|

11. EL SITIO AL PLANETA
Un Yate espacial de la Empresa turística Santillana abandonó, a velocidad de crucero, la órbita de Cinia Capital. Los pasajeros eran en su mayoría ancianos retirados de Pandior, Sirio y del mismo Cinia. El fuselaje de babor y estribor estaba hecho de plastiacero transparente para que los turistas pudiesen obtener tomas del azulino planeta.
El capitán de la nave tenía dificultades con el Control del Tráfico para abandonar la órbita geoestacionaria y los pasajeros protestaron cuando transcurrió una hora completa de giros a la velocidad del planeta.
Presionado por el tiempo, el combustible y la insistencia de sus clientes (que ya habían pagado el recorrido), el capitán decidió, no sin discutir acaloradamente con los directores de tráfico, ignorar las órdenes de suspender el paseo y así no verse obligado a devolver el dinero recibido. Dijo a las azafatas que ya era tiempo del primer ágape y fijó rumbo hacia el único mundo gaseoso del sistema.
Jamás llegó a el.
Cinco poderosos propulsores S.A.T.O., de fabricación luxoriana, dieron empuje a otros tantos cazas bombarderos B.S. tipo “Embryon”. Las formas alargadas de su fuselaje tenían aerodinámica eficiente para combates de superficie. Las alas y el timón dorsales eran de un material membranoso y traslúcido del que colgaban las estaciones de carga. Cuatro misiles espacio-espacio, dos espacio-superficie y una cohetera de bombas Nuc. Tres cañones de microondas asomaban en los extremos de las alas y el timón.
La carlinga era una burbuja reticular oscura. Desde donde el piloto, fusionado en simbiosis con su asiento, comandaba la mortífera nave.
Los Embryon rodearon al crucero y sin mediar una sola palabra acribillaron a los turistas.
Sólo motas de polvo incandescentes fueron los vestigios del ataque.
En el Directorio de la Multicorp, Red Finsen se entregaba a sus ejercicios de meditación. Con las piernas cruzadas bajo el cuerpo, en la posición del equilibrio, comenzó a contar los latidos del corazón artificial en ciclos. Después del centésimo latido, reinició la cuenta.
Mis hombres se han llevado a Krebs. Él era mi más importante obstáculo, pero algo me intranquiliza.
Arrastrándose con movimientos torpes, en los rincones de la sala, los altos funcionarios de Cinia Capital atisbaban con dementes ojos al ser ataviado de rojo. Finsen los ignoraba mientras meditaba bajo la única luz de la sala. Sabía que sus desequilibrados cerebros no se restablecerían, capacidades psíquicas habían robado la cordura de aquellos desdichados. Cuando su inquietud se hizo insoportable, impregnó su parte orgánica, enclaustrada en el abdomen, con una sustancia que le había sido útil en repetidas ocasiones. El psicoquímico partió de sus enormes muñequeras utilitarias y viajó por canales internos de su organismo biomecánico hasta introducirse en su primigenio ser. Su sistema nervioso estalló respondiendo al estimulo, el cuerpo huésped se colapsó en un espasmo que acabó en una catarsis metafísica en la que el tiempo y el espacio carecían de significado.
De lo primero que tomó conciencia fue de la pérdida gradual de visión. A su alrededor, todo eran sombras. Penumbras espesas y elásticas alargándose hacia las paredes y los rincones. Suavemente nació una forma sutil, una silueta sin contornos. Más negra que la tiniebla, dos luces apagadas se adivinaban en el centro de aquella presencia. Era el amo del Hechicero Rojo, Dimán.
—Mi señor —exhaló Finsen—, estoy cumpliendo tus preceptos como me ordenaste.
Un Hálito sobrenatural agitó las ropas del seiyón.
—Nadie tiene noticias de algo o alguien parecido al Hablante.
Nuevamente su manto se revolvió.
—¡No lo había intuido! ¿Ninguno de los jhaelianos será un oponente serio? ¿Cómo hallaré al Hablante?
La mancha perdió y recuperó consistencia en breves intervalos.
—¿Claudia Krebs? ¿Los Hijos de Jhael?
