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Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 16) - M.C. Carper Imprimir E-Mail
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Ficciones - Novela: Enfrentamientos de los Dioses
Escrito por Hari Seldon   
martes, 04 de agosto de 2009

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos - M. C. Carper

 

 

16. EL SUPERTZAR SE ESCABULLE

 

Dos vapuleados cazas Viygen cubrían el tráfico desbandado del Espaciopuerto. El cielo aparecía moteado de los fuegos de los propulsores y los variados fuselajes de las naves.
Un coche grúa, con cuatro brazos robot, ingresó bruscamente en el Hangar del Nivel Dieciséis arrastrando dos señales de aparcamiento y derrapando hasta inmovilizarse contra el muro metálico.
Cara de Trompa, el Ceet, y Yeshin se apearon con sus armas listas. Claudia saltó hacia el suelo, sacudiendo el polvo de su sobretodo oscuro. Tras ella descendieron Bob y P.L.P.S.
Estos koranios son ordinarios…, parecen de fiar, aunque sus métodos son muy instintivos, pensó la duquesa.
El Supertzar seguía anclado y listo para el despegue. En la rampa de acceso, la pandioresa identificó a un denk que arma en mano impedía a algún osado de la multitud jugar al polizón con la nave korania.
Mientras se esforzaba por atravesar la muchedumbre, que corría presa del pánico, atisbó por el rabillo del ojo un rostro familiar, una joven que solía asistir a sus seminarios de sociología.
—¡Nut!
La nombrada se detuvo uniceja y dijo:
—¿Claudia? —Bob desenfundó su pistola de dos caños. Oyó a la chica llamar a la duquesa por su nombre, pero no podía fiarse. Antes de que pudiera decir nada, Claudia se apartó para ir al encuentro de Nut, que decía:
—¡Gracias a Jhael!
—¿Vas a abordar algún transporte oficial? —preguntó la esposa del Consejero, no había abandonado la esperanza de encontrar a algún genético.
—No hay naves de la Multicorp —dijo seria la chica del Ytenve Hogar—. Creo, también, que somos las únicas jhaelianas sobrevivientes...
 
Imagen de Enfrentamientos de los Dioses
 
¿Somos?  ¿Por qué no me siento inclinada a negar lo que dijo?, se cuestionó la muchacha de Pandior.
—¡Claudia! Lo he visto, aún queda una esperanza. —la otra joven estaba enardecida.
—¿A quién viste, Nut?
—Al Hablante.
Esto la ha superado.
Pobre Nut.
—¡Señora! —instó Bob.
—¿Vienes? —invitó Claudia.
—Gracias, pero trataré de abordar la nave en la que vaya él.
No había terminado de hablar cuando se perdió entre la masa humana. Claudia apretó los labios y se dirigió hacia la nave de los traficantes. A grandes trancos subieron la explanada del Supertzar, Lengua Veloz cerró La fila y aseguró la esclusa de aire.
—¡Todos a sus puestos! Listos para el despegue.
La duquesa y el robotito se ubicaron en el sillón de tripulante, detrás del lugar del capitán y frente a la estación de ingeniería donde Rylliu distribuía la energía de la nave.
Yeshin sacó la nave del Hangar.
—Coloca los escudos en posición, Yeshin, nos deben de estar esperando más allá de la órbita.
 

Desde la torre de otro espacio puerto, a mil kilómetros de allí, Cush Dodanim se despedía de su planeta natal contemplando la línea del Océano Ulniano. La nave que lo esperaba estaba lista para partir. Von Essger llegó hasta él para animarlo.
—Es tiempo de irnos, Cush. Has hecho más de lo que podías.
—Finsen debe morir. Sé que yo intervendré en su muerte, vengarme desahogará este dolor en mi corazón.
—Tranquilízate, no dejes que esto envenene tu espíritu. Aquí no ganará la fuerza sino la astucia, es necesario conocer sus movimientos para destruirlo. Finsen no te relaciona con sus enemigos y pocos de los jhaelianos conocemos tu linaje. Por tus estudios y posición no te será difícil infiltrarte entre sus administradores territoriales…
—¡Maestro! Von… ¿Me estás pidiendo que me una al Hechicero Rojo para espiarlo? No creo ser tan fuerte.
—Lo eres. No sé cuántos de los nuestros siguen con vida, pero los buscaré. También trataré de contactar al Hablante.
—Si te marchas en esa cruzada, estaré solo por algunos años. No puedo prometerte mantenerme impasible si estoy frente a frente con el último seiyón.
—Jhael nos protegerá —sonrió el maestro—. Vamos, Cush, abordemos.
 

Cuando estuvo a la suficiente distancia, el motor principal impulsó al Supertzar para romper la fuerza gravitacional del planeta. El telón estrellado del espacio reemplazó el polvoroso cielo de la ciudad. Por una pequeña ventana lateral Claudia contempló la superficie verde gris de Cinia.
Quizá nunca vuelva.
Recordaré por siempre lo feliz que fui en este planeta.
 
