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21. LOS EXILIADOS CINIANOS
Veinte hombres mojados bajo la lluvia aguardaban desanimados en un sospechoso callejón de desquebrajado suelo. Insectos, mendigos y charcos sucios se mezclaban entre las piernas enfundadas en botas militares. Bajo los capotes ocultaban rifles de alto poder y variedad de instrumentos bélicos.
La llovizna golpeaba rítmicamente la pesada ropa y las paredes de metal oxidado, mientras el rojizo orín resbalaba desde las alturas, creando hileras de serpentinos caminos líquidos. Uno de los hombres curioseó en el pasaje, buscando alguna señal.
El cielo koranio era gris anaranjado como el óxido, el hierro cubría todos los rincones y nada verde se hallaba a la vista.
Una disimulada compuerta, en el irregular muro, se abrió hacia adentro. De la oquedad salió un grupo de seres armados. El líder del grupo hizo una seña y todos avanzaron en fila hacia las criaturas vestidas con togas marrones de distintivos violáceos que usaban una especie de casco en forma de campana y extrañas bufandas violetas con símbolos negros.
Una mano enguantada marrón señaló al jefe y dijo en idioma común:
—Haz que depongan las armas, demuestra tu fe. —La voz procedía de un traductor.
—Mi palabra es suficiente muestra de confianza —declaró el fornido líder del grupo.
Dos seres con cascos máscaras parlamentaron en una desconocida lengua que ninguno de los otros dominaba.
—Arriesgas tu vida y la de los tuyos, nadie puede ver al Aguandés estando armado hasta los dientes.
—Mátame si te miento.
—Lo haré —dijo el otro—. Los Rambles aún recordamos que nuestro culto ha sido sancionado por tus iguales. —Al terminar de hablar giró para desaparecer por la entrada. Los Rambles no dejaron de apuntarlos mientras el grupo ingresaba a través de la compuerta.
El pasadizo era oscuro y húmedo, con agua de la lluvia filtrándose por innumerables grietas. Descendieron unos peldaños angostos hasta un descanso donde esperaba un tipo robusto con un gorro y un saco de piel de gloot, un típico híbrido. Intercambió unas sílabas con los Rambles y estos continuaron malhumorados hacia el interior.
—Mi nombre es Cendoo —saludó el del gorro—, y represento al Aguandés.
—El trato será con él y nadie más —gruñó amenazante el encapotado.
—Si tu oferta no es de mi agrado, morirán todos y se terminará este asunto. Muchos desean cobrar las recompensas que se ofrecen por el Aguandés en más de quince sistemas.
—Hmmm —respiró con hastío su interlocutor—. Tenemos códigos, contraseñas, mapas, planos, una pequeña flota artillada de las mejores en la galaxia. Además estos hombres son los guerreros más hábiles que podrías encontrar.
Cendoo sonrió y escupió tres sonidos a su comunicador. Sorpresivamente las paredes se disolvieron y descubrieron que en realidad se hallaban en un amplio salón cubierto de tapices negros. Poco podía distinguirse en la escasa luz, pero las miras láser en las cuatro esquinas no dejaban dudas de que ahí se apoyaban amenazantes casamatas con enormes ametralladoras.
En el centro del lugar había una pecera y al pie de ella, sentado en un sillón coronado por un robusto humedecedor de rocío, se hallaba Cetar, el Aguandés.
El ser parecía un gordo manatí de vivaces ojos, aunque mostraba incomodidad en su expresión, un gesto humano que habría adoptado gracias a las transmisiones hiperonda. Era un padrino poderoso, dueño de la mitad de Kora, conocido en los mundos civilizados como el chiquero galáctico. El Aguandés operó unos mandos en un pequeño tablero del sillón y fue izado por unas cintas hacia el interior del tanque con agua. La pesadez del rostro desapareció.
—Así está mejor. Esta agua no se compara a la de mi planeta, pero es un consuelo para mí —dijo con una mueca que podía tomarse como una sonrisa—. Bienvenido seas, Cush Dodanim. Algunos sospechan que interviniste en la ruptura del bloqueo de Cinia Capital. El Arcontado recompensará muy bien a quién te entregue muerto —rió el cetáceo.
—El Arcontado está desmantelando tu sistema cuadrante por cuadrante. Sabbathco ha puesto sus ojos en Kora. No habrá futuro para tu Padrinato cuando el ejército arconte deje guarniciones aquí. —Cush, el fornido líder, se abrió la capa dejando ver en su cinto los dos Sais de cristal viviente.
—¡Ja! —Exclamó Cetar—. Los koranios nos arreglamos solos con nuestros problemas. ¿Por qué refugiaría a unos proscritos?
