizaban toda la actividad epistolar en prioridades debidamente especificadas por la duquesa y su esposo. Los intereses de los Krebs eran supervisados analíticamente. Encabezando la lista de recordatorios estaban los de enviar un presente al Administrador de los anillos de asteroides en Lagorn y la limpieza de los reactores de dos lujosos yates orbitales.
El sol ciniano se había puesto hacía dos horas. Ernesto Krebs se vistió con prendas más cómodas, una camisa de pana café con leche y pantalones de lino blanco con mocasines grises.
Se sentó en el living, en su sillón preferido, mientras Claudia programaba la cena con la Ama de Llaves androide. El robot de aspecto femenino evaluó los condicionantes de estado físico y mental de Ernesto y luego analizó la dieta nutricional que estaba siguiendo. En segundos ofreció a Claudia cuatro posibles menús para esa noche.
La chica pandioresa escogió y ordenó también dos cócteles de frutas.
Caminó hacia su marido y se sentó en uno de los brazos del sillón.
—¿Ernie? —lo llamó al verlo absorto ante el holovisor—. Tu jugo.
—Gracias, linda —bebió un sorbo y dijo al aparato—: Aumenta dos puntos el volumen.
El holovisor obedeció. El periodista de la I.T.E.C. tenía el rostro más pétreo que de costumbre.
…nadie contempla cómo pudo acaecer este hecho. Hoy, once familias están de duelo, afligidas por el asesinato “legal” de sus parientes a manos de Monseñor Red Finsen. La Red de comunicaciones está congestionada por protestas contra el biomecánico y la impunidad que ostenta ante nuestra ley.
—¡Once duelos! —exclamó Claudia, los ojos cafés se abrieron dando un cariz sensual al rostro suave y ovalado.
—Sí. Once muertos —Ernesto apartó el cóctel hacia una mesita ratona, una antigüedad de Sirio—. Muchos, gente conocida e influyente en el Consejo. Cush Dodanim me dijo que fueron inducidos psíquicamente por el Hechicero Rojo.
—Es posible —murmuró ella controlando sus emociones al oír el nombre del jhaeliano.
—¿Por qué lo dices?
—Bueno, sabes que los del Ytenve Hogar se educan para controlar la mente, para ellos es una prioridad, mucho más que una ciencia. —Claudia se mordió el labio inferior haciendo memoria de las lecciones de su niñez—. Los seiyones subestimaron a los humanos, al cerebro de éstos. Ellos creían que su parte robot era el peldaño siguiente en la evolución de los organismos basados en el carbono. Nadie sabe realmente si Sálvat era un paranormal, pero sus colaboradores lo eran, en su mayoría. La derrota de Dynektrom se basó en la subestimación de la gente del “Conjunto”, la antigua logia jhaeliana. Sólo Finsen dio importancia a los psíquicos, pues era el único seiyón que analizaba científicamente a los humanos.
—Y ahora nos odia —se dijo Ernesto—. Sin embargo, hay una cosa que no cuadra. Es un pésimo político. Tras una exitosa exposición en la Cámara de los Genéticos arruina su imagen ante el público en general. No logro pronosticar su accionar... no sé...
—¿Qué hay en tu agenda para mañana?
—Reunión del gabinete, con Finsen.
Claudia entregó sus aros al androide doméstico y rodeó con los brazos el cuello de su marido.
—Relájate —le besó la mejilla—. Prepararé la alcoba con los emulsores de iones y los ambientadores de bandas soporíferas.
Se disponía a hacerlo cuando sonó el portero automático de la entrada Principal.
—¿Quién? —dijo Ernesto.
—¿Y a esta hora?
El primer Consejero de la Multicorp atisbó un breve segundo el video portero y pulsó a regañadientes el desactivador de seguridad.
Desde el pasillo que comunicaba con el sobrio Living de los Krebs, llegó el rumor de las pisadas del misterioso visitante. Ernesto no disimuló su expresión de disgusto cuando lo vio entrar.
—Realmente, su visita era lo último que me hubiese imaginado. —Dijo el Consejero Krebs.
—Usted y yo tenemos intereses comunes en la Galaxia —replicó Red Finsen, pidiendo autorización con un gesto para ingresar. Krebs se encogió de hombros acabando su bebida. El seiyón se dejó caer en un sillón gemelo coronado por una pintura en acrílico de un paisaje yumixita, una barcaza en un arroyo cristalino con el lecho de piedras multicolores. El barquero yumixita conservaba un inquietante parecido con un crustáceo de oscura tez, pero sin duda inofensiva.
