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Diario de un apocalipsis - Samuel Amoedo Garrido Imprimir E-Mail
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Ficciones - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
miércoles, 01 de julio de 2009

Samuel Amoedo Garrido narra en forma de diario lo que le ocurrirá a nuestro mundo cuando un accidente provoque que algunas plantas se comporten de una forma un tanto... uhmm... extraña.

 

 

 

DIARIO DE UN APOCALIPSIS

 

PRÓLOGO:

Nada más salir de la consulta del doctor Mohinder, de origen claramente hindú, quien me aconsejó que comenzase a escribir este guión para ayudarme con mis crecientes problemas tanto psicológicos como sentimentales, comenzó a llover con fuerza. Ya han pasado tres meses desde que ocurrió, y no se me ha quitado de la cabeza. Apenas duermo, ni como, y ya sólo tengo mi trabajo para centrarme un poco, pero eso no quiere decir demasiado, ya que un técnico especialista en el montaje y ensamblado de una fabrica de perchas para armarios no acostumbra tener una vida demasiado emocionante. Esta noche, al volver para casa, pasé por delante del videoclub para devolver una película, me sentí bastante violento al ver a una pareja enamorada expresándose su amor.
Devolví el film y me fui para casa. Preparé las cosas para el día siguiente y me quede dormido escuchando las noticias en la radio. Hablaban de guerras, catástrofes, destrucción, recuerdo que pensé “el pan nuestro de cada día”. Comencé a soñar con la sabana Africana, me sentí veloz como un guepardo, libre como un animal salvaje en su hábitat natural. Estaba claro que algo iba a cambiar... Aun así sigo pensando en ellas.


Día 1:

Desperté en un charco de sudor. Al principio pensé que sería cosa de la caldera del edificio, siempre se estropea, lo cual es una putada estando a principios de verano. Salí de casa con dirección al trabajo, pude comprobar que no era cosa de mi edificio, una ola de calor había llegado. Estando en la parada del autobús, una paloma se desplomó ante mis ojos completamente achicharrada por el calor, eso me hizo pensar en Marta. Recordar su mirada, su sonrisa, hace que me inunde un sentimiento de culpa que me carcome por dentro. Llegué tarde al trabajo, los cortes de tráfico es lo que tienen. De todas formas, hoy era un día de esos en  los que es mejor no levantarse de la cama. Me fijé en que unas ramas de árboles estaban entrando a través del edificio haciendo grietas. Fiché y me puse a trabajar. A la hora de comer, Noe me comentó que Rosa, la de recursos humanos, estaba en el hospital. Al parecer había ido de visita al jardín botánico y se clavó una espina o púa o algo así, y ahora mismo estaba casi como un vegetal. Y los de la empresa iban a poner algo de dinero para hacerle un regalo. También me preguntó si quería participar. Me negué rotundamente, después de todo nadie de ese sitio exceptuándola a ella (Noe) se había preocupado por mí. De todas formas, lo de Rosa me pareció algo extraño de cojones.
Salí relativamente temprano, lo que me permitió ir a visitar a mi hermano al trabajo. Una vez allí, después de las bromas y los comentarios típicos, Damián me ofreció un lote de funda, linterna con batería de litio, brújula y cuchillo de supervivencia, con un viaje a Australia, todo pagado, como muestra de afecto por lo que había pasado hace tres meses. No me quedó mas remedio que aceptarlo a regañadientes (nunca me pareció muy recomendable hacer que un ex-legionario y ex-luchador profesional se cabrease conmigo). Nada más salir por la puerta miré el reloj. Era tardísimo, así que me puse en camino hacia mi barrio. Recogí la compra de la tienda veinticuatro horas de Ahmed, mi vecino, que me la guardaba desde hacía ya bastante tiempo, y es que me gané su respeto y amistad cuando evité que tanto su mujer como él recibiesen una paliza por parte de dos skin-heads. Hace ya mucho tiempo de eso... Demasiado quizás... Dejé la compra en la encimera, encendí la televisión un momento para que me hiciese algo de compañía, me siento solo.
Puse algo de música y, tras beber un trago de Bourbon y escribir esto, más que nada para que mi médico no me diese demasiado la lata en la próxima consulta, me tumbé en el sofá con la certeza de que mañana no tendré que madrugar para ir a trabajar. Por una noche se acabaron las pesadillas, tras tres meses casi sin dormir. Sólo me tumbé y soñé...


