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Herederos de la devastación. Primer fragmento - Carlos Daminsky Imprimir E-Mail
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Ficciones - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
lunes, 08 de febrero de 2010

Llega el primer capítulo (fragmento) de la nueva serie de Carlos Daminsky: Herederos de la devastación. Se trata de una mini-serie que podríamos considerar spin-off de Alcoi Zombie City. Los seguidores del folletín canónico en el que los no muertos tienen tanto protagonismo como los vivos podrán reencontrarse con viejos conocidos. Los que lo lean a partir de cero, se engancharán.

Herederos de la devastación

 

 

HEREDEROS DE LA DEVASTACIÓN

-Primer fragmento-

 

 

Dedicado a Lynette Pérez y Kathoro Henao
 
Terminó de cagar y se subió los raídos pantalones descoloridos. En todo momento, estuvo vigilando a través de las grietas del desconchado muro, sin perder de vista la situación. Atento al más mínimo movimiento sospechoso... La atención es algo básico, por supuesto, para mantenerse con vida. Cualquier distracción vale para palmarla. Es un sexto sentido que ya condensa toda la racionalidad, si es que conserva algo de ella.
El mundo se había venido abajo muy rápido, como algo que uno no podía ni imaginar. Un sueño hecho a trozos... pedazos de una realidad fragmentada en cascotes como los que había en el alrededor inerte.
En un montículo de escayolas y vigas su compañero le hizo un gesto afirmativo con el pulgar y exclamó:
—¡Rápido! ¡Acabo de ver un tipo cerca de aquí dando bandazos!


—Desde luego que ese chico tiene el estado —dijo el hombre de la bata blanca.
A continuación, se rascó la barba. Cuando algo le inquietaba, parecía volverse como un estropajo.
—Federico —le llamó alguien que estaba al fondo de la sala.
Se volvió para mirar al tipo que se acercó dando unos extraños pasitos.
—Las pruebas efectuadas han proporcionado un baremo irrefutable, doctor.
Las cosas parecían ponerse realmente críticas... No respondió a su interlocutor y lo escrutó fijamente.
Su aspecto era extraño por no decir grotesco. La cabeza rapada de tez enfermiza y los ojos rojos redondos saltones, daban escalofríos. Pero Sathor era un agudo observador.
—¿Y bien? ¿Se va a quedar así para siempre? —le preguntó con tono agudo.
—No, no... agggg —Fede ahogó su contestación.
—El proyecto debe seguir, doctor.
—¡Ya lo sé!


Se levantó del suelo. ¿Cómo me habré perdido? Sin pensárselo más siguió la marcha, hundiendo sus zapatillas en la alfombra de cenizas.
Una espesa bruma tornaba el ambiente en un reflejo que lo palidecía todo y que además lo desorientaba. Caminó hacia delante con los pelos de punta. Ahora no controlaba la situación. Y si las cosas se tienen que poner jodidas, se ponen realmente JODIDAS. Algo se a mueve entre la bruma. ¡Hostias! Pero bueno, para eso llevaba preparado un cuchillo de cocina. Para clavárselo al primero que pillara por medio.
Se encorvó y zigzagueó entre los obstáculos del solar, hasta que dejó atrás la mortecina niebla. Por allí no veía a nadie. Se había vuelto paranoico a tiempo completo. Pero, ¿quién no?
Voy a echarme unos cuatrocientos metros lisos cagando leches, y me meto en mi guarida. Pero un par de figuras se interponían en su camino, así que aquello iba a ser una carrera de obstáculos en todo caso.
—¿Qué queréis, cabrones?
Las figuras permanecieron mudas.
—Qué queréis...
—¿Qué haces tú por aquí? —preguntó la figura que estaba a su costado derecho. Un tipo harapiento con la cara sucia.
—No te jode... paseando. No me cortéis el paso...
—Ya hace rato que venimos siguiéndote, podíamos haberte matado... —dijo la  figura situada enfrente y que era otro andrajoso.
—¿Vosotros dos? No me hagáis reír.
—¿Has visto algún grupo de supervivientes cerca de aquí? —preguntó el individuo del costado.
—Ni lo sé ni me importa.
—¿Dónde tienes tu agujero? —preguntó.
—Venga, chicos, tengamos la fiesta en paz. Yo por mi lado y vosotros por el vuestro.
—Oye, ¿sabes que tienes una pinta muy extraña? Igual necesitas ayuda —el tipo del costado dio unos pasos y esto le puso nervioso.
—¡Eh! ¡Hijo de puta! Quieto ahí, no des ni un paso más.
—¡Oye, tranquilo! No queremos hacerte nada... —el andrajoso se detuvo y alzó los brazos hacia arriba.
—¡Bah! ¿Quién quiere palmarla primero?
—¡Eh! Deja ese cuchillo... ¿Pero qué coño te pasa? —el individuo que tenía delante le hizo gestos para que se calmara.
Qué haces, qué haces aquí qué haces aquí...


