Hace poco España recibió una mala noticia, la del fallecimiento de
José Luis López Vázquez, uno de los actores más queridos de nuestra vetusta y vapuleada piel de toro. La primera imagen que llegó a una buena parte de la población, probablemente a la mayoría, era la del comediante, la del magnífico y expresivo cómico que había entretenido a niños y mayores desde los años 50 hasta la actualidad. Unos recordaron de repente, en blanco y negro, al Rodolfo de
El pisito, al padrino de
La gran familia (“¡Padrino búfalo!”) o al gesticulante oficinista de
Atraco a las tres. Más de uno revivió el landismo, con secuencias —ya en technicolor— en las que las broncas con las suegras se pringaban de las babas que caían de las bocas de los reprimidos españolitos cada agosto en Benidorm…
Pero a algunos la noticia nos evocó una sensación de desasosiego, de angustia claustrofóbica. Porque para nosotros López Vázquez era, es, ante todo, el tipo que se quedó encerrado en la puta cabina roja en 1972.
El cine español se hizo mayor ese año. Luego envejeció, le diagnosticaron gota y reúma y, salvo en contadas ocasiones, no ha vuelto a poder saltar lo suficiente como para superar el listón que dejó
La cabina.
Esta cinta fue una sorpresa. Desde luego nadie esperaba que a una película española le dieran el
Emmy al año siguiente. En la España de Franco no nos llovían precisamente los premios internacionales —caían, con cuentagotas, Eurovisión, la OTI… y la ensaladera de Santana o la Eurocopa del gol de Marcelino—. Yo creo que todo el mundo, el pueblo llano, gracias a
La cabina nos enteramos de que había una cosa llamada Emmy que era como el Óscar o el Nobel para la televisión.
Antonio Mercero (sí, el que más recientemente nos ha edulcorado la vida con
Verano azul, Farmacia de Guardia y
Manolito gafotas) había dirigido ese año una inquietante joya con un presupuesto ridículo. Y era una película para Televisión Española, que no era la gran empresa que es hoy el Ente, ni mucho menos. Mercero, que por aquella época ya había cosechado el éxito con la magnífica serie
Crónicas de un pueblo, había rodado una bomba. Una bomba que duraba poco más de media hora, por lo que no se sabía si llamarla cortometraje, mediometraje o qué.
Para colmo, nadie sabía qué significaba aquello. ¿Qué coño representaba esa cabina? ¿Qué gato encerrado contenía la película? ¿Quiénes diablos eran aquellos tipos de aquella compañía de teléfonos que no era la telefónica de toda la vida? ¿Por qué se llevaban al López Vázquez? ¿Y a dónde? ¿Y Franco qué opinaba de todo aquello? ¿Tendrían bien vigilado a ese tal Mercero? ¿Y al otro… el coguionista Garci? ¿Y el Madrid, otra vez campeón de Europa?
Porque claro, estamos hablando de una película en la que pasan cosas muy raras, que no tiene explicación aunque es fácil de seguir —ya existían Buñuel y Bergman pero no eran fáciles de digerir, nada que ver— y en la que llega el final y nos quedamos más pensativos que al principio, sin que nos lo expliquen, sin que termine bien, sin que un
Deus ex machina dé al traste con el perverso plan de los extraterrestres o masones o soviéticos o chinos o agentes de la CIA que han puesto las cabinas… pero con ganas de que hagan más cine así.
Qué cosa más rara, oiga. Pero qué maravilla de película. Cómo gustó a todo el mundo.
Y por supuesto, la gente, dentro y fuera de nuestras fronteras, empezó a atar cabos. Pronto no se limitaron a hacerse preguntas sino que comenzaron a “encontrar” respuestas. Un gran ejército de onanistas mentales dispúsose a tomar la colina 101, donde debía estar la solución al enigma de
La cabina. Pero la colina 101 no se toma fácilmente. Y así ha continuado el asunto hasta nuestros días.
