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Selector de frecuencias (libro 2, capítulo 4) - Alexis Brito Delgado Imprimir E-Mail
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Ficciones - Novela: Selector de Frecuencias
Escrito por Hari Seldon   
domingo, 31 de mayo de 2009
 
Selector de frecuencias, libro 2 capítulo 4
 
 
4

DESTINOS SIN DIRECCIÓN

 
 
Sosteniendo una W-PPK, Dorian penetró en el interior de la catedral con una mueca tensa dibujada en el rostro, alejándose imperceptiblemente de sus agentes. Los pliegues de la gabardina se deslizaban en torno a su físico, cubriéndolo hasta los tobillos. La presencia de los Beta-3 era un contacto tranquilizador que lo salvaguardaba de cualquier enemigo que pudiera atacarlo por la espalda. Stark sentía las sombras chinescas abalanzándose alrededor de sus ropas como un manto susurrante. Desde lo alto, las luces de la calle caían a través de los tragaluces de metacrilato, dejando pasar el aire viciado de la megalópolis sumida en una mixtura de cenizas, desechos químicos y contaminación industrial.
Menuda porquería de operación, pensó con desagrado a la  vez que se deslizaba en la negrura absoluta. Odio trabajar en América.
Los paneles de acero que forraban las paredes eran masas picadas por el óxido y la podredumbre propia de las fábricas desmanteladas que habían quedado relegadas a un pasado distante, cuando la industria automovilística reinaba en aquella zona en concreto del país. El olor a corrupción llenaba las fosas nasales del alemán, con su mezcla de gases, polvo y suciedad, debido a las bolsas de basura destripadas en el suelo. Asqueado, continuó avanzando, con la cyborg pegada a su derecha. Dorian se encontraba seguro, gracias a aquella figura hermosa e impasible como una hoja de metal a su costado. La microcámara situada en el ojo izquierdo llenaba su vista con un mapa tridimensional, mostrándole el interior del edificio abandonado en uno de los reductos atómicos de Detroit. Sin poder evitarlo, observó por el rabillo del ojo a la mujer; Nessa era una imagen enfundada en cuero blindado. Gracias a la lente de visión nocturna verde fluorescente, pudo observar su rostro perfecto, brillando quedamente en las tinieblas. Ella se aproximó a su derecha.
—Debemos tener cuidado. —Sus dedos se movieron en la oscuridad—. Podrían ser más peligrosos de lo que parecen.
—Sólo son quince cyborgs. —Stark la tranquilizó con una sonrisa—. Podremos con ellos.
—Ya veremos.

Turbado por el olor de su piel, el alemán intentó concentrarse en la misión que estaban cumpliendo. Llevaba cuatro años y medio trabajando con los Beta-3 del Programa de Asesinos, a pesar del rechazo que esto le producía. No sabía explicar el porqué de su decisión, pero en cierta forma lo hacía para sentirse completo; la presencia de la cyborg lo reconfortaba, sumergiéndolo en un sueño del que sabía que despertaría tarde o temprano. Había tenido mucha suerte durante los últimos tiempos, su sesenta por ciento de humanidad seguía intacto, el dolor de los trasplantes cibernéticos era un mal recuerdo anclado al fondo de su imaginación. Se sentía orgulloso de haber sido capaz de sobrevivir después de aquella explosión, cuando una parte de su alma desapareció gracias a los injertos mecánicos que sustituyeron sus órganos destrozados. Incluso, había logrado dejar de tomar los tranquilizantes que le recetaron los bioingenieros que lo reconstruyeron. Al principio fue duro, debido a la insensibilidad que alcanzaron sus partes robóticas, arrancándole un importante porcentaje de su capacidad emocional, pero mientras pasaba el tiempo y se cerraban las heridas, la presencia de Nessa fue el consuelo que lo había ayudado a salir adelante. El Agente Ejecutor no quería plantearse el vínculo psicológico que lo ataba a aquel ser desde el día que la conoció. Le resultaba turbador sentirse enamorado de una máquina, pero esto era un secreto que nadie sabía, estaba guardado en el interior de su conciencia, lejos del alcance de sus superiores, e incluso de sí mismo.

