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Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 12) - M.C. Carper Imprimir E-Mail
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Ficciones - Novela: Enfrentamientos de los Dioses
Escrito por Hari Seldon   
martes, 16 de junio de 2009

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos - M. C. Carper

 

 

12. MATANZA EN EL TEMPLO JHAELIANO

 

La Criatura se agitó en el líquido amniótico. La bolsa orgánica se hallaba apresada en una cápsula romboide de superficie irregular, de un verde oscuro, casi negro. Una especie de brillo opaco, como una delgada piel, respondía a los rayitos de luz que se filtraban del exterior de la esclusa por unas rejillas diminutas.
Todo era oscuridad para la criatura.
Desde su infante memoria, la larva había sido alimentada y educada con un solo propósito. Manipulada por biotecnología para poseer las mejores condiciones de combate. Músculos, nervios y sentidos concebidos para alcanzar la victoria.
No hacía una hora que el estimulador había ingresado en su organismo.
El ser se estremeció en la bolsa, los recuerdos despertaron y reconoció sin dudarlo sus órdenes y quién las emitía.
¡El Instructor!
Hoy naceremos, descubrió su mente, hoy moriremos.
Su existencia tenía sólo una razón de ser.
¡El Propósito! El Objetivo...
Su espina dorsal se agitó como un látigo; en ella se anudaban racimos de neuronas cruzando el torso para abultarse en una protuberancia del pecho. Entró en trance y luego oyó el chirrido de un cerrojo, percibió la perdida gradual de peso, con conocimiento de que sus veinte hermanos clonados también habían iniciado la caída libre, rumbo a la presa, a cumplir la misión para la que habían sido creados.


Nut no había podido armonizar su persona en toda la noche, algo tangible como la roca del Ytenve Hogar la perturbaba sin consuelo. Una premonición. Estuvo tentada de correr hacia los habitáculos del Oráculo, la frágil criatura de cientos de años que respondía a las súplicas de montones de peregrinos con sus visiones del futuro y del pasado. Aunque también era consciente de que después de una sesión de clarividencia el Oráculo se sumía en un agotamiento que necesitaba días de recuperación.
Nut apartó las preocupaciones de su mente, ajustó el cordel del pantalón de entrenamiento a la angosta cintura y cruzó la casaca de anchas mangas de colores jhaelianos, blanco y celeste. Se asomó desde el balcón al patio de ejercicios mentales y examinó el reloj lunar en el centro.
Seis en punto.
La chica desconocía que un Ernesto Krebs igualmente perturbado recorría la dormida ciudad en el aerosport en esos momentos.


Cush Dodanim despertó sobresaltado, guiado por su instinto identificó un peligro inminente, y llamó mentalmente a su mentor.
Simultáneamente, el ruido de la piedra al estallar cortó con violencia la paz del edificio, una paz que no había sido perturbada en siglos.
 
Imagen de los sukdamos. Enfrentamientos de los Dioses
 
Veinte cápsulas biomecánicas se precipitaron destruyendo las naves pictóricas de los techos del Ytenve Hogar. Alas cartilaginosas, a modo de paracaídas, menguaron la velocidad de la caída. Con espesos golpes, las formas romboides aplastaron sus bases. Rasgaduras obscenas se dibujaron en los contornos de los objetos venidos de las alturas. Otros meteoritos artificiales, de menor tamaño, rebotaron en el suelo de colores. Eran redondos, de dos metros de diámetro, con una cáscara rugosa. Un vaho verdoso se elevó desde las cápsulas heridas que supuraban un fosforescente vómito esmeralda porque algo empujaba impaciente desde adentro.
Aquellos morbosos huevos se rompieron a la vez, derramando el hediondo licor que contenían y dando a luz a sus huéspedes.
¡Los Sukdamos!
¡Los Ungidos de Red Finsen!
De dos metros y medio de altura, cuerpos estilizados y evidentemente biomecánicos. Ejercitaron sus músculos y articulaciones. La estructura ósea y los nervios eran imposibles de diferenciar, lo mismo hallar ojos o bocas en las cabezas ahusadas, con una especie de trenza carnosa y prensil en las nucas. Entre las delgadas piernas se retorcía una cola de filosos huesos.
Como seres creados en un laboratorio y con conducta programada, sus movimientos fueron idénticos.
Habilidosas manos tomaron las bolas de roca a su alrededor que contenían armamento de alto poder: carabinas de dispersión, granadas de fusión, alabardas de energía y alfanjes artesanales.
Cuando estuvieron todos armados se unieron en un aullido que estremeció a los jhaelianos, inyectándoles un miedo desconocido hasta entonces.
Los Sukdamos se lanzaron a grandes saltos, en distintas direcciones, siguiendo un plan preelaborado y revisado hasta el cansancio.
 
Imagen de los sukdamos. Enfrentamientos de los Dioses
 
Los quinientos habitantes del Ytenve Hogar corrieron a tomar las armas, eran jhaelianos y conocían muchas disciplinas mentales y físicas.
Los atacantes arremetieron por pasillos y salones, parecían insectos de pesadilla, pues caminaban por las paredes con la misma facilidad que por el suelo. El choque fue apabullante, las aptitudes mentales de los psíquicos no parecían tener eficacia con los biomecánicos. Los Sukdamos eran guerreros feroces e impasibles, cercenaban en varios trozos a sus contrincantes. Cuando abrían fuego no ahorraban energía en vaciar cargadores en sus víctimas. Los jhaelianos arremetían con sus bastones o simplemente con sus manos, mientras, alejados de los combatientes, los mejores mentalistas trataban de doblegar a los monstruos.
El Edificio tenía cuatro torres en la parte baja, cada una dispuesta hacia los puntos cardinales y con una función especial. En la pequeña torre norte se hallaba Danyl, la Instructora Marcial. Experta en armas y danzas, era campeona de los últimos diez torneos galácticos, y obviamente fue la primera en estar preparada para la acometida de los sukdamos. Tenía sus aposentos en la entrada a la torre, donde oficiaba como una instructora jhaeliana de apenas treinta años, la más joven de las maestras. La conmoción de los espíritus que latían en el edificio, perturbó su sueño. Al despertar, el primer reflejo fue tomar la espada tradicional que había construido con su propio arte, en dedicados cinco años, mas en un segundo pensamiento la descartó. Se calzó pantalones negros de combate y cubrió su cuerpo con una casaca marcial de plata y zafiro. Su piel, sumamente blanca, contrastaba con los ojos de ébano remarcados de negras cejas. Recogió rápidamente el cabello de obsidiana, la boca siempre comprimida en un gesto de concentración. Corrió como una pantera hacia el lugar de donde provenía la agitación.
El maestro Gwtw le había dado un obsequio muy preciado para todo jhaeliano: un objeto de Cristal Viviente. Ella aceptó el nunchaku de cadenas de energía comprometiéndose a utilizarlo con honor y ahora lo llevaba en sus manos. Con la manera silenciosa de los jhaelianos, alcanzó la balconada que se asomaba al Salón Principal. Los huecos destrozados de los muros permitían entrar a la brisa del fin de la noche. Danyl descubrió las bolsas desinfladas, los jugos internos manchando la pureza de los baldosones y las cápsulas espaciales que contenían a los guerreros enemigos. Las formas cartilaginosas y oscuras de las criaturas biomecánicas se desplazaban a saltos. En menos de un minuto la rodearon tres. Con inefable agilidad, Danyl se impulsó caminando literalmente por los muros para caer atacando a una velocidad imperceptible. El filo de su arma resplandeció con destellos de chispas en la piel ósea de los monstruos. Guiada por su intuición y la ayuda de sus espíritus Naturales guardianes, atacó con precisión el nudo neuronal del tórax, ultimando a uno de los seres clonados. Cuatro sukdamos más se dirigieron contra ella. Con habilidad jhaeliana, repelió el ataque. Su entrenamiento la llevó a reconocer que no tenía chance contra esos enemigos, casi artificiales, que la superaban en número. Emprendió la huida, con la intención de apartarlos de los apartamentos para niños. Corrió con toda la magia de su disciplina por cornisas, balcones y fuentes. Sus pies apenas rozaban la superficie liquida, caminando sobre el agua. Los torpes esbirros de Finsen se hundían en las fuentes queriendo imitarla.
Danyl desplegó su nunchaku, eludió los golpes de extrañas espadas sin filo y los dardos de repulsivos trabucos biomecánicos. Los arcos voltaicos entre las varas de Cristal Viviente atravesaron los gaznates de los sukdamos. Los cuerpos sin cabeza continuaron arremetiendo con belicosidad pues los órganos de orientación no estaban en las cabezas que había rebanado. Decidió atravesarlos con su arma hasta dejarlos inmóviles. Llegaron más. Danyl se movió con una velocidad indescriptible. Sólo el sonido de su garganta revelaba el gran desplazamiento de energía que utilizaba. La mujer contuvo, por quince eternos minutos, a los monstruos.
 
