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27. ATAQUE AL ASTILLERO ARCONTE
Unos cruceros de abordaje, doce en total, lanzaron toda la potencia de su artillería contra el Acorazado N.I.B. El fuego se concentró en el fuselaje de babor mientras los cazas Rambles se catapultaron en picada, pero nada parecía interrumpir el avance de la nave arconte. La osamenta biomecánica no se detenía. Su piel, llena de gránulos ponzoñosos, exhalaba pútridos dardos de protónica fatalidad, alcanzando a los remolques que huían con su valiosa carga, reduciéndolos a residuos atómicos. No había capitanes ni tripulantes en la armada luxoriana, estaba gobernada por un cerebro robótico. La proximidad de la hermandad Estelar lo había activado. No demostró tener un plan ni un propósito, sólo avanzaba, abriendo fuego contra todo lo que se movía.
La agitación reinaba en las estaciones N.A.L.S.E. y A.A.T.N.I.
—¡Señor! —anunció un operador al capitán del N.A.L.S.E.—. Perdimos una de las naves de periodismo y tenemos muchas bajas en el Segundo Frente.
—¿Odayo se ha reportado? —indagó el capitán, el espacio solía ser ominosamente silencioso.
—Es un caos, interfieren las transmisiones.
—Comuníqueme con el Primer Frente. —Al no poder recibir ordenes de Odayo, optó por solicitarlas al Padrino más cercano. Instantes después en un gran panel se formó el rostro del Aguandés.
—¿Qué ocurre? —cloqueó.
—Señor —el capitán deglutió antes de informar—. El Segundo Frente está incomunicado, ha sufrido muchas bajas. ¿Enviaremos refuerzos?
—Muchos de mis mejores muchachos están con Odayo. El Astillero era un blanco inerme.
—Al parecer no, están librando una batalla contra un factor desconocido...
—Si sus detectores no logran reconocer qué es, se debe a que se mantienen demasiado lejos del teatro de operaciones —estalló el Aguandés. Ninguno de sus hombres quería ser testigo de esos arrebatos, pocos seguían vivos para comentarlos—. ¡Mueva sus antenas para saber qué pasa ahí!
—Pero, Señor —el capitán trató de disimular el temblor de sus piernas—. Nuestra nave sólo consta de dos cañones de láseres defensivos...
—Yo los escoltaré —sentenció el Aguandés.
Cuatro bombarderos cinianos traspasaron la línea de ataque Embryon alcanzando las postrimerías del Puente. Los escasos cazas biomecánicos trataban de reagruparse esperando ordenes, ya sabían que el Astillero estaba bajo ataque, a mil doscientos kilómetros. De las estaciones de carga en los navíos cinianos se soltaron las bombas, con caparazones y luces, cubriendo el negro espacio que las separaban del blanco.
Algunas estallaron antes de llegar; las Torres y las grúas de electronizadores creaban una cortina defensiva, pero con el primer impacto las explosiones abrieron una herida monstruosa en el monumental Anillo.
Los Embryon, enfurecidos, fueron en compacta formación contra los bombarderos. Sólo uno de los cinianos sobrevivió, en una nave chamuscada y agujereada. Cush Dodanim arremetió desde la retaguardia y, con el auxilio de sus artilleros, ultimó una docena de enemigos. Miró su cronómetro y apretó la mandíbula.
Debemos tomar esta cosa, ahora.
El Acorazado N.I.B. continuaba su pesado navegar, chocando y aplastando a cualquier nave que se le cruzara.
El Guerrero Antiguo navegaba a estribor, sin cesar de lanzar todo su armamento, secundado por cuatro cruceros de La Hermandad Estelar. Todos los rambles de su grupo se habían suicidado contra el fuselaje de la nave arconte pero, a pesar de los daños, aquel esqueleto de ballena continuaba batallando.
Dos remolques conservaban, en sus grúas, la valiosa tecnología luxoriana. Parecía que la nave arconte quería darles caza.
Tres cápsulas Skchii nodrizas de los rambles, con sus soportes plegados, huían raudamente hacia la zona de las naves cisternas procurando repostar. Eludieron una andanada mortal del N.I.B., aunque otros no tuvieron la misma suerte.
Cuatro proyectiles golpearon a los remolques y la explosión de los reactores se diseminó en una onda expansiva de kilómetros.