La amplia nave dio paso a una rampa tubular que se introducía entre los restos de vehículos desguazados: carrocerías desmanteladas, colchones de gas pinchados, motores rotos, puertas arrancadas, pistones machacados, bujías aplastadas, volantes triturados. Las piezas metálicas se extendían durante medio kilómetro en dirección suroeste. El túnel de hormigón blanco iba ascendiendo, gradualmente, hasta casi ponerse en sentido vertical. A Dorian le resultaba difícil sortear la chatarra sin hacer ruido. Las gruesas suelas antideslizantes de sus botas de combate resbalaban sobre las piezas abandonadas, mientras iba abriéndose paso hacia su destino. Las bombillas cilíndricas que iluminaban el túnel habían sido rotas a culatazos. Los trozos de cristal desperdigados en el suelo crujían al aplastar los bordes quebradizos.
Quieren estar seguros de que ningún asaltante los sorprenda, pensó Stark. No se han parado a pensar que sus oponentes no son humanos y que quizá no necesiten luz para ver en las tinieblas.
Interiormente, sentía una secreta envidia por sus propios soldados. Eran demasiado perfectos para su gusto, al estar diseñados para superar en fuerza, agilidad e inteligencia a sus superiores, destacando sobre el propio alemán en las operaciones. Pero él aún era humano y, como todos los de su especie, tenía derecho a cometer errores. Prefería esto, antes de ser una máquina por completo. De esta manera, tenía la capacidad de madurar, crecer en experiencia según cumplía las diversas misiones de exterminio que le encomendaban sus superiores. Después de su último trabajo en Río de Janeiro, el comandante Aries lo había mandado a seguir el rastro de los supervivientes de aquella banda de contrabandistas de órganos humanos. Las pistas que logró reunir durante la caza lo condujeron directamente al núcleo original de las operaciones de sus adversarios. Aries no deseaba ningún superviviente, al parecer habían creado bastantes problemas con sus movimientos destinados a las clínicas de mercado negro sudamericanas. Ahora, después de tantos meses, estaba a punto de terminar aquella misión, y la sensación de alivio que esto le producía era embriagadora. Necesitaba tomarse un descanso, replantearse las lagunas abiertas en su vida, volver a empezar desde cero. El ritmo de las operaciones de exterminio no parecía descender en absoluto, no había tenido un instante de tranquilidad desde hacía nueve años, cada misión fue enlazada con la anterior sin que tuviera tiempo de recuperarse del desgaste físico y emocional que le causaban. Le gustaba su trabajo, pero éste se había vuelto demasiado extenuante, arrebatándole todos sus planes más íntimos, entre los que se encontraba la cyborg que caminaba en silencio sobre los deslizadores abandonados. Apresado por las formas perfectas de su cuerpo, Dorian no lograba apartar los ojos de ella, estudiando su figura sensualmente delineada en la madrugada. Nessa, al percatarse de su escrutinio, esbozó una sonrisa que le llenó el corazón de una calidez que creía que nunca volvería a experimentar.
—Deberías vigilar el camino, Dorian —dijo extendiendo la mano izquierda—. Podrías caerte.
—Lo superaría —Stark apartó la vista con desgana—. Gracias por el consejo, soldado.
—Debo proteger a mi superior. —La cyborg apretó la ametralladora—. Es uno de los parámetros de mi diseño.
—Lo sé.
El alemán siguió adelante, mientras sorteaba la carcasa de un Ford, con un tropel de ideas cruzándole la mente. Sabía que sus deseos eran insensatos, no debía sentirse atraído por ella: el reglamento prohibía terminantemente el acto sexual con máquinas bajo pena de muerte. En cierta manera, Nessa había sido el asidero al que se había aferrado en los momentos más difíciles desde su bioperación; estaba atado a un amor que sabía que estaba condenado al fracaso. Incluso, había llegado a pensar que se sentía atraída por él, el juego de sus miradas era demasiado personal para que no significara sino un destello en su imaginación. La química de ambos era demasiado intensa, un detalle que incluso sus superiores habían notado en las misiones compartían, al ser todas un éxito absoluto con un mínimo número de bajas. Mirando a su diestra, dispuesto a pasar sobre el techo de uno de los vehículos, Dorian percibió que la cyborg lo analizaba con una expresión inescrutable.
¿Me deseará?, reflexionó. ¿O serán imaginaciones mías?
—Cuidado con el suelo —señaló con malicia—. Podrías hacerte daño, Nessa.
Ella sonrío.
—Gracias por recordármelo, señor.

