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18. CIUDAD ESPIRAL
En el instante calculado, los instrumentos mostraron la información computada por Count Raven.
Habían abandonado el Hiperespacio.
El Supertzar navegó escoltando al gran Contenedor como una rémora a su cetáceo huésped, pero cuando traspusieron un enorme gaseoso aprovecharon el efecto de honda gravitacional para catapultarse a los planetas interiores con bastante ahorro de carburante.
—Ya, Tres Ojos. ¿Lo tienes? —preguntó Bob Blanco con impaciencia. Quería estar seguro de que habían escapado.
—Desde luego, capi. Estamos en el sistema Rosaem A. El tercer planeta está habitado pero la proporción de anhídrido carbónico nos causaría trastornos —se escuchó la voz del Chaluk por el comunicador. Tres Ojos pasaba más tiempo en la Sala de Informática que en cualquier otro lugar de la nave.
—Es el mundo de los Xorcoxs —acotó la duquesa—. Mi esposo es un viejo cliente. La mitad del Parque de los Patricios fue comprada a estos botánicos.
La nave corsaria se apartó hacia unas lunas del quinto planeta y abrió los canales universales de comunicación. Count Raven estaba alerta.
—¿Son aliados? —indagó Roberto— ¿Son de fiar?
—Son sumamente pacíficos. Se desconocen guerras en Rosaem. Los Xorcoxs son vegetales con motricidad, viven milenios.
—¿Tienes a algún conocido aquí?
—Pues...
—¡Capitán Blanco! —anunció la computadora de la nave—. Estoy recibiendo un mensaje en un canal usual.
—¡Alerta en todas las estaciones! ¡Traductores!
No fueron necesarios. En el monitor apareció el rostro de un androide de brillante metal verde. Era una cara augusta y a la vez confiable. Humanoide en los límites de la estética de su material, la voz sintetizada recordaba al de una persona cultivada y extremadamente calma. Dijo:
—¡Saludos, extranjeros! Bienvenidos a Rosaem, el planeta verde. Me gustaría se dignasen aceptar mi invitación a Ciudad Espiral, los gastos corren por nuestra cuenta. Mi nombre es A-Drián-0.
Los traficantes se miraron desconfiados.
—Demasiado amable —comentó Bob—, demasiado para mi gusto.
—No tiene el tipo —rumió Yeshin—, pero podría ser uno de esos androides de Sabbathco.
—Nunca oí nada sobre esa Ciudad en Espiral —dijo Rylliu.
Comentarios del mismo tipo se intercambiaron durante diez minutos. Claudia carraspeó para llamar la atención de los koranios.
—Ejem... Siento interrumpirlos, pero he trabajado en el departamento de Sociología durante varios años y conozco todo sobre androides o ciber familiares, les puedo decir que nunca vi un modelo como ese, pero él mismo nos ha dado señales de quién es. En primer lugar su protocolo, estética y parámetros de voz nos indican que es de manufactura humana. Un Fixer Instrumentales, sin duda. Lo que incluye condicionamiento de obediencia y total falta de agresividad hacia seres orgánicos. Y en última consideración su designación A-Drián-0: A de androide, por supuesto, y 0 porque es el prototipo de su serie. —Claudia no decía totalmente la verdad, le provocaba cansancio la actitud paranoica de sus forzosos compañeros e intentaba minimizar sus dudas.
Batiendo palmas, Rob ovacionó el discurso con gesto de suficiencia.
—Muy bien, señora. ¿Qué quiso decir?
—No hay nada que temer de él —aseguró ella sin desviar la mirada—. Yo no desaprovecharía esta oportunidad de reaprovisionar y de despistar al Hechicero Rojo.
El traficante meditó ceñudo un largo minuto y luego reinició la conversación.
—De acuerdo, Rosaem, guíenos con su Láser-faro.
—Será un gran placer cobijarlos en Ciudad Espiral —fue la alegre replica.
¿Cobijarnos?, pensó Claudia, sintiéndose paranoica también.
La estela blanco rojiza de los propulsores señaló el paso del crucero Yutang-Zin. Un cielo de rollizos nubarrones reflejaba los múltiples tonos verdes de los bosques y valles rosaemitas.
Extensos campos cultivados se sucedieron en el camino, mares de flores de variados tamaños y formas en mareas de colores de un horizonte a otro. Agricultores xorcoxs inclinaron sus folículos para contemplar con desinterés la nave, aunque las visitas eran inusuales.
