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Basurilla de ruido - Nelson Madrigal Reyes Imprimir E-Mail
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Ficciones - Relatos
Escrito por Hari Seldon   
viernes, 16 de julio de 2010

 

Segunda contribución del nicaragüense Nelson Madrigal Reyes. En esta ocasión veremos qué puede deparar el destino a partir de una conversación entre físicos que discuten sobre el campeonato mundial de fútbol.

 

 

BASURILLA DE RUIDO

 

El estudiante Yuri Daemon Aasen, quien desde la cabina dominaba todo el panorama del estadio, se aseguró una vez más de que, a través de las cámaras nocturnas que vigilaban el pasillo inferior de las gradas, era capaz de controlar el recorrido del robot en cada una de sus posiciones. Sólo entonces pulsó el botón rojo marcado como start y luego deslizó suavemente el dedo índice derecho sobre la plataforma táctil colocada junta al teclado. A continuación comprobó, en la pantalla OLED, en el frame del extremo izquierdo, arriba, que la máquina iniciaba lentamente el movimiento hacia adelante. El robot se movió despacio y, a través de la cámara, Yuri comprobó que todos los sensores estaban activados y trabajaban, hecho que comprobó por el color violáceo al que la cámara de visión nocturna transformaba el color azul de aquéllos, lo que le indicaba que éstos estaban en modo work y no sólo encendidos.
El robot llegó a la altura de la primera farola y pasó de largo. Así pasó cerca de la segunda y la tercera farola, pero cuando llegó a la altura de la cuarta farola se detuvo –lo cual el estudiante podía comprobar en el frame en el que se visualizaban las imágenes de la segunda cámara–, y de haber estado cerca, Yuri habría escuchado el inconfundible sonido que había programado para las detecciones positivas, pero debido a la distancia y al infortunio de trabajar con una cámara poco inteligente, sólo vio cómo el color violáceo que representaba a los sensores en la imagen de la pantalla, pasó a ser por algunos segundos rojo-naranja, luego se transformó en el brillante claro de siempre y después de esto el robot detuvo sus movimientos. Durante quince segundos exactos no ocurrió nada, porque el aparato se quedó a la espera de la siguiente orden que le indicara si continuar o, siguiendo los pasos del algoritmo de ejecución, quedarse y hacer aquello para lo que estaba programado: limpiar de las plataformas colocadas al pie de las farolas el material detectado. En esos escasos segundos el estudiante pudo comprobar, en otra pantalla OLED que tenía delante de sí, un poco más allá de la plataforma táctil, el resultado del análisis de lo que el robot había encontrado, y una sonrisa, que no de alegría sino de confirmación, pudo verse en el rostro del muchacho, aún y a pesar del largo cabello y las gafas bifocales, demasiado grandes para el perfil de su rostro.