Claudia temió que el sillón no soportase el peso del seiyón.
—¡Ah, Yumix! —exclamó el biomecanoide mirando el cuadro—. Tenemos corredores operando allí, están en La Elipse opuesta de la Galaxia.
—Son muy conservadores, como Ulinis y Esclipsia —replicó Ernesto Krebs.
—Como Cinia... —acotó el seiyón.
—¿Qué desea, Finsen? —dijo Ernesto.
El seiyón iba a contestar, pero en ese momento reparó en la duquesa, indagó con los ojos biomecánicos a la mujer. Fue una mirada extraña; a Claudia se le antojo lasciva degradante.
—¿Es imperativo que la duquesa esté presente? —dijo Finsen.
—Pertenezco a la Comisión Sociocultural, Monseñor —retrucó Claudia—. Podría ser instructivo lo que pueda oír, para ellos.
—¡Perfecto! Nada tengo que ocultar.
Todo lo contrario, sonrió la duquesa. Estás cubriendo tu asqueroso ser con todos los medios de que dispones.
—No me demoraré con rodeos. Los últimos momentos de la Monarquía Genética están llegando a su inevitable culminación. Sabbathco anexará... no, absorberá a la Multicorp. Si no contamos con el auxilio de un profesional con conocimientos, viviremos un periodo de caos general que no beneficiará a nadie.
—¿Debo entender que me ofrece un puesto bajo su jurisdicción? —Ernesto miró de reojo a su esposa y ella le hizo un gesto de sarcástica admiración. No lo entendía del todo, pero sentía una creciente antipatía por el visitante. Se preguntó si no se vería afectada por una telepatía rudimentaria, como aquellos ejercicios en la Universidad de Pandior. Sospechó que el visitante, tal vez, sí podía indagar en sus pensamientos.
Esta mujer es una influencia negativa, se inquietó el último seiyón. Percibo una perturbadora energía emanante de ella.
¿Quién es esta mujer?
—Persigo la paz, Consejero Krebs. Supongo que coincidimos —aseguró el seiyón.
—No lo creo —dijo Ernesto clavando su mirada celeste en su interlocutor—. Su inútil demostración de ego, esta tarde, me distancia de cualquier tipo de alianza con usted.
—¡Es admirable! Pero yo sólo defendí mi titulo y mi nombre.
—¿Dónde obtuvo su título, Monseñor? —dijo burlonamente Claudia.
—Los foornaxios me condecoraron por mis logros financieros en su planeta —contestó Finsen, evidentemente molesto.
—Hhmm. He leído que con ayuda de la biotecnología uno puede reemplazar genes imperfectos por otros óptimos. De ese modo hoy en día cualquier criatura podría ingresar en la selección genética. ¿No es así?
Ernesto Krebs observó impávido a su mujer, desafiaba al biomecánico abiertamente. Su decisión de participar en la conversación no era habitual. Siempre prefería alejarse, dejar esos temas a otros. En todos los años vividos juntos no la había visto resolverse así; y menos aún ante un tipo como el que ahora le hablaba. Sintió hacia ella una mezcla de admiración, preocupación y recelo.
¡Por Dimán! Esta no es del Ytenve Hogar, ni de la Multicorp. Mi señor no me advirtió sobre ella, se intranquilizó Finsen. Azuzaré a mis agentes para que la investiguen.
—No entiendo a qué se refiere —dijo.
—¿No? —Claudia Monteagudo Krebs arrugó la amplia frente y peinó su ondulada cascada de cabello oscuro—. Creía que los seiyones habían desarrollado su intelecto por medios cibernéticos.
—¡¿Qué sabe de mi raza?! —exhaló el Hechicero Rojo.
La mujer se recostó en el sencillo bar frente a su huésped y sorbió unos tragos de un suave licor cristalino.
—Sé que estaban comprometidos por honor a terminar con su vida si fracasaban —continuó ella—. Cuando Sálvat los derrotó y todos sus congéneres se auto eliminaron… ¿por qué usted no participó en ese acto?
—Esas son historias de ociosos. ¡Fábulas!
Esta perra es realmente peligrosa. Debí prepararme antes. Alguno de mis inútiles informantes la subestimó, lo haré pagar su error.
Es extraño, pero debo saber interpretar esto. Se me advirtió sobre Krebs, el viejo Von Essger y dos jóvenes jhaelianos: Danyl y Cush Dodanim, que podrían ser herederos del maldito Sálvat. Por vía genética se crean copias, se supone que se adaptan y mejoran. Dejemos que esta ramera piense, su mente me dirá quién es en realidad.
 