Mercero salió al quite en algún momento, diciendo:
¿Qué quiso decir usted con La cabina?, me preguntan muchas veces. Y tanto José Luis Garci, mi coguionista, como yo, reconocemos que cuando escribimos el guión estábamos más cerca de la ciencia ficción y del terror que de cualquier planteamiento político. Y también nos dábamos perfecta cuenta de que nuestra historia tenía muchas lecturas. Y de que esta era su riqueza y su complejidad. Por ejemplo, un ciudadano español encerrado en una cabina de la que no puede salir, tenía una lectura evidente, decía un periodista francés. Y otro afirmaba que era un film en clave religiosa, porque el helicóptero que aparece en la película era el Espíritu Santo.
Ajá. Así que era eso. Una peli de Ciencia Ficción. Una de platillos voladores sin platillos voladores. Como la del Klaatu aquel pero con el López Vázquez. Una de marcianitos… sin marcianitos. O, si estaban, no salían. Aunque quién sabe lo que serían esos tipos de la telefónica y el helicóptero…
Pero no. Esas películas no se hacían en España. Así que no colaba. Las de terror sí, sobre todo un tal Chicho Ibáñez Serrador. Pero una en la que no hay malo, ni monstruo, ni Satán… y que cause tal desasosiego… Allí había algo que nos estaban ocultando.
Yo tenía cinco añitos cuando se estrenó en 1972. La vi más tarde. No sé cuándo. Aún era niño y la recuerdo en blanco y negro, por lo que sería antes de 1978 —ese año, gracias al mundial de Argentina, España pasó del blanco y negro al color—. Y desde luego lo que estaba viendo no era una película de terror al uso. Ni una de platillos volantes. Ni una de Isbert o Gracita Morales. Uno sabía diferenciar, que conste. A ver qué se habían creído. Pero, sin duda, lo que no sabía era que la Ciencia Ficción no tenía por qué estar llena de OVNIs o de extraterrestres, o de humanos del futuro vistiendo monos plateados.
Y lo mismo debía pasarle al 90% de la población, porque todos seguimos con la mosca detrás de la oreja. Había dos posibilidades:
- Mercero y Garci nos habían vacilado
- Mercero y Garci nos habían colado algo muy intenso y profundo. Y no sabíamos qué.
Con el tiempo me quedé con la primera opción. Hasta hoy, que la he vuelto a ver. Y debo decir que me parece que en realidad sí hay gato encerrado. Un gato enorme. Un dientes de sable, como mínimo. Y además añado que olé sus huevos. Porque lo hicieron al revés que todo el mundo. O a lo mejor es que era otra época… Desde luego hoy en día el asunto va de “No, no, ni mucho menos. Yo no hago Ciencia Ficción, hago cosas profundas, serias, intensas, con mensaje…”. En cambio, refiriéndose a
La cabina, Mercero va y suelta: “No, no, esto no tiene mensaje político, no es real, no busquen paralelismos. La cabina es un divertimento de Ciencia Ficción y terror que tiene todas las lecturas que se le quieran dar”. Si para entonces hubieran estrenado
Cube, podría haber utilizado la comparación directa. Porque en
Cube, en la que tampoco nadie explica nada —olvidemos la precuela y la secuela—, nadie se planteó que hubiera ningún contubernio político detrás de la cinta.
Sin embargo, no. Yo creo que sí que había una intención ulterior en
La cabina. Creo que esta película es una metáfora rellena de otras metáforas.
Así que en la segunda entrega de esta reseña os cuento lo que leo entre líneas —o entre fotograma y fotograma— y ya me diréis. Y como el artículo va a estar lleno de spoilers, antes de nada voy a dejar aquí la película para que la veáis o para que refresquéis la memoria si la habéis visto. No está catalogada en vídeo comercial y se encuentra a disposición de todo el mundo en multitud de sitios y formatos, online y descargable, por lo que esto debería ser legal: