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Alcoi Zombie City. Capítulo 10 (2ª temporada) - Carlos Daminsky Imprimir E-Mail
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Ficciones - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
lunes, 01 de junio de 2009

¿Qué se siente cuando te muerde un zombi? ¿Qué pensamientos cruzan tu mente a continuación? No te pierdas este capítulo de Alcoi Zombie City.

Alcoi Zombie City, de Carlos Daminsky
 
 

 

ALCOI ZOMBIE CITY

-Capítulo 10 (2ª temporada)-

 

¡¡AAAAAAAAAAAA!! El zombi pútrido y pestilente se echó encima de Eliana dando salvajes dentelladas. Ella intentó apartarlo para poder defenderse con el G36 pero no pudo,  la furia incontrolable de la hambrienta alimaña fue superior. Su dentadura irregular se aferró de un furtivo bocado, haciendo presa en una de sus manos. El muerto viviente le seccionó en seco varios dedos, apresando con locura la carne sangrienta. El dolor fue tal que la mujer casi puso los ojos en blanco y se mareó.  Por unos instantes volvió en sí y pudo contemplar el muñón que ahora tenía.
La alimaña rugió y se abalanzó sobre ella, derribándola en el suelo. Aquella bestia inhumana la sujetó con fuerza y la miró con sus pupilas mercuriales. En aquel demoníaco rostro no había ni un ápice de compasión. ¡Joder qué feo!, pensó la mujer febrilmente antes de que le mordiera en el cuello y notara algo caliente salpicar. Ella se entregó a la muerte.
Pero entonces escuchó ruidos y gritos. Algo ocurría. De repente, el horrible zombi dejó de mordisquearla y levantó su cara. Después, Eliana  oyó detonaciones y, al abrir los ojos instantáneamente, contempló cómo el rostro de la criatura saltaba en pedazos.
Volvió a desvanecerse y cayó en un estado semiinconsciente. Las voces de sus compañeros flotaron en su cabeza.
¡Eliana... Eliana... Eliana...!
¿Cómo estás?
¡Oh, no!
¡Joder! ¡Está pringada de sangre!
… Ese puto zombi  le ha mordido... ¡le ha mordido!
¡Oh, no! ¿Y ahora qué?
¡Mierda!
¿Qué vamos a hacer?
… No sé... ¡Yo qué sé!
… ¡Hostias, Zacarías!... Ya lo sabes...
¡Hey! ¡Queréis tranquilizaros!
… ¡Está infectada!... Está condenada...
… Está maledicta...
¿El qué?
¡Que está maldita, joder!
Debemos rematarla.
Esos monstruos contagian...
Los ecos de las voces de sus compañeros iban y venían, mientras un sueño oscuro y pesado se abatía sobre su conciencia. El tiempo era un péndulo inestable y todo carecía ya de importancia. Ya no tenía prioridades, tan solo hundirse y hundirse. Dejarlo todo. Dejar de preocuparse y morir. ¿Morir? Un temor se alzaba, susceptible, en su instinto más básico. La palabra se repitió en sus pensamientos perdidos: infectada, infectada, infectada... La condenada criatura le había mordido y, fuese lo que fuese lo que las transformaba, sin duda había sido traspasado a su sangre. Así que no iba a morir. Resucitaría, volvería de nuevo... ¡Oh, no! ¡Madre mía! Se asustó pero después pensó que eso de retornar de la muerte a lo mejor no era tan malo... ¡Sí, sí! Seguid discutiendo, dejadme palmarla...


Fede se había perdido. Pero no perdido de rumbo, lo cual entre las ruinas de la urbe era una cruel paradoja, sino que había perdido el rumbo de su cabeza. Los últimos acontecimientos eran como para hacerle saltar todos los resortes mentales. Recordó lo sucedido con los muchachos... ¡Ag! Después miró los montones de cascotes. Nunca antes una piedra podría haber sido tan peligrosa.
Deambuló por las ruinas, de tal manera que sus pasos parecían los de las alimañas en procesión. Era como si sus huesos fueran una pesada carga. ¿Y adónde voy? Suspiró y se volvió para mirar atrás. Todo parecía desértico, pero intuía que las criaturas inhumanas se pondrían tras su rastro. ¡Joder! ¿Qué voy a hacer? ¿Reventarles la cabeza también a todos? Después, pensó en lo inevitable: ¡me van a cazar tarde o temprano! Y más ahora que camino cojeando. ¿Y si me quedo aquí sentado y espero a que vengan a por mí? No estaría mal... Les pondría mi gaznate a huevo. Les diría: ¡adelante chicos, aquí está mi reseco cuello para que lo mordáis a vuestro antojo!  ¡Ja, ja, ja!
Y el barbudo y demacrado Fede, con la razón ya ida, buscó un lugar en el que sentarse y esperar. No muy lejos, había un trozo de muro. Sí, allí sería el sitio idóneo. ¿Por qué no?
    