El ciniano adelantó el maxilar aplacando sus emociones.
Es nuestra única chance, aliarnos a los delincuentes del Chiquero Galáctico, razonó.
—Mis Comandos están preparados para comenzar acciones guerrilleras contra las fuerzas arcontes. Pertenecer a la clase monárquica nos ha dado privilegios en lugares donde tus agentes jamás podrían ingresar.
—Los monárquicos nunca tuvieron importancia por estos lados. Ahora tenemos al Arcontado queriendo administrar nuestra riqueza. No puedo reconocerte como monárquico o genético; no obstante, un proscrito sediento de venganza es la clase de mercenario con el que puedo negociar.
—Arruinar todo lo que haga el Hechicero Rojo es lo que nos motiva —dijo Cush adelantándose un paso. Los Rambles se llevaron los rifles al hombro con los índices en los gatillos.
El Aguandés meditó cabizbajo jugueteando con un calidoscopio entre sus dedos. Miró firmemente a Cush. Solía tener tratos con muchas clases de nobles. Por lo general eran cobardes de cinturas y traseros abultados, llenos de bienes y temores. Estos cinianos eran diferentes, altivos y sin riqueza. Sin embargo, no podía desestimarse su ímpetu. Con toda seguridad eran guerreros notables. Sobre Dodanim había leído un informe antes de la reunión. No se tragaba eso de que fuera un jhaeliano, muchos curas de Pandior se llamaban así y no sabían sujetar un tenedor para defenderse. Eran esos dos objetos brillantes en la cintura del ciniano lo que le inquietaba y apostaría su decisión a una corazonada. El calidoscopio lanzó destellos al girarlo.
—Si son discretos —acompañó sus palabras con una malévola sonrisa—, concretaremos un negocio que nos rendirá buenas ganancias.
Nut trató de abrirse camino entre la multitud que aguardaba en el amplio salón de espera del Hiperpuente de Sirio. Acababa de descender junto a gran cantidad de cinianos. Oía a muchas personas murmurando sobre el Hablante, pero sólo repetían rumores de otros rumores. La pista que seguía moría ahí, el Hablante se había esfumado. La algarabía de unos niños la distrajo, trayéndole el recuerdo de los hijos de Alcides.
Se apartó en dirección a la zona de descanso para sentarse y reflexionar qué haría a continuación. Apenas se acomodó, hurgó el pequeño bolso de viaje hasta encontrar el viejo amuleto de obsidiana que le regaló su mentor. El recuerdo de Gwtw la entristeció.
¿Qué puedo hacer? Estoy sola.
En ese momento alguien se sentó a su lado sonriéndole. Tardó unos instantes en darse cuenta que se trataba de el Barón Von Essger.
—¡Maestro! —dijo la chica.
—No es conveniente que te dirijas a mí de esa forma en público. —Le indicó con la mirada hacia el corredor, donde unos milicianos de uniforme bermellón vigilaban—. Son la guarnición arconte del Hiperpuente, están buscando jhaelianos del Ytenve Hogar.
—¡Debemos huir!
—Tranquila, no saben distinguir un humano de otro. La única forma de que se enteren es que vayamos con ellos y les informemos. —En ese momento Nut descubrió que la vara de Cristal del jhaeliano estaba en una funda de cuero—. A pesar de nuestro fuerte acento ciniano, esos mercenarios no nos ven diferentes a estos sirianos.
—¿Por qué está aquí, maes…, señor?
—También seguí al Hablante o a quien trata de emularlo.
—¡Es el Hablante, señor! Obró un milagro en Cinia, lo vi.
El Barón acomodó unas pequeñas tarjetas cristalinas en una billetera, eran cupones de cambio. Una consideración de los sirianos para todo aquel que todavía conservase Univs, el gran cambio que augurara Gwtw se estaba manifestando.
—A veces los ojos nos engañan, pequeña —comentó el jhaeliano.
La joven aprendiza percibió el cansancio del hombre. Sabía que había defendido el Ytenve Hogar con tenacidad y que trataba de esconder la angustia que lo dominaba. Colocó las palmas de sus manos en las sienes del Barón. Un par de minutos después, todo agobio había desaparecido.
—¿Qué? ¿Cómo lo hiciste, niña?
—Aún no lo sé, Barón. Lo tengo desde que me crucé con él. Es real.
—No apresures esa clase de juicios. También creo en él, pero el universo está lleno de timadores.
El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper Leer la siguiente entrega: Capítulos 22 y 23 Leer todos los capítulos Sobre el autor: M.C. Carper Add as favourites (1) | Cite este artículo en su sitio | Views: 292
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