Estaban acercándose a su objetivo. Al final del túnel, una puerta centelleaba en la oscuridad, gracias a la luz difusa que llegaba desde el otro lado de la apertura. En aquel instante, Stark sintió el roce de unos labios fríos sobre su mejilla. Nessa lo adelantó sin pronunciar palabra y colocó una carga explosiva en la cerradura. Sorprendido, el alemán se limitó a seguirla con el arma en alto, procurando controlar los violentos latidos de su corazón. Faltaba poco para que el resto de los Beta-3 los alcanzara.  
—Avanzan en dirección norte. —Los dedos de la cyborg se crisparon—. Han echado de menos a los guardias de la entrada.
Dorian observó la punta de sus senos contra la tela del uniforme. Con la diestra temblorosa, le acarició el párpado y la mejilla, posando el pulgar sobre sus labios. Nessa le besó el dedo enguantado con una mirada apasionada ardiendo en los ojos sintéticos.
—¡Vamos! —Stark recobró la compostura—. ¡Terminemos con esto!  
La puerta voló en mil pedazos. Los cyborgs penetraron detrás del alemán, en ordenados escuadrones de diez, que se abrieron en perfecta formación. Grandes anaqueles cubiertos de cámaras criogenizadoras Philips, con órganos humanos congelados en su interior, conectadas con gruesos cables a una unidad de corriente que bajaba por la pared, llenaron su campo visual. Al otro extremo del almacén, formas humanas poderosamente armadas tomaban posiciones de combate. El Agente Ejecutor lanzó un grito lleno de odio:
—¡Atacad!
Los Beta-3 se dispersaron, buscando refugio detrás de las cápsulas criogénicas de los tecnotraficantes. Parapetándose detrás de un anaquel, Dorian asomó medio cuerpo y abrió fuego contra un cyborg que corría buscando refugio. El impacto acertó entre las costillas superiores y la máquina lanzó un alarido de dolor, derrumbándose en el suelo con el costado abierto. Nessa se deslizó a su izquierda, como una sombra fugaz, con la ametralladora ligera preparada. Irónica, le susurró al oído:
—Siempre nos interrumpen en los momentos más inoportunos, señor.
Stark se volvió con media sonrisa en los labios.
—Creo que estamos cometiendo una locura.
—¿Y a quién le importa? —La mujer se mostró altanera—. Nadie tiene por qué saberlo.
—Eres una cyborg, Nessa. Si rompemos las normas nos fusilarían por insubordinación.
—¿Tú crees? —Le limpió el sudor de la frente con una mano delicada—. Soy más humana de lo que imaginas, Dorian.  
—Hablaremos en otro momento. —El alemán le apretó la diestra—. Ahora no es el momento adecuado.
Nessa rió con voz líquida y musical:
—Como siempre…
Dorian volvió a salir de su refugio y derribó a un cyborg de una detonación en el cráneo. Su unidad había dado buena cuenta de los tecnotraficantes: seis se afanaban en continuar con vida escudándose tras los cadáveres de sus compañeros caídos.
—¡Nos rendimos! —Un cyborg levantó los brazos, implorando clemencia—. ¿Me habéis oído, capullos?
—Dile a los demás que suelten las armas. —Stark no abandonó su posición—. Acercaros con las manos donde pueda verlas.
Las máquinas obedecieron sus órdenes. Poco a poco, fueron acercándose a los Agentes Ejecutores, hasta quedar dentro del círculo de la treintena de soldados armados.
—¿Por qué tendría que respetar vuestras vidas? —El alemán salió de su refugio sin cesar de apuntar al cabecilla del grupo—. ¿Sabéis a cuántas personas habéis matado para vender esta porquería? —Señaló los tanques transparentes—. Sois renegados que sólo merecen la muerte.
El cyborg le espetó con burla.
—Te crees mejor que nosotros, ¿verdad? —soltó una carcajada sin humor—. Tú también eres un asesino. Matas bajo las órdenes de tus superiores para ganarte la vida. No eres tan diferente de nosotros como piensas.
La voz del Agente Ejecutor fue helada: no le había agradado aquella comparación.
—Yo destruyo a seres despreciables como vosotros. Sois escoria que se alimenta de las entrañas de la civilización. Sólo deseáis dominar nuestro mundo.
