Inicio arrow Relatos y novelas arrow EDLD arrow Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 10) - M.C. Carper
Portal de Ciencia Ficción

Menú principal
Inicio
Artículos
Noticias
Novedades
Reseñas
Relatos y novelas
CiFipedia
Productos
Mapa del sitio
Productos
Libros
Merchandising
Películas y series
Utilidades
Buscar en este sitio
Foros
Suscríbete. Feeds
Webs de interés
Publica en este sitio
Enviar noticia
Descargas
Contacto
Quiénes somos
Términos y condiciones
Política de privacidad
Anúnciese con nosotros

SINDÍCATE

RSS 2.0
 
Suscríbete con FeedBurner


COMPARTE ESTE ARTÍCULO

 

LIBRERÍAS RECOMENDADAS

Banner cyberdark.net
 
Casa del Libro
 
 
EDITORIALES COLABORADORAS
 
Logo de Alkubia
Logo de AJEC
Logo de Por la tangente
Logo de Parnaso
Logo de La Factoría de Ideas
Logo de VíaMagna
Logo de Neverland
Logo de Nowevolution
Logo de Ediciones Evohé
Estadísticas
OS: Linux n
PHP: 5.1.6
MySQL: 5.0.77
Hora: 05:48
Caching: Enabled
GZIP: Enabled
Usuarios: 278
Noticias: 3380
Enlaces: 196
Visitantes: 5435144

Directorios

Bienvenid@ a nuestro portal
GIF mitad 468x60


Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 10) - M.C. Carper Imprimir E-Mail
Calificación del usuario: / 2
MaloBueno 
Ficciones - Novela: Enfrentamientos de los Dioses
Escrito por Hari Seldon   
domingo, 24 de mayo de 2009

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos - M. C. Carper

 

 

10. SABOTAJE MENTAL

 

El día había comenzado normalmente. La estrella G Tres asomaba entre los áticos de Las Torres Trillizas del Complejo de Embajadas. Bajo un cielo celeste pálido, los Centros de Control del Clima absorbieron las nubes aquella mañana. En el horizonte nocturno aún titilaban los destellos de los espejos orbitales que iluminaban Cinia con un ahorro absoluto de energía. La Ciudad se desperezaba lentamente, mientras las avenidas continuaban protegidas por las sombras de los enormes edificios y los árboles de los parques artesanales.
Ernesto Krebs pilotó su aerosport a escasos metros de Las Terrazas del Country Polideportivo de los Genéticos. Había estado dando vueltas la última hora, intentando ordenar sus pensamientos.
El vehículo era un modelo nuevo, de color blanco, con prestaciones asombrosas que facilitaban sus funciones. En numerosas ocasiones se había comportado como un auxilio muy apreciado. Era el modelo Ochocientos tres GTB-KL Cuatro, con sistema automático inteligente; su esposa había escogido el color.     
Claudia…
¿Sería posible? ¿Por qué? ¿En qué había fallado? ¿Qué había visto en…? ¿Por qué?
Pensó cuántas veces se había hecho aquella pregunta. ¿Cien? ¿Mil? Sus tristes ojos siguieron el recorrido de una solitaria Aseadora de smog.
¡Qué inactiva está la ciudad hoy!
Trazó un círculo rodeando el Museo Nacional, un edificio de numerosas terrazas ambarinas con tres niveles de estacionamiento, ahora casi vacías.
¡Es raro que ningún contingente haya llegado al museo!
No obstante, todos sus esfuerzos eran en vano, no lograba concentrarse. Esperaba que, al llegar a la Multicorp, su mente se abarrotara de problemas políticos y así evadirse.
Claudia…
Sobrevoló el Ytenve Hogar y divisó la torre de la Multicorp ciniana. El edificio era una ciclópea pirámide truncada coronada por una torre de inmensas proporciones, el distintivo de la Multiplanetaria y el escudo ciniano abarcaban la pared con un gigantograma de fluorescentes colores.
Activó el aterrizaje automático e intentó relajarse una vez más, el asiento contaba con un sistema de masajes relajantes que resultaron totalmente inútiles.
El Ochocientos tres GTB se acomodó en el espacioso estacionamiento. Eso era extraño en verdad, con la reunión prevista tendría que haber una muchedumbre de periodistas y de aduladores oficiales.
¡Sólo hay cinco vehículos!
Miró el reloj.
Seis y diez.
Tomó el sobretodo y se apeó del aerosport, su mente lo traicionó otra vez y volvió a pensar en su mujer.
 
Ilustración de Enfrentamientos de los Dioses - M.C. Carper
 
De una cosa estoy seguro: sea lo que sea, no puedo evitar amarla más que nada en este universo.
Como saliendo de un sueño se dio cuenta que había cruzado la entrada al hall de atención pública; las oficinas aún se hallaban inactivas. Sólo dos robots multiuso limpiaban, por segunda o tercera vez, el lustroso piso. Enfrente, en pulcro orden, estaban los elevadores. El único guardia visible se erguía rígido a la entrada del Ascensor Preferencial. Al llegar a su lado lo saludó marcialmente, pero el guardia no reaccionó ante su presencia, siguió petrificado con su vista clavada en la nada. El Primer Consejero entró al compartimiento, sorprendido por esa actitud, ese no era su mejor día y no tenía ningún ánimo para recordarle a aquel mentecato cómo conservar las formas ante un alto funcionario de la Multicorp.
Ya en el piso del Directorio adoptó una actitud profesional y disimuló con gran esfuerzo su humor. Cruzó los paneles deslizantes de seguridad y se desconcertó al no encontrarse con las recepcionistas.
¿Dónde estarán Julia e Isabel?
Tampoco estaba Marta, su asistente, ni la secretaria de Wolfgang.
Se disponía a utilizar su comunicador de pulsera para avisar a seguridad cuando oyó un golpe seco seguido por el gimoteo de un niño, o eso le pareció.
Provenía de su propia oficina.
La puerta automática se deslizó ante él. Sigilosamente avanzó hacia el interior, no tardó en notar un desorden de tarjetas y botones de almacenamiento sobre la alfombra. Ante un gabinete informático, dos sillas se hallaban trabadas ingeniosamente con las patas para arriba, las ruedas aún giraban con enérgica inercia.
Dio dos pasos y vio al hombre acuclillado sobre las tarjetas de software desparramadas. De aspecto desaliñado, se hamacaba al compás de un balbuceo incoherente y con un hilo de baba resbalando por el mentón, una plateada línea hasta las piernas.
Ernesto Krebs lo tomó de la barbilla y miró sus ojos, la mirada de una criatura con un evidente retraso mental.
Era Wolfgang Primero, Titular de La Multicorp Genética Corporativa; era una macabra pesadilla.
Su instinto lo llevó hacia la caja fuerte empotrada en una columna, la abrió y sacó una “Growning Willard” de microondas. Sentir la cromada culata en su mano le infundió un valor que había perdido. Mirando al demente que antes fuera el primer mandatario del mundo, evaluó las posibilidades que tenía de salir ileso de ahí.
Alguien habría advertido su llegada. De improviso oyó un ruido. ¡Algo se había caído en la habitación contigua! Algo macizo.
Con su pistola activada para cargar las baterías se acercó a la abertura de La Sala de Reuniones. La enorme mesa con doce sillas y terminales de computadora brillaba a causa de los haces de luz entre los ventanales de gradación cromática, el proceso se habría interrumpido y por eso los cristales lucían franjas ambarinas o cristalinas en desordenada frecuencia.
El ciniano se animó. Adelantándose dentro de la estancia, mantuvo la espalda contra los cuadros holográficos que adornaban las paredes y así descubrió junto a un gran florero un videófono celular caído, la luz de una llamada interrumpida no dejaba de parpadear. De dos zancadas se ubicó frente al otro florero, con el índice a punto para lanzar una ráfaga.
Oculto tras las flores violáceas estaba un robot semejante a una araña de seis patas y dos brazos. El cuerpo parecía la unión de dos platos por la parte ancha, dejando un espacio oscuro tachonado de lucecillas. La superficie estaba cubierta de paneles funcionales y unidades sensoras, resaltaba entre éstas una cámara último modelo. Estaba muy chamuscado, como si lo hubiesen rociado con un lanzallamas.
Uno de sus brazos trataba de cubrir su existencia de un inminente ataque.
—¿Quién demonios eres tú? —preguntó el humano.
La unidad se arrastró con dificultad hacia una terminal y se conectó por medio de un cable. Otra extensión se enchufó a una toma de energía, el robot tenía las baterías casi agotadas.
 