La Estación N.A.L.S.E. se aproximaba velozmente a ellos.
—¡Señor! ¡Perdimos los reactores! —anunció el capitán al ver desaparecer de sus pantallas la totalidad de los remolques.
Cetar, desde El Cornucopia, escuchó aquella información y rugió de ira.
—¡Inútiles! Envíen los refuerzos a rescatar lo que se pueda. Hay que destruir a ese crucero mal nacido.
Dos escuadrones rambles se adelantaron, con ellos iban el Cornucopia y otras naves de la Hermandad, incluidos dos buques de abastecimiento por si acaso.
Ahora había una espesa nube de naves koranias sobre el N.I.B.
Los escuadrones de Embryon estaban reducidos a un puñado, el espacio se llenó de luces. Los ataques hendían la corteza del fuselaje biomecánico. Se sacudió como una enorme bestia moribunda, aplastando muchas naves en su estertor. El acorazado giró bruscamente a estribor, hacia la nave de Odayo, que no interrumpía el fuego de sus casamatas. La sección frontal del Guerrero Antiguo fue duramente castigada. Hubo pérdidas de presión y enormes secciones metálicas se desprendieron. Mientras muchos corrían hacia las cápsulas salvavidas, Odayo permaneció con sus capitanes para infundirles ánimo. Una sección del techo lo aplastó, matándolo al instante. Luego la explosión de la monstruosa nave arconte catapultó al ejercito koranio en una caótica retirada, ninguno de los reactores pudo rescatarse en la confusión.  Cetar contempló aquel pequeño sol artificial, entre naves de la Hermandad y cazas enemigos, abriéndose en todas direcciones. El plan había fracasado y pronto arribarían más escuadrones arcontes desde el hiperespacio. Si no tomaban el hiperpuente le esperaba una horrible esclavitud, después de un severo castigo del Hechicero Rojo.
Dos Embryon en fuga eludieron los cañones del Cornucopia, acribillando a la indefensa N.A.L.S.E., que se volatilizó en chispas dejando a la ofensiva korania ciega, sorda y muda a partir de ese momento.
Bob se revolvió nervioso en su asiento, observando cómo el Ensalada de Rata ganaba cuadrantes lentamente hacia el Hiperpuente, pero aún no le transmitía la señal para entrar.
Claudia dio un respingo y dijo:
—N.A.L.S.E. ha sido destruido...
—No lo creo —protestó el capitán—. Están lejos de la batalla...
Yeshin revisó su consola e interrumpió.
—Los pilotos están usando códigos de nave a nave —informó—. A.A.T.N.I. no puede reemplazar a la base. La Dama Blanca tiene razón, tomaré las comunicaciones con nuestra unidad.
Tras un breve lapso oyeron por los altavoces:
—Cliba Tres a Exótica —escucharon una distorsionada voz con acento koranio.
—Te recibo, Cliba Tres —fue la respuesta desde otra nave—. Voy camino al Puente con los rambles, este Sector está despejado.
—Aquí estamos con los residuos —decía alguien por otro canal—. El Aguandés nos está reagrupando.
—No tengo registros de las naves capitanas —prorrumpió un piloto desesperado—. ¿Puedes darme datos de los frentes?
—N.A.L.S.E., perdido —hablaba otro, con un nudo en la garganta—, Guerrero Antiguo inutilizado, Odayo muerto...
En el Supertzar se produjo un alboroto al oír la última frase. Claudia había percibido aquello, pero se abstuvo de comentarlo.
—¡Silencio! —pidió Roberto Blanco, la expresión de su rostro era dura e inflexible—. Ya no esperaremos más, Odayo no morirá en vano. Volemos a esos malditos arcontes.
Las naves del frente destinado a dominar el hiperpuente estaban estacionadas a cien mil kilómetros de su objetivo, separadas por el alcance de sus armas, aguardando la señal de Cush Dodanim y los comandos. Desde su lanzadera, el teniente Lince vio cómo saltaba el Supertzar hacia el campo de batalla. Comprobó el sustento vital en el Infiltrador acoplado y soltó los frenos, imitando a la nave corsaria. Así, el Cuarto Frente se integró al Conflicto.
