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Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos (cap. 26) - M.C. Carper Imprimir E-Mail
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Ficciones - Novela: Enfrentamientos de los Dioses
Escrito por Hari Seldon   
martes, 08 de diciembre de 2009

Enfrentamientos de los Dioses I - La caída de los monárquicos - M. C. Carper

 

 

26. LA HERMANDAD ESTELAR DESPEGA

 

Sentado, o mejor dicho calzado, pues no tenía piernas, se hallaba el cetáceo cuerpo de Cetar, el Aguandés. Su sillón escritorio tenía el respaldo coronado por un humedecedor de rocío.
Cetar, como cualquier otro ser del mundo oceánico de Aguand, no podía vivir sin su porcentaje de H2O. Podría, quizá, practicándose una operación quirúrgica, pero el Padrino era reacio a dejar que alguien se le acercara con herramientas que pudieran acabar con su preciada vida.
Su nave “Cornucopia”, de diseño aguandés, lo esperaba en órbita. Amaba su astronave porque el interior estaba compuesto del líquido elemento de su planeta. Allí podía nadar libremente y desde la cabina de paredes transparentes contemplar el espacio infinito.
Alargó sus brazos, con los dedos palmeados abiertos hacia las consolas lustrosas.
Sólo debo rozar una almohadilla de contacto para dar la orden.
Rodeando todos los asentamientos arcontes del planeta y las dos estaciones orbitales aguardaban sus hombres para atacar y aplastar de ese modo a los enemigos que se movían entre ellos. Un equipo de quince agencias de noticias sobornadas esperaban para difundir la noticia, con un marcado partidismo Koranio, al resto de la galaxia.
El Aguandés jugueteó con su pequeño calidoscopio un momento.
Bien... no puedo saborearlo más. Los haremos polvo.
Y oprimió el botón.

En Rishga Zalum, a cinco mil kilómetros de ahí, Odayo recibió la señal seguida de los informes sobre la reducción de los arcontes en la superficie. Se levantó del sillón seguido por Blanco, Claudia y los robots.
—Transmitan la orden de despegue —ordenó por su comunicador de pulsera mientras caminaba a paso ligero hacia su nave.

Claudia se detuvo admirando las espacionaves izándose sobre sus repulsores y las luminosas toberas, el estruendo retumbaba en los muros del hangar, mientras partían en formación. En todo el planeta ocurrían escenas similares. La órbita de Kora 2 se atestó de vehículos espaciales.
A-Drián sacó a la duquesa de su ensimismamiento.
—Mi Dama, creo que sería de mucha utilidad a los comandos que aborden el Hiperpuente, mis conocimientos en sistemas ayudarán.
La muchacha lo miró de soslayo.
—Pues pregunta si hay sitio para ti en alguna de esas naves... Aguarda —llamó con una mano a Bob, que estaba hablando con Odayo, cerca de los trenes de aterrizaje del Guerrero Antiguo, la nave capitana.
—Escucha, Bob —dijo la duquesa—. ¿Podrías comunicarme con los comandos?  —Bob dio unos golpecitos en su notebook y se lo pasó a Claudia.
La conversación duró un par de minutos y ella dijo al robot:
—Preséntate en la plataforma Quince-D y pregunta por el Teniente Lince.
—Estoy verdaderamente agradecido —Drián la miró indeciso—. Pienso en lo que hablamos en Rosaem, acerca de su estado —Claudia hizo un gesto de no entender—. Me refiero a los cambios en su percepción que ocurrieron después de la crisis de Cinia. Ahora viviremos momentos críticos, puede experimentar un nuevo cambio. —La chica sonrió al responder.
—Ambos atravesamos crisis, mi querido robot con alma. Ciudad Espiral fue destruida y estás por unirte a unos comandos. ¿Quién puede saber cómo nos afectará esto?
El robot se despidió, intercambió un breve coloquio electrónico con P.L.P.S., alejándose con su calmo andar.

