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Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 19) - M.C. Carper Imprimir E-Mail
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Ficciones - Novela: Enfrentamientos de los Dioses
Escrito por Hari Seldon   
viernes, 02 de octubre de 2009

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos - M. C. Carper

 

 

19. IMPLANTACIÓN DEL ARCONTADO

 

Los días pasaron sin altercados en la calma de Ciudad Espiral. A-Drián falsificó el registro de la Supertzar para que pudiese burlar el control del Puente HE. Su nuevo nombre era “Mercenario”, fue del agrado de Bob y los suyos.
Claudia estaba más calmada, aunque la primera noche había intentado suicidarse. Toda su existencia se había desmoronado. Era una desposeída, como esa gente de la que oía mencionar en la I.T.E.G. A-Drián la encontró sentada en la cornisa de un balcón, con los pies balanceándose en el vacío. El androide yeil acudió con cautela, su cerebro hipertrónico era una obra maestra. La Torre Central, donde estaban, parecía un gigantesco balón hueco, abierto del lado inferior. En las paredes internas se alineaban, recorriendo el diámetro, todos los nichos de aparcamiento. El enorme hoyo daba al complejo de fuentes hasta la lejana superficie.
La muchacha, con la cara húmeda, clavaba la mirada en la nada.
—Lo último que se pierde es la esperanza. Esa es una realidad que se nos presenta a todos en algún momento de nuestra existencia —dijo el robot.
—¿Cómo puede saberlo un androide? —murmuró ella.
—Mi programación es el fruto de dos mil años de estudios en ciber relaciones. Tengo un cerebro de algoritmos lógicos, de holotrones. Ellos me dan más puntos de vista que los de cualquier ser vivo, todo lo considero en forma multidimensional y mi propósito es la educación. Posiblemente, los Yeils tenían la intención de dejar muchos modelos Drián para salvaguardar la cultura jhaeliana. Calcularon que en estas fechas ese conocimiento estaría casi extinto, lo único que debía esperar era la visita de alguien que me sacara de Rosaem.
—Y si te fueras de aquí, ¿qué sucedería con Ciudad Espiral?
—El Computador Central de la ciudad se encargaría de todo, a los xorcoxs les encantará seguir aportando ideas para mejorarla.
Ella calló, meditabunda.
No quiero seguir viviendo.
—Todo mi mundo se ha precipitado por un abismo. Yo, que nunca me entrometí en ningún asunto, soy buscaba por una recompensa más suculenta que los tesoros de los reinos primitivos. ¿Cómo viviré en un mundo así?
—Los yeils valoran una particularidad de los seres vivos que denominan esencia, es una suma de características que nos hacen ser quienes somos. Tienes una esencia especial, se percibe. Educación, nobleza... Sería un desperdicio que la memoria de la gente sacrificada se perdiera. En el telar de los destinos, a veces no tenemos elecciones. ¿No te parece significativo que Finsen, o mejor dicho su amo, se interese justamente en ti? ¿Sabe que eres descendiente de Sálvat?
—No soy descendiente directa, mis antepasados heredaron los genes de su hermano, Dlanki. Sin embargo, esa cuestión no me alienta en absoluto. Han pasado tres mil años desde que los jhaelianos pusieron atención en ese linaje, siempre esperando una reencarnación o un nuevo Sálvat. El auténtico heredero es Cush Dodanim y él está obsesionado con eso, es una estupidez.
—Mi evaluación es que tu enemigo cree que tener ese ADN es una amenaza, que seas la nueva envoltura física de Sálvat.
Ella adoptó una actitud de incredulidad. La forma en que lo dijo casi le provoca una carcajada. Mas no, el androide no bromeaba. Su entrecejo se enmarcó con una pequeña línea de preocupación, subió los pies hasta la baranda y abrazó las rodillas, con la barbilla entre las piernas.
 
Claudia al borde de Ciudad Espiral. Enfrentamientos de los Dioses, por M.C. Carper
 
—No sé qué me está ocurriendo, A-Drián. Puedo adivinar dónde están las cosas, qué dirección tomar y qué piensan los que me rodean. La mente de esos piratas con los que vine no tiene secretos para mí, es una certeza tangible. Oigo los pensamientos igual que las palabras, pero es diferente lo que dicen, siempre ocultan otras opiniones, nadie es franco, ¿sabes? —cerró el puño delante de ella remarcando la palabra—. Siento como un latido alrededor esperando algo de mi parte, una expectativa insoportable…
—Describes algo parecido al éxtasis, muchas personas experimentan eso después de una crisis. Se despiertan neuronas que nunca fueron utilizadas en condiciones cómodas y seguras. La mente encuentra respuestas y el cuerpo actúa más allá de lo que podríamos imaginar. Es difícil definir nuestra participación en el tapiz de los destinos, pero prefiero creer que todos tenemos algo que aportar.
Claudia se lo quedó mirando un rato en silencio, las palabras del robot eran un consuelo. No confiaba en Bob demasiado, pero A-Drián era lo más cercano a un amigo en ese lugar.
—¿Qué clase de robot eres, Drián? Pareces un filósofo, te llamaré: El robot con Alma —sonrió ella.
 