El temerario Cush patrullaba, de manera letal, la zona de embarque por donde debían ingresar los comandos. Si conseguían tomar el control de la mitad del Hiperpuente, el resto sería neutralizado. Tres lanzaderas que en su barriga llevaban acopladas búnkeres en forma de pastillas metálicas, sobrevolaron la entrada. Los Infiltradores se soltaron, cayendo a máxima velocidad en los hangares del Puente. Varias placas de protección se desprendieron al impactar con el escudo de energía. Pero las cápsulas se precipitaron en el espacioso hangar, rebotando contra las estructuras. Unas redes de contención se activaron automáticamente, eran usuales en las estaciones espaciales para prevenir accidentes. Envolvieron a las aplanadas cápsulas, suavizando su caída. En el interior de los Infiltradores, los comandos sintieron el cimbronazo y el chirriar del metal contra el metal. Aún envueltos en las redes, los búnkeres no se detuvieron hasta chocar con los gruesos muros de contención.
Las paredes se desplegaron como los pétalos de una flor. Una ametralladora robot L-Treinta y Siete, de penetración, cubrió la salida de los comandos. Estos se repartieron en formación, procurando parapetarse, muchos civiles se escabulleron al ver estos intrusos fuertemente armados. El líder comando comunicó a los otros dos búnkeres:
—Terreno despejado. Contacto negativo.
A-Drián-0 se movió imitando con exactitud las maniobras de los comandos. Estos se sorprendieron de la destreza del robot y se aliviaron, pues temían que aquella máquina echara a perder sus estudiados movimientos. Valiéndose de somníferos redujeron a los guardias y atravesaron una serie de túneles y salones, hasta llegar a una torre de control. Con unas rápidas ráfagas láser, demostraron a los operadores Clorounc que no estaban jugando. Con una velocidad sincronizada instalaron su equipamiento de sabotaje. El androide rosaemita vio el panel de control, al tiempo que los comandos cinianos esposaban a los foornaxios, ingresó en una terminal y se entregó a comunicarse con el Computador Cerebral del Puente. Siete Clorounc fueron arrojados a su izquierda, amordazados y maniatados.
De improviso, A-Drián percibió la presencia de una persona a su lado. Se volvió con sorpresa robótica para verse frente a frente con un humano de ropas y piel tan blancas que parecían tener luz propia. Unas cejas blancas coronaban unos ojos profundos bajo una amplia frente.
El robot hizo un ademán a los comandos que se movían alrededor de las consolas.
—No te molestes. Ellos no pueden verme, sólo tú —dijo el extraño.
—¿Qué es usted? — A-Drián estimó que esa era la pregunta más apropiada para hacer.
—Yo soy yo —fue la respuesta. El robot yeilin había leído ese tipo de contestación en muchos textos. Razonó que lo que percibía era sin duda una transmisión, muy posiblemente establecida a través del computador. No obstante, la tecnología usada no estaba entre sus registros. No era Foornaxia, ni luxoriana. Examinó lo que su cerebro holotrónico percibía: un ser de apariencia humana, con cierta aura. Invisible a otros ojos…
Todos los datos coincidían con la descripción del Hablante, la misma de los testigos en Cinia. En ningún momento sospechó de una broma. Adrián no sabía de ellas, actuó asumiendo que aquel ser era el Hablante.
—¿No puede impedir esta matanza? —dijo.
—Nadie puede morir, todos somos hijos de Jhael. Esto es un juego de niños que no saben lo que hacen —el ser no consideraba la destrucción del cuerpo como muerte, parecía que todo lo que ocurría lo tomaba sin cuidado, pero seguía allí. Algún propósito lo había impulsado a manifestarse ante Drián—. Es todo un estado de la mente, ¿sabes? Hay ciertas épocas en las que las criaturas lo aceptan con más facilidad. Antes de la era espacial, la noche cubría todo de misterio. Existía lo desconocido, ¡la Magia! Después, con la era atómica, se pensó que todo era explicable. Incluso cuando alcanzaron las estrellas. Pero los seres volvieron a sentirse pequeños. Los hiperpuentes han devuelto la inocencia, la sensación de que el universo está lleno de sorpresas. Es el momento de alcanzar la iluminación.
—¿Qué desea de mí? Sólo soy un robot.