La idea recién confirmada le comenzó a rondar dos años atrás durante un almuerzo rápido con sus compañeros de la universidad –todos doctorados en Física y con el anexo de varios títulos en diversas materias y otros estudios, que utilizaban como válvula de escape a sus conocimientos puros–, en uno de esos escasos momentos en que se vieron arrastrados a conversar sobre algo tan vano como era el campeonato mundial de fútbol y los equipos que participaban; luego, sí, reconocieron todos, la conversación resultó ser provechosa y ya no pareció ser tan banal. El culpable de tal descarrilamiento de los temas habituales, un brasileiro que nunca olvidaba el glorioso pasado de la selección de su país, mencionó los múltiples problemas que el bullicio causado por las hordas eufóricas dentro de los estadios, y las consecuencias de éstos que traía con muchos dolores de cabeza a las autoridades mundiales y locales. (Hacía mucho que, debido a las nuevas normativas de contaminación ambiental, los límites de contaminación acústica permitidos eran sobrepasados en muchos decibelios, y cada vez con más frecuencia, cada partido, se saldaba con altísimas multas que el organismo mundial regulador de los eventos saldaba con relativa facilidad, pues las ganancias seguían siendo suculentas, pero, tal y como fue expresado en la última asamblea general de la Unión de Naciones, aquello no podía continuar: la condena debía ser preventiva y no un castigo, así que ahora se estaba discutiendo si aumentar las multas o prohibir los eventos). Aunque los jóvenes eran poco dados a pensar en el carácter retributivo de sus investigaciones, el mismo estudiante propuso que podían ganar mucho dinero, si eran capaces de construir un inhibidor de sonidos –que en la realidad se reducía a construir un inhibidor de frecuencias–. En el caso de estas inmensas aglomeraciones de gente, pensó, se trataba de formar una especie de cúpula anti sónica que anulara o redirigiera el grueso del bullicio hacia arriba. El caso animó la conversación del grupito y esa tarde ya nadie asistió a sus respectivas conferencias.
El joven Yuri estuvo durante muchos días pensando en cómo resolver ese asunto en concreto, pero un día, de esos pocos en que salía a pasear en solitario para refrescar un poco la mente, observó a unos niños lanzándole comida a los patos que nadaban en el estanque cerca de casa, y los pedacitos de comida al caer y hundirse dejaban tras de sí bolitas de aceite que rodaban indefinidamente sobre la superficie. Este hecho fue lo que lo llevó sin querer a pensar en un siguiente nivel de consecuencias, inesperado: ¿Qué pasaba realmente con las frecuencias que chocaban y se anulaban entre sí? ¿Desaparecían? ¿Dejaban restos o rastros? ¿Podría detectarse el resultado de esta anulación? ¿Habría masa o sólo intensidad? Nunca nada en este mundo, ni en los años que llevaba estudiando, ni en los miles de libros y documentos que había tenido la oportunidad de estudiar, le indicaba que alguna vez hubo un planteamiento de ese tipo. Tal vez era una locura, pensó. Y parecía tan sencillo que quizás era una estupidez el solo hecho de considerarlo.
Pero por muy loca que fuese la idea, en ese momento le resultó apasionante pensar sobre ello, así que, ocultando un poco el verdadero motivo de su entusiasmo, convenció a sus amigos para que juntos inventaran el inhibidor de sonidos, y él, secretamente, se dedicó a pensar en la manera de intentar comprobar su idea. La idea inicial evidentemente pasó por varias fases y modificaciones, hasta que logró darle una forma en que parecía haber una solución, y, más que eso, ésta parecía razonable. Al final, preparar los dispositivos y aparatos necesarios para todo el proceso de pruebas, resultó ser más sencillo de lo esperado: como no sabía con qué tipo de materia o energía tenía que trabajar, pensó que lo más evidente era construir una especie de bandeja, revestida en su interior de una material no magnético y en el exterior por uno magnético. El exterior estaría conectado a un chip de sexta generación, el cual se encargaría de aumentar y mantener el campo magnético en el borde de la bandeja, lo que permitiría atraer cosas hacia sí y encerrar todo lo que cayera dentro de la misma. Al mismo tiempo la bandeja vibraría continuamente en distintos rangos frecuencia, de manera que si algo caía dentro, ese algo rebotara en la superficie magnética, de la misma manera que lo hacen las gotas de lluvia al caer en la superficie de un estanque. Esto, según la idea del estudiante, permitiría amortiguar la caída de ese algo y a pesar del salto hacia arriba, después del rebote, eso se iría apaciguando y acumulando en el interior de la bandeja mientras el chip funcionara. Resuelta esa parte, lo siguiente era construir otro dispositivo que permitiera detectar si dentro de las bandejas que colocaría al pie de las farolas, realmente había algo atrapado. Aquí la solución fue más arcaica, pues se decantó por utilizar un pequeño robot de limpieza, de esos que funcionaban a control remoto, y en el cual sustituyó la bomba de contención de polvo por un contenedor hecho de un material que aportaba las mismas características que la bandeja, pero a diferencia de aquella éste era totalmente transparente. Finalmente, el brazo plástico succionador de la aspiradora lo sustituyó por un tubo magnético, y acopló en la panza del robot varios sensores de ondas de sonido que trabajaban en varios rangos de frecuencia.
El último problema que resolvió, y esto ya no solo sino con sus compañeros, fue encontrar el espacio en donde se pudiera probar el inhibidor de sonidos –y el colector de basura, por supuesto–. Debido a las dimensiones exageradas de los nuevos estadios de fútbol, se decantaron por un estadio de hockey sobre hielo, en donde a pesar del reducido número de asistentes, el nivel de contaminación acústica no es despreciable. La idea básica era aislar a los jugadores del bullicio de la multitud, sin que esto interfiriera en la visibilidad de los hinchas. Finalmente decidieron instalar los inhibidores en la farolas –los tubos que sostienen la pared protectora–, en seis diferentes, los calibraron de manera que cada uno funcionara en seis rangos de frecuencia distintos, y a partir de allí, durante una semana, se dedicaron a hacer las correspondientes mediciones desde todas las direcciones y sentidos, introduciendo los correspondientes cambios y recalibraciones en base a los resultados de cada uno de ellos. Aunque la percepción de ruido por parte de los jugadores no varió en un solo decibelio, comprobaron que dos de las planchas hacían su trabajo a la perfección.
“El ruido –concluyeron– no es totalmente neutralizado porque se desparrama por los espacios dejados alrededor de las farolas, y por arriba, pero detrás de las planchas que funcionan no es posible medir ninguna perturbación sónica”.


Al noveno día el joven Yuri, con la excusa de realizar una prueba extra, se había presentado él solo en las instalaciones del estadio, y antes de que comenzara el partido colocó las seis bandejas colectoras que traía preparadas. Ahora, por la noche, había llegado con el resto del equipo y estaba haciendo las comprobaciones pertinentes.
Suavemente movió el joystick y por la pantalla pudo ver cómo el brazo magnético del robot de limpieza se acercaba a la bandeja. Había llegado el momento de la operación más delicada. Sabía que de momento no había peligro alguno, porque el mecanismo de succión estaba desactivado. Uno de los sensores colocados en la panza del robot le indicaría la cercanía de la bandeja, y por este dato el robot sabría cuándo detener el brazo, y él sabría cuándo accionar el mecanismo. Sería un instante complicado. La operación, si es que funcionaba, no tardaría más de veinticinco milisegundos: cinco que se consumían en accionar el mecanismo, diez para la succión y otros diez en pararlo, sellar el contenedor y apartar el brazo. Estos tiempos, claro, los había calculado con suma precisión, y a pesar de ello sabía que eran datos empíricos, pues nunca nadie había atrapado la nada.
En la pantalla frontal pudo ver cómo la luz que identificaba al sensor de movimiento se apagó, y entonces Yuri se preparó para el asalto final. Estaba nervioso. Las manos le sudaban. De su bolso de mano extrajo una bolsita que contenía toallitas de papel, biodegradables en horas al contacto con el aire, extrajo una de ellas y luego meticulosamente se quitó el sudor de manos y frente, por si acaso.
Cuando pulsó el botón el movimiento del brazo del robot fue imperceptible para él, pero supo que había funcionado porque en la pantalla se veía que su posición actual no era la de hacía escasos segundos. El joven suspiró aliviado. De momento todo iba bien. Luego, con un cuidadoso deslizamiento del dedo índice movió el robot hacia adelante, y esos mismos pasos repitió cuando el robot se acercó a la quinta y sexta farola, y después, siempre ayudándose en la pantalla táctil, lo encaminó hacia la cabina de mando. Ahora llegaría la parte más emocionante del experimento: descubrir qué había dentro del contenedor. Esto, sí, ya no lo haría en las instalaciones del estadio de hockey, sino en uno de los laboratorios de la universidad, de libre acceso para estudiantes como él.