Imagen de Enfrentamientos de los Dioses
 
La nave dejó atrás la bola geoide, luego a los gigantes gaseosos. El pequeño robot cámara consoló con un suave abrazo metálico, engomado y artificial a la muchacha. Esta respiraba imperceptiblemente con la mirada en la nada, sintiéndose abandonada, pero no rendida. Una coraza, de la cual desconocía el origen, se estaba formando en su espíritu; la certeza de su capacidad para sobrevivir.
No me importa el dolor.
Mas era el dolor de los seres amados lo que la acongojaba, el solo hecho de imaginar a Ernesto en manos de Finsen le provocaba escalofríos. Su amor por el ministro iba unido al recuerdo de su traición desenmascarada. Todo había sido un juego sin razones. En su vida todo siempre fue fácil, le habían dado todo. Sus padres, los curas y su esposo. Creía que el mundo se movía bajo su sombra y que solo tenían pesadillas los intransigentes de los mundos fronterizos. Dejó sus cavilaciones cuando sintió que debía hablar con el capitán.
—¿Qué dirección vas a tomar?
La brusquedad de la pregunta y el tono molestaron a Bob.
—No hay ningún plan —replicó—. Mi esperanza es que las naves de Sabbathco no nos consideren amenazantes. Somos solo una pequeña caja de metal entre cientos de cruceros y buques transplanetarios que abandonan Cinia.
—Hay tres cazas enemigos en esta zona, tras la nube cometaria —anunció ella. No entendía cómo lo sabía, pero no tenía la mínima duda de la veracidad de ese hecho.
—¿Y cómo lo sabes, duquesa?
—Sólo lo sé. Nos esperan.      
La órbita de la última roca del sistema sería alcanzada en un minuto más. Yeshin interrogó en un dialecto koranio a su amigo.
—Yeshin, nuestros detectores son Winslomn & Crader Siete cuatrocientos diez, no pueden sorprendernos.
En las consolas aparecieron tres puntos.
—¡Detectores de inercia!
—¡Son rápidos, Bob! —gritó Yeshin.
—Embryon, sin duda.
Los cazas biomecánicos saltaron desde el límite del sistema, su vuelo demostraba intenciones belicosas.
—Detecto su sistema de armamento activado —advirtió Rylliu.
El capitán movió con presteza sus dedos ante la consola de vuelo.
—¡Impulsores de maniobras!
—Todos a las posiciones antiaceleración.
Quel, Lengua Veloz, Tres Ojos y Cara de Trompa se acomodaron en sus puestos y aseguraron los precintos anti-G. El Copiloto se giró alarmado hacia el dueño del Supertzar.
—Acaban de lanzar dos protomisiles.
—Lo sé. Curso Cero-Doce-Cinco.
El movimiento tomó desprevenida a la duquesa, que sintió su estómago subirle a la garganta. P.L.P.S. se apresuró a sujetarla.
El Supertzar trazó una línea perpendicular de noventa grados con respecto al curso que mantenía. Luego se dirigió al interior del sistema nuevamente. Los Embryon desplegaron su formación para cercarla, mientras los mísiles seguían las radiaciones del motor de la nave korania.
Bob Blanco llevó su carguero a la órbita de un enorme gaseoso, lo circunvaló en una cerrada elipse. Los protomisiles no fueron tan inteligentes como para reconocer el peligro que corrían. En su persecución fueron apresados por las fuerzas gravitatorias y el enorme planeta literalmente los absorbió.
Las saetas protónicas se esfumaron en una confusión de azules, naranjas y blancos.
Los cazas no eran tan fáciles de timar.
—Debemos salir del sistema —los regañó Claudia.
—Eso intentamos, señora —gritó Bob—. No nos será tan fácil engañar a los del hiperpuente con nuestros amigos en nuestra cola.
—¡Tu nave es más veloz!
—Sí, pero no sabemos la ubicación exacta del Hiperpuente, con tanta actividad interplanetaria los detectores están congestionados. Tampoco podemos orbitar el sistema para localizar el láserfaro. —No lo dijo, pero sospechaba que los soldados de Finsen hubiesen desactivado la señal del Hiperpuente para que nadie pudiese orientarse. Era una locura, pero el ataque a Cinia también lo era.
Claudia se enderezó en su asiento y señaló una estrella brillante tras las rejillas frontales. Tenía una confianza nueva en sus sentidos, como si una voz susurrase en su mente. Desplazó su asiento por un carril hasta estar junto al capitán.
—Dirígete hacia esa estrella —dijo señalando el monitor de sondeo—. Es el puente. —Su firmeza los contagió a todos.
—¿Será posible? —pensó Bob en voz alta—. ¡Tres ojos!
El Chaluk estaba reclinado en su asiento del observatorio precario, montado en los compartimientos misilísticos del morro. Recibió la voz del capitán a través del comunicador.
—Necesito telemetría y clasificación de ese objeto espacial —oyó la orden de Bob, mientras la posición del cuadrante aparecía en su terminal. Tres Ojos activó los instrumentos y escrutó con sus brillosos órganos oculares, los análisis se hacían rapidísimo con la colaboración de Count Raven.