—Todas las cosas vibran, tienen inteligencia y vida. Yo apelo a esa inteligencia y vida en ti —la voz era dulce y a la vez imperiosa. A-Drián-Cero registró imágenes en su memoria, provenientes del ser; muchas no tenían ningún significado, eran sucesos que no habían acaecido. Su única certeza era que debía guardarlas en secreto—. Te escojo como una base sólida de la nueva generación que comenzará una Nueva Era.
—¿Usted quiere que lo acompañe...? —El robot no sabía qué esperaba el hablante de él.
—Sí, pero no midas el tiempo desde el punto de vista de las criaturas pensantes. Yo decreto que tú eres eterno, A-Drián-Cero, como es arriba es abajo. Aún tienes que servir a Claudia, a Bruno, encontrar a Silplat, crear una melodía para las almas, unir a tus iguales en una sola mente, educar a las Trillizas Upton, buscar la Llave de los Dioses... Humm pasarán varias décadas hasta que ocupes tu sitio junto a mí.
—¿Por qué me lo dice ahora?
—Si quieres disfrutar de la sombra del árbol, planta la semilla con antelación. Buena suerte, A-Drián. Los Dioses te protegen en todo momento.
Dicho esto desapareció.
El robot descubrió en ese instante que el enlace con el computador Central ya estaba hecho y que su cerebro holotrónico gobernaba el Hiperpuente.
Los comandos vitorearon cuando se dieron cuenta. El líder le palmeó la espalda con una sonrisa lobuna.
—Un momento —dijo—. Hay sectores de artillería que se activan de forma manual, no podemos gobernarlos desde aquí.
—¡Aguarden! —exclamó el robot señalando una pantalla. Los arribos programados anteriormente no podían anularse una vez que habían ingresado al hiperespacio desde otro hiperpuente—. Viene un contingente por el hiperespacio, llegará en veinte minutos.
El comandante ciniano tomó el comunicador.
—Frentes Tres y Cuatro, el puente es nuestro. Vuelen los neutralizadores y volvamos a casa. Tenemos veinte minutos antes de que lleguen sus refuerzos. El Supertzar alcanzó la cara interna de anillo con todo el grupo de naves aliadas a la zaga.
—Daremos dos ciclos —ordenó Bob a todos los pilotos—. Ocúpense de las Torres y los electronizadores. Cuando el camino esté libre, seguiremos con los neutralizadores de hipercampos.
El teniente Lince maniobraba sobre ellos, cubriéndolos. Sin el bunker acoplado, la maniobrabilidad de su lanzadera era óptima.
—¿Qué haremos con los cazas Embryon? —preguntó al capitán koranio.
—Cush Dodanim y los suyos asistirán para proteger nuestras espaldas —replicó el traficante.
El anciano espacionauta Rylliu y Lengua Veloz, el Denk, se instalaron en las butacas de las potentes casamatas del Supertzar. Cara de Trompa, el Ceet y Tres Ojos, el Chaluk, ocuparon otras secciones de artillería.
La nave sorteaba los peligros a velocidades imperceptibles para el ojo humano. Las Torres paralelas de los electronizadores medían kilómetros y entre ellas aparecían y desaparecían racimos de arcos voltaicos codificados que inutilizaban toda la electrónica de lo que tocaban.
Una lanzadera ciniana fue alcanzada en un cruce y su piloto quedo inerme, a la deriva, donde fue desintegrado por un caza Embryon.
Bob llevaba la nave por la cara interna, pasando túneles de electronizadores y pasillos atestados de cañones láser. Cazas Mandbla lo cubrían y varios kilómetros detrás llegaban cuatro lanzaderas cinianas. Cerraban el grupo cinco naves de la Hermandad, entre ellas el Ensalada de Rata.
Cush, el jhaeliano, asistido por el teniente Lince limpiaba el cuadrante de enemigos. No obstante, desde hacía un minuto comenzaba a tener un mal presentimiento: un peligro se aproximaba. Algo en su interior decía:
Cuidado, cuidado, cuidado. —¡Teniente! —llamó a Lince.
—¡Sí, señor! —fue la concisa réplica.
—Déjeme solo y asista a los koranios para volar los neutralizadores, será más útil allá abajo. —Mientras hablaba, cerró el puño en el mango del sai de Cristal Viviente para incrementar su percepción del entorno y así conocer de antemano cada movimiento de sus enemigos; los otros pilotos estorbarían, tenía más chances de triunfar si los recibía a solas.
—¡A la orden! —fue la desganada respuesta de Lince. Su devoción al jhaeliano era total, a pesar de que pocas veces entendía sus motivos.
La Supertzar había cubierto una vuelta completa a las paredes interiores del Hiperpuente. Todo había sido grabado por los sensores del computador, ahora retomaba el camino que Count Raven conocía con informática memoria.
—Esta vez, Yeshin —aseguró Bob—, vamos a destruir todos los neutralizadores que podamos.
—De acuerdo, capitán, esto ha durado demasiado —sonrió el híbrido.
Los neutralizadores eran gigantescos rectángulos truncados que rodeaban las cúpulas de los generadores de hipercampos. Se hallaban como la única contención de gravedades que mantenía equilibrado el espacio en torno al Hiperpuente. Todo el grupo del Frente Cuatro comenzó a destruirlos. Los fragmentos monumentales giraban por la inercia, para caer en las paredes del Anillo. Dos de las naves koranias fueron alcanzadas por los cañones defensivos, pero el Puente estaba a punto de caer.
De improviso, el centro del anillo sideral se pobló con cinco intrusos. Eran cazas Embryon de élite, navegados por auténticos pilotos de raciocinio independiente. Los comandaba el mismísimo Cruz de Espinas.
Red Finsen había rugido de ira al enterarse del ataque al Hiperpuente. Si no lo impedía, su amo lo castigaría y retrasaría la entrega del premio que deseaba, pues Finsen anhelaba más que nada ser igual a aquellos a los que mostraba odio; quería un cuerpo humano, ser de carne y hueso y tener una existencia anónima para reconstruir su vida. Incluso imaginaba que podía conquistar el corazón de Claudia, pero todo dependía de su éxito.
A-Drián detectó a este nuevo enemigo.
—Señor —se dirigió al líder de los comandos—. Han caído del hiperespacio las naves arcontes. —Le extendió un panel con los gráficos.
El ciniano tomó las lecturas y las estudió. Dio unos golpecitos a su comunicador y dijo:
—¡Comandante Dodanim! —¿Sí? —se oyó por el receptor.
—¡Está Hecho! El trabajo continúa ahora en sus manos. Han llegado visitantes...
—Bien. Abandonen la zona rápido y preocúpense por cubrir nuestra retirada, apenas terminemos.
Los Comandos cinianos se encaminaron con sus prisioneros hacia los hangares para alejarse de una posible destrucción. El robot fue escoltado con deferencia por los soldados. Sin él, hubiesen tardado el doble de tiempo en capturar los códigos de la computadora.
Tres cargueros engancharon con metálicos brazos a los búnkeres de asalto y se elevaron hacia la salida. El cerebro holotrónico de A-Drián-0 intentaba ordenar y catalogar la extraña manifestación. La duda no existía en su experiencia, pero nadie confiaría en sus palabras si la contaba. La forma de pensar de los seres orgánicos estaba abarrotada de prejuicios contra los robots. El Hablante le había dicho que tenía vida y esa idea ocupaba sus razonamientos sin consuelo. Como nunca antes en siglos, necesitaba de un oído amigo e inteligente.
Un potente sacudón agitó la anatomía de los tripulantes del bunker.
Dos cazas Embryon de Elite, con pilotos Conquistador, no los autómatas sin cerebro de las otras naves, atacaron a los comandos. Dos de las naves fueron convertidas en átomos. La restante escapó gracias a la habilidad guerrera y de pilotaje de Cush Dodanim.
El ciniano libró una contienda de extrema dificultad. Sin generar una mínima gota de sudor, invocó a los seres de Luz que guardaban el Universo, entes que los jhaelianos conocían desde antes de la Monarquía. Persiguió a los enemigos y los ultimó con una elegancia que sólo él podía demostrar. EL carguero se alejó con el bunker donde estaba Drián hacia la seguridad de Kora Tres. Cush giró hacía la irregular superficie interna del Anillo. Aceleró para alcanzar al grupo de Bob Blanco. Al instante descubrió que les estaba yendo muy mal: tres navíos arcontes estaban diezmándolos desde la retaguardia.
