Inicio arrow Ficciones arrow EDLD arrow Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 14) - M.C. Carper
Portal de Ciencia Ficción

Menú principal
Inicio
Artículos
Ficciones
CiFipedia
Recomendados
Noticias
Novedades
Reseñas
Mapa del sitio
Productos
Libros
Merchandising
Películas y series
Utilidades
Buscar en este sitio
Foros
Feeds de sindicación
Webs de interés
Publica en este sitio
Enviar noticia
Descargas
Contacto
Quiénes somos
Términos y condiciones
Política de privacidad
Anúnciese con nosotros
 
Suscríbete con FeedBurner
 

TIENDA DE DISFRACES

Posters Point
 

LIBRERÍAS RECOMENDADAS

Banner cyberdark.net
 
Casa del Libro
 
 
EDITORIALES COLABORADORAS
 
Logo de Alkubia
Logo de AJEC
Logo de Por la tangente
Logo de Parnaso
Logo de La Factoría de Ideas
Logo de VíaMagna
Logo de Neverland
Logo de Nowevolution
Logo de Ediciones Evohé
Estadísticas
OS: Linux n
PHP: 5.1.6
MySQL: 5.0.77
Hora: 16:08
Caching: Enabled
GZIP: Enabled
Usuarios: 254
Noticias: 3300
Enlaces: 194
Visitantes: 5076737

Directorios

Bienvenid@ a nuestro portal


Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 14) - M.C. Carper Imprimir E-Mail
Calificación del usuario: / 3
MaloBueno 
Ficciones - Novela: Enfrentamientos de los Dioses
Escrito por Hari Seldon   
jueves, 09 de julio de 2009

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos - M. C. Carper

 

 

14. DESEMBARCO Y DEVASTACIÓN

 