Día 2:

Hoy me desperté alertado por los gritos de mi vecino. Por un momento pensé que habían vuelto los ucranianos, una historia de violencia demasiado larga como para contarla aquí. Bajé a la calle a comprar el periódico. De pronto vi un fenómeno extrañísimo: dos rayos cayeron en apenas cincuenta metros, incendiando un coche, que reventó tras el impacto, y el kiosco donde normalmente compraba mi periódico los días que no iba al trabajo. Varias personas resultaron heridas, y en lugar de intentar ayudarlas, el resto se limitó a observar el espectáculo como si nada. Tras dejar a un hombre con muchas quemaduras tendido en el suelo, inerte, muerto, ayudé a varios policías a intentar apagar el fuego de varios puntos. Nos sorprendió una tormenta, pero aquello no era normal. De pronto se puso a llover, a los cinco minutos granizaba. La verdad es que ni tan siquiera me asusté, fue extraño, de alguna forma sabía que si me pasaba algo malo acabaría al lado de Marta.
Volví a casa, cerré puertas y ventanas, puse la televisión, todas las cadenas hablaban en avances informativos de fenómenos extraños por todo el planeta. Se me quedaron grabadas las palabras de un físico inglés que comparó este fenómeno a escala mundial con un ordenador que cuando sufre demasiados daños se reinicia, pues afirmaba que todo lo que ocurría, los tornados en El Cairo, los cerca de cuarenta grados a la sombra en Finlandia o un tsunami que acababa de tragarse la mayor isla de Japón, era una forma que tenía el planeta de reiniciarse, de volver a un punto de partida. Ojalá no sea tan malo como aparenta... Marta, te añoro.


Día 3:

Tras hacer aprovisionamiento de comida y bebida para un tiempo, vi con mis propios ojos cómo medio barrio era literalmente engullido por una especie de plantas “enredaderas” con unas púas gigantescas. La tienda de Ahmed desapareció con saqueadores dentro incluidos. El gobierno comenzó entonces con un supuesto plan de salvamento. La idea que tenían era llevarnos al mayor numero de personas a unas cuevas casi aisladas por completo del resto del mundo, ya que los fenómenos se caracterizaban principalmente por producirse donde se encontraban los núcleos de población, primero en los mas densos y después en los demás. Un general norteamericano fue entrevistado por una cadena de televisión con motivo de la llegada del primer grupo a las cuevas. De pronto, en mitad de la entrevista, una especie de árbol gigante lo aplastó todo. Yo tan solo vi interferencias, ya que la señal de televisión se cortó. La verdad es que ya no sé para qué escribo esto, quizás sería mejor que lo dejase. Me lo he pensado un momento, y quién sabe, quizás algún día alguien encuentre este diario y se quede prendado de mis historias, no lo creo... Tras ver cómo me quedaba sin electricidad en mi casa y cómo se echaba a perder casi toda la comida que tenía en mi cocina, tomé una decisión: hacer los petates y arriesgarme en la jungla en que se había convertido el mundo.


Día 5:

Hoy por fin he conseguido salir de lo que antes era mi barrio. Por lo que he podido observar, la actitud de las plantas hacia los seres humanos es como de venganza... Decidí acampar debajo de las ruinas de un puente, me he atrincherado lo mejor que he podido, necesito descansar.
He dormido apenas un par de horas, cuando de pronto algo me ha despertado. Calle abajo se escuchaban ruidos similares a pisadas, y gente hablando. Aun así no he sido el único en percatarse de la presencia de seres humanos. Unos seres difíciles de describir salieron de entre la maleza y en apenas unos segundos se los llevaron a todos, los gritos todavía se escuchan desde aquí. Creo que va a ser mejor que no me acerque por ahí... Marta, te echo de menos.


Día 7:

Por fin un golpe de buena suerte. Con ayuda de un grupo de cinco personas con las que me he topado de casualidad, he llegado a un viejo centro comercial apartado de la civilización. Entre las cinco personas están Rafael (un viejo cazador), su hija María, Roberto y Álex, dos hermanos tan distintos como la noche y el día, y una joven desconocida que resultó herida por una púa que le lanzó una planta. Decidimos atrincherarnos durante unos días en el segundo piso del centro comercial, preparamos algunas trampas para intentar defendernos. De todas formas, pronto vimos que el tema de la comida lo tendríamos solucionado por bastante tiempo.
La verdad es que es bastante extraño, todos me ven como una especie de jefe, pero al mismo tiempo tienen esperanzas en que todo se solucione. Yo, sin embargo, soy más realista, ya he empezado a asumir que nadie va a venir.