Alrededor del Supertzar, movimientos de máquinas, grúas y tripulación aparecían como moscas alrededor de la miel. A unos cien metros estaba aparcada la nave de Odayo. El Guerrero Antiguo tenía unos ciento sesenta metros de envergadura, casi el doble que la de Blanco. Se alzaba cincuenta metros sobre los trenes de aterrizaje. La sección de propulsión colgaba al extremo de una gruesa extensión de vigas y pasadizos que partían de la planta de propulsión subluz (cuatro poderosos impulsores de plasma). El empuje de velocidad lo daba un reactor clon, guarnecido con placas aislantes antirradiación que lo separaba de cuatro esferas herméticas con combustible de metal líquido. En la parte anterior se ubicaban tres pisos con ventanas rectangulares siguiendo la forma del curvado fuselaje. Bajo ellos, una ventana nacía en estribor y culminaba a babor, abarcando el puente de mando. En la parte inferior había un pequeño hangar de abordaje y acople. Dos torres artilladas estaban soldadas en las paredes laterales con una giba de sensores protegida por un par de robustas casamatas.
Cuando comenzó a flotar sobre los suspensores, plegó los trenes de aterrizaje y desenvolvió unas largas antenas tanto encima como debajo del fuselaje.
—¡Muy bien! —rugió Bob a sus hombres—. ¿Están listos?
—¡Sí! —aclamaron todos, y alguien le lanzó un recipiente de aguacashasa.
—Voy contigo —gritó una voz femenina. El traficante se atragantó con su bebida—. Debo hacerlo —reclamó la chica. Yeshin y Rylliu aniquilaron con la mirada a su capitán desde la rampa.
—OK —suspiró éste. La opinión de sus hombres era abierta y él necesitaba la moral alta de todos si quería ganar esa batalla. Además, la muchacha ya había estado en un combate—. ¡Vámonos ya!
La duquesa jhaeliana sonrió y subió con P.L.P.S. flotando detrás.

Alejándose del Refugio de Odayo, dejándolo desaparecer en el horizonte, pudieron contemplar un firmamento tachonado de vehículos. Enormes toberas expedían su energético plasma como luciérnagas multicolores en el infinito telón crepuscular.
Desde su pequeña ventana, Claudia atisbaba, sus dedos palpando suavemente el sai de cristal, invisible bajo los pliegues de la falda.
Ascendieron hasta la orbita y rápidamente Kora fue quedando atrás. En los comunicadores de la consola de Yeshin se oían las órdenes de los distintos escuadrones.
El Cornucopia, la nave del Aguandés, se movía a babor; parecía un molusco de valvas traslúcidas. La duquesa observó fascinada cómo su tripulación nadaba en el líquido interior. En el Puente, especie de pecera gigante, el capitán se movía con una gracia que era inimaginable para quién lo conocía fuera de su elemento.
 
Enfrentamientos de los Dioses, por M.C. Carper
 
Tres remolques Skchii con ocho soportes de atraque se acercaban a estribor, con los cazas Mandbla de los Rambles. Pequeñas, de forma de medialuna, eran casi todo carlinga y propulsión, una cápsula salvavidas era más voluminosa.
Estos Rambles son suicidas.
—Esas navecillas tienen una maniobrabilidad que la dejará pasmada —comentó Bob, adivinando los pensamientos de la joven—, y, para mejor, esos pilotos son locos. No le temen a la muerte.
Un navío cilíndrico de color azul, rodeado con torres de sensores y antenas, apareció más adelante. En la cubierta se leía N.A.L.S.E. y mostraba la estrella azul cruzada por los dos cometas de plata del sistema Sirio. A prudente distancia estaría la estación pandioresa A.A.T.N.I. con los buques cisterna que aguardarían orbitando Kora 3.
—¡Bien! —sentenció Roberto Blanco—. Despidámonos del Aguandés y adelantémonos hacia el peligro.
El tirón de la aceleración oprimió la espalda de la chica contra el asiento. Recordó asegurar los precintos anti aceleración, convencida de que el capitán koranio describiría las maniobras más esquizoides durante el combate.
Yeshin les señaló una pantalla. Donde sus detectores mostraban la actividad a babor, allí el frente encabezado por el Guerrero Antiguo de Odayo iba catapultado desde el tercer planeta, como una nube de navíos personalizados de la Hermandad Estelar, remolques y medio centenar de cazas Mandbla.

Odayo miraba en ese mismo momento, en su pantalla de operaciones, la información que llegaba desde las naves de reconocimiento.
El Astillero de la flota de Sabbathco.
Una Gran Fortuna.
Poder y Gloria.
Sus labios se curvaron en una sonrisa. Sabía que se arriesgaba al ir personalmente en ese frente. El Aguandés prefirió no correr aquel peligro y por ello renunciaba tácitamente a los beneficios de la victoria; ambos Padrinos eran conscientes de que la mayoría no volvería a casa.