Ya no es él. Bueno, es él pero no lo no es... Unos instantes atrás sus reacciones nerviosas se vienen abajo. Cambian. Se transforman. Los pensamientos se marchan por la puerta de atrás de su mente. Tiene mucha calor. Casi se abrasa. Algo explota en el interior de su cuerpo y le da un subidón. Su pene se pone erecto y muy duro. Y la alteración repentina es algo que lo supera. Su boca se llena de espuma, al tiempo que aprieta tanto la mandíbula que sus dientes crujen. El mundo de cascotes que se extiende quebrado en todas direcciones le parece maravilloso. Sí, es perfecto, sobre todo el olor a miedo que desprenden las ruinas. Y el rastro oloroso es intenso y proviene de cerca del lugar en el que está. Propina un manotazo a un cartel metálico, medio doblado, con toda su rabia, y lo derriba. Las palabras polvorientas de ALCOI quedan descubiertas y después son chafadas por sus pies.
La mujer que está en la parte superior de lo que queda del edificio situado en la calle General Prieto vigila el exterior agazapada, sabe que es una ratonera pero no tiene otra elección. Tan solo tenían que pasar un día más allí y después pirarse de aquella maldita urbe muerta, ahora que tenían un buen fajo de pasta. ¿Pero les iba a servir a ellas el dinero? Nunca se sabe.
Algo pasa corriendo por la calle a toda velocidad.
¿Qué es eso?
Ya no ve nada. Pero está segura de que no había sido fruto de su imaginación. Sin pensárselo corre hasta la puerta y mira por el hueco de las escaleras. Abajo está todo  mortalmente silencioso. Los sentidos se le ponen a flor de piel y tiene la sensación de que las orejas se le alargan intentando escuchar el más mínimo crujido. Suspira en silencio y vuelve a la habitación. Atranca la puerta con varios travesaños, la bloquea haciendo barricada con un par de sillas y retrocede hacia atrás sin dejar de mirarla.
Bueno, no pasa nada. Todo estupendo...
Pero se escucha un crujido.
Es el sonido que hacen las ruinas, nada más.
Y otro crujido.
No...
Crack... crack... crack...
Algo está palpando ahí detrás.
Crack...
               crack...
                       crack...

Y seguidamente violentos golpes.
PÓM...
              PÓM...
                      PÓM.

Ahí hay algo detrás, ¡joder!
La hoja de madera empieza a temblar. Aun así ella no tiene miedo. Conserva la calma. Es una mujer preparada.  Abre la puertecita del cuarto anexo y entra.
—¿Pasa algo, mamá?
—Nada que no pueda solucionar —contesta a su hija de doce años que descansa tumbada entre unas mantas.
—¿De verdad?
—No te preocupes, mami se va a encargar ahora mismo del problema —le dice acariciándole el rostro.
La mujer aparta el bolso repleto de dinero, coge una mascarilla de protección de plástico transparente y se la coloca.
—¿Pero qué vas a hacer?
Hace un guiño con el ojo a su hija y se agacha a por la motosierra.
—¡Mamá!
PÓMMMM.
La puerta de la entrada cae hecha añicos y algo espasmódico entra derribando todo lo que encuentra a su paso.
RAAAMMMM.
La mujer sale al encuentro con la sierra mecánica enchufada. La cadena de dientes rueda a toda velocidad reclamando acción.
—¡Te voy a cortar en pedazos, hijo de puta!

 

 Carlos Daminsky, 2010

Ilustración: M.C. Carper

 


Creative Commons License
Esta obra se ha publicado en el Portal de Ciencia Ficción bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.


 
 
 
 
 




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