En el recinto del laboratorio el trabajo fue sencillo. Sacar el contenedor desde dentro del robot no iba a ser complicado, y no debía tener cuidado con él, una vez fuera, porque era hermético en el ámbito del laboratorio. Lo único que tenía que hacer era extraerlo y analizar su contenido, apoyado en los métodos que había seleccionado: primero visual, luego con un microscopio, después con un sonómetro normal y otro modificado, y por último con un espectrómetro adecuado para actuar a través de la pared transparente. Allí, sí, era donde intuía el fracaso, puesto que si el contenedor era hermético de dentro hacia afuera, también lo era de fuera hacia adentro, por lo que su mayor esperanza era descubrir algo que se pudiera al menos ver.
Para gran sorpresa suya, cuando extrajo el contenedor, lo colocó sobre la mesa de experimentos y lo observó a contraluz, vio que en el fondo se había acumulado un polvillo de color gris plata opaco, elemento extraño dentro del recipiente. Que no era suciedad lo sabía de antemano, porque contra todas esas contingencias se había preparado minuciosamente y las pruebas ya se lo habían demostrado: el robot no succionaba por el efecto vacío. Además, el contenedor fue limpiado a conciencia por varios métodos, al vacío el último. Extrañado, levantó con ambas manos el contenedor y lo sacudió suavemente, y ante sus ojos atónitos se formaron diminutas bolitas que rebotaron en las paredes de aquél, y dejaban tras de sí una tenue línea de su mismo color. Al apaciguarse el movimiento, las bolitas se deshicieron y formaron la capa de polvo inicial. Maravillado ante el fenómeno, el estudiante repitió el movimiento una y otra vez, y sólo después se dio a la tarea de tratar de averiguar la naturaleza de aquella materia.
Viendo que no era posible determinar la composición del polvo sin una interacción directa, y recordando que siempre podía recolectar un poco más, decidió que por esta ocasión abriría el contenedor e intentaría extraer su contenido para analizarlo bajo el microscopio. Sabía que se arriesgaba a que éste desapareciera al contacto con el aire, pero había que intentarlo todo. Lo hizo, y allí recibió la segunda sorpresa de la noche: al abrir el contenedor el polvillo no se movió de su sitio, no despareció. Con el corazón latiéndole a doscientos por minuto, durante unos instantes no supo cómo reaccionar, y se quedó allí parado, medio imbécil, medio alelado, sin decidirse por el siguiente paso, hasta que decidió que lo mejor era volver a intentar la prueba inicial, es decir agitar un poco el contenedor. Lo hizo con suma delicadeza, tratando al máximo de sólo moverlo hacia los lados, no hacia arriba y abajo, y el resultado fue que el polvillo se transformó de nuevo en las pequeñas bolitas y rebotó en las paredes, pero cuando el movimiento cesó ya no volvió a tomar su forma inicial, sino que las bolitas quedaron acumuladas en el fondo.
El siguiente paso, decidió, era seleccionar una de las bolitas y colocarla en el portaobjeto del microscopio. Por eso, de su bolso de mano extrajo una bandeja idéntica a las que había utilizado en el velódromo, la colocó sobre la mesa, activó el chip que controlaba el campo magnético y, sólo después, con suma delicadeza, volcó el contenido del recipiente sobre la misma. Las bolitas al caer rodaron y saltaron con vivísimo impulso, pero de las líneas que quedaban en el aire supuso que algunas rebotaban en los bordes del campo y volvían hacia atrás. El estudiante no se movía, no pestañeaba, no respiraba. Se quedó inmóvil hasta que el movimiento cesó, y pudo comprobar que en el fondo de la bandeja aún había algunas, aunque al comparar su número con el que recordaba, se dio cuenta la cantidad era sensiblemente menor, y de esto dedujo que algunas habrían alcanzado el borde y caído fuera de la bandeja. Tampoco era un mal resultado.
El primer intento que hizo para aislar una de las bolitas fue tratar de introducirla en un portaobjeto cóncavo con ayuda de una plaqueta de vidrio. El resultado fue que al primer contacto con la plaqueta la bolita desapareció sin dejar huella. Ni ruido, ni olor, ni nada. Para el siguiente intento sustituyó la plaqueta por una barra magnética y empujó la bolita acercando el polo negativo a ella, pero esta vez ocurrió que ésta desapareció al contacto con el portaobjeto. Al ver que no era posible colocarlas sobre el portaobjeto, decidió que lo mejor era sujetar alguna o mantenerla en el aire y de esa manera colocarla bajo la lente. Estuvo probando con accesorios hechos de distintos materiales, y que funcionaban de todas las maneras posibles, pero todas las veces ocurría lo mismo: al contacto con el utensilio la bolita desaparecía sin dejar rastro. Ya casi al borde de los nervios, y viendo que en el fondo de la bandeja ya sólo quedaban cuatro de ellas, decidió que por hoy sólo haría dos intentos más: primero intentaría analizarlas colocando directamente la bandeja bajo el microscopio, y si no daba resultado, se decantaría por un método más rústico: un golpe.
Como le fue imposible colocar correctamente la bandeja bajo el microscopio, debido a que los movimientos que hacía con ésta –para colocar alguna de las bolitas bajo el foco de aquél– se traducían en animados saltos y corrimientos de éstas, colocó la bandeja nuevamente en la mesa. Decididamente, pensó, había que darles un golpe. Para ello desacopló el tubo de succión del robot, pues recordó que éste era el único objeto con el que no había probado tocarlas. En lugar de darle un golpe impulsado con la mano, sí, lo que hizo fue levantar en alto el tubo y dejarlo caer sobre la bandeja, sobre las únicas tres bolitas que quedaban.