Día 12:

Hoy me he levantado con lágrimas en los ojos. Cada día que pasa tengo menos esperanzas, y menos ganas de escribir este diario. Las cosas no mejoran con el paso del tiempo. La joven desconocida que estaba herida acaba de morir a causa de la fiebre, todas las medicinas que hay en la farmacia del centro comercial no han servido de nada. Mientras Álex y María vigilaban por si acaso, Rafael y yo nos decidimos a ejecutar el plan que habíamos acordado para deshacernos de posibles cuerpos en el caso de que alguno de nosotros muriese en ese lugar y pudiésemos hacerlo. La cubrimos con trapos empapados en colonia y líquidos inflamables y con un arco de la tienda de deportes le lanzamos una flecha ardiendo, después de haberla tirado fuera del recinto.
Fue un golpe muy duro, todos empezaron a dar por hecho lo que yo ya sabía hacía tiempo. Las televisiones y radios habían dejado de emitir desde hacía días. Estábamos completamente aislados. Y lo peor, quizás, sería que alguno de nosotros comenzase a perder la cabeza. Por si acaso, yo no me separo de mi cuchillo ni un segundo.


Día 16:

Después de bastantes días conviviendo, con un plan preparado para una posible evacuación por si nos descubrieran, hemos intentado hacer vida normal, como si fuera de los muros del centro comercial no hubiese nada, como si nada estuviese ocurriendo. De pronto, cuando eran más o menos las cuatro de la tarde, una de las alarmas rudimentarias que instalamos comenzó a sonar. No lo podíamos creer, era un grupo de supervivientes como nosotros. Tras ayudarlos a subir y darles cobijo y algo de comer, volví junto con Álex para volver a colocar las alarmas en su lugar. Mientras conseguíamos que nuestros nuevos inquilinos se sintiesen cómodos, el resto de nuestro grupo comenzaba a verme seriamente como un líder al que seguir. ¿Cómo es posible que vean a un perturbado como yo como líder?
Eran otras seis personas, entre las que me alegró ver a Ahmed. Nos contaron que habían ido a las cuevas y habían conseguido sobrevivir gracias a muchos otros que se habían quedado en el camino. Nos hablaron también de los “rosales”, unas plantas parecidas a las rosas que se comieron literalmente a diez de sus acompañantes, cuando eran un grupo de treinta y dos supervivientes. Pronto no me quedó más remedio que darle a Ahmed la mala noticia sobre su tienda y sobre el barrio, ya que al parecer su mujer y su hija se habían quedado allí mientras él acudía a unos recados. Hay que ver lo curioso que puede llegar a ser el destino, Ahmed se salvó por acudir a entregar unos papeles para renovar su permiso de residencia y el de su mujer. Entonces vi al desconocido, iba vestido como la difunta que lanzamos fuera antes de su incineración, aunque no hablaba con nadie. ¿Quién sería...? La verdad es que no lo sabía, pero no me daba buena espina, y lo que no me da buena espina no acostumbra ser bueno.


Día 19:

Hoy hemos hablado, hay que ver la cantidad de palabras que todavía tenemos por decirnos, incluso sabiendo que las personas estamos destinadas a una autodestrucción más clara, día tras día.  De todos nuestros “nuevos vecinos” ninguno conocía al “extraño”, de hecho ni tan siquiera le habían oído pronunciar una sola palabra; algo realmente extraño, la verdad, pero no por ello imposible.
Me senté a su lado y, compartiendo una lata de alubias con carne, comencé a hablar con él. Durante un buen rato no pronunció palabra, cosa que a mí me pareció genial, ya que nunca fui muy dado a hacer amistades, pero cuando cayó la noche fue otro cantar. Pronto comenzó a contarme una historia muy peculiar acerca del experimento que llevaron a cabo varias naciones trabajando en conjunto con el acelerador de partículas. Algo de ello recuerdo haber oído en las noticias, pero juraría que había fallado... O al menos eso dijeron.


Día 22:

Hoy salí a cazar, más que nada porque resulta que la comida empieza a escasear. Preferí no alejarme demasiado de nuestro nuevo hogar. Cuando volví con dos conejos recién cazados para la hora de la comida, ya éramos dos bocas menos que alimentar. Al parecer, según contaron, algo se había llevado a Roberto por la noche, y yo ni tan siquiera me di cuenta... ¿De verdad estaré hecho para ser un líder como proclaman los demás? ¿Cómo voy a liderar a nadie, si ni siquiera era capaz de tomar las riendas de mi vida? La noche se hace presente, y escucho los ruidos típicos de lo que creo que es una nueva jungla en lo que antes era una ciudad, talmente el mundo al revés...


Día 25:

Hoy Dieter (así se llama el desconocido) me ha acompañado de caza. Por el camino hemos hablado. Las cosas que me ha contado no tendrían ni pizca de sentido hace unas semanas, pero ahora mismo me lo creo. Según él, el acelerador de partículas sí funcionó... pero con resultados que no preveían. Al parecer transportó varios seres del futuro hasta nuestros días, entre ellos a él y su hermana Lorelei (la pobre desgraciada que incineramos). Según contó, los habían estado estudiando tanto a ellos como a varios animales y plantas que vinieron a nuestros días a través del portal que se abrió gracias al acelerador de partículas. Es de locos, pero es una historia que, viendo lo que tengo a mi alrededor, me creo sin ninguna duda.
Dichas criaturas eran las causantes de que la humanidad de hoy en día hubiese sido transportada a una especie de selva amazónica y primigenia donde los humanos no éramos los primeros en la pirámide alimenticia. Parece sacado de una novela de ciencia ficción. Echo de menos a Marta... Cuando volvimos, observamos cómo un grupo de personas había entrado en nuestro centro comercial y estaba cocinando a nuestros compañeros. El canibalismo había llegado...


Día 27:

Dieter y yo trazamos un plan para rescatarlos. Es descabellado, salvaje e implica mucha violencia, me encanta... Nos descolgamos por unas cuerdas. Después de dejar K.O. a dos de los “nativos”, observé cómo destripaban a Rafael para comérselo crudo. Desatamos al resto de supervivientes y comenzamos una huida de los caníbales a través de la selva. Pronto nos encontramos a solas Dieter, Álex y yo. Me siento sin ganas de nada, estoy cansado, no podemos dormir, y tengo la impresión de que si no son los caníbales, será algún animal o planta el que acabe conmigo. Hemos estado caminando durante horas hasta que las piernas ya no nos respondían más. En este nuevo mundo he descubierto que las plantas que ahora plagan la Tierra son las primeras en la pirámide alimenticia, al comprobar con mis ojos cómo una especie de Dalia purpura engullía entre sus pétalos a un caníbal. Tanta belleza entre tanta monstruosidad resulta paradójico. Llevo tantos días sin ti, mi vida, que ya no sé ni cómo sentirme.


Día 29:

Me he despertado solo en el lugar en el que habíamos acampado la noche anterior. No hay ni rastro de Álex, pero sí he encontrado un zapato de Dieter, cubierto de sangre. Creo que a las criaturas de este nuevo mundo no les gusta nada más que la carne. Ya no sé qué hacer, creo que me he perdido... Sin embargo, he visto una imagen sobrecogedora: de un árbol gigantesco colgaban cientos, quizás miles de cuerpos humanos, como si fuesen la fruta de esa planta. La verdad es que parece un árbol de la vida, aunque, la verdad, prefiero no cruzarme con él. ¿Soy un cobarde por querer seguir vivo? Puede...


Día 30:

He buscado a Álex y a Dieter por todos mis medios, siempre sin llegar a ponerme en peligro. Cada día que pasa las criaturas de este mundo me llaman más y más la atención. Sigo solo, sin comida ni bebida, y sin rastro de mis amigos.


Día 33:

Creo que estoy empezando a perder el juicio. Llevo muchos días sin dormir, veo a mi amada Marta entre las frondosas hojas de esta selva de asfalto. ¿Seré el último hombre cuerdo sobre la Tierra? Creo que debería seguir caminando, tengo la ligera impresión de que una criatura me lleva siguiendo varios días.


Día 37:

A quien pueda interesar:

Tras mi breve periplo por este desconocido “nuevo mundo” he decidido rendirme. Los caníbales me sorprendieron hace unos cuantos días, no recuerdo exactamente cuántos. En mi huida caí por una cristalera de un viejo edificio, creo que tengo una pierna rota y sé que así no duraría ni medio día en este desolador lugar. No sé si alguien encontrará algún día este diario. A mí escribirlo me ha servido para no perder la poca cordura que me quedaba tras mi paso por “mi mundo” y la transición a este “nuevo mundo”, y espero que si algún día alguien lo encuentra, recuerde gracias a él que los humanos también sobrevivimos incluso a nuestra propia existencia. Hoy me he decidido a escribir la última entrada, ya no tengo fuerzas más que para hacer un nudo en una soga y prepararme para mi destino.


EPÍLOGO:

Un ser con forma humana entra en un edificio. Encuentra lo que aparenta ser un esqueleto humano ahorcado de una viga, a su lado se hallan las pocas pertenencias del finado. El ser con forma humana alarga la mano. En su brazo, blanco como las nubes, se puede ver una bandera, con franjas rojas y blancas y un recuadro azul con estrellas blancas. Este ser recoge el diario y dice:
 
“A todos los equipos, hemos encontrado lo que veníamos a buscar: rastros de vida humanoide. Protocolo de evacuación activado, volvemos a casa. Activar plan Oberón...”

 

 

 
Samuel Amoedo Garrido, 2009

 



 

 

 


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