El último seiyón permaneció por unos minutos memorizando palabras que sólo él podía oír.
—Enemigos que aún no han nacido. Tal vez el Hablante no ha nacido...
Aún de rodillas irguió su torso y dijo.
—Ejecutaré tus deseos, mi señor. Hoy ofrendaré millones de almas ante tu altar.
Cuando la visión se hubo marchado, una proyección etérea flotó ante el cyborg. Era el torso de un Robot de Guerra Fixer Instrumentos, de última generación, el modelo Conquistador, que dijo:
—Monseñor, nuestras armas están listas sobre los blancos. Las Secciones de planetizaje se están agrupando en la órbita y ya hemos tomado el control del espacio aéreo y orbital.
—Bien. Informe sobre los “Ungidos”
—El Comando Sukdamo está aguardando. Mis directores de ataque ya cronometraron sus temporizadores.
—Inicien el Ataque.
Un Roberto Blanco evidentemente molesto por la situación entró en la cabina del Supertzar. Yeshin, su copiloto, se recostó con tranquilidad en el asiento. Ocupando el sillón del capitán se hallaba Lengua Veloz, el reptiloide Denk de Lagorn. Vestía un mono bermellón como su escamoso rostro. Era el encargado de Estructuras y actividades extravehiculares.
—Con su licencia, capitán —dijo—. ¿Qué demonios esperamos para volar hacia Kora? Cara de Trompa refunfuña en el Taller y Tres Ojos ya se hartó de perder con su juego de estrategia frente a “Count Raven”.
Bob se sentó frente a la estación de ingeniería.
—Odayo me dio la responsabilidad de liquidar un trato aquí. ¿No has oído hablar del honor entre traficantes?
El denk y Yeshin se miraron y estallaron en carcajadas.
Rylliu, el ingeniero de la nave Korania, andaba con aire preocupado en el espacioso hangar del astropuerto ciniano. Estaba en el Nivel Dieciséis, la sección destinada a los cargueros particulares y colectivos orbítales. Lo irregular era que en el nivel inmediato superior, para naves de cabotaje, anunciaban sin fundamento retrasos en los horarios de partida y hacía veinte minutos que el anciano híbrido no notaba ningún tipo de actividad aérea. Para un puerto interplanetario como Cinia Capital, con un Hiperpuente recién inaugurado, el hecho era perturbador. Nadie daba respuestas creíbles y la gente murmuraba teorías disparatadas, los programas de la ITEC no mencionaban para nada lo que ocurría en el puerto.
Algo andaba mal.
Apuró el paso hacia La Yutang Zin 0-29, esquivando a un grupo de espacionautas que discutían con un administrador de la plataforma, oyó cruces verbales realmente ofensivos entre ellos. Subió la rampa hasta la cámara reguladora y se paró sorprendido al ver un robot tratando de violentar la esclusa.
—¡¿Qué diablos crees que haces?!
P.L.P.S. giró su sensor ocular con timidez.
—Veo que has recibido una paliza. Tus circuitos deben estar despedazados. —Acarició un botón en el marco de la esclusa y una pantalla etérea apareció ante él.
—¿Qué hay Rylliu? —dijo Bob Blanco.
—Una visita, capitán. Un robot descompuesto.
—Arrójalo por la entrada del Hangar.
P.L.P.S. chilló electrónicamente y agitó sus mecánicos miembros en protesta. Los programadores de la ITEC sabían que la respuesta a esos gestos imitados siempre era mejor al aplomo impersonal de la mayoría de los robots.
—Un momento, Bob —anunció el viejo—. Este enano tiene algo en sus manos.
El robot le mostró una tarjeta dorada al viejo pirata. Rylliu quiso tomarla, pero P.L.P.S. la retiró velozmente, el viejo lanzó un bufido y con un gesto le indicó que la pusiese frente a la pantalla.
Roberto Blanco identificó inmediatamente el Logo de Multicorp y el sello personal de Ernesto Krebs.