Nut se detuvo abruptamente, pues su rudimentario sentido de precognición la alertaba, era más intuición que otra cosa. Se hallaba a la entrada de una estación de trenes magnéticos subterráneos, levantó la mirada hacia los nubarrones y encontró los plasmas nucleares; era el mismo espectáculo que veía Bob Blanco mientras gritaba a sus hombres que huyeran hasta el bus robado.
Se lanzó veloz sobre las escaleras móviles y descendió hasta el último nivel, cientos de metros más abajo. El lugar estaba vacío y silencioso, con poca iluminación.
Aquí debe estar bien, se dijo.
Sólo espero que todo este lugar no se derrumbe y me aplaste.
Se sentó recostando su espalda en una publicidad luminosa del Viaje hiperlumínico, abrazándose las rodillas.
Tal vez soy la única que se salvó.
No sé qué hacer.
Unas voces llegaron hasta ella desde el hueco del subterráneo.
Una niña de cabello rubio, casi blanco, que no tendría más de cuatro años, apareció. Llevaba en las manos una terminal hogareña de comunicación. Huía de un hombre de mediana edad, calvo, con algunos kilos de más; evidentemente era el padre.
—¡Neuci! ¡Dame eso! ¡Necesito saber qué ocurre allá arriba! —clamaba el hombre.
—¡No! Ya le pedí a la unidad que hiciera un resumen de la I.T.E.C. para ti —replicó la niña con gritos—. Tabata rompió mi contestadora de diseños láser y tú no le dijiste nada.
—Neuci, Neuci, sabes que Tabata es más pequeña... —el hombre notó la presencia de Nut—. Hola —dijo.
—¡Hola! ¿Su otra hija está aquí? —preguntó la joven jhaeliana. La escena ante sus ojos era incongruente con la destrucción que los rodeaba. Aquellas personas actuaban como si todo a su alrededor no fuese de consideración.
—Todos mis hijos están aquí. Son siete, tres varones y cuatro niñas. Pero ellas no son nada en comparación con el intruso que se instaló en mi familia —hablaba casi sin respirar—. He criado esta banda de enanos desde que mi mujer se decidió a hacer sola un viaje alrededor de la galaxia, hará ya unos dos años.
Todos los chicos aparecieron, rodeando al padre. La mayor tendría catorce años, tres menos que Nut.
—Hola. Yo soy MariLucy —se presentó.
—Yo soy Kawai.
—Y yo Conn.
—Mi nombre es Tabata, pero todos me dicen Tabinha.
—¡Mentira! —reprocharon varios.
—Yo me llamo Alessandro.
—Y yo Neuci.
—Y a mí me dicen Octavia —dijo una pequeña de casi dos años. Luego todos señalaron al hombre—: ¡Este es Alcides! ¿Cuál es tu nombre?
—Nut —sonrió ella.
Un violento temblor los hizo trastabillar, avalanchas de polvo inundaron la estación. Durante unos minutos ninguno pudo distinguir nada ante sus narices. Los pequeños tosían y chillaban, la muchacha jhaeliana contuvo la respiración a la manera aprendida en el Ytenve Hogar mientras protegía con su cuerpo a Tabinha y a Octavia. El tiempo pasaba sin notarse aparentemente ningún cambio, pronto tendría que dar respiración bucal a las niñitas o morirían.
Debo reducir el ritmo de mis latidos
Oh, Jhael, ayúdame.
Fue en ese momento de relajación que volvió a notarlo.
¡Aquella vibración!
La reconoció en el acto.
Moqzumo.
No supo con certeza cuándo, pero el polvo se esfumó.
Delante de ella estaba un hombre que parecía resplandecer, vestía ropas blancas. Largos cabellos de plata rodeaban su delgado rostro, el color de los ojos era imperceptible desde donde Nut se hallaba, ni oscuros, ni claros. Entre las ondas de los cabellos se distinguía una amplia frente. El hombre tenía una mirada jovial y llena de experiencia, era joven pero también daba la sensación de antigüedad.
—Levántate, no hay peligro. —Cuando habló, la chica fue invadida por una confianza inesperada. Los grandes ojos pardos se abrieron en una expresión estupefacta.
—Este es el maldito que se entrometió en mi vida —prorrumpió Alcides acusando al hombre, señalándolo firmemente con el índice. Una sonrisa suave fue lo que recibió a cambio.
Nut estaba de pie. Trató de recuperar el control de su conciencia, lo consiguió a medias. Su entrenamiento trataba de indicarle algo de qué asirse ante la presencia del desconocido pero no conseguía asimilar las sensaciones que la asaltaban, extrañó como nunca antes a Gwtw. Ahora todo dependía de ella. Si era la única jhaeliana viva, la vibración que emitía aquel hombre o ser no podía ponerse en duda.
—¿Quién eres? —balbuceó.
—Sólo soy yo.
De alguna manera sabía que esa sería la repuesta, se dijo.
—¿De dónde vienes? —indagó a continuación.
—De ningún lado, siempre estuve aquí. ¿Acaso no estamos todos aquí?
El ser no era humano pero tenía la forma de convertirse en lo que fuera que la mente de Nut le proyectase. Era una manifestación, un estado mental. Por alguna razón, los niños y Alcides estaban con él. El flujo de paz seguía invadiéndola mientras su mente analítica trabajaba para ordenar el rompecabezas.
¿Cuál es la relación entre la matanza en el Templo y el bombardeo de la ciudad con la aparición de este ser?
Entonces tomó una decisión osada dejando que su corazón decidiese, apostándolo todo a la intuición.
—Entiendo. Para qué hablar de límites de espacio o tiempo contigo —murmuró.
—No soy mejor que tú, si es eso lo que piensas. Soy de carne y hueso. Solo nuestros actos pueden perdurar un lapso distinto de tiempo al de nuestras existencias en el plano físico.
—Me gustaría acompañarte...
—Hace mucho que estamos juntos, esta estadía es una breve ilusión.
—Entonces no puedo... —murmuró ella.
—Si yo me mostrase abiertamente, mi destino se cerraría con demasiada rapidez, no podemos subestimar la Conciencia Latente que impera en estos tiempos. Creo que sería positivo que divulgues el pensamiento jhaeliano, eres buena con eso.
—Pero... ¿Te volveré a ver?
—Los sabios viven su momento, solo los necios se interesan por sus posibles futuros inolvidables.
Nut dudaba de sus sentidos, tal vez una roca había golpeado su cabeza y aquello sólo era una imagen creada entre dendritas, una sinapsis; algo a que aferrarse después de tantas muertes. Rozó uno de sus muslos con la punta de los dedos. Era muy real. Desde su ingreso en el Ytenve Hogar había oído sobre el Hablante, un dios que caminaba entre los mortales. Un ser que convertiría a todos los espíritus de la galaxia en una sola Conciencia. Pero en la transición ocurrirían los Enfrentamientos de los Dioses, un conflicto donde la única elección era decidir ser un peón mortal o uno de los dioses. No entendía bien todo eso, si se trataba de elegir, escogió creer.
—¿Puedo decir que te vi?
—¿Quién soy para impedirlo?
Sin encontrar una razón válida, Nut comenzó a retroceder y se alejó moviendo sus piernas con rapidez. La energía del desconocido la inundaba como un campo invisible, una placentera sensación mezcla de omnipotencia y pasividad que diluía al miedo. Sin saber cómo, se encontró en la superficie, segura del rumbo que debía tomar.