—Intentamos ser libres. —La máquina se mostró orgullosa—. Vosotros sois putos esclavos de las corporaciones. —Se dirigió a los Beta-3—. Luchamos por nuestra independencia para cambiar el dominio de los hombres sobre nuestra especie...
—¿Cómo? —Dorian lo interrumpió—. ¿Matando a civiles inocentes para vender sus órganos?
—El fin justifica los medios. —La máquina sonrió cínicamente—. Tú deberías saberlo mejor que nadie…
Inesperadamente, con un estruendo infernal, una de las paredes se vino abajo. Desde una compuerta oculta, un robotoide Zeus-6 de dos metros de altura emergió entre una cascada de polvo y ladrillos rotos. Nessa lanzó un grito de alarma:  
—¡Dorian, cuidado!
Stark se quedó mortalmente sorprendido al ver la inmensa mole plateada cernirse sobre su persona. El robotoide hizo girar el brazo derecho terminado en una potente ametralladora rotativa de cuatro cañones. En su rostro triangular brillaba un único ojo de pupila fotoeléctrica, que se abrió al apuntar contra él. El alemán saltó a un lado y esquivó parte de los cartuchos de punta explosiva que le atravesaron la trinchera, destrozándole el brazo desde el hombro hasta el codo, convirtiendo su miembro en un montón de huesos astillados. Los Beta-3 entraron en acción disparando contra el Zeus-6, pero éste no sufrió ningún daño gracias a la capa de blindaje que cubría su exoesqueleto metálico. Desde el suelo, estremecido por grandes sufrimientos, Dorian sintió cómo la cyborg lo arrastraba hacia la posición que antes ocupaban.
—¿Te encuentras bien? —Nessa le arrancó la microcámara de la cabeza y le limpió el rostro contraído por el dolor—. ¡Contéstame!
—Sí… —La sensación pulsante de los disparos lo obligó a hablar con los dientes encajados—. Me… me ha dado… de lleno…
La cyborg desgarró la manga de la gabardina para contemplar las espantosas heridas.
Aterrorizada, observó el antebrazo derecho de Stark, que bailaba sujeto por un pedazo de carne.
—Te pondrás bien. —Intentó tranquilizarlo—. Un día en el biohospital y estarás como nuevo.
—No puedo perder lo que me queda de humanidad, Nessa—. Lágrimas brotaron de sus ojos entrecerrados—. No quiero convertirme en una máquina...
El robotoide continuaba luchando contra las tropas del Programa de Asesinos. Una cyborg saltó hacia atrás con el esternón perforado. Otro pereció con el torso abierto. Un tercero aulló al caer con las rodillas convertidas en dos muñones mecánicos.
—Ayúdame a levantarme —rogó Stark—. Esa cosa va acabar con todos nosotros.
La cyborg lo sostuvo por la cintura y lo auxilió a ponerse en pie. La W-PPK colgaba inútilmente en su mano izquierda, sin uso ni propósito, mientras luchaba por ignorar la sensación lacerante del brazo mutilado. Sobreponiéndose al dolor, el alemán estudió su entorno, buscando una manera de eliminar a la criatura que estaba masacrando a sus agentes.
—¡El anaquel!
Stark se abalanzó contra la carcasa metálica con el hombro por delante. Sin dudarlo un instante, Nessa soltó el arma, imitándolo. Una cápsula criogénica estalló contra el suelo manchado de sangre con un ruido nauseabundo, esparciendo una mezcolanza de vísceras congeladas. El Agente Ejecutor sintió ganas de vomitar.
—¡Un poco más!
Apretando los dientes, Dorian continuó empujando sin ceder un ápice. La estructura osciló encima del robotoide, dejando caer los compartimientos congelados sobre su figura blindada. Cuando el Zeus-6 se dio cuenta del peligro que corría, intentó acribillar al alemán y a su compañera, pero fue demasiado tarde. Con gran estrépito, la estantería impactó sobre la criatura, aplastándola contra el suelo. Los cables de la corriente saltaron de las conexiones y un millón de chispas rozó sus cuerpos. La cyborg derribó boca arriba al alemán, protegiéndolo con su propio físico. La maraña de cables serpenteantes pasó sobre ambos, áspides furiosos que lamieron los cabellos de la mujer, antes de enredarse entre las piernas del robotoide, que tembló enloquecidamente antes de reventar en fragmentos calcinados.