Abriendo la marcha, a cinco mil kilómetros, el Ensalada de Rata y los Comandos Cinianos, liderados por Cush Dodanim, el teniente Lince y Cendoo, avanzaban frenéticamente. El jhaeliano pilotaba una de las espigadas naves de robustos timones con tres cúpulas carlingas artilladas, rematadas por una nariz de guerra electrónica. En un navío idéntico iba Lince, pero su lanzadera llevaba sujeto, en las estaciones de carga inferiores, un bunker Infiltrador. A-Drián, junto a hoscos y pesadamente equipados comandos, estaba en su interior; eran doce personas enfrentadas en seis asientos antigrav, unos a babor y otros a estribor. Carecía de ventanas o monitores, sólo se oía el rumor de los uniformes rozando las mochilas. A-Drián computó todos los datos con la programación de su hacedor, haría todo lo que estuviera a su alcance para reducir las muertes al mínimo.

En la pantalla de detección de Odayo apareció la forma del Astillero Espacial. Le recordó el esqueleto gigantesco de una criatura sicodélica y deforme. Los retorcidos “huesos” biomecánicos eran plataformas y atracaderos que estacionaban los no menos extravagantes acorazados N.I.B. parecidos a calaveras de enormes cuencas e innumerables mandíbulas. No lejos, en contenedores, flotaban los reactores luxorianos, semejantes a órganos cardíacos anudados por venas y arterias cortadas que exhalaban los residuos de la propulsión. Podían no ser muy agradables a la vista, pero todos reconocían en la galaxia los adelantos técnicos de los luxorianos.
—¡Atención, Frentes Tres y Cuatro! —escucharon por los canales de operaciones—. Aquí base N.A.L.S.E. Detectamos actividad en el Hiperpuente. —Era seguro que los radares del anillo los habían descubierto, estaban a menos de quince minutos del Astillero—. Prepárense para atravesar la barrera de energía.
 
Enfrentamientos de los Dioses, por M.C. Carper

El Ensalada de Rata se sacudió en un corto estertor y el robusto capitán Cendoo rugió:
—Desplieguen el armamento. Todas las baterías activadas.
La tripulación del koranio era parecida a la de Blanco, pero más numerosa. Las defensas del hiperpuente estaban tomando posiciones, no podían dejar que formasen una barrera de fuego, la ventaja era tomar la iniciativa.
Las estaciones misilísticas sirianas abrieron fuego desde la retaguardia del grupo. Mientras, las cabinas Skchii con ocho cazas Mandbla se desplegaron como cirios llenos de antenillas y liberaron las navecillas rambles. El potentísimo empuje de los Sclibbich 7.7 las impulsaron al frente de las naves cinianas y las Yutang Zin piratas.
El fuselaje del Hiperpuente se plagó de globos luminosos. En el interior, alarmas y sirenas llenaron pasillos y hangares. El personal foornaxio corría solícito a las estaciones de emergencia.
Una nueva andanada de misiles castigó las paredes externas del enorme Anillo. Las torres de cañones láser que la defendían respondieron con poca efectividad.

En las paredes de monitoreo del N.A.L.S.E aparecieron ominosos puntos. Partían desde hangares del puente, separados de las zonas de cabotaje; la velocidad y la maniobrabilidad no dejó dudas a los operadores.
—¡Alerta, Frentes! —informaron—. ¡Naves enemigas van a su encuentro!

Las medialunas Mandbla, secundadas por lanzaderas cinianas, hicieron contacto con las Embryon. Las naves biomecánicas avanzaban vomitando proyectiles mortíferos. Las navecillas rambles se escabulleron entre la cortina de fuego, pero una de las naves de Cinia fue ultimada, convertida en chispas.
Cush Dodanim maniobró desde la cabina frontal de su nave. Dos cúpulas artilladas más coronaban el fuselaje de la lanzadera. El jhaeliano colocaba ésta en posición óptima para que sus artilleros obtuvieran el mejor blanco. La computadora de objetivo le transfería las coordenadas necesarias. Entre los estudios que había recibido en la Multicorp, sus calificaciones como piloto acrobático fueron las más altas. Nunca imaginó que estaría en una batalla espacial. Las mismas eran consideradas teóricas y obsoletas, pero ahí estaba, en medio de una. Tres cazas Embryon se volatilizaron bajo el fuego de sus artilleros, llenando el espacio de energía y muerte.