Realmente el impacto de la explosión no lo recordó. No supo explicar su intensidad y tampoco llegó a ver la gravedad de los destrozos que provocó, porque cuando despertó en la sala de cuidados intensivos del hospital, ya habían pasado varios días, y el laboratorio ya había sido limpiado y reordenado. Sus amigos, quienes se habían turnado día y noche para acompañarlo, tampoco pudieron sacar nada en claro de sus desvaríos febriles. De sus actos, los únicos relacionados con el experimento ocurrieron el día en que abrió los ojos, y a pesar de las vendas y las escayolas que lo inmovilizaban, aquéllos pudieron intuir una leve sonrisa. Luego escucharon las únicas palabras que dijo:
–Basura de sonido.
Y añadió:
–Polvo de energía. Energía pura.
 

 

 Nelson Madrigal Reyes, 2010

 


 
Nelson Madrigal Reyes nació el 02/07/1970 en León, Nicaragua. Por tanto es nicaragüense.

Entre los años 1990 y 1996 cursó sus estudios universitarios de Ingeniería Técnica en Microelectrónica, en Brno, República Checa.

De profesión es Analista Orgánico (Analista Programador) de aplicaciones más bien relacionadas con algoritmos heurísticos y matemáticos de selección y secuenciación (evolución de acciones, planificación industrial, control de tráfico).

Sus publicaciones son muy variadas, no siempre relacionadas con la ciencia ficción (o futurismo, como él lo llama). Cabe destacar:

  • Selección de anécdotas en Círculo de Lectores, 1987-1989, Nicaragua
  • Anécdotas y relatos en la revista Reader’s Digest, 1992-1996
  • Novela por entregas ‘La India María’, WEB Literatura Digital, año 2000
  • Novela ‘El Cuarto Mono’, publicaciones Baile del Sol, 2001

 

Otros trabajos que hemos publicado de Nelson Madrigal Reyes:

 





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  Comentarios (1)
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1. Genial
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla , el 28-07-2010 11:16
sencillamente me parece genial la propuesta

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