Imagen de Enfrentamientos de los Dioses de M. C. Carper
 
Ernesto cayó en la cuenta de que había pasado a ser sólo un observador; su esposa y el Director de Sabbathco se lanzaban estocadas verbales haciendo caso omiso de su presencia.
—Yo sé lo que es una fábula —dijo ella levantando una comisura de los labios—. Hay detalles sutiles que las mujeres descubrimos con más facilidad que los hombres. No me engañas, tú no eres biomecánico.
El cuerpo del seiyón se tensó. Por un momento pareció que iba a saltar sobre Claudia. Lo más extraño del caso era que comenzaba a sentir una irresistible atracción hacia la mujer que osaba desafiarlo, sus ojos biomecánicos hacían un poderoso esfuerzo para no recorrer las líneas del cuerpo femenino.
Debo derrumbar a esta mujerzuela, se ha pasado de la raya.
—He notado cómo me observas —la duquesa de Pandior se encendió de ira—. No puedes ocultarme tu asquerosa personalidad. Muchas personas aún recuerdan lo que es un seiyón, un mutante de cuerpo atrofiado e inservible que sobrevive en simbiosis con un cuerpo de robot. ¡Y tú eres un desgraciado impotente que exhibes tu falso cuerpo biomecánico, pero no consigues ocultar que eres una larva!
Finsen se envaró, su altura era apenas superior a la duquesa. Observó los hermosos y profundos ojos color café, ya los había visto antes, hacía más de tres mil años.
¡Pero se supone que Dodanim tiene el ADN de Sálvat! ¿Cómo puede ser? Siento la presencia de mi odiado enemigo en esta mujer. ¿Cómo? ¡Acaba de pensar en Dodanim! ¡Ahora entiendo!
—Ambos ocultamos cosas, mujerzuela. Yo no me arrastro bajo las sabanas de viriles jhaelianos mientras mi cónyuge se desvela tratando de salvar un gobierno agonizante.
—¡Maldita rata de Dimán! ¡Fuera de mi casa! —estalló Claudia. En ese momento sintió que un abismo se abría bajo ella. No importaba cómo sabía el seiyón de su estupidez con Cush, pero ahí estaba Ernesto con la acusación vibrando en el aire.
—¡Sabrás de mí, prostituta! —amenazó el Hechicero Rojo—. Todos los tuyos pagarán por tus palabras.
—Vete ya, me causas asco.
Claudia Monteagudo de Pandior siguió con mirada furibunda la salida del último seiyón. La inculpación se repetía en su mente una y otra vez en un eco interminable, no pudo mirar a su marido a los ojos y se encaminó sola a la alcoba matrimonial.

Ernesto Krebs no dijo nada, siguió pensativo toda esa noche. Desolado, carente de fuerzas para levantarse del sillón. Se animaba tras largos momentos a llenar su copa. En la oscuridad y el silencio, una angustia incontable quebró su corazón en mil pedazos. Se dio cuenta de que no era tan fuerte; intentó cerrar los ojos y desaparecer en la dimensión de los sueños, pero fracasó.
 
 

 

El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper

 

Leer el capítulo siguiente (10. Sabotaje mental) 

Leer todos los capítulos

 

Sobre el autor: M.C. Carper

 

 

 


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