La última explosión provocó fisuras en el techo de acero fibrado del refugio. Los milicianos cinianos se inclinaron hacia las pantallas rodeadas de controles y teclas, atentos a los aparatos que registraban la actividad ofensiva del enemigo.
Ninguno de ellos pertenecía a aquel destacamento, ninguno de ellos se conocía. Los había reunido un teniente que no había caído bajo la influencia mental de Red Finsen. El militar emitió una señal codificada de alerta para reunirlos en aquel bunker, logrando juntar casi dos secciones. Luego ordenó a un par de compañías que partieran a requisar armamento, después del bombardeo, en dos bases del ejército que estaban considerablemente cerca. Quizá albergaran tanques, deslizadores y hasta un caza operable. Aquellos hombres contaban con escaso potencial convencional, estaban casi desarmados y la mayoría había perdido a sus familias.
El Teniente se llamaba Lince, era el último de su rango. Impartía órdenes concentrando su hosca mirada azul en los ojos de los supervivientes. Les daba seguridad pero el rubio hombre no inspiraba lo suficiente, para su fortuna aquella situación iba a mudar en el próximo instante.
Los operadores de las consolas alzaron sus testas de cascos grises azulados con cables conectados a terminales, escrutaron de un parpadeo al joven líder improvisado que no podía disimular un nervioso andar. Cuatro soldados del cuerpo de voluntarios, bien armados y acorazados, lo secundaron pisando con firmeza las planchas aislantes del corredor. Cruzaron el salón común con personas hacinadas, asistidas con alimentos y tratamientos para quemaduras por dos androides enfermeros que repartían medicamentos. Cajas y pequeños bultos se amontonaban en las paredes revestidas de plastiacero.
Con sus hombres siempre detrás, el Teniente Lince traspuso otra compuerta hasta la faja de seguridad y artillería del bunker. Sentados ante sus computadoras de disparo, en la torreta de superficie, los artilleros saludaron.
—Abran la compuerta —ordenó Lince—. No dejen de tenerlo en sus miras.
Los precintos se separaron con un chasquido seco permitiendo a la luz brumosa del exterior filtrarse. Una figura oscura de gran altura y enorme porte ocupaba casi toda la entrada, el rostro encapuchado no se distinguía. Avanzó con paso confiado, levantando sus negras botas de cinco hebillas magnéticas.
Aunque Lince contaba con un metro ochenta y cinco de altura, el encapuchado le sacaba una cabeza.
—Deberá disculpar mi rudeza —dijo el militar—, pero necesitamos una identificación que borre cualquier duda. —los soldados encañonaron sin parpadear con sus rifles Kal-Veintisiete.
El alto extraño alcanzó una plateada tarjeta a Lince. Éste no la tocó pero sus ojos azules se iluminaron.
—¡Bienvenido, señor!
Cuando se quitó la capucha, el rostro de Cush Dodanim fue reconocido por todos los presentes. Sin demoras fueron al centro de operaciones. Cush se inclinó con los otros sobre el mapa informativo, la ciudad aparecía arrasada después del bombardeo. Puntos rojos representaban a las personas que los detectores de vida localizaban. Tres espaciopuertos todavía funcionaban y de vez en cuando un escuadrón de cazas Embryon sobrevolaba los edificios.
—¿Cuánta gente podemos salvar? —habló Cush, sin levantar la mirada.
—Cinco mil. Tal vez seis... Aunque no creo que este bunker resista la ofensiva.       
—¡Ni hablar! —criticó Cush—. Tenemos que salir de Cinia.
Los cinianos de las cercanías oyeron con el corazón compungido. Aquellas palabras del jhaeliano significaban el fin de sus hogares y estilos de vida como los conocían.
—Entonces nuestra suerte está echada —musitó un joven—. Ya no hay esperanza.
El jhaeliano resopló adelantando el mentón. Miró al muchacho y dijo algo contrario a su educación, pero concorde con su corazón.
—Cuando no queda esperanza solo resta la venganza.
Los cinianos lanzaron ovaciones asintiendo.
—¡Sí! ¡Venganza!
—¡Muerte a Finsen y a Sabbathco!
Cush Dodanim reunió a los jefes y examinó la lista de armamento. Era muy pobre: pocos tanques, pocas planchas deslizantes y solo tres aviones espaciales Viygen. Era posible instalar algunos cañones antitanque en las planchas.
—Debemos alcanzar los espaciopuertos y requisar todas las naves que podamos —dijo el jhaeliano.
—Nos estarán esperando en el vacío, señor —comentó el teniente Lince.
—Protegeremos nuestros navíos hasta el Hiperpuente.
—¿Adónde iremos? —preguntaron algunos.
—Ya lo veremos. Pocos lugares de la galaxia admitirán a cinianos ahora —los miró con su torcida sonrisa—. Vamos ¡En marcha!


El Océano Ulniano mostraba su plateada superficie reflejando el grisáceo cielo. Ni una sola ola rasgaba la líquida piel que como un espejo monumental se perdía en el lejano horizonte. Con gran estruendo, seis objetos cayeron desde el espacio originando obeliscos de espuma de treinta metros. Aquellos transportes biomecánicos se desenrollaron y de su interior brotaron artefactos con algo de fetales. Tenían una protuberancia a manera de cabeza y cuatro muñones que se agitaban bajo el agua como si fueran patas, recordaban a quelonios. En realidad eran tanques de asalto de Sabbathco. El Logo de La Multiplanetaria era fácil de identificar sobre la coraza de los artefactos biomecánicos. Un ocre opaco y a la vez lustroso, como si fuera transparente y oscuro.
 
Enfrentamientos de los Dioses, M.C. Carper
 
Suspendida a suficiente altura para ser invisible desde la superficie se hallaba una base aérea monoplaza desde donde el Conquistador asignado emitía órdenes a los sesenta tanques “Carroñeros”, cada uno transportando una compañía de legionarios simbionéticos. Los vehículos anfibios navegaron por el mar a gran velocidad para alcanzar la costa; largas estelas de espuma se abrían alrededor. Entre ellos se adelantaron dos máquinas mayores, de cincuenta metros de longitud. Robustas, con tres patas mecánicas, las llamaban “Procesadoras”. Su función era recolectar cadáveres y reacondicionarlos en una fábrica móvil para integrar el ejército de los Simbionéticos.
La Legión de Zombies.
 
Enfrentamientos de los Dioses, M.C. Carper
 
Otro ejército de Finsen descendió a diez kilómetros de distancia. Eran veinte blindados de dieciséis metros de altura. Cubiertos de armas y una torre en forma de seta, aplastaban sin miramiento todo lo que se interponía en su avance. Eran aparatos biomecánicos construidos en Luxor. Tres gruesos tubos con aspecto de flores carnosas, como corales ciclópeos, exhalaban el negro aliento desde sus mecanismos internos. Estaban oscurecidos en los bordes por vapores nauseabundos que el viscoso y maquinal vientre del vehículo escupía. Las orugas giraban en un contenedor triangular, tenían formas de huesos planos empapados en una sustancia melosa y ennegrecida. Los llamaban Tanques Hecatombe y sembraron el horror entre los cinianos. El ruido de engranajes y correas acompañaba el movimiento de los blindados al tiempo que las torres giraban eliminando toda cosa viva en su camino.