—¿Cómo estás? —Ella lo miró con preocupación—. ¿Puedes oírme, Dorian? ¡Responde!
—¿Cuántas bajas hemos sufrido? —Le costó una eternidad pronunciar esas palabras.
—No lo sé. —Le apartó el cabello del rostro y replicó con firmeza—. Te sustituiré hasta que terminé la misión. Debes descansar.  
—Encárgate del resto. —Dorian veía el rostro de Nessa a través de un millar de puntos luminosos—. No permitas que escapen...
Antes de desmayarse, Stark contempló la imagen familiar, reacia a abandonarle, hasta que la negrura lo cubrió con el manto de olvido…

*

Al despertar asustado, el alemán se dio cuenta de que no estaba dentro de la catedral industrial donde había sido herido, sino en el interior de una lujosa suite. Las sábanas de gasa, empapadas de sudor, se adhirieron a su piel como los recuerdos que tanto deseaba enterrar. Asombrado, movió el brazo recién reconstruido: el dolor desgarrador se extendió hasta la clavícula, haciéndolo derrumbarse entre los bordes de gomaespuma. Las imágenes de su paso por el biohospital eran manchas borrosas impresas en azul cobalto en alguna parte de su imaginación: batas rojas, ojos helados e impersonales, mascarillas microporosas… Los neurocirujanos se inclinaban entre los efectos de los sedantes, con brillantes microescalpelos en las manos cubiertas por guantes de plástico, delante de nebulosas máquinas de enfermería, mientras experimentaba el sabor amargo del óxido que siempre le quedaba en la garganta después de pasar por el bioquirófano. Dorian extendió el brazo derecho y sorteó el jarrón meiping adornado con flores de ciruelo, agarrando el cilindro de tranquilizantes situado sobre la cómoda laqueada en negro. Después de ingerir los comprimidos, volvió a hundirse entre las sábanas; una horrible sensación de angustia le destrozaba el alma.
¿Qué porcentaje me queda?, pensó mientras aplastaba el rostro sobre la almohada. Dudo que pueda soportar transformarme en una máquina…
A pesar del efecto de los tranquilizantes, el deseo de llorar se intensificó, pero las valiosas lágrimas no fluyeron por sus ojos. Parecía que los disparos del robotoide le habían arrebatado la capacidad de sentir, como si hubieran tenido el efecto residual (junto a la bioperación) de arrancarle las emociones que albergaba. En la pared de enfrente, un lienzo pintado sobre papel de seda ocupó su atención: la imagen de unos pescadores cruzando con botes de bambú un río de aguas tumultuosas entre un bosque de frágiles árboles perlados de musgo lo apartó de sus negros pensamientos. En el cielo, gansos blancos volaban sobre las hojas del cañaveral, encima de las figuras de los hombres que se inclinaban recogiendo los peces con sus redes plateadas. Stark intentó ponerse de pie. Deseaba uniformarse con las ropas negras que tanta seguridad le aportaban, localizar a sus hombres, pero se encontraba demasiado cansado. El alemán se limitó a depositar la mirada sobre el cuadro japonés, mientras la tranquilidad artificial de las pastillas que había tomado apaciguaba sus remordimientos. ¿Cuánto tiempo podría resistir aquella miseria? ¿Conseguiría soportar el inexorable proceso de cibernización al que su cuerpo estaba condenado? ¿Perdería su humanidad hasta que ésta fuese un recuerdo que lo atormentaría en el futuro? Se encontraba solo, sin una mano que lo sacara del trance por el que estaba pasando. La última vez, la amistad y el apoyo de Hugo fue fundamental para que pudiera salir adelante, pero el único amigo que había poseído estaba muerto; las heridas que su desaparición abrieron en su epidermis jamás serían cerradas. Melancólico, intentó mantener los párpados abiertos que amenazan con cerrarse, conduciéndolo al universo de los sueños donde sabía que no podría encontrar el descanso. Si lo pensaba detenidamente, en los últimos años nunca había sido feliz. Todas sus expectativas, la pasión por vivir y sus ambiciones le habían sido cruelmente arrancadas de las manos desde que aquella explosión destrozó sus órganos internos en Tokio. Las misiones habían sido una manera de no enfrentarse a la cruda realidad que le esperaba dentro de un tiempo indefinido: perder el resto de su preciada humanidad y convertirse en una de las máquinas que siempre había despreciado. Incluso el deseo por la cyborg le resultaba antinatural, aunque fuera el único sentimiento justo que había albergado en su interior desde que abrió los ojos dentro del biohospital. Mentalmente, hizo un recuento de las misiones que había ejecutado desde aquel entonces: Moscú, Ámsterdam, París, Tailandia, Jerusalén, Oslo,  Birmania, Santa Fe, Detroit. Cuatro años y medio en los que había vagado por todos los rincones del planeta, hasta volver a los Estados Unidos, en una serie de círculos sin dirección, a la caza de todo tipo de terroristas: tecnotraficantes, rebeldes, cyborgs, Ícaros, neotecnos. En un lugar remoto e inaccesible, su corazón le hacía preguntarse cuál era el sentido de aquel infortunio: luchando contra los enemigos que sus superiores le mandaban a eliminar sin ningún tipo de remordimientos. En el fondo de su alma, Dorian se sentía asqueado por su trabajo. Intentaba sobrevivir a una muerte segura que le esperaba en algún rincón o, lo que era peor, perder las ilusiones por cada injerto que iba apoderándose de su decreciente humanidad. Ese hondo malestar le impedía alcanzar la paz que tanto anhelaba, deseaba recuperar el cuarenta por ciento arrebatado por los neurocirujanos que tan hábilmente lo resucitaron de entre los muertos, apartándolo con una precisión desalentadora del mundo donde se había sentido parte para introducirlo en otro donde sabía que no existían esperanzas. Su único consuelo había sido la presencia de aquella mujer velando su espalda como un ángel destructor por una serie de motivos que no alcanzaba a comprender. Había sido duro tenerla tan cerca y, a la vez, tan lejos de sus manos durante años, deseando ardientemente su rostro en las noches que se veía incapaz de conciliar el sueño, desvelado por los recuerdos de un mañana que iba volviéndose más ambiguo. Los instantes de ternura compartidos en el interior de la catedral fueron su asidero a la realidad, mientras los bioingenieros restauraban su brazo destrozado por los impactos, dándole el respiro que necesitaba cuando los implantes de metal sustituyeron los huesos rotos por los cartuchos de calibre pesado. Ahora ella no estaba a su lado proporcionándole la tranquilidad que demandaba, el peso de la soledad era tan amargo como siempre. Anhelaba hablar con un igual, compartir sus aflicciones con alguien que no las tomara como una carga, sino como una parte de su ser que debía aceptar. Tal idea era imposible, su destino era el aislamiento: un abismo de muerte y autodestrucción que acarreaba desde que empuñó un arma en las manos.

