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Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 13) - M.C. Carper Imprimir E-Mail
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Ficciones - Novela: Enfrentamientos de los Dioses
Escrito por Hari Seldon   
domingo, 28 de junio de 2009

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos - M. C. Carper

 

 

13. BOMBARDEO Y RESCATE

 

La cordillera de escombros se alzaba veinte metros sobre las cabezas de los contrabandistas. Iban en un vehículo flotante robado en el estacionamiento del astropuerto, unos suspensores lo mantenían a treinta centímetros del suelo. Mientras sus hombres operaban el robusto aerobús, Bob estudió el brumoso paisaje. Nubes de polvo y columnas de oscuro humo impedían la visibilidad, no hacía más de veinte minutos un escuadrón de cazas espaciales había bombardeado la zona. El bus no podía transponer aquel obstáculo de mampostería desmenuzada cubriendo la calle, una barricada. El capitán pidió que se detuviesen y descendió. Caminó por la ladera de basura cuidando no resbalar y miró a sus compañeros: Cara de Trompa de Chaipong; Quel, un híbrido mitad aguandés, mitad lagornio; Yeshin y P.L.P.S.
—Ahora tendremos que seguir a pie —les dijo—. Preparen sus armas, no tardarán en descender tropas de los mundos fronterizos.
—¿Estamos lejos? —preguntó Yeshin.
—El robot-araña debe saberlo. —Estaba diciendo eso cuando notó diez brillantes puntos en el cielo, aumentando proporcionalmente la distancia entre ellos, como queriendo abarcar la circunferencia del planeta—. ¡Oh no! ¡Al bus! ¡De inmediato!
Todos corrieron tropezando entre ellos. P.L.P.S. emprendió también una carrera pero tres de sus patas no estaban operables. Cayó al suelo y logró ponerse en pie con bastante dificultad. Los otros ya estaban dentro del transporte. El pequeño robot forcejeó con la cerradura de la puerta pero los traficantes no quisieron abrirla.
Ya era demasiado tarde.
En el cielo había ahora un solitario globo de luz. Su luminosidad hería la vista. Eran los protones envasados en el interior. Se mantuvo un eterno momento ahí para luego precipitarse a gran velocidad en el lado oeste de la ciudad.
Luego fue el infierno.
Un maremoto de fuego e incandescencia inundó rutas, edificios y parques. El calor aumentó en segundos.
Dentro del transporte, Bob operó el acondicionador de temperatura. Sus hombres atisbaron a través de las ventanas, pero no tuvieron chance de ver algo pues rápidamente los cubrió la ceniza. Tras el fuego se arrastró una ventisca de trescientos kilómetros por hora, un furibundo impulso sobre la faz de Cinia Capital. El bus rodó varios metros sobre sí mismo hasta quedar atrapado en los ruinosos muros de un enorme edificio. Cuando aquel viento finalizó, el aspecto de la metrópoli lucía como una roca castigada por siglos de erosión.
Vapores nauseabundos, emanaciones tóxicas y llamaradas de centenares de metros de alto salpicaban el paisaje.
Los traficantes salieron uno a uno del bus. Sus aspectos eran un desastre, maltrechos y vapuleados. Cara de Trompa, el Ceet, activó un instrumento de medición que desprendió de su chaleco utilitario, los gráficos se sucedieron en la diminuta pantalla.
—Las bombas cayeron en el ecuador, a unos cuatro mil y pico de kilómetros —dijo.
—La radiación acabará con la vida en este planeta.