Los Sais vivientes transmitían a Cush Dodanim confianza mezclada con invulnerabilidad. Había decidido con Lince hacer una maniobra de distracción para mantener ocupados a los enemigos que avanzaban desde la costa. Las fuerzas de Finsen no serían tan veloces del otro lado de la ciudad porque los edificios formaban una barricada natural. Ahora tenía la oportunidad, por primera vez en su vida, de utilizar todo su entrenamiento físico y mental. Iba de pie, con las piernas separadas y los brazos cruzados sobre sus amplios pectorales. La plancha deslizadora era una plataforma rectangular de seis metros por dos de ancho, con mini usinas antigrav y una unidad de propulsión a chorro. Podían elevarse hasta los doscientos metros con eficiente maniobrabilidad, dando al jhaeliano una visión panorámica de la ciudad. Un diminuto control colgaba del sillón del piloto. Los ingenieros cinianos instalaron lanzacohetes anticarro delante de las navecillas monoplazas, pero el ciniano ignoró todos esos controles: con telequinesia dirigía el vehículo y las armas se movían sin ningún contacto por órdenes mentales.
 
Cush en la resistencia. Enfrentamientos de los Dioses. M.C. Carper
 
Bajo él, la ciudad pasaba veloz, pero ningún movimiento escapaba a sus sentidos entrenados. Allá, hacia el oeste, pudo ver la típica torre poligonal del espaciopuerto. Por el norte, desde el Océano Ulniano, las zigzagueantes manchas oscuras que el viento deformaba confirmando la destrucción que avanzaba con los anfibios mecánicos, las vomitivas palas de las “Carroñeras” alzando los quebrados cuerpos de las víctimas cinianas. Los cadáveres caían en una obscena hendidura de pliegues carnosos que eructaba baba gelatinosa. Momentos después, un Legionario Zombie salía expelido por un hueco posterior parecido a un útero cartilaginoso. El simbionético surgía investido con todo el equipo bélico y el casco de control activado. Otros viscosos soldados controlados a distancia caminaban como autómatas, manteniendo prudentes metros de separación entre ellos, con las ametralladoras C-Setecientos activadas, cargadas e instaladas sobre sus hombros pertrechados.
 
Legionario zombie. Enfrentamientos de los Dioses. M.C. Carper
 
Desde el sur, el innegable avance sangriento de los Blindados Biomecánicos era acompañado por el estruendo de demolición que precedía a las torres. Los escombros los retrasaban, pero no tanto como hubiesen querido los cinianos.
Seis planchas deslizantes flanquearon a Cush. Debajo, el ordenado convoy de sobrevivientes en vehículos de surtido origen marchaba lentamente. Remolques, ómnibus, carros de carga y aseadores se dirigían hacia los espaciopuertos.
Tres tanques protegían a la gente, eran N-Siete Cero “Taisa” con dos bocas de alto poder, seis estaciones misilísticas y una emisora máser. Apoyándolos, dos tanquetas con ametralladoras de munición explosiva batían el área con un radar móvil que en ese momento registraba a todas las unidades enemigas. Privado de la colaboración de los satélites, su barrido se limitaba a detectar movimientos y calor. El jhaeliano se dio cuenta que nunca llegarían si no detenían a aquellos ejércitos. La Legión de los Zombies ya estaba cerca, si se mezclaban entre la gente serían muy difíciles de eliminar. Apretó el pomo de sus Sais y habló por el comunicador.
 
Ataque de la Legión de Zombies. EdlD. M.C. Carper
 
—¡Teniente Lince!
—Sí, señor —la respuesta llegó desde uno de los “Taisa”.
—Refuerce el flanco sur. Nosotros distraeremos a los simbionéticos.
—¡Señor! Si uno solo de esos blindados, esos Tanques Hecatombe, nos contacta podrá acabarnos en medio minuto.
—¡Volveremos a tiempo! —mientras hablaba, Cush ladeó la plancha hacia la derecha trazando una cerrada elipse. Los impulsores se encendieron empujando el deslizador sobre las cúspides de los edificios. Separados estratégicamente lo secundaron los otros pilotos en sus planchas deslizantes.