Yeshin estudió su consola, siempre siguiendo el Láser guía hacia la ciudad.
—¡Qué extraño! —dijo—. No hay registrado ningún asentamiento en este planeta.
—Quizá sea una comarca científica —comentó el viejo Rylliu.
—¡Ahí está!
La ciudad estaba edificada en unos brazos montañosos que se abrían en estrecho ángulo hacia el valle. Lo surcaba un río de innumerables afluentes que nacía en el corazón de las elevaciones. Los cimientos se enraizaban profundamente en la roca de las laderas.
De la gruesa base de concreto partían avenidas hacia la verde espesura que escasos vehículos transitaban. En el círculo interno se levantaban árboles de ciento cincuenta metros de alto; el diámetro de sus lustrosos troncos era de doce metros. Las oscuras ramas, con aguzadas hojas verdes y plateadas, se desenvolvían sobre la extraña ciudad. Esos árboles cumplían la función de columnas en la edificación que ascendía en círculos concéntricos para culminar en un ovoide de afilados minaretes.
Torres con innumerables antenas y armazones de detectores meteorológicos se distinguían donde se posase la vista. Un puente, que recordaba la antigua quilla de un barco, unía la gran cúpula con la montaña, independientemente de los árboles.
En el centro de la espiral se elevaba una maravilla arquitectónica móvil que transportaba en varios canales agua desde las perladas cimas. A los lados del puente colgaban jardines artísticos. El agua caía en manantiales artificiales alimentando otras muchas fuentes. Mecanismos complejos daban movimiento a estas, que giraban al compás de bandadas cantarinas de aves. Las fuentes se continuaban hasta el suelo formando un dibujo de cerámicas y lluvias de arco iris. Peces multicolores danzaban entre las cascadas que alimentaban al río y el verde dominaba Ciudad Espiral, los muros eran de jade y las límpidas ventanas de esmeralda.
Yeshin señaló La Torre Central, la gigantesca campana con la cara interna moteada de luces, cada una era un hangar.
—Ahí están las plataformas.
El Supertzar pasó entre los troncos, por encima y debajo de dos brazos de la estructura de roca verdosa, bordeó una hilera de fuentes y ascendió hasta la base de la cúpula central. —No detecto ninguna clase de actividad —mencionó Rylliu—. Sólo las máquinas y robots de mantenimiento.
Los nueve trenes de aterrizaje se abrieron con palas neumáticas de amortiguación y descendieron.
Quel y Lengua Veloz se quedaron en la nave para la revisión habitual. La duquesa mudó sus ropas por unos holgados pantalones oscuros, una camisola plateada y un chaleco de hilo de libélula. El resto se mantuvo cerca de la rampa con las manos en las cartucheras.
—¡No hay nada extraño en el aire! —dijo Bob.
—La ciudad está acondicionada con atmósfera respirable. —explicó Yeshin señalando unos filtros disimulados en paredes y columnas. Todo estaba recubierto con esmeraldas finamente labradas.
Caminando con el ritmo y la precisión calculada de todos los robots, llegó A-Drián-0.
Claudia se distrajo con cinco voluminosas flores voladoras que corrieron hacia las copas de los árboles.
¡Qué hermoso!, se descubrió pensando. Podía sentir en su piel aquella vida, una sensación extraña y desconocida.
El androide se dirigió a ellos.
—He preparado un salón de descanso. Mis robots-Mec están a su disposición, espero que la estadía sea de su agrado.
El robot contaba con una motricidad cuidadosa en detalles. Las articulaciones de codos y rodillas imitaban con gran exactitud las de los seres orgánicos. Además, gestos como las miradas, los ademanes de cabeza y manos completaban la sensación de estar ante una criatura viva.
Todos contuvieron sus pensamientos unos instantes. Claudia fue la primera en tomar la iniciativa. Avanzó presta, seguida por P.L.P.S.
—Soy Claudia Monteagudo Krebs, duquesa de Pandior y Genética de la Multicorp ciniana. Debes facilitarme inmunidad diplomática como aliado de la Monarquía Genética. ¿Puedes contactarme con algún miembro de la realeza?
Antes de que A-Drián pudiese responder, Bob se adelantó, molesto por la actitud fuera de lugar de la mujer y la manera con que los había ignorado.