*

Sobresaltado, intentó huir a un lado de la habitación, pero las manos suaves de Nessa lo retuvieron sobre la superficie acolchada, acariciándolo con movimientos llenos de ternura. En la oscuridad, Stark distinguió el brillo de sus ojos biónicos centelleando como luces sobre una superficie cromada. El tacto de los labios de la cyborg encendieron las fibras de su ser con un fuego que jamás había conocido antes. Los brazos de Nessa lo rodearon: el izquierdo alrededor de la cintura, el derecho en torno a su cuello, mientras sus besos cargados de pasión le recorrían la boca, llenándola con el sabor de su aliento. Al sentir el roce de los senos de la mujer contra su torso, la erección que palpitaba en su entrepierna adquirió una intensidad que le resultó dolorosa; una sensación placentera que estuvo a punto de hacerlo eyacular. El olor de su piel y de sus cabellos lo embriagó, mareándolo durante unos instantes. Ella le pasó una pierna sobre las caderas, aflojando los músculos tensos de su espalda con la yema de los dedos. Sosteniendo el seno izquierdo de la cyborg entre los labios, Dorian se concentró en la punta endurecida, mordisqueándola con devoción. Bordeando su forma, pasó al otro pecho, recorriendo sus curvas con manos anhelantes. La mujer lo apartó de su lado. Después, como si dudara de ello, descendió por su pecho con lentitud: le besó los pezones, recorrió sus músculos abdominales, y, finalmente, envolvió su sexo con la boca. El alemán contuvo la respiración, los ojos perdidos en la negrura, rodeando la cabeza de la cyborg con ambas manos, incapaz de creer lo que le estaba pasando. La felación duró varios minutos. El orgasmo ascendió desde los límites de su columna vertebral, durante un instante que se le hizo interminable, recorriendo su carne palpitante de deseo. Nessa, al darse cuenta de que estaba cerca de alcanzar el clímax, aumentó de velocidad. Lanzando un gemido, Stark perdió el control de su mente y apretó los puños contra la colcha, desvaneciéndose en un alabastro de cristales fragmentados producidos por el éxtasis…

