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Escáneres cerebrales: ver en pantalla la formación de pensamientos Imprimir E-Mail
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Artículos - Ciencia y Sociedad
Escrito por Hari Seldon   
domingo, 25 de noviembre de 2007

Los escáneres cerebrales, predecir cómo y qué piensa una persona, cuáles son sus inclinaciones... Todo esto es argumento de novelas de, por ejemplo, Philip K. Dick, como Minority report. Pero, ¿Y si...?


La inteligencia ocupa lugar

Desde que el cerebro apareció en una pantalla y los científicos supieron "iluminar" las zonas que se activaban ante diferentes estímulos, las cosas -no sólo la ciencia- han cambiado una barbaridad. Y a una velocidad vertiginosa.

Fuente  mi+d 24/10/2007

AUTOR |  Luis Ángel Fernández Hermana

  

Ahora sabemos aproximadamente por dónde se derrama la inteligencia, o qué parte del cerebro cuida de nuestras opciones políticas y, por tanto, de nuestra ideología e, incluso, de las inclinaciones religiosas. Por no mencionar otra vez, al ejercicio de la libertad de hacer o no hacer (véase el artículo "Autocontrol"). Hasta hace tan sólo cinco o diez años, aseverar que había cerebros conservadores y liberales era el pasto habitual de elucubraciones regadas con mucha cerveza. Hoy no, se acabaron las bromas. Hoy las vemos plasmadas en escáneres cerebrales que nos dejan perplejos.

El problema es que cada noticia viene por su cuenta, concentrada en su propio problema, y no siempre resulta fácil descubrir su verdadero significado en el complejo tapiz de la neurociencia o, al menos, hacernos una idea de qué están encontrando realmente al escudriñar nuestra fábrica de ideas. En poco menos que unas semanas de separación, por ejemplo, han aparecido en revistas científicas diferentes trabajos sobre la inteligencia -esa materia resbaladiza que a todos nos inquieta aunque se hable de la inteligencia de otros- y sobre aspectos del comportamiento donde la inteligencia juega desde luego un papel primordial, como el arte o la zafiedad de mentir.

Lo interesante de las imágenes del cerebro es que, por lo general, vienen a confirmar los postulados más acendrados del sentido común. Sólo en algunos pocos casos, hasta ahora, han revelado aspectos difíciles de imaginar sin esa visión aventajada de la luminiscencia cerebral. Por otra parte, las conjeturas e hipótesis actuales se basan todavía en limitados estudios de campo, debido sobre todo a la juventud de estas técnicas y, en particular, a esta relación ambigua que tenemos con las neurociencias. Queremos saber, sí, pero no está claro todavía hasta qué punto, sobre todo porque no sabemos hasta qué punto la neurociencia, ayudada por muchas otras disciplinas científicas que contribuyen de una u otra manera a desentrañar aspectos clave de nuestro comportamiento, llegará a dilucidar cuestiones sobre el funcionamiento del cerebro que serán sin duda altamente comprometidas desde el punto de vista personal y social.

Sin embargo, se mueve. O, podríamos expresarlo de otra manera más coloquial: aunque nos inquiete lo que vamos a encontrar, para allá vamos. Richard Haier, de la Universidad de California en Irvine (EEUU), y Rex Jung, de la Universidad de Nuevo México (EEUU), son dos científicos con una larga trayectoria en el campo de la neurociencia. En lo que puede ser el inicio de la confección de una enciclopedia visual y funcional del cerebro relacionada con la inteligencia, han revisado 37 estudios basados en el escaneo de diferentes regiones cerebrales. Y han comenzado a identificar a la inteligencia con el funcionamiento de una red cerebral situada fundamentalmente en los lóbulos frontales y parietales, cuyos nodos son aparentemente las estaciones donde se realiza el procesamiento inteligente de la información. No es por donde ésta corre, sino donde se establecen las conexiones que permiten desentrañarla, procesarla y utilizarla entonces en las zonas pertinentes, desde la del lenguaje hasta la de la atención o la memoria.

Estos estudios apuntan a algo que ya se había dicho muchas veces: se supone que la inteligencia tiene que ver con la eficiencia en el procesamiento de la información por el cerebro. Haier y Jung refuerzan ahora esta idea al asignar al funcionamiento de las redes descubiertas los niveles de inteligencia. Y, por otra parte, demuestran que no hay un centro único de la inteligencia, sino que ésta es un producto de relaciones que se establecen por el todo el cerebro. Dicho lo cual, hay que recordar de inmediato que ninguno de los dos científicos se atreve a definir qué es la inteligencia o cómo medirla. Pero su imagen (o imágenes) comienza a emerger hasta la superficie de los escáneres.

Ahora habrá que buscar en estas redes los últimos y sorprendentes apuntes de la neurociencia: efectivamente hay cerebros de "izquierda" y de "derecha", o sea, aquellos más dispuestos a contemplar cambios y examinar conflictos, estos más inflexibles al respecto y mas inclinados a guardar las "tradiciones". O la localización del área donde se refleja la actividad del cerebro cuando mentimos, lo cual ha orientado a un par de empresas de EEUU para desarrollar escáneres cerebrales para detectar mentiras. ¿El marketing? Descubrir a terroristas, por supuesto.

Pero la combinación del estudio de las redes de la inteligencia, su relación con la determinación de las inclinaciones políticas del cerebro y la facultad de mentir, por mencionar tan sólo tres de las últimas informaciones procedentes del territorio de la neurociencia, conforman un cóctel en el cual no sólo habrá potenciales terroristas. Los sospechosos habituales finalmente seremos todos, como siempre. La prédica habitual de que "todo esto es demasiado incipiente como para empezar a discutir sus implicaciones éticas" comienza a quemar sus velas. Las aplicaciones industriales de las investigaciones en neurociencia ya están aquí -pocas por ahora, sí- y dentro de nada serán tan cotidianas como el móvil. Al que, por cierto, se le podría incorporar un escáner que nos dijera cómo tenemos la inteligencia política y la capacidad de mentir antes de ir a trabajar... no, no, tranquilos, es broma, no les demos ideas al bombero que después se pone a quemar edificios.




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