A máximo impulso avanzaban los restos de la armada Korania. Adelantados volaban el Supertzar y dos lanzaderas cinianas. Entre los laberínticos edificios que cubrían la cara interna del puente, Bob blanco, el teniente Lince y los últimos sobrevivientes de aquel grupo huían más que avanzaban hacia las cúpulas neutralizadoras. Trataban de eludir el fuego cruzado de las defensas y la cortina mortal que expulsaban los Embryon de elite.
Cendoo, a bordo de su Ensalada de Rata, desmanteló a fuego láser el pasillo de cañoneras que ahora flotaba a la deriva, dividido en cincuenta partes, en el vacío.
—¡Adelante, bravos de la Hermandad Estelar! ¡Quitémosle el Puente! —animaba a sus hombres. El Ensalada de Rata era voluminoso debido a los grandes compartimientos de pago que ocupaban casi todo el cuerpo central. A babor y estribor, en unos depósitos rectangulares, estaban las cisternas, rematadas en ambos extremos por las poderosas toberas móviles. Podían girar ciento ochenta grados para dirigir el impulso como se les antojara. En ocasiones eran usados como arma, los residuos candentes de plasma podían calcinar a cualquier nave. El puente de mando estaba en la cúpula frontal, coronada por ocho casamatas. Abría fuego constantemente, iluminando el fuselaje verdoso, parecido al oxido de bronce.
Otro voluminoso buque Koranio estalló. Su ejecutor atravesó la explosión y la rojiza superficie del Cruz de Espinas brilló con los destellos.
Tres cazas rambles describieron un bucle para enfrentarse cara a cara con los perseguidores. De cada espina de la nave del último seiyón brotaron rayos láser y unas hendiduras, como supurantes heridas, escupían repugnantes proyectiles.
Los rambles no se arredraron y siguieron avanzando.
En el Recinto de la Nigromancia, en el centro del puente de su nave, Red Finsen pergeñaba su magia con capacidades conseguidas por pactos ocultos e inhumanos sacrificios. De improviso dio un respingo y tensó su cuerpo biomecánico.
—Controlador —ordenó a uno de los seres fusionados a las consolas de la nave. El presentimiento había sido muy fuerte, como un latigazo—. Lléveme hacia los Hiperneutros. Los cazas Rambles cambiaron su curso para perseguir al crucero biomecánico. Enseguida detectaron a las veloces naves koranias uniéndose al último ataque. De triunfar tendrían que huir rápidamente de la onda expansiva provocada por el choque de hipercampos. La marcha era encabezada por el Supertzar y la cerraba el Ensalada de Rata.
—¡Cendoo! —prorrumpió Rob—. ¿Ya desactivaron las torres de ataque electrónico?
—Listo, amigo —Cendoo tenía en sus miras a las últimas dos—, haz tu trabajo.
No acaba de comunicarse cuando un pequeño caza Mandbla apareció en sus visores, acribillado por el Cruz de Espinas. El corsario híbrido ordenó concentrar el fuego en ese enemigo, pero la artillería del Hechicero Rojo volatilizó la mitad de sus casamatas. La potencia de los impactos redujo notoriamente la integridad del navío de los filibusteros espaciales. Cendoo pensó que era el fin. Apartó de un golpe a su piloto para colocar las toberas de estribor, girándolas hacia el extremo superior, y las de babor hacia el extremo contrario. Entonces les dio máximo impulso. El Ensalada de Rata comenzó a girar sobre su eje, lanzando residuos radiactivos en todas direcciones. Ante esa loca maniobra, Finsen se retiró, buscando un adversario más cuerdo.  Para Cendoo y sus hombres, recuperar la estabilidad fue otra proeza. El mareo no los abandonó hasta mucho después.
Los Embryon continuaban acribillando al grupo. Dos cazas cinianos se transformaron en chispas, mientras uno de los cruceros perdió sus giroscopios y, tambaleándose, se retiró.
—Mi giroscopio no responde —gritaba el piloto—. Estoy muy dañado.
—¡Aléjate! Aún tienes tiempo —ordenó Bob. La velocidad hacía borrosos los contornos del Anillo. Depositaban toda la confianza en Count Raven. Claudia no había emitido un solo comentario durante el ataque, era una figura sombría en el puente. En realidad intentaba disimular un temblor creciente en todo su ser. Percibía todas las mentes en la batalla, podía sentir las consecuencias del triunfo y la derrota. Ninguna le agradaba. Instintivamente, sus dedos se deslizaron hacía el sai que le obsequiara Cush, pero fue peor. Sus visiones se vieron amplificadas, saltando hacia el futuro, en un telar perfecto y a la vez frágil. Todo dependía de su sacrificio. El pensamiento la llenó de infelicidad. Quería encontrar una alternativa, pero no podía.