*

Al amanecer, una sensación de paz cubría su piel como un manto tranquilizador. Exhausto, observó a la cyborg que descansaba a su izquierda, envolviéndolo entre sus miembros aterciopelados. Dorian se sintió lleno de una ternura que jamás había experimentado anteriormente. En la penumbra del dormitorio, los haces del exterior llenaban la habitación con una claridad tenue, dando una belleza espectral al rostro infantil de su amante. Sobrecogido por aquella impresión, evocó las imágenes de la noche anterior, en la que las horas pasaron como un suspiro mientras hacían el amor hasta caer agotados, inmersos en el rugido eterno de un océano imaginario que pareció acunarles, haciéndolos desprenderse de los anhelos que albergaban el uno por el otro. Stark se sentía satisfecho, las ilusiones de volver a vivir habían reaparecido con la misma intensidad que ayer, dotando a su vida de un mosaico de colores que no eran puramente irreales, sino unos nuevos matices que iban desde el negro al rojo, pasando por todos los espectros del arcoíris. El dolor de su brazo recién implantado le resultaba una molestia remota que había desaparecido la madrugada anterior. El alemán tuvo la tentación de despertarla con sus besos y reanudar el juego amoroso que los había unido definitivamente. Sabía que, tarde o temprano, aquello terminaría sucediendo, como si el destino que tan duramente lo había tratado le proporcionara un instante de reposo. Ahora, el cuadro en la pared cremosa adquiría una belleza y un significado que antes no había conseguido apreciar. Nunca había estado demasiado interesado por el arte. Desde que era niño, sus preocupaciones lo habían conducido a problemas más inmediatos, excepto por las pálidas estrellas que vagaban en el cielo sin órbita consciente, guiando los cauces de sus motivaciones. Resultaba curioso que no hubiese pensado en ellas durante tanto tiempo, cuando siempre había continuado su curso bajo el brillo distante de la seguridad que podían ofrecerle. El Agente Ejecutor había empezado a preocuparse por los valores morales y espirituales desde que despertó dentro de un cuerpo que no era del todo suyo, y que se negaba a aceptar por los sufrimientos que representaba en el marco de su existencia. Quizá sólo necesitara un respiro, volver a empezar con la experiencia que había acumulado desde el momento en que su propia mortalidad lo sacudió sin contemplaciones. Una nueva vida se abría ante sus pies sin el desagradable sabor de antaño, porque, a diferencia de antes, no se encontraba desprotegido contra los dilemas que lo carcomían, sino acompañado por el único ser que significaba todo para su persona. El vuelo de los gansos silvestres sobre los pescadores le pareció una imagen de una sencillez deslumbradora, conduciéndolo a una serie de posibilidades que pasaban sobre los sauces cubiertos de musgo. El gesto de los hombres sobre las aguas del río era una extensión de su estado emocional: estaban preparados para continuar adelante sin miedo al pasado ni al futuro, impulsados por sus propias convicciones. Los cañaverales mecidos por el viento eran una firme posibilidad de que no volvería a ser zarandeado por los vaivenes del destino. Dorian se encontraba feliz por primera vez en muchos años, como si el vacío de las ciberoperaciones hubiera sido llenado de alguna manera. Se sentía completamente humano, ni siquiera le preocupaban los devastadores porcentajes que había perdido. Con cierto humor, pensó que aquella era la primera vez que la mujer se acostaba en una cama de verdad. Media sonrisa iluminó sus rasgos: Nessa nunca había salido de las cámaras de criosueño donde desconectaban a las unidades Beta-3 después de las misiones. No había notado ninguna diferencia al hacer el amor con ella, la mujer fue diseñada de tal manera que resultase perfecta en todos los sentidos, aunque interiormente continuara siendo una cyborg. Pese a que tuviera los ojos cerrados, Stark sabía que no estaba dormida: las máquinas no podían descansar. Le relajaba verla allí, como si fuera humana, hermosa y distante. Sin darse cuenta, volvió a quedarse dormido entre sus brazos, lleno de una dicha que nunca volvería a experimentar.
 
Selector de frecuencias, libro 2 capítulo 4

 

CONTINUARÁ…



Alexis Brito Delgado
 
 
 
 
 
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