Imagen de Danyl. Enfrentamientos de los Dioses
 
Blandió el arma, el poder del cristal la transformó en alguien más alto y temible. Los sukdamos lo notaron e invadidos por el miedo hicieron su ataque más furioso aún. El nunchaku de Cristal Viviente de Danyl partió cuellos, cercenó miembros y quebró cráneos; los enemigos se arrastraron contusos a su alrededor.
Los horribles sukdamos tenían cuerpos llenos de superficies duras y filosas, una herencia directa de sus creadores, los Luxorianos. Eran criaturas vestidas con cuchillos y vidrios rotos. La mujer guerrera se cuidaba para no resultar herida en el contacto. Continuó destrozando torsos y miembros. Media docena de cabezas decapitadas rodaron por el suelo. Al llevar el pelo recogido en una vincha artesanal no le resultaba incómodo hacer aquellos movimientos. Se inclinó sobre uno de los cadáveres, no alcanzaba a fruncir el ceño, intrigada por su curioso oponente cuando percibió la presencia de dos nuevos monstruos.
Ella se puso de pie firme y los observó con fijeza. No podía dejar de admirar aquel peculiar tipo de vida, evidentemente artificial, intrigantemente racional. Se preguntó qué tipo de conciencia se escondía ahí. Su nula familiaridad con el odio y la guerra fueron su perdición.
La jhaeliana no había conocido tanta maldad, en su mente no había noción de deshonor o conceptos de traición. Cuando vio a los monstruos derrotados, pensó que habían aceptado con sabiduría ser vencidos. Saludó con respeto a los sukdamos y se inclinó ante ellos, en son de paz, ceremonial. Los sukdamos saltaron sobre ella. No fue eso lo que la sorprendió, sino el irreconocible odio. Fue tan impensado que cuando sintió las duras espadas envenenadas entrando en su cuerpo, no pudo evitar sonreír, pensando en la vida que se le había concedido, en la fortuna de poder partir antes de la terrible aberración que sus visiones le habían vaticinado. Supo en ese instante que el Oráculo tenía razón sobre todas las esperanzas de Gwtw y el resto. Cerró los ojos y exhaló:
—Jhael.
Las inmundas criaturas se abalanzaron sobre ella y acabaron con su noble vida de un modo condenable por generaciones. Muchas canciones cuentan sobre el honor y el buen corazón de Danyl, de la jhaeliana que lo ignoraba todo sobre el odio. Una vez muerta, los monstruos de pesadilla no se atrevieron a mancillar el cuerpo. La vergüenza los cubrió de tal modo que ni siquiera pudieron tomar el traslucido nunchaku. El arma rodó unos metros, lejos de ella.

      
Cush Dodanim corría por un balcón de la plaza central. Doscientos metros al frente, en otro balcón, estaba Von Essger.
Entre ellos, los “Ungidos de Finsen” hundían metálicas lanzas de tres metros en los cuerpos de jóvenes practicantes. En la plaza había ya veintisiete cadáveres y sólo dos Sukdamos. Cush sondeó las mentes de estos pero descubrió que carecían de materia gris, una red de neuronas cubría sus cuerpos.
¡Es imposible manipular sus mentes!
Hizo uso de la telekinesia. Lanzó rocas de una gran columna sobre los enemigos. De ese modo, cuatro toneladas de piedra aplastaron a los guerreros de Sabbathco. El Jhaeliano gritó a los aprendices, que corrieron hasta el Arsenal Arcaico. Von Essger bajó de un salto hacia la plaza, ahora cubierta de escombros, seguido por Cush. Gritos de agonía llegaban desde todas direcciones.
—Su psique me es desconocida —gruñó el discípulo.
—Estas criaturas son sirvientes del Maligno.
—Percibo una veintena de ellas.
Detrás del más joven, las ruinas estallaron y un Sukdamo con la mitad de su cuerpo convertido en pulpas sanguinolentas arremetió en un demoníaco ataque.
Cush saltó hacia atrás, controlando su mente para ordenar a las rocas levantarse y golpear al fantasmagórico ser. En derredor, trozos de mampostería saltaron hacia su blanco. Sólo cuando una filosa piedra despedazó el tórax la criatura cesó su batalla.
—¡Ese es el punto débil! El nudo de neuronas parte de la espina a la altura del pecho. Estos monstruos son casi indestructibles —exclamó el maestro jhaeliano.
—También noto una resistencia psíquica —comentó Cush—. Tengo la impresión de que es externa. ¡Mira! —gritó señalando los balcones.
Tres Sukdamos apuntaron sus carabinas hacia ellos.

Corriendo por los pasillos del primer subsuelo huían Kramyus y Nut. Doblaron por un pasaje donde yacían montones de cadáveres desmenuzados. Entre las angostas veredas rocosas estaban los autores de aquel genocidio.
El Sukdamo lanzó un haz de electricidad que Kramyus, un director veterano del Ytenve Hogar, eludió con agilidad. La bestia inició una embestida histérica rasgando el aire con su jabalina mecánica.
Nut rodó bajo sus piernas, esquivando con maestría la cortante cola látigo. El otro jhaeliano obligó a la electricidad a volverse contra su atacante formando una esfera de energía. El Sukdamo se agachó y azotó con su cola el torso de Kramyus, que cayó varios metros más allá en el túnel.
La muchacha se repitió una oración para eludir al miedo mientras concentraba todo su ser para reducir a aquel psicodélico enemigo. Creó un escudo mental que repelía los embates dando tiempo al otro jhaeliano de recuperarse. Aún aturdido, Kramyus hurgaba en el lustroso suelo en busca de alguna arma entre los cadáveres. Se topó con una pistola automática magnética. Las defensas de la chica no resistirían mucho más, era evidente el cansancio remarcado en su rostro. Kramyus imprimió con su energía un proyectil del arma y oprimió el gatillo, la bala amputó la cola del monstruo clonado, que no dio ninguna muestra de haberse enterado. Nut bajo sus defensas y emprendió la huida. Ascendió por unas escaleras hasta un patio hidropónico donde algunos Xorcoxs habían sido ultimados.
Saltó hacia las ramas de un paraíso rosaemita, segundos antes de que su perseguidor redujera a astillas el tronco del árbol. La joven se derrumbó entre la confusión de ramas. Corrió en busca de seguridad pero chocó con un largo muro de enredaderas.
¡No tengo salida!, pensó desesperadamente.
Hizo un par de inspiraciones y condicionó su sistema nervioso para no sentir dolor, aguardando el fin como lo hacen los jhaelianos.
Observó con fijeza al monstruo, algo le ocurría. Sangraba por todos los puntos de su cuerpo, parecía que perdía todo el líquido de su ser. Una vez seco se desarmó hecho miles de pedacitos.
Nut sonrío cuando halló a Gwtw mimetizado bajo un violáceo helecho. Aún unas estrellitas incandescentes parpadeaban en sus dedos.
Kramyus se les unió.
—¡No hay escapatoria! —declaró el ossrro al verlo—. El Ytenve Hogar está condenado.
—Maestro, debe haber algún modo de salvar algo.
—Quizá huyendo, Kramyus. Es la única manera de que algún jhaeliano sobreviva.
— ¿Pero... por qué no llega ayuda desde fuera? —quiso saber Nut.
—Están peor que nosotros —anunció Gwtw—. Todo el planeta está siendo atacado. Finsen nos preparó un trato preferencial, mejor dicho su amo. El Hechicero Rojo está protegiendo mentalmente a sus soldados.
—También lo percibí —dijo la muchacha.
—El Ytenve Hogar tiene pasajes secretos, salidas de emergencia para estos casos —reveló el maestro jhaeliano—. Creo que podemos escapar con Koynorr y Salmanc.
—Al menos el Oráculo tiene una chance —suspiró la chica.
—Nosotros también, mi pequeña Nut. ¡Vamos!


Von Essger y su discípulo se hallaban rodeados por cinco Sukdamos. Ambos mostraban heridas por todo el cuerpo.
Al unísono dieron un salto hacia los globos de luz que remataban unos obeliscos de siete metros.
Las criaturas atacaron las bases de los monolitos de titanio mientras los jhaelianos mantenían el equilibrio en la superficie globular.
—¡Estos engendros ni siquiera hablan!
—No necesitan hacerlo, Cush. Los lamentos de los jhaelianos se están apagando.
—Sí, ya casi mataron a todos. Incluso a los chicos que envié al Arsenal.
Los embates de las armas de los Sukdamos creaban astillas incandescentes en las laderas de los monumentos.
El jhaeliano más joven cayó rodando tras dar un triple salto mortal sobre sus enemigos, rodó hasta una arcada de vidrios multicolores y se levantó. Corrió por un salón con estatuas de mármol tamaño natural. Al final, una escalera de lustrosos peldaños culminaba en una pared cubierta de estantes con precintos de seguridad. Eran candados de cristal faceteado. Los haces de luz se descomponían atravesándolos. El musculado ciniano, abrió muchos con presteza.
Objetos cristalinos brillaron en el interior de los compartimientos. Cush examinó unos filosos Sais de Cristal y quedó fascinado unos segundos con la energía vital que emanaban aquellas armas.
Estas armas son antiquísimas. Su existencia contradice todo lo que entendemos como física aplicada. Pero a la vez son la prueba de todas nuestras creencias. Sólo Jhael pudo concebir este objeto.
¡Cristal Viviente!
Únicamente un jhaeliano experimentado podía controlar la poderosa voluntad del Cristal, que juzgaba en todo momento los actos de su portador. Si no coincidía con quien lo blandía podía volverse en su contra. En el Ytenve Hogar había varios Cristales Vivientes, muchos se perdieron en las guerras antiguas y otros estaban, donde quiera que sea eso, con sus otros propietarios, los Yeilines.
Un objeto de Cristal Viviente podía atravesar cualquier cosa.
Los expertos teóricos: matemáticos, astrofísicos y mecánicos cuánticos, no tenían una explicación certera sobre el fenómeno de ese material.
Un misterio por resolver. Cualquier cosa antes de admitir algo superior a ellos.
—¡Vamos, Cush, ya están aquí!
Von Essger tomó de los estantes un bastón cristalino y un par de armas que guardó en el bolso que colgaba de su cintura.
Ambos corrieron contra los Sukdamos. 
Cush Dodanim hundió, en una veloz arremetida, los dos Sais en el tórax de uno de los monstruos. Percibió de una manera que le daba escalofríos cómo aquella clonada vida se esfumaba.
 
Imagen de Enfrentamientos de los Dioses
 
Bloqueó el ataque de un oscuro alfanje. Esgrimió sus Sais desviando con precisión sobrenatural las embestidas de los monstruos sintéticos. A Cush le daban asco, no gustaba en lo más mínimo de los clones, replicantes o simbionéticos. Para él eran una aberración, seres sin ancestros ni herencia. No venían de ningún lado y no irían a ningún otro.
Von Essger desmenuzó el tórax de otro Sukdamo, que pereció en el acto.
Un brazo biomecánico salió despedido, girando en el aire después de ser atravesado por un filoso Sai.
¿Qué valor puede darle a su vida una criatura como esta?, pensó el ciniano. No es más que una herramienta, no tiene historia, no tiene padres y mucho menos hijos.
Cush Dodanim sentía un orgullo especial por ser uno de los descendientes de Sálvat, el Héroe de la Raza Humana. Un hombre con muchos defectos que guió a jhaelianos y yeils en la lucha por la libertad contra los tiránicos seiyones y su líder.
Ahora es la misma historia.
Soy yo, un Sálvat, y estos los esbirros de un seiyón y de Dimán.
Sólo nos diferencian unos miles de años.
Fueron los ataques a quemarropa los que interrumpieron sus razonamientos. Su maestro deshizo una pared con su bastón.
—Por aquí, Cush.
Ambos corrieron eludiendo la tormenta de proyectiles.


Avanzando de cuclillas por un estrecho conducto Nut, Kramyus y Gwtw llegaron debajo de una portilla tragaluz.
—Ya casi no detecto vida en el Ytenve Hogar —dijo Nut con lágrimas en los ojos.
—Nos tomaron por sorpresa —bufó Kramyus.
—¡¿Qué sorpresa?!  —bramó Gwtw—. Nos encontraron en franca decadencia; un solo jhaeliano de antaño hubiese dado cuenta de estos enemigos. Ser conservador es el primer paso a la extinción, Finsen sólo aceleró ese destino.
—Pero no es justo todo este sufrimiento —dijo la chica conteniendo el llanto.
—Lo sé, pequeña Nut, pero el sufrimiento aparece siempre que padecemos una perdida. Ser jhaeliano significa poseer la sabiduría para conllevar estas cosas y nosotros lo somos.
Los ojos pardos de la chica brillaron pero también se llenaron de comprensión.
—Si sólo uno de nosotros se salva, todo lo que ha sido destruido hoy puede ser restaurado —dijo ella.
Gwtw sonrió satisfecho por el conocimiento de su discípula.
Así es, niña, pensó, pero tú eres un ángel. Tu luz es muy pura para tener lo que es necesario contra Dimán. Un salvaje como Sálvat podría, y el Hablante, si acaso existe.
Kramyus golpeó el tragaluz, aquel lugar le causaba claustrofobia. Uno de los bordes se desprendió y el jhaeliano comenzó a abrir la salida secreta. Una sensación de placer lo inundó cuando el aire fresco golpeó su rostro. Apartó todo el cristal del tragaluz y no tuvo tiempo de reaccionar cuando los garfios afilados de un Sukdamo comprimieron su cara desde el exterior, los huesos faciales fueron reducidos a astillas por aquella repugnante prensa.
Nut y Gwtw combinaron sus fuerzas lanzando un ataque paranormal a la bestia. El monstruo se retorció resistiendo el inexplicable peligro que corría su existencia. Luego, su osamenta se fraccionó y estalló como una burbuja de agua.
 
Imagen de Enfrentamientos de los Dioses
 
Los jhaelianos salieron por el hueco. Daba a una escalera de enormes escalones hasta la avenida. Partía de un portal de bronce en el muro externo. El maestro se detuvo para tomar aliento, estaba muy agotado por los esfuerzos del combate.
—Nut, hazme un favor. Desciende hasta la avenida y cerciórate de que no haya enemigos —jadeó.
La chica obedeció. Corrió preguntándose qué motivo tendría Gwtw para hacerle ese pedido.
Luce muy exhausto.
De pronto lo vio con claridad, la estaba alejando de ahí. Alzó la mirada y vio a maestro con los pies en los bordes del tragaluz del suelo, como dispuesto a saltar al interior. Un Sukdamo apareció ante el gran portal de quince metros abriendo fuego. No podía descubrir a Nut desde ahí. La muchacha notó que los goznes del portal se desprendían de los muros guiados por una fuerza invisible. En un abrir y cerrar de ojos todo se derrumbó sobre los escalones y el hueco, cayendo sobre el monstruo y su maestro; la densa polvareda no le permitió ver. Se disponía a regresar cuando vio un macabro ejército de simbionéticos avanzando por la avenida. Si daba un paso sería descubierta, sólo le quedaba huir.
Quizá tuvo oportunidad de saltar y salvarse, razonó.
Pero ya no tenía tiempo de cerciorarse, huyó sin mirar atrás hacia unas columnas debajo de una monumental red de autopistas. A lo lejos se oía explosiones. Echó una última mirada al Ytenve Hogar y contempló entre lágrimas cómo se derrumbaban muros y cúpulas. Oyó una voz interior que le urgía a sobrevivir y se perdió entre la confusión de escombros.