—¡Un momento, Señora! Es hora de que lo asuma, ya no está en su castillo de riquezas. Esto es Rosaem, a quince pársecs de la destruida Cinia. ¡Adiós al ducado!
El androide se acercó a ambos, su presencia los intimó a calmarse.
—Puedo reconocer sus títulos —dijo—, pero me temo que no servirá de nada. Una hipertransmición del “nuevo gobierno” nos ha llegado, invitándonos a sumarnos a la Renovación Galáctica... —¿Es... una traición? –—abrió los sensuales ojos Claudia.
—No hay un solo ser extra rosaemita en este planeta, a excepción de ustedes.
—¿Pero... quiénes son tus fabricantes? —dijo Yeshin.
—Fueron muchos. En cuatrocientos años, mi software ha experimentado múltiples cambios.
—¡¿Múltiples?! —Exclamaron los traficantes.
—¡Cuatrocientos! —dijeron varios al unísono.
—Sí —continuó el robot—. Mi diseñador fue Gileon, bajo expresas órdenes de su Patricia. Él asesoró al Administrador de Ciudad Espiral en aquel entonces, Daniel Guida. Luego, tuve muchísimos programadores, mas no conservo registros de sus identidades. Estimo que han sido borrados con algún propósito. Tampoco hay datos en ningún sitio de este planeta, dediqué un siglo a esta búsqueda con estériles resultados.
—¿Dónde están las autoridades? —A Bob le incomodaba la quietud de la metrópoli.
—Todos se han ido. Hace trescientos cincuenta años que estoy solo.
Los traficantes se miraron entre ellos, aquello tenía mala apariencia. La muchacha pandioresa había oído algo que la alertó.
¿Gileon? ¿Qué clase de nombre es? Más bien parece...
—¿De dónde era Gileon? —dijo.
—Era un yeil. Todos los habitantes de la ciudad se marcharon con él, uniéndose al exilio de los yeilin.
Claudia nunca había sentido interés por la vieja leyenda de los humanos celestes, aquellos que descendían de antiguos seres del espacio y los primitivos hombres del planeta de origen. A los filibusteros espaciales no les provocó ninguna sorpresa; no sabían quiénes eran los yeilines. La chica no preguntó nada más, prefería indagar sin sus compañeros presentes.
La tripulación descansó a gusto después de deleitarse con los manjares que A-Drián dispuso para ellos. Ciudad Espiral era un sitio que inspiraba paz espiritual y mental. Bob Blanco se sorprendió a sí mismo, sintiéndose totalmente fuera de peligro. Supervisó el trabajo de los robots mecánicos para después entregarse a la contemplación de las ingeniosas fuentes colgantes.
Claudia, por el contrario, se mostraba agobiada y taciturna. La curiosa arquitectura de la ciudad dejó de ser novedad en poco tiempo para ella y se dedicó a caminar por las calles vacías de la urbe. P.L.P.S. la acompañaba a todos lados. A-Drián se mostraba inquieto por los intereses de todos, advirtió el mal funcionamiento del pequeño robot cámara y pidió permiso a la chica para mandarlo con sus robots de planta a que lo reparasen.
—Por supuesto, A-Drián, se lo merece. Es el robot más leal que conozco.
Mientras un robusto robot de remolque lo llevaba en una plancha de transporte, P.L.P.S. saludó con su único brazo operable. Dejaron de verlo al doblar por el pasadizo.
Claudia deambuló por una esmeralda galería de techos y paredes transparentes. Miraba sin ver el verde paisaje. Ochenta metros hacia abajo, algunos Xorcoxs dirigían los canales de riego, elevando cánticos con sus profundas voces en dulce armonía.
—Son los Corredores-Savia —comentó A-Drián, que caminaba unos metros tras ella—. Saludan al sol que los ayuda a hacer la fotosíntesis.
—¿Los yeils efectuaron modificaciones en tu programación?
El robot dudó en contestar un instante.
—Ellos debían continuar su éxodo, pero antes querían despedirse de sus amigos, los semivegetales. He considerado una posibilidad el que me hayan dejado aquí en su memoria.
—¡Vaya vanidad! Dudo que ese haya sido el motivo de tu permanencia aquí. ¿Y los humanos de Ciudad Espiral? ¿No eran leales a la Monarquía?