—Tal vez, capitán. No entiendo cómo burlaron las estaciones SDAR. (Sistemas de Defensa Antirradiaciones) ¿Dónde está P.L.P.S.?
En la cima de un elevado montículo de ruinas, el robot cámara registraba el aspecto de aquella devastación. La lente recorría los escombros, las nubes de acre polvo y uno que otro cadáver semisepultado.
El cuerpo metálico del aparato estaba cubierto por ceniza oscura de materiales carbonizados.
—¡Hey, robot, llévanos con la duquesa! —gritó Yeshin.
P.L.P.S. ignoró al koranio y enfocó una avenida llena de cinianos muertos formando pilas de veinte y treinta metros.
—¡Hey, chatarra! ¡Vamos! —gritó Roberto. El ser mecánico continuó con su tarea periodística—. ¿Qué le pasa?
—Pobre —comentó Cara de Trompa regalonamente—. ¿No ves que para él esta debe ser la mejor nota de su existencia? —Bob lo miró con ironía. Subió hasta ponerse frente al robotito y cubrió su lente con la palma de la mano.
—¡Disculpa que interrumpa tu importante tarea! Pero debemos sacar lo antes posible a esa duquesa de aquí o moriremos todos. ¿Has entendido, pedazo de... robot?
P.L.P.S. refunfuñó electrónicamente y caminó con paso ofendido delante de los Koranios. Rato después, cruzaron un portal carbonizado en el centro de un interminable muro de silicio adamianto. Una “K” de oro coronaba el arco sobre el portal. Bob Blanco analizó la entrada con ojo experimentado, los picaportes se inclinaban en posiciones irregulares.
—Han sido forzados manualmente —descubrió.
—Sí —corroboró Yeshin—. Atracadores antes del bombardeo. —Todos desenfundaron sus armas para atravesar una calzada flanqueada por un bosque de troncos oscuros y torres de iluminación ahora inservibles. Bob miró alrededor, donde colinas artificiales impedían ver más.
¡La Mansión Krebs! No te privabas de nada, Ernesto.
En la espesa bruma no era posible divisar los límites de aquel bosquecillo chamuscado en el Parque de los Patricios. El silbido de mísiles y las consecuentes detonaciones se producían en la distancia. Escuadrones de Cazas Embryon rasgaban la nubosa negrura del cielo sembrando semillas de muerte que abrían profundas heridas en la faz de la ciudad. Los cinianos se escondían en refugios con la esperanza de escapar a aquella destrucción.
Una brisa rebelde abrió la cortina de humo camino hacia La Mansión, que ahora era visible, más allá del sendero de baldosas. Un androide mayordomo aún humeante yacía derretido en el sendero. A metros de la arcada principal, en la galería frontal de la mansión, un robot bélico Conquistador caminaba directo hacia ellos, su intención era obvia. Se detuvo y giró su torso ciento ochenta grados, las armas arracimadas en cada uno sus brazos se activaron abriendo fuego contra los hombres de Bob Blanco.
Se arrojaron al suelo tratando de alcanzar un parapeto. Cara de Trompa cubrió a sus amigos disparando a quemarropa con su arpón polifuncional. Los gruesos proyectiles acribillaron el frente del Hogar de los Krebs, deshaciendo la mampostería; pero ni siquiera mellaron el blindado cuerpo del robot de Sabbathco.
Bob Blanco corrió y logró cubrirse en una columna del edificio, a la izquierda de las puertas de la casa. Atacó con su pistola de doble caño, las pesadas balas golpearon la cabeza de la máquina abollándole el rostro, mientras Yeshin destruía el armamento de los brazos con su Tagat Treinta.
 
Enfrentamientos de los Dioses
 
El robot buscó objetos pequeños en compartimientos dentro de su cuerpo, los activó y los lanzó hacia los traficantes. Todos esquivaron aquellas cajas alejándose a tiempo para no ser alcanzados por la onda expansiva. Sólo el capitán se mantuvo cerca del Conquistador. Disparó a quemarropa, consiguiendo abollar un poco más el robótico rostro.
P.L.P.S. se movió en zigzag delante de la máquina llamando su atención, pues ya marchaba directa a acabar con el humano. Se escurrió golpeando las piernas mecánicas. Cuando el androide de combate se inclinaba para atacarlo, el fuego de todos los filibusteros espaciales cayó como una luminosa tormenta. Los bloques antiimpactos del robot se desprendieron de la acorazada piel dejando a la vista numerosos puntos débiles. Bob Blanco hizo un ademán indicando al robotito que se apartase. Después, con Cara de Trompa y Yeshin, acribilló otra vez al enemigo, que no resistió y empezó a humear rodeándose de chispas, siguieron un par de explosiones secas y por último quedó rígido como una estatua.
Los hombres de la Hermandad Estelar estuvieron a la expectativa durante un largo minuto.
—Esta muerto —dijo el Ceet.
Bob se adelantó.
—Quel, Cara de Trompa, vigilen esta entrada —ordenó, y entró a la mansión con Yeshin y P.L.P.S.
El caserón estaba a oscuras, aun así se adivinaba el enorme valor del mobiliario; aunque en aquella sala nada estaba de más, los Krebs no eran ostentosos como la mayoría de los Aristo Gen. Cruzaron un pasillo que daba a un pequeño cuarto con un bar y un holovisor, el mismo donde discutieran Claudia y Finsen.
Yeshin señaló a Bob los estantes con exóticas bebidas. Cuando el capitán se disponía a probar una, se oyó una voz.
—Aleje sus sucias manos de ahí.
En un rincón, tras unos tapices color cielo, la Duquesa de Pandior los apuntaba con una pequeña “Gloss” para damas.
—Señora —dijo Bob—. Venimos porque su esposo nos avisó, nos dijo que la sacásemos del planeta.
—¿Cómo puede probarlo? —preguntó dubitativamente ella.
Roberto Blanco le mostró la tarjeta de Ernesto, de no estar autorizada la misma se hubiese desintegrado al ser activada por quien no fuera su destinatario. La dureza de la chica pandioresa flaqueó y apartó el arma.
—¿Dónde está él? —tartamudeó, aún permanecía en ella la congoja de la acusación de Finsen. La noche sola en la cama, esperando que él se acercase y todo se solucionara con amor, había sido la peor de su vida. Sin poder pegar un ojo, replanteándose todo, diciéndose cientos de veces que había sido una estúpida.
—Debe venir con nosotros. Mi nave está lista —indicó Bob. Al percibir la indecisión la azuzó—: ¡Vamos! No queda más tiempo.
Claudia lo ignoró, se dirigió a un gabinete de la pared y tecleó unos números.
—Será mejor que no se comunique con nadie, las escuchas de sus enemigos deben estar alerta —indicó él con tono perentorio.
—¡No llamaré a nadie, so idiota! —replicó ella furibunda—, intento extraer los valores de mi familia, adonde vayamos precisaremos dinero.
—Tiene razón —asintió Yeshin.
—¡Cállate Yeshin! —ordenó Bob—. Hazlo pero date prisa. No quiero enfrentarme a las tropas del Hechicero Rojo, había uno de esos robots de guerra ahí afuera...
—¡Ya está! —lo interrumpió—. Vámonos.
Mientras salían de la Mansión, Claudia reparó en la presencia del robotito cámara.
—¿Tienes un robot? No lo cuidas mucho.
—No es mío, es de tu marido. Él nos guió hasta aquí y tiene ese aspecto porqué pertenece a la red de espionaje de la Multicorp. —Súbitamente el capitán se sentía inclinado a defender a la pequeña máquina.
—¿Dónde está el transporte? —la chica no pareció de ninguna manera asombrada por la desolación que los rodeaba. Ya la había contemplado desde los monitores de vigilancia, su aerocoche estaba inservible bajo el techo derrumbado del garaje—. ¿Tienes tu nave por aquí?
—En el espaciopuerto. Nivel seis.
—¡Eso está a cinco kilómetros!
—Ya improvisaré algo —sonrió él.

 


El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper

 

Leer el capítulo siguiente: 14. Desembarco y devastación

Leer todos los capítulos

 

Sobre el autor: M.C. Carper

 

 

 


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