En el Salón donde cayeran los repugnantes huevos cápsula de los Sukdamos se hallaban ahora, en ordenada fila, cinco sobrevivientes del ataque.
Estaban erguidos y sin excepción cada uno aferraba con firmeza un alfanje. En la penumbra, las espesas sombras que proyectaban, creaban un clima casi religioso. Cualquiera que les viese diría que eran estatuas y no seres vivientes por lo estático de sus posturas. Un deslizador de asalto, con varios comandantes Conquistador y el mismo Red Finsen, sobrevoló los despojos del Salón. El transporte estaba bien acorazado y provisto de cuatro casamatas artilladas. Frente a los robots bélicos estaban los Tableros de Dirección de Tropas (T.D.T.), desde los cuales era guiada la invasión a Cinia.
El deslizador se estacionó.
El último seiyón se apeó y caminó hasta colocarse frente a su comando especial.
—¡Queridos Ungidos! —dijo con su voz biomecánica—. La obra que han llevado a cabo marca el inicio de una nueva era. Siempre serán recordados como los únicos que acabaron con la decadente estirpe jhaeliana.
Un placer casi orgásmico recorrió los pútridos cuerpos de los Sukdamos. Estaban condicionados para responder de esa manera a la voz del Hechicero Rojo.    
—¡Hijos míos, su misión se ha llevado a cabo con éxito!
Después de que Monseñor Finsen hubiera hablado, los Sukdamos alzaron sus filosas armas hacia su tórax. Presionaron las puntas por unos instantes contra la dura corteza de sus pechos. Luego, con un rápido empujón, las hundieron destruyendo aquellas vidas artificiales.
Hoy naceremos, hoy moriremos.
Uno de los Androides de Guerra se acercó al líder carmesí.
—Señor, las estaciones de bombardero están en posición.
—¡Perfecto! ¿Y el programa Natal en Luto?
—Todos los niños humanos han sido eliminados, a excepción de los recién nacidos que están camino a su nave, Monseñor.
—Entonces ya es hora de alejarse de este planeta. Destruyan todo, nada debe ser fértil en Cinia nunca más. —El seiyón se dispuso a marcharse.
—Hay algo más, Monseñor.
Los androides solían ser fatigosos a veces.
—¿Qué?
—Nuestros aliados en Rorac, Sijha y Ulinis piden garantías de seguridad para sus compatriotas —el robot de Guerra recibía instrucciones de sus otros usuarios—. Le recuerdan que ellos son parte fundamental en las inversiones de Sabbathco.
Finsen meditó un momento, sabía que si su amo aceptaba aquellos aliados, él no tenía libertad para menospreciar sus vidas. Cualquier cosa era mejor que contrariar a Dimán, el Maligno.
—Está bien. Sólo espero que no se nos escape nadie entre “nuestros  aliados”.
Avanzó furiosamente hacia el deslizador.

 


El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper

Leer el capítulo siguiente (Bombardeo y rescate)

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Sobre el autor: M.C. Carper

 

 

 


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  Comentarios (2)
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1. es cabron
Escrito por carlos website, el 29-07-2009 03:19
es muy bueno lo que hicieron de los los especies que abien enbiado i sigan enbiando
2. Gracias
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla website, el 01-10-2009 18:36
Después caerán otros monstruos

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