—Por supuesto. Eran por sobretodo jhaelianos; siguieron a los yeilines para poder regresar tras el Enfrentamiento de los Dioses. ¿No es usted jhaeliana?
Otra vez el Enfrentamiento de los Dioses, ya estoy harta.
—¡No! —exclamó. Luego, dubitativamente—: Bueno… Fui educada en Pandior —un estremecimiento la recorrió cuando pronunció el nombre de su planeta. En ese momento, sin poder explicarlo, sospechó que su marido estaba muerto.
—Fui programado para educar y divulgar el camino de Jhael. Mi memoria está hecha de células hipertrónicas. Tienen capacidad ilimitada para contener todo lo que experimento y dejarlo archivado. Mis directivas me incitan a instruir y una de ellas en particular me provoca una “sensación de pena” cuando no puedo cumplir mi función.
Claudia pensó en los peligros de un cerebro artificial así, era como un espía que grababa todo. Esa información podía ponerlos en peligro de caer en malas manos.
—Un robot que sufre —dijo ella mientras la invadía su propio dolor—. ¿Llevas mucho tiempo solo, A-Drián?
—Trescientos cincuenta y tres años.
Cierto, ya lo había dicho. Mucho tiempo.
Claudia se detuvo mareada, apoyándose en una columna. Sentía nauseas y el cuerpo le dolía.
—¿Por qué no fuiste a los sistemas centrales a instruir? —continuó la plática, tratando de disimular su malestar frente a A-Drián.
—Debía esperar a que llegasen ustedes.
—¡Cómo! —La respuesta le hizo olvidar la indisposición.
—Los yeils muchas veces ven cosas que sucederán o que ya sucedieron. Me dijeron que la espera valdría la pena, que algún día llegaría una nave, hoy ha sido ese día.
—Una condenada profecía —comentó ella con aspereza—. Lo siento, A-Drián, pero aún me cuesta creer en esas cosas.
Bob Blanco, Yeshin y Rylliu estaban en la Administración de la ciudad. Después de comprobar que el aprovisionamiento de la nave marchaba bien, debatieron qué dirección tomarían para llegar a Kora sin percances.
—Viajaremos por la ruta más directa; hay presas más importantes que nosotros, para que nos sigan molestando —remarcó el capitán—. Aún debo llevar esos detonadores e informar a Odayo sobre lo ocurrido en Cinia Capital. Luego, buscaremos algún sitio donde dejar a la duquesa —el koranio se sentó delante de unos paneles y observó la miríada de almohadillas de contacto.
El Control maestro de esta Ciudad. ¡Un robot solitario a cargo de una urbe! Tal vez Odayo gustaría de tener una base de operaciones aquí.
—Computador —ordenó al panel—. Dame las novedades de la I.T.E.C. Secciones de información general.
Una pantalla de flúor flotó ante el traficante. Ventanas titilantes se reprodujeron en columnas del lado izquierdo, en amarillo sobre celeste. Leyó los menús y los eliminó a medida que los identificaba. Ingenierías espaciales, transportes, accidentes cósmicos, Política Galáctica...
Esto es, se dijo.
Cinco ventanas amarillas fulguraron a la derecha del apartado.
Impuestos, Elecciones, Embajadas, Guerra y Gobierno.
Gobierno.
Decenas de títulos se encolumnaron ocupando toda la pantalla. Echó una ojeada, siguiendo el orden alfabético.
¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí?
Ernesto Krebs.
El nombre pestañó y las imágenes de los periodistas apareció. Superpuestas, leyendas en azul oscuro realzaban: Con motivo de la reestructuración del orden en la galaxia. Los “Informativos Trans Espaciales cinianos” han sido rebautizados I.T.E.G.: Informativos transmitidos al Entorno Galáctico.
Una reportera desconocida habló:
—Aún sigue sin conocerse el paradero de una de las personas más buscadas por la justicia en toda la galaxia: Ernesto Krebs, acusado de promover levantamientos entre mundos para debilitarlos ante la oligarquía monárquica, el instigador principal del imperialismo en la batalla de Cinia, continúa prófugo —la imagen se arremolinó y trocó por un primer plano de Claudia en tres dimensiones. A los lados flotaban datos de su código genético y conocidas filiaciones políticas y comerciales. El rostro giraba sobre sí mismo—. También Claudia Monteagudo, duquesa de Pandior ha escapado de las fuerzas del orden. Existe la posibilidad de que se haya practicado cirugía facial y de retina, pero de todos modos tenemos sus datos en el Registro Universal Genético, por lo que su firma de ADN ha caducado. El complejo Sabbathco ha ofrecido una recompensa para estimular su captura: veinte millones, muerta, y Cuarenta millones de univs, con vida.