Ilustración de Ernesto Krebs y P.L.P.S. - EDLD
 
En el monitor aparecieron palabras.
—Mi denominación es P.L.P.S. soy un periodista para línea de Programas Siderales, estaba asignado como auxiliar de Sheila Summer.
—¡¿Vienes de Kora?! —exclamó el político.
—Mis órdenes eran compilar y traer información sobre todo lo referente al Hiperpuente y a los rumores sobre una armada de combate privada de Sabbathco.
—¿Qué descubriste?
—Los rumores eran ciertos, tengo todo registrado en mi memoria.
En el monitor se vieron imágenes de los cruceros biomecánicos en el Astillero de Sabbathco.
—Aún no han instalado los impulsores a estas naves, una ventaja que podría aprovecharse. Eso opinaba Sheila.
—¿Dónde está ella ahora, P.L.?
—Registré cómo volatilizaban su nave, puedo mostrárselo.
—Pero... ¿Cómo llegaste hasta aquí?
—Amarrado al Cruz de Espinas, la nave de Red Finsen. Tenía la prioridad de hallarlo a usted. Fue dificultoso, pero conseguí llegar.
Algo alertó a Ernesto. Admiró al aparato por la devoción de viajar esas distancias espaciales, pero a la vez cayó en la cuenta de lo inefable que era ubicar ahí a un robot de reportaje, conociendo la compleja red de seguridad con que contaba el edificio.
A no ser que...
—¿Cómo entraste aquí? ¿A la Multicorp?
—Trepé por la pared exterior.
—Son ciento treinta y tres pisos, P.L. ¿Nadie te interceptó?
—No detecté mucha actividad aquí, la gente está sugestionada o en el mismo estado que el hombre de la oficina contigua.
—¡Jhael! —suspiró el Consejero.
De repente todas las luces del robotito se encendieron.
—¡Alerta! ¡Alerta! Se aproximan tres desconocidos desde el este, a diez metros.
Ernesto Krebs tomó una tarjeta del bolsillo superior del sobretodo, un destello de oro hizo guiños entre sus dedos.
—¿Tu unidad grabadora es funcional?
—Un cien por cien.
—Muy bien.

