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15. INTERROGATORIO
Ernesto recobró sus facultades. Percibió el gomoso suelo irregular de la nave biomecánica y la sensación de ingravidez le indicó que estaba en el espacio.
¿Adónde me llevará?, pensó. La pregunta sólo tenía una respuesta: al Cadalso.
Le preocupaba cuánta información podía extraer de él Finsen antes de matarlo. Por suerte no conocía el paradero de su esposa, a decir verdad tenía una vaga idea. Estudió su celda, circular y lustrosa. En el techo, a tres metros, orillaba un ojo que goteaba baba glucosa. Incorporarse fue dificultoso, pues tenía los brazos esposados a la espalda. Buscó un rincón en el cual apoyarse tratando de descubrir alguna puerta.
Las estructuras biomecánicas son tan psicodélicas que perturban el espíritu.
Mientras pensaba, una pared se torció y curvó como la boca de un insecto demostrando una abertura que traspuso Finsen con dos Conquistador. Los robots lo tomaron de los codos y cerraron sus tenazas en la carne.
—Krebs. Debe considerarse prisionero de nuestra nueva fórmula política. Todas sus pertenencias o categorías han caducado en este momento.
A través de la oquedad vio al biomecanoide alejarse por una sección curva, supuso que sería uno de los brazos laterales del Cruz de Espinas. Los guardias lo empujaron a tres pasos de su jefe.
La nave era demasiado oscura para el gusto del ciniano; era difícil percibir detalles, casi imposible en los sombríos rincones. La pared derecha era de un material ambarino y reticular. Ernesto razonó que era una especie de ventana, la mitad del planeta Cinia se colaba por la transparencia y el lechoso brillo creaba reflejos en el ámbar.
Otra puerta boca se abrió y entraron en el puente de mando del Cruz de Espinas, los humanoides fusionados a la nave horrorizaron al ciniano.
El último seiyón se encaminó al centro del puente. De pie, sobre el pentagrama mayor y muchos diseños cabalísticos, murmuró una de sus salmodias y quemó polvos ante dos pequeños altares ennegrecidos por el uso. Los Conquistador se fueron.
—Cinia Capital ha sido destruida, los Jhaelianos del Ytenve Hogar, ejecutados, y La Monarquía ya no existe —Finsen no logró alterar el temple de su prisionero.
Es posible que Krebs sepa algo sobre el Hablante después de todo, pensó el seiyón.
—Imprevistamente algunos sobrevivientes se nos han escabullido de entre los dedos. Me han informado de un arma desconocida que inutilizó a mis Blindados contra todo pronóstico. —Ernesto no entendía a qué se refería—. El Hablante o Guía que debía aparecer no pudo ser hallado, como tampoco esa ramera de Claudia Monteagudo...
Aquella noticia llenó de regocijo al prisionero, que recuperó algunas esperanzas. El Hechicero Rojo lo percibió.
—Yo no lo celebraría tanto, Krebs. El único hogar que le queda a su mujer es Pandior, Sistema estelar que es uno de nuestros principales aliados.
—Mi esposa no es política, no es ni de lejos una amenaza para usted —dijo Ernesto tratando de dominarse.
—Deme respuestas, Krebs. Le aseguro una muerte piadosa, de usted depende.
—Mi subconsciente está condicionado por hipnosis para dar informaciones falsas, todos en la Multicorp nos sometemos a eso.
Los crueles ojos biomecánicos se incrustaron en los de Ernesto. El humano sintió aquella violación a sus pensamientos. Algo perturbador, obsceno, pútrido. Se esforzó por impedir que aquel monstruo se entrometiera con sus recuerdos; por mantener la mente suya. Sin embargo, notaba la intromisión.
Una violación psíquica.
Las artes macabras del último seiyón escarbaron los sitios privados y más encubiertos en el subconsciente del ciniano. La impotencia y la humillación conmovieron con un ronco llanto al torturado, que con la mente desnuda sin remedio cayó a los pies de su verdugo.