Entonces un apagón hundió en tinieblas a todas las naves. Bob y sus híbridos manotearon las almohadillas de energía auxiliar.
—¡Energía! —pidió a gritos el koranio—. ¡Vamos!
—Es Finsen —musitó Claudia suavemente. Concentró su mirada y relajó el espíritu, actuando instintivamente, recordando algo jamás aprendido. Poco a poco la energía regresó.
Los rambles, tres cinianos y un buque de carga, huyeron aterrorizados. Sólo Lince se mantuvo en su puesto a pesar de tener una mente supersticiosa. Su lealtad hacia los monárquicos era inquebrantable.
—¿Qué fue eso? —preguntó por el canal abierto.
—Un ardid del Hechicero Rojo —explicó Cush Dodanim.
Al terminar de hablar escrutó con su mente al seiyón y lo halló. Pensó que más de tres mil años atrás, su antepasado, Sálvat, se había enfrentado a él y, tras vencerlo, perdonó su vida.
¿Por qué? ¿Por piedad? ¿Por lástima?
En ese instante la nave se tambaleó bajo el fuego de dos Embryon.
—¡Perdemos presión! —gritó el artillero de la cúpula superior.
—¡Maldición! —gruñó Cush con los dientes apretados—. Pide auxilio al Ensalada de Rata e inicia el abandono de la nave —se puso el casco y aseguró el traje espacial—. ¡Jhael! —la consola le mostró la lista de daños. La lanzadera ciniana estaba inoperable, la única opción era abandonar.
Odiando hacerlo, el ciniano se retiró del combate. Abordó la nave de Cendoo, que estaba muy dañada también, transformándose en un observador de la batalla.
Un buque corsario de un Padrinato menor lanzaba su fuego mortal vaporizando cazas enemigos mientras Lince, más adelante, protegía la carrera del Supertzar.
Incontenible, el Cruz de Espinas se abalanzó y acosó a la nave rezagada. Finsen seguía envuelto en una nube negra, lanzando hechizos paranormales.
El buque se desmembró y sus ocupantes flotaron inertes, congelados en el vacío.
El crucero biomecánico continuó en pos de la lanzadera ciniana del teniente Lince.
—¡Esto es monstruoso! ¡Un arma desconocida desmantela las naves! —gritó el ciniano, desesperado.
Con la mirada perdida en el fondo estelar, la duquesa asumió los cambios en su persona. Caía en la cuenta de que siempre había tenido esas capacidades, pero nunca las había utilizado. Fue la destrucción de su hogar y el planeta Cinia lo que despertó el gen heredado por el hermano de Sálvat. Su relación con Cush también tenía que ver. Pero todo era culpa de la perversidad de Finsen; él la había convertido en lo que era. Claudia se acercó al oído de Roberto para murmurarle:
—Ordena a los otros que se retiren, nada pueden hacer contra los sortilegios de Finsen.
—¡Claro! ¿Y nosotros? —aulló Bob, pensando que la mujer deliraba. —Déjame intentarlo —pidió ella. Su voz sonó muy diferente, tanto que convenció al escepticismo de Blanco.
—¡Inicien la Retirada! —ordenó a los escasos sobrevivientes—. La Duquesa se encargará de ese perro cyborg.
Las naves se alejaron gritando:
—¡Viva la Dama Blanca!
Desde sus respectivas naves. Claudia Monteagudo de Pandior y Monseñor Red Finsen se enfrentaron mentalmente. Ambos se reconocían como enemigos sin solución. Deseaban la destrucción del otro, un asunto que no incluía a los demás guerreros, a la batalla o al Hiperpuente.
La tripulación pirata y los robots miraron atónitos cómo la duquesa parecía crecer y brillar con su propia luz. Parecía más alta y etérea, con un cabello abundante en ondas, una digna rival del hechicero Rojo.
El seiyón incrementó su poder mental con la intención de aplastarla de un solo golpe.
¡Morirás, bruja jhaeliana!