Mientras tanto, Odayo dirigía los remolques para requisar aquellos repulsivos impulsores luxorianos. Los navíos koranios bombardeaban el Astillero; los emplazamientos podían ser utilizados por el enemigo y para ellos no tenían ningún valor.
El Guerrero Antiguo se adelantó, escoltado por cuatro cruceros, sondeando el cuadrante. Odayo sabía que el combate ya había comenzado en el otro extremo del Hiperpuente y que en poco tiempo la batalla llegaría hasta ellos.

Alrededor del Ensalada de Rata de Cendoo, como libélulas sobre un estanque, los Embryon atacaban y sucumbían. Cush Dodanim ya había sido identificado como un contrincante sumamente peligroso. Los pilotos arcontes no tenían voluntad propia; de tenerla, hubiesen huido ante la proximidad de ese rival imponente. El jhaeliano utilizaba todo su conocimiento espiritual, asistido por seres de otros planos. Toda su instrucción se veía recompensada ahora, era un Sálvat auténtico y estaba seguro de que ganaría.
Yo soy un dios encarnado, sonrió interiormente.
Una de las estaciones Misilísticas explotó bajo la potencia de los Embryon y dos navíos Yutang se ladearon a la deriva con numerosos boquetes en su fuselaje. Por el contrario, los Mandbla rambles eran tan maniobrables que eludían a los arcontes.
Poco a poco, U.A. tras U.A., se aproximaban al Hiperpuente.

Estacionado cerca de la orbita del tercer planeta de Kora aguardaba el Cuarto Frente en un clima de nerviosismo.
—¿No están tardando demasiado? —murmuró Claudia.
—Calma, duquesa —la tranquilizó Bob—. Apenas el camino esté despejado, cruzaremos la brecha y tomaremos el Puente. Sólo podremos hacerlo cuando destruyan a esos cazas arcontes.
Yeshin levantó su rostro de la consola.
—No deberían tardar mucho más —dijo—. El Hiperpuente ya habrá dado la alerta al Arcontado. Pronto llegarán sus refuerzos.
—¿Cuánto nos queda, Yeshin?
—Cuarenta minutos.

Siete remolques conducían los multimillonarios reactores luxorianos, cansinamente, hacia Kora. El Guerrero Antiguo comenzaba, por tercera vez, una elíptica vuelta al astillero. Odayo mantenía así la vigilancia del sector. Si algún escuadrón enemigo surgiera del hiperespacio, tomarían posiciones. La perturbadora forma de los cruceros biomecánicos lo hipnotizaba. Eran gigantescos, su eslora superaba el par de kilómetros. Lanzó dos sondas al interior, pero no descubrió la mínima actividad; no tenían secciones reconocibles como puente de mando, el hueco interior parecía un hangar gigante sin ninguna finalidad y algunas secciones del fuselaje eran macizas, con una envergadura de cincuenta a doscientos metros. Pensó que se trataba de meras barcazas. Trasponía una hilera de cadavéricos cruceros N.I.B. cuando los monitores se poblaron de datos.
Uno de los buques arcontes cobró vida y de su interior surgieron dos escuadrones de Embryon. La rugosa piel biomecánica se llenó de luces, mientras los cazas arremetían con su característica furia. Despiadados, aún más suicidas que los rambles. Aquellos mártires de vida semi vegetal que utilizaba Finsen como pilotos causaron una cruenta destrucción. Tras ellos, con los movimientos lentos de una bestia titánica, se movía uno de los acorazados anclado en el astillero. Impresionaba tanto por su tamaño como por su forma de criatura viva. El navío se deslizó sobre los piratas sin percatarse de los proyectiles que impactaban en su fuselaje.
El inesperado ataque convirtió al segundo Frente en una sucesión de explosiones que abrió en abanico la formación korania, la cual se repartió en dos grupos separados por el morboso crucero N.I.B.
Totalmente operativo, armado y letal.

 


El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper

 

Siguiente entrega: Capítulos 27 y 28

Leer todos los capítulos

 

Sobre el autor: M.C. Carper





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