—¿Lo ve, Krebs? Ahora conozco sus terrores profundos, puedo profanar sus secretos más recónditos —se arrodilló sobre el gimiente hombre—. Exploraré su miedo, puedo hacerlo vivir la traición de la duquesa con Dodanim... ¡Oh, sí! Se veían en secreto. ¿Merece ella que usted la proteja? —Introdujo imágenes desordenadas de los encuentros de Claudia con su amante—. ¡Vívalo!
Aquel flagelo era insoportable. Luchó con su mente para rechazarlo, pero no podía siquiera pensar. El departamento de defensa instruía contra ese tipo de ataques; mientras fuera dueño de algunos pensamientos lo lograría, pero notaba cómo Finsen alteraba sus razonamientos. Entonces no le quedó más que pensar en el amor que sentía por Claudia, algo que iba más allá de lo ella hiciera. La intromisión del torturador continuaba a pesar de todo.
Una violación psíquica.
Rato después, Finsen interrumpió el martirio. Llorando y jadeando, Ernesto Krebs logró suplicar:
—¡Devuélveme mi mente! El Hechicero Rojo se irguió ominoso.
—¿Dónde está Claudia Monteagudo?
Una sonrisa se dibujó en la faz del prisionero.
—Ella te hirió bien, ¿no es cierto, maldito? —silencio como respuesta—. Todo lo que dijo en la Mansión era verdad. Mi Claudia... —su amor por ella volvió a fortalecerlo—. Sus palabras fueron peores que las armas de los duelistas —concluyó con un gesto burlón.
—Te juro que su bocaza me pedirá piedad mil veces antes de morir. Tu ramera padecerá todas las bajezas que puedas imaginar cuando la atrape, gozaré contándole cómo sufriste hasta morir. —El odio del ser milenario hacía temblar sus miembros—. ¿No conoce el mundo natal de la duquesa? Iremos allá, pero antes quiero que asista a un acto que consume mi tardía venganza contra Sálvat. La creencia de los antiguos pronosticaba la llegada de un avatar, un emisario del Cambio; alguien que elevaría las conciencias para provocar un universo mejor. Ya habrá oído antes todas esas estupideces de humanos convirtiendo la galaxia en un hogar de paz y amor, la misma naturaleza humana se opone a esos conceptos.
Los robots de guerra trajeron al puente del Cruz de Espinas un contenedor de cristal con niños apretujados, llorando de sufrimiento. Si algo faltaba para convencer al prisionero de la falta de cordura del cyborg, aquella escena bastó.
El genético se sentó en el suelo, perplejo.
Finsen prorrumpió palabras antiguas de idiomas extinguidos y el lugar se oscureció aún más. De las muñequeras utilitarias extrajo instrumentos de su creación que depositó en los altares que lo rodeaban. Los contornos alrededor se distorsionaron. Formas imprecisas, frutos de una pesadilla, se alargaron sobre los niñitos. Grotescas fauces, exageradas articulaciones con viscosas garras y la innegable sensación de lo ajeno, lo venido de otro lado. Era demencial. La existencia de esos seres hizo dudar a Ernesto, podían ser obra de un sortilegio psíquico de su captor. Pero no, esos monstruos venían de otra dimensión, tenían un incongruente tipo de vida.
Los Entes eran cientos, quizás miles. Se abalanzaron atropelladamente sobre los pequeños. Krebs cubrió sus ojos, pero el espectáculo horrendo se manifestó en su psique.
Los estaban devorando.
Los comían vivos.
Los convocados por el Hechicero Rojo terminaron pronto su propósito, sólo manchas líquidas quedaron donde antes estuvieran los chicos. La voluntad del prisionero se derrumbó y los robots llevaron a un balbuceante Krebs hasta su celda.
El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper Leer el siguiente capítulo: 16. El Supertzar se escabulle Leer todos los capítulos Sobre el autor: M.C. Carper Add as favourites (3) | Cite este artículo en su sitio | Views: 405
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