Claudia descubría su poder a medida que lo usaba. Sus sienes parecían yunques recibiendo los embates de gigantescos mazos.
¡Ríndete! No puedes competir con el Campeón de Dimán, el Maligno.
Las paredes del Supertzar se mecieron. Algunas consolas se desprendieron provocando lluvias de chispas. Cayeron en cascadas sobre los tripulantes. Nada podían hacer, sólo confiar en Claudia.
¡Detente ya! O pagarán los que te acompañan, mujerzuela.
Dicho esto se partieron los cristales de las casamatas. El abismo del espacio se tragó a Rylliu y a Lengua Veloz. Los koranios corrieron a reparar las filtraciones con los ojos llenos de lágrimas. Yeshin reparó las fisuras y se tomó el rostro abrumado, P.L.P.S. lo abrazó consoladoramente.
Puedo ver tu interior, Ramera.
Siempre huiste de tus responsabilidades y te dedicaste a tus caprichos y ahora... —¡¡Qué!!
El pecho biomecánico se hinchó en una inspiración profunda. La mujer se paró firme, orando a espíritus de leyenda en los que jamás había creído; su mente se abría. Olvidando lo aprendido y aprendiendo lo que parecía haber olvidado. El Hechicero Rojo asimilaba perplejo la información que descubría, mientras su pensamiento escarbaba el interior mental de la chica. Pudiste ser una diosa a mi lado, ahora eres menos que la escupida de un Mardiam.
Claudia gimió y tomó su vientre.
Fuiste una esposa infiel y... estás... encinta. Tú vivirás, pero destruiré a tu simiente.
—¡Nooo! —el aullido de Claudia retumbó en el Cruz de Espinas provocando fisuras en varias secciones. Las placas biomecánicas se separaron rodeadas de blanquecinas, babosas telas de araña. Un torbellino envolvió a Finsen, que cayó y se aferró a su altar. Claudia era consciente de todo ello. La semilla que crecía en su interior tenía que vivir, nada más importaba. A-Drián lo había descubierto cuando le realizó estudios en Rosaem, pero ella trató de negarlo, aun para ella misma. Luego pensó que esa era una parte de Ernesto.
El Supertzar también sufría la presión de una fuerza ajena, el contraataque del último seiyón.
Claudia palpó entre los pliegues de su ropa un objeto que había olvidado momentáneamente.
¡El sai de Cristal Viviente!
No sabía bien qué motivó a Cush a dárselo, pero lo esgrimió y reconoció al instante al hacedor del objeto cuando este se tornó de un brillantísimo azul, un dios ancestral. El artesano yeilin que le dio forma nunca soñó que aquel sagrado Cristal convertiría a Claudia en algo distinto a la chica pandioresa, despreocupada e irresponsable. La esencia del Sai inundó como una corriente su sangre, colmando las células, transmutándola hacia límites desconocidos para la mayoría de los mortales.  Un rayo partió del sai. Atravesó la nave, sin alterar en nada el fuselaje y golpeó de lleno el tórax del Hechicero Rojo, derrumbándolo cuan largo era. La conmoción creó en Finsen un temor y una incertidumbre que no experimentaba desde hacía tres mil años. Trató de incorporarse, pero sus músculos biomecánicos estaban tan trenzados que no le respondieron. Se sirvió de su mente, impartiendo furiosas órdenes a sus marionetas condicionadas, sabedor de que tenían menos de un minuto para salir de ahí. Dueños de la nave, los koranios lanzaron sus últimos proyectiles y volaron los bloques neutralizadores. —¡Ahora a volar, Yeshin, como un rayo! —gritó Bob Blanco. El crucero Yutang Zin Cero Veintinueve viró y se alejó con un fogonazo plateado. El sai, en las manos de Claudia, también brilló consumiéndose, pero el poder no la abandonó.
El Cruz de Espinas puso rumbo hacia el centro del anillo, donde la brecha hiperespacial se mantenía abierta en el último salto programado. Finsen no tenía la menor idea del destino; pero era lo que menos importaba, tenía microsegundos para salir de allí.
Avanzó y desapareció envuelto entre cinco hiperexplosiones.
El texto y las ilustraciones son propiedad de M.C. Carper Leer la siguiente entrega (última): Capítulos 29 y 30 Leer todos los capítulos Sobre el autor: M.C. Carper
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