En la base aérea, el Robot Conquistador a cargo deslizó una ágil mano sobre su tablero, ordenando a las unidades movilizarse. Obedientes, las cabinas aplanadas con forma de testa se elevaron atronando con su artillería. El oscuro cielo devolvió los reflejos de los cohetes que como saetas rasgaban el aire.
Las planchas aéreas de los cinianos evadieron con facilidad el ataque. La maniobrabilidad de sus aparatos era muy superior a la de los anfibios biomecánicos. Arrojaron mortandad desde sus lanzacohetes. Fragmentos de blindaje biomecánico llovieron cubriendo el techo del cielo.
Cush maniobró a escasos veinte centímetros del suelo, convirtiéndose en un blanco difícil de detectar. Los misiles serpenteaban a su alrededor. El jhaeliano a su vez no interrumpía por ningún motivo su ofensiva. El retumbar de los estallidos, los incendios y el sofocante humo tornaron el combate en un pandemonio de confusión. Las comunicaciones se llenaron de estática y la visibilidad se volvió neblinosa.
Una de las planchas cinianas se estrelló entre las gruesas patas macizas de un “Carroñero”, al cual no le fue complicado aplastarla. Los soldados zombies alzaban sus C-Setecientos acribillando las alturas donde zigzagueaban las plataformas de los nativos del planeta.
Adelantándose al resto, el líder ciniano extendió sus brazos apretando con fuerza los Sais de Cristal Viviente. Toda la magia de los instrumentos inundaba su ser. Dejó que los Naturales del cosmos, sus entes protectores, se hicieran cargo. Giró sobre sí mismo soltando los transparentes filos, disparándolos en direcciones opuestas. Ambos atravesaron con absoluta simpleza a varios blindados artrópodos. Resplandores blanquecinos mancharon las placas de caparazón biomecánico desmantelándolos con fatua iluminación.
Algunos simbionéticos sucumbieron por la misma suerte.
Nada podía resistir aquellos filos, los Sais regresaron impulsados por voluntad propia a las manos de Cush.
La confianza ganó los corazones de los nativos. Enardecidos por impartir justicia por las víctimas del bombardeo, incrementaron la furia del combate. Miembros seccionados con implantes cibernéticos rasgaban las nubes que coronaban los fuegos.
Dos planchas deslizadoras llenas de agujeros, fruto de las balas de los C-Setecientos, se cobijaron en la nubosa oscuridad y saetas de luz las sacudieron en desordenada avalancha. Una estalló en una explosión multicolor, la otra logró escabullirse ladeándose entre dos construcciones a máxima velocidad. En la confusión no distinguió las vigas que se erizaban de la mampostería, el cuerpo del conductor ciniano se engarfó y su deslizadora aterrizó sin jinete doscientos metros más adelante.
Mientras los Carroñeros seguían su ruta pisoteando las calles de quebradizo escombro, el jhaeliano estiró sus brazos tras la espalda tomando impulso para arrojar ante sí los Sais, exterminando docenas de invasores.
Cuando el Conquistador que dirigía el ataque lo identificó, todas las fuerzas de Sabbathco recibieron la orden de destruir a aquel formidable enemigo. Cientos de hoyuelos traspasados por la luz aparecieron en el fuselaje del vehículo, que no tardó en deshacerse, precipitándose hacia el suelo. Cush no tuvo otra alternativa que lanzarse al vacío, abandonándolo. Ya en tierra contempló cómo la plancha se consumía envuelta en lenguas rojizas de calor.
Debo conseguirme otro vehículo, pensaba cuando una imagen fugaz ocupó su mente: Las Torres biomecánicas cercan al convoy de sobrevivientes desde el otro frente.
Soldados simbionéticos le dispararon parapetados a centenares de metros. Rodó por despojos, en dirección a una menuda columna carbonizada.
¡Jhael! Tardaré en deshacerme de estos. Debí quedarme cerca de los refugiados. Es una vergüenza tener que huir pero no hay alternativa, razonó, y se lanzó contra el enemigo gritando:
—¡Por Sálvat!


Nut caminaba entre las retorcidas vigas de los edificios bombardeados, la devastación acongojaba su corazón. Retenía sus lágrimas por temor a ser oída. Lejanos y apagados, le llegaban los lamentos desde muchas direcciones. Una niña gemía, casi inaudible, detrás de una pared, lo único que quedaba de una vieja casa. La joven se acercó a la pequeña y se detuvo a contemplarla. Entonces percibió algo: la niña dejó de gemir; sonrió alzando el rostro hacia Nut, en sus sucias mejillas había alivio. Lo mismo ocurrió con todos los heridos en las cercanías. Los sobrevivientes reconocían que su presencia los había sanado, pero Nut no dijo nada. Se percataba que su facultad de curar estaba relacionada con sus deseos de hacerlo. ¿Era posible que mi encuentro con el enigmático ser hubiese tenido como resultado la manifestación de ese don?, pensó. Dejó que se organizarán manteniéndose indiferente a las opiniones. Todos esperaban que llegara una partida de rescate.
Rato después oyeron llegar a los transportes, era la avanzada del teniente Lince.
Un vehículo de Emergencias y Auxilios salvó los obstáculos calcinados, donde dos bocas de columnas llameantes se erizaban hacia las alturas. Las enfermeras en sus trajes verdes y blancos asistieron a los caídos con sus aparatos de curación y regeneración en funcionamiento.
En una tienda de campaña improvisada, la joven Nut colaboró con los galenos; sus aptitudes sanadoras deslumbraron a los presentes. No le quedaban dudas de que su proximidad traía alivio a los enfermos, innegablemente era un resabio del encuentro con el desconocido de los subterráneos. Muchos heridos se acercaron para que “La Sanadora” los aliviase.
El convoy continuaba su ininterrumpida procesión mientras el teniente Lince fisgoneaba con sus macrobinoculares en derredor. En lo profundo del corazón anhelaba el regreso de Cush Dodanim. Aunque era fácil imaginar que el jhaeliano se mantenía en la retaguardia conteniendo a los enemigos que avanzaban por el Océano Ulniano.
—¡Señor! —alertó el operador de comunicaciones—. He perdido contacto con el radar móvil...
Desde la derecha, la hilera de rascacielos se desmoronó atravesada sin piedad por las Torres Hecatombe del ejército invasor.
La jhaeliana las contempló desde la vanguardia, lejos de la posición de Lince. Se arrebujó en sus ropas y cubrió nariz y boca para protegerse de las nubes de polvo que los envolverían.
Los Taisa abrieron fuego, las municiones no hicieron mella en el blindaje biomecánico. Una tormenta de rayos mortales se abatió sobre los indefensos humanos. Para mayor pesar, dos Legiones de zombies aparecieron por la izquierda y la batalla de armamento convencional portátil comenzó instantáneamente.
Así, entre dos fuegos, la chance de los cinianos se veía muy reducida.
Nut corrió tropezando entre la destrucción para ayudar a los más indefensos, los llantos y gemidos de los que adolecían conmovían las almas.
Para los que se batían contra los simbionéticos la aflicción alcanzaba dimensiones desconocidas. Con ojos nublados por lágrimas debían destruir a hermanos, padres e hijos convertidos por las morbosas ciencias de Finsen en soldados sin voluntad. Cadáveres mancillados y profanados para dañar física y psíquicamente. La moral caía y el teniente Lince no tenía ya medios para recuperarla.
Un monumental puente se partió en cientos de trozos aplastando decenas de vidas y bloqueando así el único camino hacia el espacio puerto. La caravana de patriotas se replegó, amurallándose, preparándose para recibir el golpe de gracia enemigo.
Entre los pliegues polvorientos, la chica del Ytenve Hogar descubrió sobre la cima de deshechos del puente un punto oscuro. Volvió a observar, esta vez utilizando su adiestramiento jhaeliano. Otros puntitos negros lo rodeaban.
¡Es él! ¡Otra vez!
La figura se aproximó lenta y apaciguadamente.
Junto con su grupo alcanzó a los cinianos. Su porte luminoso y a la vez simple, majestuoso y humilde conmovió a la multitud aun cuando el ataque de Sabbathco continuaba.
—Los que portan la verdad viven sus diferentes mundos —dijo a los que podían oírle—. Soy portavoz de mi propio sonido. ¡Hijos de Jhael, su elección es un hecho! ¿Pueden creer en un Milagro?
Atónitos, los cinianos lo escucharon. Muchos contestaron mentalmente, otros en murmuraciones. Sólo Nut se animó a decir.
—Sí. Yo creo.
—¡Cicatricen sus heridas! ¡Reconstruyan sus huesos! ¡Regeneren sus tejidos! —gritó el Hablante. Los niños de Alcides repetían sus gritos. Las curaciones se manifestaron consecuentemente como una inundación invisible.
Las dudas se desvanecieron.
—Somos los dueños de nuestros mundos. ¿Cuál es la realidad? —dijo, sin que nadie encontrase sentido a sus palabras—. Cuando el Hacedor se hace a sí mismo, deshace lo que no le da provecho. —Con un sutil ademán, los Tanques Hecatombe se desmantelaron y los Legionarios Zombies regresaron al descanso de la muerte—. ¡No lo he hecho yo sino ustedes! ¡Apresúrense, amigos! —gritó más fuerte— ¡Las naves no estarán esperándolos por siempre!
La joven discípula de Gwtw se le acercó.
—Nos volvemos a encontrar.
—Es absolutamente a propósito. Como una semilla, comienzo en Cinia y terminaré en el planeta Arena. Sembrando donde haya que sembrar. Pero siempre la tarea recae en muchos hombros, sólo soy un hablante —sonrió—. Hay tantos como yo... En realidad no pude sofrenar el impulso de dar una mano, aunque Alcides quería abandonar el planeta antes.
—Es cierto —se quejó el calvo padre—. No hay consideración. ¡Aquí hay niños!
—¡Alcides! —aulló Neuci—. Sólo se trataba de un telón imaginario.
—¡El Enfrentamiento de los Dioses! —Nut miraba a los sobrevivientes correr hacia la torre de hangares—. ¿Cómo puede suceder esto?
—Sucede porque muchos eligieron hacerlo y muchos aceptaron esa elección.
—Un capricho de los dioses…
—Tal vez —murmuró el hombre de cabellos blancos—. Pero... ¿quiénes son los dioses?
Nut se quedó pensativa. Su mente se lanzó hacia todos los conocidos. Los jhaelianos, Cush,  los de la Multicorp, los Krebs, los genéticos...,  los niños..., los desprotegidos...
—Estarán bien, pequeña Nut. Vamos, sálvate tú.
Escuchó las palabras, entendiendo que nada más podía hacer en Cinia. La labor que tenía por delante se realizaría en otro lado. No se despidió y corrió en pos del ordenado convoy.

