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Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 20) - M.C. Carper Imprimir E-Mail
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Ficciones - Novela: Enfrentamientos de los Dioses
Escrito por Hari Seldon   
miércoles, 14 de octubre de 2009

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos - M. C. Carper

 

 

20. EL ROBOT INSTRUCTOR Y SUS CONOCIMIENTOS

 

Claudia, Rylliu y Yeshin contemplaban desde una espiral de la ciudad a una bandada de Colibríes espuma mientras los Lirios barítonos se hacían oír entre el rumor de las cascadas.
Era un acto a modo de despedida, la espacionave ya estaba provista y refaccionada para partir, y la duquesa había contactado a muchos cinianos. Implantarse nuevos dedos y reemplazar sus ojos con nuevas retinas estaba entre sus planes inmediatos, pero no tenía mucha animosidad en lo concerniente a esos cambios. Pasó una semana investigando junto a Drián y el Ordenador Principal sobre experiencias síquicas semejantes a las que manifestaba.
Lo cierto era que las investigaciones, mayormente desarrolladas por los curas de Pandior, revelaban que la mente era la única fuente generadora del entorno, todo se reducía a eso. Más allá de la instrucción que se tuviese y de los condicionamientos inevitables del ámbito, era la mente la que gestaba las convicciones y sólo una mente abierta podía aceptarlo. Claudia se preguntaba qué sería eso de abrir la mente cuando el significado le cayó encima: se trataba de derribar todos los conceptos que entendía como verdades y posicionarse fuera, desaprender. Considerar algo que siempre le resultó una falacia como auténtico no era una tarea sencilla, sin embargo parecía que en Cinia había ocurrido una alucinación masiva sobre un hecho sobrenatural.
Uno de los reportes de la I.T.E.G. aseguraba que miles de sobrevivientes fueron testigos de un milagro: los Tanques Hecatombe del Hechicero Rojo se desmantelaron cuando un extraño sin identificar exhortó a la gente a “imaginar” que se deshacían.
Se hablaba de una bomba alucinógena y de una crisis nerviosa masiva, pero los restos desmantelados de los blindados aparecían en imágenes tridimensionales sin marcas de disparos o quemaduras.
Escasos testigos, devotos jhaelianos, afirmaban que era una revelación del Hablante, el avatar de la nueva era que auguraba los Enfrentamientos de los Dioses.
Aquello colmó la credibilidad de la joven, era pandioresa y toda su infancia había contemplado las largas peregrinaciones de fieles ignorantes que exigían una compensación del dadivoso y bien administrado Jhael. Su fe se había disuelto por completo cuando el célibe ministro asignado a su familia había intentado seducirla. Claro que quedaba una cosa sin entender, siempre creyó que los yeils eran una invención político religiosa para mantener a los ciudadanos esperanzados, pero ahora estaba en una Ciudadela de los míticos yeilines.
—Disculpen mi interrupción —dijo Drián, apareciendo detrás de una columna—, quería informarles un descubrimiento que hice con el auxilio del Computador Central.
Claudia se separó del grupo y tomó por el codo al androide, susurrándole.
—Muy bien. Soy toda oídos, A-Drián.
Los Koranios los siguieron a prudente distancia conversando sobre lo que harían cuando volvieran a sus hogares.
—Dime —insistió la chica.
—He comparado todas las acciones, reuniendo la totalidad de los datos que poseo sobre las partes intervinientes en este conflicto; puedo explicar el porqué de algunos hechos.
—¿La caída de los monárquicos?
—Eso es.
—Dime.
—La política y la guerra económica son sólo pantallas para el plan maestro del verdadero mentor de todo esto, me refiero a lo que los yeilines consideran enemigo.
—Dimán, el negativo —citó la duquesa con un gesto de duda.
—Exacto. Es una vieja historia, de las más antiguas. Una que se volvió leyenda, pero los personajes eran reales. Red Finsen es un Campeón dimanés. Portavoz y ejecutor de los mandatos de su amo, que ansía venganza contra toda la espiritualidad. Para él, el tiempo no es percibido igual que los mortales. El mundo humano colonizado por Sálvat fue Cinia, hogar de los jhaelianos. Dimán sabía que las alianzas de sus enemigos no habían sido tan fuertes y que, con el tiempo y su escondida intervención, se anularían los pactos. Con los yeils lejos en auto exilio y las tradiciones olvidadas, creó a Sabbathco ocultando su identidad tras los burócratas. Preparó a Finsen y se alió a los sistemas más lejanos para lanzar la ofensiva contra los humanos. Siempre temeroso de los herederos de Sálvat atacó cuando consideró el momento más débil en la historia de la Multicorp.