Claudia en el balcón. Enfrentamientos de los Dioses, por M.C. Carper
 
Se concentró en los divertidos reflejos que las luces nocturnas dibujaban sobre el metal esmeralda del androide. Arriba, el océano de estrellas de la galaxia se abría hacia el infinito. Suspiró imaginado las posibilidades de la época que le tocaba vivir y más que nada la situación en la que se hundía cada vez más profundo; se permitió olvidarse por unos segundos de su persona. Imágenes de Cinia en ruinas pasaron como destellos en su mente. La muerte y la devastación de un mundo conservador, habitado por gente que nada tenían que ver con la guerra. Su mal no era único, era el mal de millones, extendiéndose por toda la galaxia hasta la extinción. Encontró un nombre para ese mal: Red Finsen. Tras pestañar, descubrió el rostro siempre sereno de A-Drián. Sonrió interiormente.
No soy la única huérfana en este despiadado universo de poderes que barajan nuestros destinos. Si, como dice mi amigo androide, nada es coincidencia, sólo me queda una cosa para hacer. Debe haber un camino hacia el futuro que entreví en sueños.
—Es más difícil terminar que seguir viviendo, A-Drián —dijo tratando de reconocer un signo en la límpida mente del robot. Sólo sintió bondad y amor. Puros, sin apegos ni condiciones y por eso mismo inhumanos—. Gracias —simuló una sonrisa, sabía lo que el robot anhelaba, pero debido a su respetuosa educación jamás pediría—. La nave no es mía, no puedo decidir quién puede viajar. —Aunque en su interior tenía la convicción de que podía hacer lo que quisiese con la nave y la tripulación. Así era el poder que crecía en su espíritu, minuto tras minuto.

Al día siguiente, A-Drián la encontró en la sala del Centro Computador de la ciudad, esperándolo. Era bien temprano, poco antes del amanecer. Por costumbre, los corsarios dormían hasta casi el mediodía.
—¡Buen día! —dijo Drián.
—A-Drián, amigo, te necesito —dijo ella.
—Estoy a su disposición —fue la obvia respuesta.
Claudia se retorció las manos con la boca fruncida antes de decir:
—Quiero que efectúes todos los estudios correspondientes para saber que no hay nada en mi cerebro —expresó al fin—. ¿Tienes conocimientos médicos?
—Por supuesto —aseveró el robot—, sígame.
Un ascensor los llevó al Centro Médico. A-Drián se comunicó con P.L.P.S. para que éste lo asistiese y efectuaron todos los análisis en secreto.

Dos días después, volvieron a reunirse.
—Todo es normal —explicó A-Drián—, para una persona de diecinueve años como usted —Claudia suspiró con alivio—. Excepto por algo.
 
Estudios médicos a Claudia. Enfrentamientos de los Dioses, por M.C. Carper
 
La duquesa se sentó en una camilla y frunció el ceño mientras seguía la dirección que el robot le indicaba, hacia unos monitores en el pared. Eran impresiones de su cerebro con zonas de diferentes colores. Verdes, rojos y amarillos.
—El rojo representa la actividad cerebral —explicó A-Drián—. Puede ver estas muestras, son ejemplos de otras personas —Claudia miró seis impresiones cerebrales diferentes, la distribución de los colores era idéntica—. Compárelas con esta.
En la indicada, el color rojo se ramificaba en zonas que en las otras muestras eran verdes.
—¿Ese es mi cerebro? —musitó ella y A-Drián asintió.
—Estás usando zonas del cerebro que nadie usa —dijo el robot.
—¿Eso puede considerarse demencia? —exclamó Claudia.
—Al contrario, puede decirse que estás más cuerda que el común de las personas, lo normal está entre sicóticos y neuróticos. Pero acostumbrada a la adaptación necesaria para caminar entre ciegos, puede que estés confundida.
—Ya lo dije, A-Drián, eres el Robot con Alma, pero… ¿Por qué?
—La crisis que sufriste pudo provocarlo… —dijo suavemente el androide.
—Pero no estás seguro —acotó ella mirándolo de reojo.
—Hay otra cosa en estos análisis —reveló Drián—. Pero necesito que confíe en mí.
Claudia se puso de pie y caminó hasta ubicarse frente al robot.
—Pides demasiado, amigo —dijo y se retiró para no volver a tocar ese tema con él.

