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17. EJECUCIÓN
Un techo rosado, sin nubes, pintaba las cúpulas espinosas de la marmórea Ciudad de las Catedrales, en el planeta que ocupaba la segunda órbita de Pandior.
El Cruz de Espinas se hallaba estacionado entre dos torres que hundían sus cimentadas raíces hasta la oscuridad de los lejanos niveles inferiores, a miles de metros, donde numerosas congregaciones de feligreses se atropellaban para obtener una dádiva privada.
La Comunidad de Clérigos obtenía lucrativos premios con estas visitas. Sus Biblias Sagradas (había más de cincuenta clases, desde las infantiles hasta los carísimos tomos exclusivos para eruditos, en discos de oro) se vendían por millones.
Bajo uno de los gruesos brazos de la nave biomecánica, Ernesto Krebs miraba sin ver la larga colmena de iglesias superpuestas y la publicidad clerical flotando holográficamente, aquí y allá.
Dos letales Conquistador lo sujetaban con sus manos de tenaza, mientras su amo concluía un diplomático encuentro con el mismísimo Reverendo Magnánimo. Mientras conversaban, ni una sola vez miraron hacia el Primer Consejero; Ernesto sí los observó, había contestado una buena cantidad de misivas al líder del Clero. Sus conversaciones vía hiperonda estarían registradas en los archivos de la Multicorp, si todavía existían. Estudió su voluminosa existencia, la vestimenta de brillantes gemas multicolores destellando y las exquisitas telas de hilo de oro, a los eunucos monaguillos portando lámparas para originar aquellas estrellitas en la santa persona; los reflejos se notaban en la lustrosa coraza del biomecanoide. Pese a todo, lo que más acentuaba al rechoncho señor de Pandior era la fosforescente aura (completamente artificial) que mudaba de color con cada movimiento. Aquí nació y se educó mi Claudia.
Dos clérigos subieron a la nave. Red Finsen se despidió ceremoniosamente del pandiorés.
Ojalá te encuentres a salvo, deseó Krebs.
Los robots Conquistador lo empujaron nuevamente al interior de la nave biomecánica. Pensó que lo devolverían a su celda, pero lo escoltaron hasta el morboso puente y allí se detuvieron como estatuas, sin aflojar su presa un solo instante. Había un par de curas ahí también. No alcanzaba a entender qué tipo de acuerdo habría firmado Finsen, era evidente que asumía sus limitaciones políticas; podía deshacerse de una nación humana, pero no de dos.
Los articulados trenes de aterrizaje se izaron y el artefacto planeó por encima de las cúpulas de la ciudad. Ernesto contempló la arquitectura, a través del enrejillado, convirtiéndose en un borrón gris y luego en una extensa mancha azul.
¡Por supuesto! Pandior es un mundo compartido. Los primeros colonizadores se toparon con los nativos, los Mardiam, estos devoraron a los clérigos y luego de muchos parlamentos acordaron ceder a los humanos un continente del Archipiélago.
Dos Continentes y dos especies.
Esta es la tierra de los Mardiam. ¿Qué planeará Finsen?
Las persianas reticulares no facilitaban la visión del exterior, pero creyó distinguir lo que parecía una enorme acumulación de baba cremosa color castaño entre la boscosa arboleda.
Una Ciudad Mardiam.
Las ventanas, en la construcción alienígena, semejaban cientos de poros supurando. La dejaron atrás y el telón verdoso se acrecentó, luego apareció una meseta de lujuriosa vegetación.
La nave inició el ciclo de descenso.
En la verdosa sombra de la selva, las auras de los curas resplandecían más. El ciniano, con los antebrazos asegurados a la espalda, se mantenía atento. Lo habían separado del grupo, ubicándolo delante, a diez metros; el Director General de Sabbathco avanzó restregándose las manos.
—Aquí es, mi querido Krebs —empezó—: El mundo natal de nuestra amada Claudia Monteagudo.
“Nuestra”, recuerda esto, se dijo Ernesto.
—Sabbathco ha eliminado a su gran rival: La Multicorp y todos sus aliados. Ahora sólo nos resta borrar la memoria de sus líderes. A usted, Consejero.
—Proceda, monseñor —replicó Ernesto Krebs con cansancio.
—¡Es loable! —prorrumpió mofándose—. ¡El temple de los Genéticos! —el último seiyón lo miró desafiante—. Ya no hace falta disimular, Krebs. Nadie sabrá cuál fue su suerte, para la galaxia, usted pereció en Cinia...
¿Por qué trajo a esos dos con él?
Alguna intriga política que se me escapa. Tal vez la alianza entre el Reverendo Magnánimo y Sabbathco presiona más a este bastardo de lo que pensaba. No es más que otra pieza en un juego maquiavélico.
—Pero —continuó el cyborg— puede escoger entre una muerte rápida a otra más cruel que las torturas que ya padeció.
—De ningún modo le facilitaré las cosas.