Se subió a la desquebrajada pared y en ella se quedó sentado con las piernas cruzadas. ¡Bueno! Espero que esos putos condenados no tarden demasiado.
En aquellos instantes de desvaríos tuvo un fuerte dolor de cabeza, fruto del cansancio, y el mareo que le produjo le hizo perder el equilibrio.
Se fue pesadamente hacia atrás, de espaldas, como un pelele, y notó como atravesaba algo. Después, continuó cayendo hasta que dio con el suelo, rebotando. ¡Ay, menuda hostia me he dado!  A pesar del brusco tortazo no se había hecho daño. ¿Dónde estoy? Miró hacia arriba. La luz entraba diáfana a través del agujero por el que había caído. ¡En qué mierda de pozo he ido a parar! Después observó que en el techo de aquella especie de caverna en la que estaba había más oquedades por las que se filtraba la luz.
A continuación vería dos cosas. La primera fue un brillo casi al lado. Fede se arrastró un poco, de rodillas, hasta el objeto. ¡Era una espada! ¡Hostias! ¿De dónde habría salido? Ummm... Seguramente había pertenecido al complemento de algún traje de fiestas... Lo segundo que vio, fue otro destello; pero éste se movió. Una figura avanzó con extraño paso rígido y su silueta se contorneó mientras pasaba por debajo de los agujeros de luz.
—¡Ven para acá, que te voy a hacer rodajas! —exclamó Fede blandiendo su espada. Había cambiado de opinión, no se iba a dejar morder.
Pero entonces, cuando la silueta llegó hasta casi donde estaba, sus ojos se abrieron de par en par al contemplarla. ¿Pero eso qué es?
—Buenos días, señor. ¿Le puedo ayudar? —dijo aquello con voz neutra.


Ella. Ella. Ella. Sus pasos arrastrados le habían conducido hasta las primeras ruinas de Alcoi. Había salido del agujero en el que estaba enterrada, con una decisión. Porque no era como los demás zombis. En ella había algo especial. Su mente no era tan básica, algo había en sus pensamientos que le dotaba una fuerza especial. Era distinta, era la reina de este nuevo mundo y su misión era el advenimiento del nuevo Apocalipsis. Y aquella extraordinaria criatura también tenía algo más.
Tras dejar a su espalda la patética y caída estatua de San Jorge, medio fundida, se quedó observando un rastro. Sonrió, mostrando su boca negra. Después, se puso a seguir las huellas siguiendo un camino zigzagueante y, enseguida, no tardó en dar con lo que quería.
Los rugidos de advertencia les delataron. Ella se detuvo y aguardó expectante. Inmediatamente, los dogos zombificados salieron de sus escondites. Estaban apostados allí, esperando para echarse sobre la carne fresca de algún incauto superviviente.
Les hizo un gesto para que se acercasen y las bestias, como reconociéndola, trotaron dóciles, agitando sus raídas colas hasta donde estaba.
Los acarició y los terribles perros se restregaron contentos entre las piernas. Su nueva ama había venido a por ellos. Ahora estaban felices e iban a acatar ciegamente todas las órdenes.
Volvió por la senda con los dos animales, y aquella escena casi hasta podría haber sido idílica. Un dueño paseando a sus mascotas un día cualquiera... Claro está, si se hubiese quitado el maldito y grisáceo paisaje circundante. Si ama y perros fueran normales...
Sus nuevas mascotas le iban a ayudar en su misión.

      

Carlos Daminsky, 2009

 


Creative Commons License
Esta obra se ha publicado en el Portal de Ciencia Ficción bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.


 
 
  • Sobre Carlos Daminsky (semblanza, bibliografía, y relación de todos los capítulos de Alcoi Zombie City)
 

 

 


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