—¡Es el puente Hiperespacial! —gritó.
Claudia respiró con más tranquilidad, no percibió que Yeshin y Rylliu la observaban con asombro e intercambiaban miradas de “¿cómo explicas eso?”.
Roberto Blanco no era tan fácil de conllevar.
Pura suerte, se dijo.
—Impulso total hacia él, Rylliu —ordenó.
Los residuos fosforescentes del plasma marcaron una estela lechosa en el vacío estelar. Así, eludiendo el fuego enemigo navegaron directamente hacia la ciclópea ingeniería sideral. Copos de luz plateada aparecían con intermitencia a través de las ventanas de la carlinga.
La combinación de la destreza de los piratas con el auxilio de la Count Raven hacía posible que la nave burlase el ataque de Los Embryon.
Frente a Yeshin, una pantalla se llenó de registros.
—¡Capitán! Ya detecto siete columnas de trasbordo.
—Debemos mezclarnos en una de esas hileras de naves —dijo Bob encaminando al Supertzar hacia una fila de enormes refinerías autopropulsadas y a otras adheridas a remolcadores de Precisión.
—¡Roberto! —llamó Rylliu—. Dos de los cazas han abandonado nuestra persecución, deben de tener órdenes de no dañar estas naves. Es posible que tengan luz verde de Sabbathco para dejar el sistema.
—O sea, que sus destinos serán destacamentos de Hechicero Rojo.
Claudia oía la conversación como sonido de fondo de sus cavilaciones. El mundo a su alrededor estaba cambiando, recordaba los viejos ejercicios de disciplina mental que los curas pandioreses le enseñaban de niña. Percibía signos en los latidos y los colores que tenían significado para ella, temía estar perdiendo la razón. Sin embargo, algo había llamado su atención.
No dañar estas naves.
Destinos… Destacamentos…
—Oigan. —murmuró
Los traficantes la miraron con curiosidad.
—Si no me equivoco, en aquella fila hay contenedores de mi propiedad. Una Firma de Pandior. —Señaló una procesión de astronaves a kilómetros de la que seguían. Mintió adrede diciendo que esas cargas eran suyas para que no la tomasen por loca, pero volvía a tener la completa seguridad de que debían seguir ese rumbo.
—¿Qué son? —interrogó Roberto Blanco.
—No lo recuerdo con exactitud. Pieles o joyas... —frunció el ceño—. No... Creo que son artículos de lujo vivos: mascotas o plantas...
—Quizás sea un transporte de tropas —criticó mofándose el capitán.
—Haga lo que le plazca —replicó ella—, yo solo trato de ayudar.
Rylliu intercedió apoyado por el copiloto.
—Estoy de acuerdo con la Dama, Rob. No podemos perder más tiempo.
Yeshin asintió y P.L.P.S. corroboró con sus chillidos artificiales.
Sin responder, dieron una vuelta a la primera fila y se entreveraron en medio de quinientas naves con un curso común.
El Supertzar zigzagueó entre enormes bloques poligonales de kilómetros de alto y decámetros de largo. Las estructuras de fuselaje verdoso estaban cubiertas de cañerías y sustentadores vitales. Evidentemente transportaban cosas vivas.
Tras unos veinte o treinta giros, el caza que los seguía perdió el rastro pues su detector registraba demasiados movimientos, objetos y emisores de calor. El piloto simbionético no descartó que, con las osadas maniobras, su perseguido se hubiese volatilizado contra las magnánimas paredes del fuselaje de los contenedores. Volvió a su puesto en la orbita de Cinia, luego de inspeccionar la zona una última vez.

La nave korania navegaba paralela a uno de los gigantescos compartimientos de pago. No había sido nada sencillo colocarse a la misma velocidad para no ser descubiertos por los controladores del Hiperpuente, ni hallar la sombra del Contenedor donde guarecerse. La intención había sido acoplarse con los garfios mecánicos de amarre, pero los traficantes decidieron que sería muy peligroso si caían cerca de una división de Sabbathco.
Desde la cabina divisaron el hipercampo y se prepararon para trasponerlo. Los embargó la misma emoción de peligro que sintieran antes. Claudia experimentaba un desinterés apático, como si hubiera hecho aquel viaje miles de veces.
¿Qué me está ocurriendo?
¿Cómo pude adivinar la ubicación del puente Hiperespacial?
—¡Listos! —gritó Blanco—. Entraremos en el Hiperespacio.
Se sumergieron así, con destino incierto, en aquella seudo muerte de la velocidad luz.

 


El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper

 

Leer el siguiente capítulo (17. Ejecución)

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Sobre el autor: M.C. Carper

 

 


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