—¿Dices que intervino en el asalto a Cinia? No hay ninguna prueba de ello.
—La hay, señora. El ataque psíquico a la Multicorp no pudo ser obra de Finsen, no tiene semejante poder. Dimán estuvo en Cinia, tal vez en órbita. Además, la leyenda de su otro yo, el Hablante, le preocupa. Todos los datos que conseguí coinciden en que el lugar de regreso debía ser Cinia Capital...
—Aguarda —ella frunció el ceño—. Nut, que vivía en el Ytenve-Hogar, me contó una historia que yo creí...
¡Es imposible!
No. No lo es. Yo misma he experimentado cosas sin explicación. Intuir lo que sucede lejos. Ver entes elementales entre los árboles que nadie puede percibir ni oír; y estoy segura de que no estoy loca.
—Ella me dijo que se cruzó con el Hablante —concluyó.
—Tal vez no sea visible a todas las personas. Las profecías dicen que su poder será el más bienaventurado de todos los tiempos. Que cuatro columnas sostendrán su luz cuando se encuentre con Dimán.
—Cuatro columnas...
—Los hijos de Jhael, los vestigios de esa creencia. Ellos desbaratarán el reino del Maligno manteniendo el universo en equilibrio, impidiendo que éste se adueñe de todos nosotros. Él teme al Hablante, es por eso que los niños de Cinia fueron ejecutados por Finsen. El próximo paso será iniciar una guerra galáctica para que la civilización decaiga y él recoger los pedazos.
Claudia era una mujer práctica. Su educación no la predisponía a tomar como cierto todo lo que oía, pero había muchas coincidencias. En adición, un androide como Drián no expresaría esas conclusiones sin análisis. El Hablante tenía que ser una maquinación jhaeliana, un resultado obvio del condicionamiento, sin embargo los yeils no podían ser tan ilusos como para dar crédito a esas cosas.
—¿Existe alguna prueba consistente de la existencia de ese Hablante? —indagó ella al androide—. ¿Algún registro? ¿Un holograma?
A-Drián abrió un compartimiento en su antebrazo, estaba instalado en la cubierta. En ese momento, la duquesa descubrió algo anómalo en el robot: bajo el material brillante tenía una especie de buzo elástico que cubría todo el interior, sin dejar ver sus piezas mecánicas. Fantaseó con la idea de que bajo toda esa coraza existía un ser de carne y sangre. Al instante se maravilló imaginando que los yeilines eran naturistas que rechazaban la idea de los artefactos y a todo lo consideraban con vida, era todo un misterio que estuviese con un robot fabricado por ellos.
Desde el antebrazo se desplegó una holografía, era un dibujo antiguo con dos seres exhortando a una multitud. Uno era exageradamente alto, parecido a una momia, y el otro iba encapuchado.
—¿Qué es eso? —dijo Claudia.
—El dibujo más antiguo del que se tiene conocimiento. Representa a Dimán y a su creador Antmmon, viejos demonios llamando a los humanos primitivos a seguirlos. Se supone que el Hablante apareció en el mismo instante que Dimán y lo derrotó.
—Y no pudieron dibujarlo, ¿no?
—No. —Drián pareció no captar el tono irónico de la joven—. Sin embargo hay muchos libros donde se asegura su existencia. Incluso en la época de Finsen y Sálvat, se hablaba de él. El mismo Sálvat escribió que Dimán temía la aparición del Hablante. Su letra fue autenticada por las autoridades de esos tiempos. Finsen declaró ante testigos lo mismo, antes de ser exiliado en el planeta helado de Carroll.
—A-Drián —dijo ella cerrando el puño ante sí—. Juro con todo lo que me queda de esta vida que me opondré a los planes del Hechicero Rojo, seré su espina en la garganta.
 
Imagen de M.C. Carper para Enfrentamientos de los Dioses, capítulo 20
 
—Yo... podría ayudarla —murmuró tímidamente el robot.
—Lo harás. Necesito tus conocimientos, eres la memoria de nuestra raza —esbozó una sonrisa cómplice—, tendremos una sociedad productiva para ambos.
Ahora, entendía ella, se trataba de una misión. Su juramento dicho en voz alta para sí misma se convertiría en una atadura poderosa de todos sus juicios. No obstante, un renovado vigor recorría sus venas. Las palabras de su amigo androide, aunque imprecisas, llenaron de luz su criterio. Se dejó llevar por el instinto. Confiando plenamente en eso intangible que ahora le resultaba tan familiar.

 


El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper

 

Leer el capítulo siguiente: Los exiliados Cinianos

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Sobre el autor: M.C. Carper

 

 


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