 


El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper

 

Leer el capítulo siguiente: 15. Interrogatorio

Leer todos los capítulos

Sobre el autor: M.C. Carper

 

 

 


Add as favourites (6) | Cite este artículo en su sitio | Views: 751

  Sea el primero en comentar el artículo
RSS de los comentarios

Escribir Comentario
  • Por favor, mantenga el tópico de los mensajes en relevancia con el tema del artículo.
  • Lenguaje inapropiado será borrado.
  • Por favor, no use los comentarios para promocionar su sitio, ese tipo de mensajes serán removidos.
  • Aségurse de *Recargar* la página para mostrar un nuevo código de seguridad antes de cliquear 'Enviar', en caso de haber ingresado un código incorrecto.
Nombre:
E-mail
Sitio Web
Título:
BBCode:Web AddressEmail AddressBold TextItalic TextUnderlined TextQuoteCodeOpen ListList ItemClose List
Comentario:



Código:* Code
I wish being prevented by email of the comments which will follow

Powered by AkoComment Tweaked Special Edition v.1.4.6
AkoComment © Copyright 2004 by Arthur Konze - www.mamboportal.com
All right reserved

 
< Anterior   Siguiente >

Usuarios





¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí
Hay 10 invitados y 1 usuario en línea

IberLibro.com - 110 millones de libros nuevos, antiguos, agotados y de ocasión
comics_120x600.gif