Todos se reunieron en la antecámara de la cabina del Supertzar. En el acceso detuvieron al robotito para escanearlo. Tres Ojos, el Chaluk, cerró la entrada de la esclusa descontaminadora. Cuando estuvieron seguros de que no traía ningún arma, lo dejaron entrar. Todos lo rodearon con las armas listas, Rylliu apartó de un empujón a Lengua Veloz, el reptiloide empuñaba una pistola de alto calibre. En la pared izquierda, apoyado en su arpón polifuncional, estaba una criatura verde oscuro de prominente testa moteada por folículos filosos, rígidos como huesos. Siete burbujas sin párpados se arracimaban rodeando la zona superior de una boca prensil y rugosa de diez centímetros de largo. Las ropas eran una mezcla casera de traje de vacío y mameluco de mecánico. Era un Ceet, un chaipongués de conocida reputación en la Hermandad Estelar, pero para los tripulantes de la nave sólo era Cara de Trompa.
Yeshin, el segundo de a bordo, encañonaba al robotito con su Tagat Treinta de grueso cañón a escasos centímetros de este.
Bob se recostó en la consola junto al Chaluk de epidermis rosada. Tenía la tarjeta dorada en su mano y se preparaba para insertarla en una ranura.
—¡Wiilyakk Nneba shujle e naviga!
—¿Por quién me tomas? —contraatacó el capitán a Tres Ojos—. Estoy al tanto de los nuevos virus holotrónicos. Pero esta es una tarjeta garantizada de La Multicorp. ¡Está aprobada!
El Koranio procedió y al instante flotó sobre P.L.P.S. la imagen del distintivo de la Multicorp en Tres D. Un rayo láser recorrió por entero a Bob. Una vez finalizado el sondeo, comenzó la reproducción del mensaje: Este mensaje sólo puede activarse identificando en un cien por cien al destinatario —la voz procedía de la imagen grabada de Ernesto—. Por ello podré hablar con libertad, Roberto. Estoy presenciando un ataque psíquico a la Multicorp y me atrevo a asegurar que le ocurre lo mismo a todos los establecimientos bélicos de Cinia. No dudo, de la misma manera, que pronto sea capturado o muerto. Este robot pertenece a mi servicio de inteligencia y llevó a cabo una misión de espionaje en el Hiperpuente de Kora. Porta información de importancia para Odayo y La Hermandad Estelar, si quieren deshacerse del puerto base de Sabbathco en su sistema. A cambio de él, te pediré un favor personal. Lleva a mi esposa, la duquesa de Pandior, a un sitio seguro. La última vez que la vi no estábamos muy unidos. Dile que siempre la amaré. Adiós.
 Los mercenarios guardaron un minuto de silencio.
Rylliu lo quebró.
—¡¿Y bien, capitán?! ¿Qué esperamos?
Al terminar la frase, una explosión aérea hizo temblar los muros del espaciopuerto. Cinco detonaciones más produjeron ecos en las avenidas de Cinia Capital. A través de la enorme boca del Hangar, los koranios distinguieron las siluetas de cazas bombarderos de aspecto biomecánico.
Los estruendosos reactores rompieron la barrera del sonido y los cristales de numerosos edificios.
—¡Esos deben ser Los Embryon! —exclamó Yeshin.
La situación se tornó aún más ominosa cuando la plaza gubernamental y los cinco rascacielos que tenían a la vista se volatilizaron envueltos en llamas anaranjadas.
—¡Vamos! —dijo Bob—. Se acabó.
El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper Ler el capítulo 12: Matanza en el Templo Jhaeliano (siguiente) Leer todos los capítulos Sobre el autor: M.C. Carper Add as favourites (4) | Cite este artículo en su sitio | Views: 416
|
- Por favor, mantenga el tópico de los mensajes en relevancia con el tema del artículo.
- Lenguaje inapropiado será borrado.
- Por favor, no use los comentarios para promocionar su sitio, ese tipo de mensajes serán removidos.
- Aségurse de *Recargar* la página para mostrar un nuevo código de seguridad antes de cliquear 'Enviar', en caso de haber ingresado un código incorrecto.
|
Powered by AkoComment Tweaked Special Edition v.1.4.6 AkoComment © Copyright 2004 by Arthur Konze - www.mamboportal.com All right reserved |