Monseñor Finsen caminaba con paso enérgico secundado por dos soldados simbionéticos, vulgarmente llamados Legionarios Zombie. Eran básicamente cuerpos de organismos biológicos moribundos a los que se les reemplazaban las partes inservibles por partes cibernéticas y se les adosaba una placa controladora al cerebro, dirigida a distancia por el capitán de una sección completa; como robots en simbiosis con carne y sangre. Obedientes más allá de la muerte y absolutamente descartables.
El seiyón desplazó con violencia los paneles deslizantes y pisoteó con desdén el alfombrado suelo del Directorio de la Multicorp. Los simbionéticos penetraron con las armas dispuestas al despacho de Krebs.
En posición fetal, con el pulgar derecho en su boca, yacía Wolfgang. El Hechicero Rojo ordenó con un ademán a sus hombres que investigarán el salón siguiente.
El rayo de microondas derritió el brazo acorazado de uno de los Legionarios Zombie. Ernesto no logró abrir fuego contra el otro, que con precisa puntería destruyó su Growning Willard.
El ciniano se tomó la mano entumecida.
—¡Finsen! —exclamó—. Debes estar loco si imaginas que vencerás.
—¿Loco? —replicó con ironía el seiyón—. Locos están todos los funcionarios de este edificio, los del Departamento de Defensa y la mayoría de Los Jefes de las Fuerzas bélicas del planeta.
—¿Usted es el responsable?
—Durante siglos he estudiado la mente orgánica, hay medios para sondear y retocar los cerebros. Mi señor me ha legado ese poder, ahora Cinia esta inerme.
—Es una violación al Estado, originará el caos.
—¡No! Yo soy el Estado ahora. Yo dictaré las leyes y pisotearé a los humanos mientras gimotean clemencia. —Activó el cromatizador de los ventanales para poder visualizar una panorámica de la ciudad y la línea azul del Océano Ulniano en el horizonte—. Antes te ofrecí una chance para salvar una mínima porción de esto, ahora eso es historia.
—Cinia continuará por la raza humana.
—Todo se termina, Krebs —dijo el último seiyón—, pero no soy emisario de intereses mortales como tú, fui enviado aquí por la profecía.
—¿Qué?
—Los Jhaelianos lo olvidaron. Ahora están huérfanos, sin sus padrinos. Es la hora del Regreso del Señor de este Mundo, él ha percibido la aparición de su otro yo en este planeta. Hace tres mil años, desde la fundación de Cinia, que aguardamos. Sumándole los dos milenios que vagamos por el espacio prisioneros de Sálvat, son cinco mil. Tenemos un margen de tres o cuatro años de error desde el año sesenta y cuatro. ¿Pero qué hago hablando de esto con un simple mortal que no ve más allá del horizonte de la Multicorp, un escéptico atrapado en patéticos conceptos de espacio y tiempo?
—Subestimas los medios de los seres libres. Tu plan no puede carecer de fallos; así pensaban tus iguales en los tiempos de Sálvat.
Los simbionéticos sujetaron al ciniano por los brazos.
—¿A qué se debe esa confianza repentina? —silabeó el cyborg sondeando la mente de su interlocutor. Los ojos biomecánicos enfocaron los ventanales y se detuvieron en un orificio cuadrado del que colgaba un panel por una esquina.
Finsen se dirigió hacia la abertura, el viento se colaba desde fuera. Apoyó sus manazas en la repisa de cristal y sacó medio cuerpo al exterior.
Unos ojos humanos no lo hubieran descubierto. Si hubiera podido sonreír lo hubiese hecho. Desenfundó la pistola artesanal y disparó a unos cientos de metros más abajo. Dos patitas de P.L.P.S. se chamuscaron desprendiéndose de la cornisa a la que se sujetaban. El cuerpo del robotito se balanceó tomado sólo por una pinza, agitado por la ventisca. Otro proyectil destruyó aquel último punto de apoyo y el robot se precipitó en una caída de cientos de metros.
El biomecanoide se volvió triunfante hacia Krebs.
—¿En eso basas tus esperanzas? ¿En un robot cámara? —se dirigió a los zombies—: Llévenlo a mi nave.
Red Finsen se sintió pletórico de posibilidades: su revancha sería ejecutada en minutos y a cambio de los jhaelianos heredaría el mando de la galaxia y un regalo exclusivo para él, su mayor anhelo, prometido por Dimán si alcanzaba el triunfo.

Rebotando por las paredes inclinadas de la sede de la Multicorp, el robot periodista se abollaba y en ocasiones lo envolvían lluvias de chispas. Su tortura duró unos minutos, los mecanismos internos le anunciaban de daños en numerosos periféricos. Por suerte, el ángulo de la pared no era muy acentuado y suavizó la caída del aparato.
Luego dejó de sentir el edificio y quedó girando en el vacío.
Golpeó fuertemente contra el tronco de un grueso árbol. Dos minutos le tomó evaluar su condición. Se levantó descubriendo que dos de sus patas estaban inutilizadas.
Así, a paso lento, se alejó calle abajo.
 

El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper

 

Leer el capítulo 11: El sitio al planeta (capítulo siguiente)

Leer todos los capítulos

Sobre el autor: M.C. Carper

 

 

 


Add as favourites (3) | Cite este artículo en su sitio | Views: 511

  Sea el primero en comentar el artículo
RSS de los comentarios

Escribir Comentario
  • Por favor, mantenga el tópico de los mensajes en relevancia con el tema del artículo.
  • Lenguaje inapropiado será borrado.
  • Por favor, no use los comentarios para promocionar su sitio, ese tipo de mensajes serán removidos.
  • Aségurse de *Recargar* la página para mostrar un nuevo código de seguridad antes de cliquear 'Enviar', en caso de haber ingresado un código incorrecto.
Nombre:
E-mail
Sitio Web
Título:
BBCode:Web AddressEmail AddressBold TextItalic TextUnderlined TextQuoteCodeOpen ListList ItemClose List
Comentario:



Código:* Code
I wish being prevented by email of the comments which will follow

Powered by AkoComment Tweaked Special Edition v.1.4.6
AkoComment © Copyright 2004 by Arthur Konze - www.mamboportal.com
All right reserved

 
< Anterior   Siguiente >

Usuarios





¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí
Hay 22 invitados y 1 usuario en línea

Advertisement