Imbécil, eres un cadáver y aún te resistes. Gozaré viéndote morir en tu insignificante honor, saboreó Finsen.
—Déjeme darle mi oferta, es puramente personal. Una muerte digna a cambio del paradero de su noble esposa, la duquesa.
La respuesta del prisionero fue la menos esperada por los verdugos; una carcajada cristalina que se elevó hacia las frondas de jade y cobre que formaban el techo de hojas.
—Es realmente patético, Finsen, usted no está capacitado para regir este universo. Matar y destruir es tarea de niños imbéciles, pero mantener en orden un aparato de bienestar, equilibrio y paz demanda una comprensión que no alcanzará jamás. Yo fui educado desde mi nacimiento para ocupar el cargo de Consejero, todos mis estudios están al servicio de la paz. Únicamente su salvaje violencia evitó desmantelar a Sabbathco. Las discusiones eran los medios de los políticos de antaño, cuando las leyes se tergiversaban con palabras. Cuando se buscaba convencer a la mayoría, aunque estuviera fatalmente equivocada, para acomodar mejor a la clase gobernante.
Maldito ciniano, me está avergonzando frente a los agentes pandioreses. Sufrirá todas las agonías antes de...
—Los buenos viejos tiempos. Ese es su punto de vista. Para mí, los humanos no han cambiado en nada. Antes había traidores y cobardes; ahora, también —lo observó como si intentase grabar en su memoria cada detalle—. Ya ha efectuado su elección, es una lástima que la historia no se entere de la ironía de que muera en Pandior, el hogar de su esposa que nunca visitaron juntos, pude percibir ese anhelo en su mente. —El biomecanoide hizo un ademán a sus robots—: ¡Adelante!
Disimulado entre el follaje había un domo de metal transparente. Tenía un diámetro de dos metros y medio, la altura justa para admitir al que fuera el principal ministro del poderío humano. Finsen mismo cerró la celda de paredes traslúcidas.
Un colchón de hojas alfombraba el suelo, quince centímetros de ocres, castaños, amarillos, verdes, rojos y negros.
El humano sintió bullir vida bajo sus pies.
Como salidos de la nada, dos seres, se aproximaron al Hechicero Rojo. Medían un metro cuarenta de altura. Sus cuerpos parecían las piñas abiertas de las coníferas con pieles que imitaban el entorno, sólo las placas poseían una contextura carnosa, fofa, que se acumulaba en la base de sus rechonchos torsos. Allí, numerosas extensiones ventosas a modo de pies, asomaban bajo los rollizos pliegues. Una repulsiva testa de nauseabundo blanco, con dos ojuelos malévolos y elipsoides, se contorsionaba en el anélido pescuezo, donde una carnosa trompa de labios succionadores escondía quijadas sanguinolentas de cuatro paladares en cruz. Periódicamente, de entre las aletas del cuerpo salían tentáculos estriados y brillosos que sacudían nerviosamente.
Ambos monstruos intercambiaron opiniones con el seiyón en una lengua desconocida para Krebs.
—Estos son los Mardiam, Krebs. Gracias a usted concretaré una alianza con ellos, en la Ceremonia al Hambre y la Digestión, sus principales deidades. Alimentaré a sus retoños, usted es el plato principal.
Ominosos movimientos, en el follaje del suelo, pusieron en guardia a Ernesto. Uno tras otro, versiones de diez centímetros de los antropófagos Mardiam asomaron entre las hojas en descomposición. Habría una veintena.
—Decretaré a tu mujer enemiga de mi gobierno. Deberá ocultarse de las autoridades por el resto de su vida, no debió despreciarme como lo hizo.
El macilento y castigado rostro de Krebs aún emanaba dignidad cuando dijo:
—Ella tenía razón, ¿verdad? Vio a la miserable criatura que esconde tu armadura. Una pequeña mujer que nunca se doblegará ante ti —el delgado rostro sonrió.
Los pequeños caníbales atacaron los pies y pantorrillas, sus dientes inyectaban una ponzoña que amplificaba el dolor.
Jhael, Oh, Claudia.
He vivido hermosos momentos en Cinia. Aquel paseo con ella en el Océano Ulniano. Lo feliz que se veía cuando le pedí matrimonio en el Parque de los Patricios.
Los repulsivos seres incrustaron sus quijadas en la débil carne mientras el hombre comprimía los dientes.
Mi promoción al gabinete de Wolfgang, el regalo de mi padre, el antiguo reloj, todos esos instantes...
Cubierto por un amasijo sangriento, el cuerpo de Ernesto Krebs se derrumbó entre las hojas. No emitió un solo quejido.
Finsen contempló el cuerpo un par de minutos, controlando la ira por no verlo suplicar.
—Vamos, ha concluido —y se volvió hacia la nave.
El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper Siguiente capítulo: 18. Ciudad Espiral Leer todos los capítulos Sobre el autor: M.C. Carper Add as favourites (4) | Cite este artículo en su sitio | Views: 371
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