Luego tuvieron noches de charlas más amigables. Roberto se les unía en ocasiones, curioso y francamente interesado. En las tardes tomaban alguna merienda en La Administración. Lengua Veloz y P.L.P.S. distribuían las sillas de manera que todos pudieran contemplar el holovisor.
Les gustaba ver las noticias del mundo galáctico.
Las luces menguaron considerablemente y los letreros del noticiero parpadearon. Hicieron la selección de los temas del día y seguidamente se desenvolvió la imagen en una pantalla etérea de un amplio salón bermellón con una mesa rectangular de ébano rodeada por nueve asientos y un alto trono con talladuras. Eran los mismos signos que adornaban la funda de la espada del Seiyón. Ubicados a la derecha estaban los gobernantes de Sirio, Pandior, Foornax, Rorac y Sclipsia; del otro lado los de Luxor, Sijha, Lagorn y Ulinis. De ellos, sólo dos eran humanos. Red Finsen caminó hasta el rocoso trono. La cámara tomó un primer plano.
—Ciudadanos de la galaxia. Sin posibilidades de evitar un desenlace violento hemos rechazado la amenaza de Cinia.
»Ahora todos los mundos, hasta los habitantes de los sitios más alejados serán Libres. La Galaxia será reorganizada por estos representantes, en este Arcontado.
»El Univ será la moneda en todas las naciones. Los Puentes hiperespaciales Sabbathco crearán rutas que harán de las distancias estelares irrisorios lapsos de tiempo. Un universo mejor para una sociedad mejor. El Arcontado apoyará y defenderá las instituciones que promuevan la moral, la ética y la reverencia al Credo Verdadero. En contraparte, no escatimará esfuerzos en actos punitorios contra los enemigos de este gobierno: La Oligarquía genética y la repugnante doctrina jhaeliana. Aquí y ahora concluiremos esta ceremonia entre los sistemas regentes. Diez sellos que confirmarán al Arcontado como ente rector de la Galaxia.
Unos aplausos acompañaron la última frase del Arconte Rey, Red Finsen. La transmisión llegaba a todos los rincones galácticos.
Desde un umbral oscuro, con una mirada aún más neblinosa, Claudia Monteagudo de Pandior meditaba. Caminó con los brazos cruzados entre los traficantes híbridos. La luminiscencia de las imagines se reflejaban en su rostro.
—Ese engendro ha ganado —dijo—. Ahora gobierna la galaxia. —Giró su rostro bruscamente hacia el líder contrabandista—. Roberto, sé que Kora está siendo presionado por Sabbathco y que Finsen trata de usar tu mundo como cabeza de puente...
—Es cierto, yo registré una flota en construcción, anclada al Hiperpuente de Kora —intercedió P.L.P.S.
—Utilizando la red de Galnet puedo reunir a los mejores expertos en táctica y comando de la Multicorp. Ernesto ansiaba la independencia de tu planeta. —Los Genéticos tenían códigos secretos para comunicarse en casos de secuestro y extorsión, la duquesa confiaba en utilizarlos para reunir a los sobrevivientes.
—No creo que Odayo deseé declarar la guerra a Sabbathco —replicó Bob—. Mira lo que le ocurrió a Cinia.
—Kora es un planeta con gran poder bélico. Además muchos cinianos buscarán refugio ahí, un mundo anónimo que no discrimina a ninguna especie. Es realmente difícil hallar a alguien en tu mundo.
—¿Y...?
Claudia se envaró y sonrió con cinismo.
—P.L.P.S. tiene datos que utilizaremos, el que controle los hiperpuentes regirá la galaxia —sentenció.
Los traficantes se miraron entre sí, pero sabían que el capitán tendría la decisión final. Lo cierto era que Sabbathco no había respetado a su planeta en ningún momento. El Hiperpuente era una molestia, administrado por foornaxios y otros extranjeros. Odayo y el Aguandés sentían que estaban usurpándoles un sector del sistema.
—Muy bien —dijo Bob con mirada cómplice—. Conéctate a la Galnet.
—Hipernet —corrigió A-Drián.
Claudia activó su agenda y comenzó.

 


El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper

 

Leer el capítulo siguiente: 20. El Robot Instructor y sus conocimientos

Leer todos los capítulos

Sobre el autor: M.C. Carper

 

 


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