Un desconsolado sollozo se oyó tras ellos. Bob dio un giro sobre el sillón y descubrió a la pandioresa ante los verdosos muros transparentes de la sala; unos pasos detrás, al androide.
Lo han visto todo.
Ella cubrió el rostro entre sus manos, la voz ahogada por el llanto se escuchó apagada.
—No han ofrecido ni un centavo por él —se enjugó las lágrimas—. Significa que Finsen lo ha matado.
Nadie habló. Todos habían deducido lo mismo, pero lo que más intrigaba al grupo era la inefable cantidad de dinero que ofrecían por ella. Era casi una desconocida, no militaba en ninguna organización. El robot fue el único que no tuvo reparos en preguntar.
—¿Porqué Finsen pagaría tanto por su cabeza?
Ella respiró profundamente. Los párpados aún estaban enrojecidos, no obstante la mirada había cambiado para siempre. Los grandes ojos café ahora parecían lejanos como pozos sin fondo. Molestaban. Hasta Bob Blanco desvió la mirada fingiendo interesarse por unos árboles en el lejano verdor. —Finsen y yo nos conocemos —dijo—. Nos enfrentamos en un duelo de sutilezas. Su ego fue herido profundamente, pues yo conozco su secreto: le aterra que pueda divulgarlo y además rehusé de plano sus lascivas proposiciones. —Los traficantes sonrieron y se palmearon los hombros.
—Lo sabíamos —dijo Yeshin—. Tú eres como una Dama Blanca que anula su poder.
Claudia sonrió con amargura. De algún modo sabía, desde antes, que Ernesto había muerto. Como también conocía el hecho de que ahora no sufría, donde fuera que estuviese. Algún sentido oculto en sus genes había despertado. De pronto tenía conocimiento de hechos que sucedían muy lejos o sabía que cruzaba por las mentes de algunas personas. Aquello la aterrorizaba y la maravillaba porque también sentía en la piel cómo bullía la vida a su alrededor. Los árboles, las raíces, las avecillas, los insectos, los manantiales, las rocas del lecho acuoso. En una ocasión creyó oír las voces de altos olmos en el patio hidropónico de cristal que A-Drián le enseñó.
El dolor de la pérdida fluctuaba cuando recordaba cómo su marido se había marchado aquella noche, cuando Finsen denunció su infidelidad.
¡Maldito seas, Finsen! ¡Siempre te odiaré!, pensó.
—Podrías cobrar esa recompensa, Roberto —dijo ella—. Ahora estás libre de las obligaciones que contrajiste con mi esposo. Sin embargo, te digo que tengo muchos amigos a lo largo y ancho de esta galaxia. Puedo conectar a tu jefe con importantes empresarios.
—Puedes cobrar el dinero por la carga de pago que llevo a Kora —sugirió Bob amablemente—. Además, el pequeño robot parecía tener datos secretos sobre Sabbathco.
—Lo investigaremos —dijo A-Drián—. Por cierto, aquí viene.
P.L.P.S. se acercó flotando en su nueva unidad de repulsión. Nuevas extremidades, más robustas y de mejor calidad reemplazaban a las originales. Había sido removido y limpiado, todas las piezas metálicas lanzaban destellos. Desplegó tres patas y descendió hasta tocar el suelo, muchas nuevas luces centellaron.
—¿Te has hecho un rejuvenecimiento? —sonrió Claudia.
—Yo soy P.L.P.S. —habló con la voz de un niño de tres años—, periodista de líneas de Programas Siderales a su servicio.
Todos enmudecieron atónitos luego al unísono:
—¡Habla!
—Por supuesto —aclaró A-Drián—. Hice que le instalaran un vocalizador-traductor y varios periféricos más.
—¡Es cierto! —gritó P.L.P.S. y extendió decenas de herramientas: mangueras, soldadoras, periscopios, pinzas, conectores, sierras y un largo etcétera.
El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper Leer el capítulo siguiente Leer todos los capítulos Sobre el autor: M.C. Carper Add as favourites (11) | Cite este artículo en su sitio | Views: 366
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